discurso ante el parlamento europeo

Macron y los sonámbulos: lo que esconde el nacionalismo

Europa quiere reiventarse, y Macron es su profeta. No lo tendrá fácil. El presidente francés reivindica un nuevo concepto de soberanía que no olvide la chesión social o la ecologia.

Foto: Carteles electorales semiarrancados de Macron y Marine Le Pen en Cambrai, el 4 de mayo de 2017. (Reuters)
Carteles electorales semiarrancados de Macron y Marine Le Pen en Cambrai, el 4 de mayo de 2017. (Reuters)

Hace algo menos de un año, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, inició su intervención ante la Eurocámara con las siguientes palabras: “El Parlamento Europeo es ridículo. Muy ridículo”. El luxemburgués, siempre locuaz, y en aquella ocasión todavía más facundo, se mostró indignado porque el hemiciclo del parlamento europeo en el que iba a intervenir el primer ministro de Malta, Joseph Muscat, estaba casi vació. Apenas acudieron una treintena de parlamentarios de los 751 que cobran un sueldo, lo que enfureció a Juncker, quien sin solución de continuidad exclamó: “Si el primer ministro maltés fuese la señora Merkel o el señor Macron, la sala estaría a rebosar”, dijo visiblemente molesto.

Juncker tenía razón. Y también Macron, que en su primer discurso ante el pleno de la Eurocámara, por supuesto hasta la bandera, ha reivindicado los valores de la democracia liberal, cristalizados en el europarlamento, a menudo ninguneado por el poder ejecutivo. Y que es un auténtico 'milagro europeo', como lo definió Macron, quien es, como él mismo reconoció, hijo de la historia de Europa.

Pertenezco a una generación que no ha vivido la guerra”, recordó el presidente francés, “pero no quiero pertenecer a una generación de sonámbulos (expresión que Macron ya ha utilizado en otras ocasiones); a una generación que olvida su pasado. Quiero defender a una generación que haya defendido su democracia porque es el fruto de guerras pasadas”, dijo con ese tomo épico que tanto les gusta a los franceses cuando hablan de política.

El problema, como ha puesto de manifiesto la misma prensa francesa al interpretar las palabras de Macron, es que una cosa es predicar y otra dar trigo. Y Macron, como el resto de primeros ministros o jefes de Estado, no está dispuesto a perder capacidad de influencia en Bruselas, que es donde se cuecen las grandes decisiones, en favor de Estrasburgo. En última instancia, en favor de esa democracia liberal que con justicia reivindica.

De hecho, hay que interpretar las palabras de Macron al calor de su propio proyecto político, huérfano de estructuras de partido, no sólo en Francia, sino también en Europa, y de ahí que la estrategia del Elíseo pasa por ampliar sus aliados en estados en los que la crisis -no sólo económica- se ha llevado por delante a muchos partidos tradicionales, en particular a los del bipartidismo. Y Rivera, que se mira en el espejo de Macron, es el mejor ejemplo de esa estrategia.

Macron quiere un candidato único de ese centro que él representa para las elecciones europeas de mayo del 2019, y es probable que los continuos viajes de Manuel Valls a España en los últimos años -sumado a su proyecto En Marcha- tenga mucho que ver con ello. El exsocialista Valls podría ser el candidato de Ciudadanos y de los camaradas de Macron en Europa.

El presidente Emmanuel Macron habla durante el primero de una serie de encuentros con los ciudadanos en Epinal, Francia, el 17 de abril de 2018. (Reuters)
El presidente Emmanuel Macron habla durante el primero de una serie de encuentros con los ciudadanos en Epinal, Francia, el 17 de abril de 2018. (Reuters)

Democracia autoritaria

Y aunque es verdad, como sostiene Macron, que una cosa es “la autoridad de la democracia”, y otra muy distinta "la democracia autoritaria” -en clara alusión a países como Polonia y Hungría- cabe recordar que la ampliación hacia el Este -por supuesto que él no es responsable- se hizo en tiempo récord por razones meramente mercantiles y, desde luego, en menor medida por una extensión de la democracia tras el colapso del comunismo.

Y Alemania (que buscaba nuevos mercados para financiar la reunificación) y Francia tienen mucho que ver en esa estrategia. Por eso, no es de extrañar que sean ahora los antiguos países comunistas los que preocupan, porque alientan los viejos fantasmas de esos nacionalismos -no todos- que son la guerra, como dijo en su día Mitterrand en una frase célebre.

¿Y cómo se combate ese soberanismo? Macron dio una clave, sin duda inteligente. Ni con la creación de nuevos nacionalismos de Estado, esos que se ponen la bandera por montera y liquidan las diferencias, ni con el levantamiento de nuevas fronteras, sino con una nueva soberanía (compartida) capaz de olvidar los rencores y sacar lo mejor de Europa.

Es decir, frente al concepto de soberanía que plantea Trump (América primero), lo que propone el presidente francés es una soberanía coral en la que se tengan en cuenta los derechos sociales, la cohesión social, la calidad del medio ambiente o, incluso, la política alimentaria.

Por lo tanto, un nuevo concepto de soberanía capaz de disuadir al viejo continente de esas 'guerras civiles” de las que habla Macron, muy distinta a la vieja y arcaica idea de soberanía entendida como la capacidad coercitiva del Estado. O con la creación de nuevos estados nacionales en un mundo globalizado, tan caducos como obsoletos.

Al fin y al cabo, como dijo Macron, hoy gobiernan Europa varias generaciones que pueden darse el lujo de olvidar lo que han vivido sus predecesores. Y algunos se están aprovechando de ello.

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