uzbekistán quiere abrirse al mundo

La 'primavera uzbeka' va en serio: ¿puede reformarse el peor régimen de Asia Central?

El ascenso de Shavkat Mirziyoyev a la presidencia no despertaba demasiadas expectativas, pero los cambios parecen genuinos. El país busca mejorar su imagen para atraer inversores

Foto: Un soldado frente a la bandera de Uzbekistán durante la celebración del Día de la Independencia. (Reuters)
Un soldado frente a la bandera de Uzbekistán durante la celebración del Día de la Independencia. (Reuters)

Cuando a finales de febrero Isroiljon Xoldorov recibió la noticia de que iba a ser puesto en libertad tras doce años de encarcelamiento, no tenía demasiadas razones para creérselo. Al fin y al cabo, su condena inicial a seis años de prisión había sido extendida ya en dos ocasiones. Las autoridades de Uzbekistán tenían buenos motivos para mantenerle en encerrado: como líder del partido opositor Erk (‘Libertad’) en la ciudad de Andijan, en el Valle de Fergana, se había convertido en la principal fuente de información sobre la masacre ocurrida en 2005 en dicha ciudad, en la que miembros del SNB, el servicio de inteligencia local, masacraron a cientos de personas que participaban en una protesta. La dictadura del presidente Islam Karímov admitió 187 muertos, asegurando que en su mayoría eran terroristas o víctimas de dichos terroristas. Los testigos y supervivientes declararon que los manifestantes estaban desarmados. La cifra real de víctimas nunca se ha determinado con certeza. Algunas fuentes hablan de más de ochocientos asesinados.

Lo sucedido era lo que cabía esperar de un régimen al que, entre otras cosas, se le atribuía prácticas como hervir vivos a los sospechosos de islamismo, tal y como denunció públicamente el entonces embajador británico en Tashkent, Craig Murray. Las fuerzas de seguridad arrestaron, torturaron y condenaron a decenas de personas acusadas de participar en los disturbios, que pasaron a ser conocidos internacionalmente como la masacre de Andijan. Xoldorov fue detenido meses después por tratar de investigar lo sucedido. En aquel momento, el primer ministro del país era Shavkat Mirziyoyev, considerado un leal a Karímov.

Por eso, cuando Mirziyoyev reemplazó a Karímov tras la muerte de éste en septiembre de 2016, casi nadie creía que fuese a producirse un cambio real. Pero, año y medio después, los observadores se han rendido a la evidencia: algo se mueve en Uzbekistán.

Xoldorov es apenas uno entre las decenas de presos políticos liberados en los últimos meses. No son demasiados en un país en el que ha llegado a haber más de 10.000 en algunos momentos, pero son un signo esperanzador. Además, pocos días antes de su puesta en libertad, Mirziyoyev destituyó al veterano jefe del SNB, Rustam Inoyatov, que había dirigido la agencia durante 23 años, y aseguró que “se había acabado el tiempo de los ‘perros locos’” de este servicio. “Ningún otro país le ha dado tanto poder a personas sin escrúpulos en uniforme”, afirmó el nuevo presidente. El lugarteniente de Inoyatov, Shukhrat Gulyamov, ha sido condenado a cadena perpetua por presunto tráfico de armas, vínculos con el crimen organizado y otros delitos.

El investigador Nicolás de Pedro, especialista en Rusia y Asia Central del CIDOB, visitó el país por última vez en noviembre, y es uno de los que ha percibido claramente estos cambios. "Hay una nueva atmósfera. Si vas por primera vez todavía te va a parecer una dictadura férrea, desde luego aún no es Suecia, pero comparado con cómo era antes, el cambio es muy evidente", dice a El Confidencial. "Hay un ambiente más ligero, menos cargado y tenso. Hay mucho más debate público, la gente está muchísimo más dispuesta a hablar, los medios de comunicación hablan de política, hacen críticas a cosas que no funcionan bien. Todo ello entendido dentro del contexto uzbeko, es decir, no son críticas muy profundas, pero es muy significativo porque antes no había nada", asegura.

El presidente Shavkat Mirziyoyev en una rueda de prensa durante una visita oficial a Moscú, el 5 de abril de 2017. (Reuters)
El presidente Shavkat Mirziyoyev en una rueda de prensa durante una visita oficial a Moscú, el 5 de abril de 2017. (Reuters)

Necesidad de atraer inversión

Entre otras cosas, el Gobierno ha desbloqueado decenas de páginas web que no podían visitarse desde la matanza de Andijan, como la BBC, Voice of America, Eurasianet, Ferghana News Agency o el sitio del grupo opositor Movimiento Popular de Uzbekistán. También los portales de las organizaciones de derechos humanos Amnistía Internacional y Human Rights Watch, a quienes se ha permitido el acceso al país por primera vez en muchos años, igual que a numerosos medios de prensa internacionales. A Steve Swerdlow, investigador de HRW para Asia Central, no solo se le ha concedido un visado de un año, sino que se le ha autorizado a encontrarse con opositores represaliados y víctimas de torturas, entre otras cosas.

"Veremos en qué acaba todo, tampoco quiero pecar de ingenuidad, pero hay algunos elementos que permiten pensar que el cambio es genuino”, señala De Pedro. “Por ejemplo, la publicación de nuevas estadísticas. No son demasiado buenas, pero son más creíbles. Antes eran todas buenísimas, sin paro, sin inflación, etc. Ahora al menos intentan reflejar la realidad", indica. Y apunta a otra reforma de gran calado de la era Mirziyoyev: la erradicación del trabajo esclavo infantil en los campos de algodón, una de las mayores violaciones de derechos humanos del régimen de Karímov, y una menor movilización forzosa entre los adultos, tal y como certifica un informe de la Organización Internacional del Trabajo.

¿Cuál es la razón de estos cambios? "El objetivo es mejorar el ambiente para atraer inversión, sobre todo occidental, y la imagen internacional del país, y saben que para eso son importantes los derechos humanos. Las autoridades uzbekas eran conscientes, ya desde la época de Karímov, de que mientras hubiera esta mala prensa es difícil atraer inversión: si lo que uno se encuentra al buscar en Google son artículos sobre torturas, sobre el riesgo de conflicto con los vecinos, etc., no dan muchas ganas de invertir ahí", opina De Pedro. "Desde el gobierno apuestan también porque florezcan las pequeñas y medianas empresas, no solo compañías estatales grandes. Las pymes requieren reformas del entorno económico, con seguridad jurídica, creíble para inversión local y extranjera", indica.

"Es posible que todo acabe como en Kazajistán, ni siquiera en una democracia plena, pero sí en un régimen mucho más abierto y suave en cuanto a su aparato represivo”, apunta este investigador. “Hay que tener en cuenta que no es un país tan rico en recursos como Kazajistán. Son 32 millones de personas, en gran medida una población joven, así que necesita que su economía vaya mejor y sea más dinámica para poder ofrecer horizontes a toda esta población. Muchos se van a Rusia, pero no todos pueden irse, y Mirziyoyev hace las reformas por pragmatismo. Quizá también por convicción, pero desde luego hay una necesidad de reformar el país, que tiene fábricas y cierta base industrial, pero necesita más prosperidad y dinamismo", comenta.‌

La presión demográfica es un factor clave: según un informe del Fondo Monetario Internacional tras una misión en el país, publicado a mediados de marzo, alrededor de 500.000 jóvenes se incorporan al mercado laboral cada año, lo que supone un potencial enorme a la par que un riesgo. "Las autoridades son plenamente conscientes de que si la creación de empleo no va a la par con el creciente suministro de trabajadores del país, es implicaría un desempleo elevado continuado y una migración laboral, especialmente en áreas rurales, y una creciente insatisfacción", dice el FMI.

No obstante, no todo son buenas noticias. El caso del periodista Bobomurod Abdullaev, detenido en septiembre -casi un año después de la llegada de Mirziyoyev a la presidencia- y torturado por miembros del SNB por su supuesta "conspiración para derrocar el régimen constitucional"- ha atraído la atención de grandes medios internacionales, presentes en su juicio, que se celebra estos días. "Cómo ha podido pasar esto, es un misterio para mí", ha declarado Katya Balkhibaeva, la esposa de Abdullaev, al New York Times. Y no es el único incidente de este tipo.

"Creo que simplemente, tratar de cambiar un país de la noche a la mañana es imposible. Hay dinámicas e inercias que seguirán funcionando, todavía queda mucho por hacer", comenta De Pedro. De hecho, a Abdullaev se le ha permitido encontrarse con un importante abogado de derechos humanos y hablar de sus torturas (algo impensable bajo Karímov), y dos de los oficiales de seguridad al cargo de su caso han sido apartados y están bajo investigación.

El gran cambio: el panorama regional

Pero donde más se han notado las diferencias de estilo en el palacio presidencial es en las relaciones con los países vecinos: en estos meses, Mirziyoyev ha pasado por todas las capitales centroasiáticas, promoviendo la reconciliación y la gestión pacífica de las numerosas crisis regionales. "Ahí no hay medias tintas, es un cambio absoluto. De un aislamiento buscado y una relación muy tensa con Kirguistán y sobre todo con Tayikistán se ha pasado a un intento de verdadera reconciliación", sostiene De Pedro.

Uzbekistán, un país con escasos recursos hídricos, mantiene un importante contencioso al respecto con sus dos vecinos, especialmente en el Valle de Fergana. A diferencia de su antecesor Mirziyoyev ha mostrado su apoyo a la instalación por parte de Kirguistán de plantas hidroeléctricas en el río Naryn (un afluente del Syr Darya, que cruza Uzbekistán hacia el Mar de Aral) y a la construcción de la presa de Rogún, en Tayikistán.

"El primer ejemplo de este cambio de orientación fue el funeral de Karímov. Mirziyoyev invitó al presidente tayiko Emomali Rahmón al funeral en Samarcanda, lo cual es muy significativo porque es un asunto delicado en sus relaciones bilaterales, ya que los tayikos consideran Samarcanda una de sus capitales históricas y culturales. Invitarle tenía ciertas implicaciones que van más allá del funeral. Es un contraste absoluto con la época de Karímov, quien dijo -solo una vez, pero bastaba- que en el conflicto por el agua y la presa de Rogún no había que descartar ningún escenario, incluida la guerra. Ahora hay un cambio de enfoque, al menos se están planteando soluciones negociadas al tema del agua, lo que también es un cambio drástico", dice De Pedro. "Y que Uzbekistán se abra a tener una relación cooperativa con sus vecinos cambia completamente el panorama regional. De repente una auténtica cooperación centroasiática ya no es descabellada".

"Respecto a los ríos Amu Darya y Syr Darya, Uzbekistán tiene firmados convenios con tres países, desde los años 90, cuando las relaciones con los vecinos eran más estrechas. Ahora hay que buscar nuevos mecanismos", explica Rakhmatulla Nurimbetov, Primer Secretario de la Embajada de Uzbekistán en Madrid y un funcionario experto en cuestiones hídricas.. "Hay un cambio respecto a nuestra posición anterior, que era mantener el status quo heredado tras la desaparición de la URSS, que nos resultaba más ventajoso. Anteriormente era inimaginable que un líder de Uzbekistán apoyase algo como la presa de Rogún. Ahora, nuestro presidente ha declarado que lo hará, si los expertos internacionales dan luz verde y certifican que no va a provocar daños medioambientales o económicos, o a los acuíferos. Es un cambio revolucionario", asegura.

De Pedro bromea: "Se produce un poco el efecto del lema de aquel célebre póster de los años 90 [se refiere al del ovni de la serie Expediente X]: 'Quiero creer'. En estos meses he hablado con bastantes uzbecos, no todos funcionarios, sino también colegas, y en general detecto optimismo, con más o menos cautela, pero sobre todo optimismo. También entre los observadores internacionales". Y concluye: "Como de Asia Central no llegan buenas noticias, más allá de reportajes turísticos, percibo un deseo por parte de todo el mundo de que la cosa vaya bien. Y eso es bueno para Uzbekistán".

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