28 niñas se casan en el mundo cada minuto

Soñar con ser "la mujer del traficante" y otras historias del matrimonio infantil

Cada minuto, 28 niñas se casan en el mundo. Quince millones al año. Ramganí, Abaynesh y Nayane son solo tres entre un océano de uniones infantiles. Y estas son sus historias

Ramganí llega tarde a su escuela en una pequeña aldea de Rajasthan, en India. Tiene 18 años, se casó cuando era una niña y, desde que cumplió 14, su familia política y su padre la presionan para que abandone los estudios y cumpla con sus deberes como esposa.

Abaynesh tiene 14 años y contrajo matrimonio hace tres años. Ahora, cuando está a punto de dar a luz, cuida de su casa y de la de sus suegros en Gindero, Amhara, en el norte de Etiopía.

Nayane, una madre de 15 años, arrulla a su hija de 10 meses en una favela de Río de Janeiro. Hace casi medio año que no va a la escuela.

Cada minuto, 28 niñas se casan en el mundo. Quince millones al año. Actualmente, más de 700 millones de mujeres se convirtieron en esposas antes de alcanzar la edad legal. Ramganí, Abaynesh y Nayane son solo tres entre un océano de uniones infantiles.

Una historia con final feliz

Llega tarde al colegio porque las labores domésticas a las que está atada la han mantenido ocupada más de la cuenta. Entra en el patio con energía, con su pelo negro azabache recogido en una larga coleta, y levanta una polvareda al correr hacia la fuente. Entre gritos y risas, otras amigas corren tras ella. El polvo todavía no se ha asentado de nuevo en el suelo o en los pantalones blancos de sus uniformes cuando Ramganí ya está en la entrada de la clase. No lleva el mismo atuendo que el de sus amigas: ella viste el de sus compañeros masculinos.

El lenguaje corporal de Ramganí transmite una seguridad y fuerza que parece desvanecerse cuando de su boca sale el primer hilo de voz, frágil y tímido. Acaba de cumplir 18 años, lleva casada desde que era apenas una niña y hace 4 años que sus suegros la reclamaron. Su historia es una lucha continua para escapar del destino que le esperaba al nacer mujer en una pequeña población rural del estado de Rajasthan, en India.

“Solo quiero acabar mis estudios”, dice con la convicción de quien está cambiando su suerte y, sin saberlo, tal vez la de otras niñasA pesar de que son emparejadas a edades muy tempranas, las jóvenes esposas no abandonan la casa de sus padres hasta que alcanzan la pubertad. Por ello, la boda es para la mayoría un recuerdo que pasa desapercibido hasta que el marido y la familia política deciden llevársela de casa de sus padres.

Cerca de 27 millones de mujeres de entre 20 y 24 años fueron obligadas a casarse antes de alcanzar la edad legal en el país asiático. En Rajasthan, el 65% de las mujeres en esa franja de edad contrajeron matrimonio antes de los 18. Sin embargo, Kailash Brijwasi, uno de los hombres que representan el cambio en India y director de la ONG Jatan -que desde hace 15 años intenta acabar con esta práctica-, asegura que “estas estadísticas solo recogen los datos registrados y aquellos de los que el Gobierno tiene conocimiento”. Según su experiencia “a lo largo de los años trabajando sobre el terreno, este número está muy por debajo de la cifra real”.

Este estado en el norte del país tiene una población de 68 millones de habitantes, de los cuales 33 millones son mujeres. El porcentaje de alfabetización es del 60%, un 79% entre hombres y un 51% entre mujeres. Estas cifras son todavía más dramáticas si nos adentramos en el rural. El 75% de la población femenina del estado reside fuera de las ciudades y solo el 45% sabe leer y escribir. En total, 12 millones sin alfabetizar en el campo y 2 millones en los núcleos urbanos.

Ramgani es la quinta de nueve hermanas. Todas ellas fueron obligadas a casarse. (R. Fabrés)
Ramgani es la quinta de nueve hermanas. Todas ellas fueron obligadas a casarse. (R. Fabrés)

Ramganí quiere permanecer fuera de esos porcentajes desoladores. Lleva sobre sus hombros el peso de ser mujer en una sociedad profundamente patriarcal y una marca en su identificación que limita sus sueños. Pertenece a la casta Jat, cuyas mujeres casadas no pueden sentarse al mismo nivel que sus maridos o que otros familiares masculinos. Si ellos se sientan en una silla, ellas deben hacerlo en el suelo. Si el hombre permanece en pie, la mujer está obligada a hacer lo mismo hasta que él abandone la estancia.

Roles de género que se antojan inamovibles, un sistema de castas enraizado en lo más profundo de la sociedad, un contexto legal débil, el papel predominante de los hombres en todas las esferas de poder y las condiciones económicas precarias de gran parte de la población son el caldo de cultivo perfecto para que los matrimonios infantiles proliferen.

Ramganí tiene ocho hermanas, ella es la quinta. Las nueve fueron obligadas a casarse en sendas ceremonias que se celebraron durante tres días consecutivos. Las seis más jóvenes contrajeron matrimonio en la más estricta clandestinidad de su casa. Una de sus hermanas pequeñas, que ronda los 11 años, ya reparte su tiempo entre la casa de sus padres y la de sus suegros.

Al contrario que en otras culturas donde también prevalece el matrimonio infantil, aquí la dote la aporta la novia y la familia de la misma se hace cargo de la ceremonia. Es común casar a varias hijas a la vez y con miembros de la misma familia para ahorrar costes, lo que se traduce en esposas cada vez más jóvenes.

​Las peleas entre Ramganí y su padre por los estudios son continuas. Sus actos de rebeldía tienen duras consecuencias para ella, desde la violencia física al tormento emocional. Sin embargo, ha conseguido continuar en la escuela.

Las peleas entre Ramgani y su padre por los estudios son continuas, pero ella ha conseguido continuar en la escuela. (R. Fabrés)
Las peleas entre Ramgani y su padre por los estudios son continuas, pero ella ha conseguido continuar en la escuela. (R. Fabrés)

La doctora que pudo ser y no fue

“Después de casarme intenté retomar mis estudios, pero entre todos decidieron que no debería seguir estudiando y no he vuelto a hacerlo. “Cuando era pequeña sacaba muy buenas notas. Quería ser doctora”, cuenta con cierta nostalgia Abaynesh mientras se mueve de un lado a otro en la choza de madera, adobe y paja que comparte con su marido y dos mulas, en Gindero, en la región etíope de Amhara. Las montañas verdes, los campos que se extienden hasta donde alcanza la vista y una noche tan oscura que solo las estrellas le recuerdan que tiene los ojos abiertos hablan de un lugar olvidado por el tiempo.

Aún no ha salido el sol y Abaynesh ya está lista para ir a buscar agua al río, como hacen todas las mujeres de su familia. Carga un bidón de más de 25 litros apoyado sobre la parte baja de la espalda pero ni el peso ni su avanzado estado de gestación le impiden llevar un paso ligero y firme. Tiene 14 años, lleva 3 casada y espera su primer hijo. Su familia política decidió cambiarle el nombre por Jemata cuando se casó. Abaynesh es para ella quien quiso haber sido y no fue.

Según los números absolutos, Etiopía es el quinto país con más mujeres de entre 20 y 24 años casadas antes de los 18, cerca de 1,9 millones (el 41%) y el segundo donde más mujeres han sufrido mutilación genital en alguna de sus formas -23,8 millones, el 74% de la población femenina entre 15 y 49 años, según datos de UNICEF-. Abaynesh forma parte de ambas estadísticas. Estas prácticas conviven en más de 20 países, la mayoría en África. En ocasiones están estrechamente relacionadas. Ambas comparten las mismas raíces y factores sociales condicionantes, como la desigualdad de género, la prevalencia de normas sociales patriarcales y el deseo de controlar la libertad sexual de las mujeres.

Como la mayoría de las niñas etíopes, Abaynesh fue mutilada en su infancia. (J. Colón/MeMo)
Como la mayoría de las niñas etíopes, Abaynesh fue mutilada en su infancia. (J. Colón/MeMo)

Abaynesh no fue mutilada para garantizar su pureza, tampoco por el afán de arrebatarle el placer físico, sino para “facilitar” al hombre la penetración una vez casada. “Se dice que una mujer a la que no se le haya practicado la ablación, según va creciendo, terminará taponada, cerrada”, comenta Mesel Nigusie, una mujer que ha practicado la ablación durante los últimos 28 años. Las familias prefieren a niñas que hayan sido “cortadas” para sus hijos. “Es una cuestión cultural y de tradición”, confirma Nigusie. Ella habla con orgullo de su labor y asegura que se lleva a cabo por el bien de las mujeres.

Hasta que nazca su bebé continuará con su rutina, pensando en la doctora en la que no llegó a convertirse. Asegura que si da a luz a una niña le dará la educación que nunca tuvoEl suegro de Abaynesh llega del campo aún con la luz del día, unas horas antes de que su mujer regrese del pueblo, al que ha ido a vender cereal. Asegura que las mujeres más jóvenes se adaptan mejor a la familia política, son menos rebeldes y son mejores esposas. Tiene una hija de 14 años que sigue en la escuela y a la que planea buscar marido el año que viene.

Los ojos de Abaynesh reflejan el cansancio que su cuerpo esconde. Prepara el café en cuclillas en el centro de la estancia de sus suegros, escasamente iluminada por una lámpara de aceite. Se mantiene ajena a las conversaciones que su familia mantiene a su alrededor antes de irse a dormir. Es difícil escucharla decir una palabra.

Mañana volverá a levantarse antes de que salga el sol y volverá al río a por agua. Cocinará “injera” (un plato típico de Etiopía) y limpiará. Cada día hasta que nazca su hijo continuará con su rutina, tal vez pensando en la doctora en la que no llegó a convertirse. Si da a luz a una niña, asegura que le dará la libertad y educación que ella nunca ha tenido.

Soñar con ser “la mujer del traficante”

Nayara y su gemela no apartan la mirada de sus móviles, que vibran con cada nuevo mensaje. La joven lleva más de tres meses sin salir de su casa. Es el castigo que le ha impuesto la facción de narcos que controla su comunidad por mantener una relación 'prohibida' con un hombre de una organización rival. Castigo que llegó acompañado de una paliza que la envió al hospital.

Nayane, su hermana, le hace compañía durante su reclusión. Sentadas sobre una cama en una pequeña habitación descolorida, Nayane acuna en su regazo a su hija de diez meses. Viven en una casa de la favela Parque Uniao, perteneciente al Complejo de La Maré, en el norte de la ciudad de Río de Janeiro. A sus 15 años, ninguna asiste al colegio.

Nayane lleva tres meses recluida en su casa, en la favela de Parque Uniao. (N. Otero)
Nayane lleva tres meses recluida en su casa, en la favela de Parque Uniao. (N. Otero)

Nayane se prepara para acudir esta noche a un baile funk en el BB-Bar, donde conoció al padre de su hija. La joven madre viste una camiseta con una foto del chico, que murió hace tres meses. Estaba “envuelto en el narcotráfico” y durante una operación policial recibió varios disparos que acabaron con su vida. No puede contener las lágrimas cuando recuerda el fatídico día en el que su primogénita quedó huérfana de padre.

Brasil es el cuarto país del mundo con mayor número total de matrimonios infantiles: casi un millón de mujeres de entre 20 y 24 años se casaron antes de los 15. Al menos 3 millones lo hicieron antes de cumplir los 18. Llevar un recuento efectivo de estas uniones se torna extremadamente difícil por el carácter no oficial de muchas de ellas. Existen pocos datos oficiales al respecto y Brasil no cuenta con un programa público destinado a acabar con esta práctica.

Si bien el embarazo prematuro es, en términos muy generales, una consecuencia del matrimonio infantil, en Brasil se revela como una de las causas principales. Las niñas se casan o inician una convivencia estable animadas por la familia tras una maternidad no planeada porque es lo correcto socialmente. El rol no pasivo de las niñas en estas uniones, la no oficialidad de los enlaces y la gravidez adolescente como causa y no como consecuencia son las principales características de este fenómeno en el país sudamericano.

Al contrario que las novias de otros países, como India o Etiopía, no se obliga a las jóvenes a embarcarse en estas uniones. Sin embargo, sufren las mismas consecuencias: violencia machista, abandono escolar, peores perspectivas de futuro y problemas de salud maternal. La edad mínima para contraer matrimonio es de 16 años con el consentimiento de los padres. Sin embargo, en supuestos como el embarazo, este listón puede bajar.

En su camiseta, Nayane lleva estampada la foto del padre de su hija. (N. Otero)
En su camiseta, Nayane lleva estampada la foto del padre de su hija. (N. Otero)

Los estados con mayor prevalencia de este fenómeno son Maranhao y Pará. No obstante, las favelas de Río son un escenario perfecto para este tipo de uniones, un problema olvidado por la sociedad y el Estado. Es el caso de Chrisitiane Pereira, quien se casó muy joven tras quedarse embarazada de su primera hija con 16 años. Ahora, divorciada de aquel hombre y madre de otras dos niñas, reconoce que este patrón se repite sin cesar.

Estas jóvenes no son blancos de matrimonios concertados ni continúan tradiciones culturales, pero perpetúan prácticas que se vuelven cíclicas en entornos altamente sexualizados, machistas y deprimidos económicamente. La figura de la “mujer de traficante” resulta muy atractiva para chicas con una idea de la realidad, las relaciones, el sexo y el futuro muy limitadas por el contexto en el que viven. “Una mujer de 30 años soltera y sin hijos no es normal. -¿Un hombre sí?-. Sí, en un hombre es normal”, dice Nayara.

Vanessa Fonseca, coordinadora de proyectos de la ONG, resalta dos motivos principales por los que las niñas ven con buenos ojos el matrimonio a una temprana edad: la estabilidad económica que pueden conseguir y los anhelos de libertad en un entorno muy controlado. Christiane va más allá y asegura que muchas de estas uniones son una vía de escape a hogares abusivos en los que los malos tratos y las carencias afectivas están al orden del día.

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