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Policía que mata, policía que muere en Río (II): el círculo vicioso de la violencia
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"nOS ATACAN CON ARMAS DE GUERRA"

Policía que mata, policía que muere en Río (II): el círculo vicioso de la violencia

¿Son objetivo los agentes de Río de Janeiro porque matan mucho, o matan para evitar que les maten? El debate sigue abierto, mientras la cifra de cadáveres de esta guerra sigue aumentando

Foto: Policías del Batallón de Operaciones Especiales (BOPE) patrullan la favela de Mare, en Río, en marzo de 2014. (Reuters)
Policías del Batallón de Operaciones Especiales (BOPE) patrullan la favela de Mare, en Río, en marzo de 2014. (Reuters)

Sábado 1 de julio. Un intenso tiroteo rompe el silencio matutino en la favela Pavão Pavãozinho y resuena por las calles de Ipanema, asustando a los habitantes de clase alta acostumbrados a codearse con las garotas de Ipanema que circulan por la playa en sus bikinis de marca. El tiroteo es tan violento que por razones de seguridad el servicio del metro es suspendido durante unas horas. Tres días antes el portero de un edificio de Copacabana moría en otro enfrentamiento entre criminales y policías después de ser alcanzado por los fragmentos de una granada de guerra lanzada en esta misma favela. El incidente acontecía a pocos metros de la playa donde millares de turistas descansan a diario, ajenos al ambiente bélico que domina en las hermosas montañas de Río de Janeiro.

Es muy común ver a los cariocas haciendo sus compras y sus quehaceres diarios por las calles residenciales de la zona sur de la ciudad, mientras se desarrolla una operación policial con tanques de los cuerpos de choque y helicópteros que sobrevuelan los edificios entre largas e imparables ráfagas de ametralladora. Los habitantes de la Cidade Maravilhosa conviven asombrosamente con un nivel de violencia más propio de un país en guerra como Irak o Afganistán.

Foto: Un soldado brasileño patrulla cerca de la playa de Ipanema poco antes del Carnaval, en febrero de 2017. (Reuters)

Las frases “Esto está peor que nunca” y “Antes era peor aún” se alternan según el nivel de optimismo e inconsciencia del interlocutor. En general, a los cariocas no les gusta hablar de la violencia. La metabolizan como un mal inevitable e intentan aprovechar las delicias tropicales que su ciudad ofrece con un ahínco propio de quien se sabe vulnerable y efímero. Pero hay un tema recurrente en las conversaciones de bar de esta urbe que vive de puertas afuera. ¿Cada vez mueren más policías porque matan mucho, o una cosa no tiene que ver con la otra? ¿Mueren porque matan, o matan para evitar su muerte?

“Hay tantos muertos en las operaciones policiales porque del otro lado hay mucha gente armada. Es la Policía que más mata porque también es la que muere. Todo es proporcional, porque lo que hay es una caza contra nosotros. Si ahora salgo de aquí y alguien me dispara, ¿tú crees que no voy a responder con mi arma? ¿Y quién está equivocado? ¿Yo que represento la ley o el que me está disparando con una arma ilegal, que vende drogas?”, se pregunta Bianca Neves Ferreira, la joven policía que perdió a su marido en 2014, como relatábamos en la primera parte de este reportaje especial.

“El foco siempre está colocado en los policías. Yo estudié, hice un concurso, tengo una familia, trabajo todos los días, no estoy en la ilegalidad. Las personas precisan entender que si está habiendo tantas muertes, no es por causa de los policías. Los narcotraficantes están vendiendo algo que es ilegal y disparan cada vez que la Policía se aproxima. ¿Quién está equivocado en esta historia? Nadie habla de los grandes narcotraficantes”, agrega Bianca. “Por desgracia en una guerra alguien va a morir. ¿Tú crees que esto es fácil para nosotros? No lo es. Vivimos al límite y psicológicamente sufrimos mucho. Yo estoy aquí porque me trato y mucho. Tengo conciencia de lo que soy, de lo que quiero y de los riesgos que corro. A veces me pregunto si vale la pena”, completa.

placeholder Una mujer bromea con un agente en una piscina artificial en el norte de Río, en enero de 2017. (Reuters)
Una mujer bromea con un agente en una piscina artificial en el norte de Río, en enero de 2017. (Reuters)

"Una guerra no declarada"

Para Jurema Werneck, directora de AI, el alto número de muertes tanto en la Policía como en la población civil se debe a la falta de la preparación de los agentes y de una política adecuada para lidiar con la presencia de los narcotraficantes. “No creo que mueran más policías porque matan mucho. Más bien diría que esta lógica de la confrontación es equivocada e inadecuada, y acaba llevando a esta situación de calamidad”, reflexiona Werneck.

“Lo que tenemos en Río en una guerra no declarada. Basta echar un vistazo a los telediarios: aprehensiones de fusiles y de armas de gran calibre, lanzamiento de granadas… Nos atacan con armas de guerra”, asegura Jorge Romero Vieira, un agente que lleva menos de cuatro años en la Pmerj. “Siempre me gustó mucho esta profesión y siempre quise ser policía. Una parte de la sociedad no nos ve con buenos ojos. Para muchos somos un mal necesario, pero yo tengo una visión muy positiva de este cuerpo. ¿Qué sería de Río de Janeiro sin la Policía Militar?”, se pregunta este joven soldado.

Foto: Un miembro de una banda de narcotraficantes, apodado Petardo, posa para una foto en un colina de una favela de Salvador de Bahía (Reuters).
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El coronel Cajueiro insiste en el concepto de una Policía acorralada, que está siendo cazada y que se defiende. “En este proceso, la Policía a veces mata. Pero esta idea de que mata a inocentes es falsa. Yo estuve en muchos combates y nunca maté a inocentes”, asegura. Este oficial hace hincapié en la disparidad de fuerza entre agentes y bandidos. Los narcos tienen armas más modernas y potentes, y municiones casi ilimitadas. “No dudan en usar escudos humanos en las favelas. Se sirven de residentes e incluso de niños para protegerse de los tiros. Ordenan que la población salga a la calle para dificultar nuestro trabajo. Salen hasta mujeres embarazadas y lo hacen porque tienen miedo de desobedecer a los narcos. Es un escenario muy complejo en el que es difícil establecer causas y efectos”, afirma Cajueiro.

“Lo que tenemos que hacer es mejorar la política del Estado y endurecer las penas contra los criminales”, señala el teniente da Silva, para quien el quid de la cuestión es la impunidad. “Se debería potenciar la inteligencia para atacar el crimen. Creo que serías más efectivo hacer operaciones puntuales con objetivos claros, en regiones concretas. Hoy disponemos de todo tipo de tecnología, incluso drones”, sugiere.

“Somos un país del 'jeitinho' [picaresca], de la impunidad, campeón de linchamientos. Somos un país donde el preso no es preso; es preso, pero responde en libertad. Hice una propuesta al Ministerio de Justicia para doblar todas las penas de quienes poseen, llevan, comercializan ilegalmente y trafican armas de fuego”, ha declarado recientemente Robero Sá, Secretario de Seguridad en Río, quien reconoce que no habría aceptado este cargo el año pasado, si hubiese sabido que se produciría tamaña escalada de violencia. Por su parte, el comandante general de la Pmerj, Wolney Dias, ha defendido públicamente la introducción de la cadena perpetua para quienes asesinen a policías.

placeholder Un policía observa un autobús quemado durante unos disturbios en la favela de Palmeirinha, en febrero de 2017. (Reuters)
Un policía observa un autobús quemado durante unos disturbios en la favela de Palmeirinha, en febrero de 2017. (Reuters)

Los Caballos Corredores

El 29 de agosto de 1993, un grupo de exterminio formado por unos 50 hombres armados y encapuchados invadió la favela de Vigário Geral, una comunidad de 30.000 almas, y mató a 25 personas. Cuatro eran policías y 21 eran civiles. Entre ellos había trabajadores que charlaban en un bar, vendedores ambulantes y una familia de evangélicos que estaba durmiendo tranquilamente en su casa. La matanza fue atribuida a los narcotraficantes de la favela, pero investigaciones posteriores demostraron que se trató de una represalia contra el asesinato de un policía.

Este episodio sacudió la conciencia colectiva de Brasil y tuvo una fuerte repercusión en las portadas de los principales periódicos del mundo. Los autores de la matanza eran policías militares de un grupo conocido como los Caballos Corredores por su forma de actuar. Entraban en las favelas corriendo, disparando y aterrorizando a los moradores. De los 52 agentes imputados por la matanza, solo siete fueron condenados y únicamente uno sigue en la cárcel cumpliendo su condena.

El periodista Zuenir Ventura reconstruye este macabro capítulo de la historia reciente de Brasil en su libro “La ciudad partida”. En su impecable narración, el escritor cita un detalle que en 1994, cuando el libro fue publicado, podría parecer insignificante, pero que hoy, en el primer año post-olímpico, adquiere un significado inquietante.

Foto: Desalojo de familias en una favela de Río de Janeiro. (Efe)

El año anterior a la matanza de Vigário Geral, Río de Janeiro había sido escenario de Eco 92, una prestigiosa conferencia internacional que resultó ser la mayor concentración de jefes de Estado jamás vista en Brasil. Narcisista y con delirios de grandeza, la excapital del mayor país de América Latina vivió su momento de gloria. “El mundo se mudó aquí, la criminalidad diminuyó, no había violencia en las calles, en cada esquina un soldado del Ejército garantizaba nuestra paz y encima una providencia divina hizo que, en aquellos 15 días, reinase una estación perfecta, en la que los días ofrecían una playa perfecta y las noches permitían la delicia de un leve agasajo. Faltó poco para confundir Río de Janeiro con el paraíso”, escribe Ventura.

La descripción podría aplicarse íntegramente a lo que se vivió en la ciudad olímpica en agosto de 2016. “Después de esta tregua, sin embargo, vino la resaca. En el segundo semestre de 1992, todo volvió a lo normal, es decir, a la violenta rutina. Y 1993 sería aún peor”, continúa Ventura. Poco después, se produciría la matanza de Vigário Geral, que dejaría boquiabierta a la ciudad que se creyó moderna y capaz de deslumbrar a los gringos. El deja-vu está servido.

Desde que empezó la pacificación de las favelas, a finales de 2008, son muchos los escépticos que han tildado este proceso de farsa y han vaticinado el regreso de la violencia a los mismos niveles de siempre una vez pasados los macro-eventos, eso es, el Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016.

placeholder Un miembro de las fuerzas especiales de la policía monta guardia en el barrio de Barra da Tijuca, dos semanas antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Río 2016. (Reuters)
Un miembro de las fuerzas especiales de la policía monta guardia en el barrio de Barra da Tijuca, dos semanas antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Río 2016. (Reuters)

Servicios policiales para narcos

Los últimos datos sobre violencia y criminalidad parecen dar la razón a las previsiones más agoreras. Río de Janeiro se hunde por momento en una crisis económica, política, moral y de seguridad. Pero esta vez hay un factor nuevo, llamado Lava Jato. La mayor operación contra la corrupción de la historia de Brasil ya ha llevado a la cárcel al exgobernador de Río de Janeiro, Sérgio Cabral, y al expresidente de la Cámara, Eduardo Cunha, responsable de vertebrar el impeachment de Dilma Rousseff.

Pero lo que es más importante, la Lava Jato ha institucionalizado la figura jurídica de la delación premiada. Un imputado o condenado tiene la posibilidad de ver su pena reducida a cambio de información privilegiada sobre otros corruptos. Gracias a la delación premiada del dueño de la constructora Odebrecht, decenas de políticos brasileños han sido imputados en los últimos meses. El mismo presidente Michel Temer tienen que defenderse de la acusación de corrupción presentada a finales de junio por la Fiscalía General del Estado y basada en la delación premiada del mayor empresario del mundo del sector cárnico.

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Ahora la delación premiada ha llegado hasta la Pmerj. El 29 de junio, la Policía Federal brasileña lanzó una operación contra 200 agentes y narcotraficantes, sospechosos de formar parte de una red criminal. Gracias a la delación premiada de un narco, 96 agentes han sido detenidos en la mayor acción contra la corrupción policial desarrollada en la historia de Río de Janeiro. Están acusados de recibir sobornos por valor de un millón de reales (alrededor de 267.000 euros) por mes de facciones criminales a cambio de garantizar sus negocios ilegales.

La operación Calabar ha demostrado que los policías militares ofrecían distintos servicios a los narcotraficantes, desde facilitar sus transacciones de drogas hasta escoltarlos en sus movimientos y facilitarles armas. Para reforzar la idea de que Brasil no es un país para novatos, he aquí un detalle. La comisaría que investigaba este caso ha sido allanada después de los arrestos y parte de las pruebas han sido robadas.

“No voy a negar que hay corrupción. La Policía es un termómetro de la sociedad. Pero no creo que la corrupción sea responsable del elevado número de muertes a manos de la Policía”, afirma el coronel Cajueiro. Después de la entrevista, este policía curioso y educado reconoce que por primera vez en su larga trayectoria profesional tiene dudas sobre el futuro de su ciudad. “Cada vez más colegas me cuentan que quieren marcharse a Portugal después de jubilarse. Están cansados de esta violencia. Quieren una vida más sosegada. Yo mismo no sé qué pensar”, admite.

Foto: Residentes de la favela de la Maré, en Río de Janeiro, reaccionan durante una operación policial el pasado marzo (Reuters).

En contraposición al pesimismo de sus colega y a pesar del dolor de su pérdida, de las penurias de su corporación y de las dificultades diarias, Bianca Neves Ferreira no pierde la fe en su trabajo. “Para mí ha sido muy difícil y todavía lo es. El primer año fue el más duro. Iba todos los meses al cementerio con los padres de mi esposo. Tuve que encontrar un significado nuevo a mi vida, y motivos para seguir adelante”, cuenta esta viuda.

Bianca revela que pensó varias veces en dejar la Policía. “Durante un periodo tuve depresión, solo quería estar en la cama. Mis suegros me dieron fuerza para volver al trabajo. Tengo que criar a mi hija, que me necesita”, asegura. Esta joven mayor declara amor por su profesión. “Alguien tiene que hacer este trabajo. Es lo que yo escogí y ahora tengo que enfrentar las consecuencias de mi elección. No puedo simplemente abandonar mi trabajo, que es muy noble, sobre todo la parte que me toca, que son los proyectos sociales de la UPP en las favelas. Aunque hay personas concretas corruptas, yo sigo creyendo en la Policía Militar”, añade.

*Lea aquí la primera parte del reportaje especial "Policía que mata, policía que muere en Río".

Sábado 1 de julio. Un intenso tiroteo rompe el silencio matutino en la favela Pavão Pavãozinho y resuena por las calles de Ipanema, asustando a los habitantes de clase alta acostumbrados a codearse con las garotas de Ipanema que circulan por la playa en sus bikinis de marca. El tiroteo es tan violento que por razones de seguridad el servicio del metro es suspendido durante unas horas. Tres días antes el portero de un edificio de Copacabana moría en otro enfrentamiento entre criminales y policías después de ser alcanzado por los fragmentos de una granada de guerra lanzada en esta misma favela. El incidente acontecía a pocos metros de la playa donde millares de turistas descansan a diario, ajenos al ambiente bélico que domina en las hermosas montañas de Río de Janeiro.

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