memorias de una corresponsal

Curarse la anemia con lentejas y otras penurias de mis cinco años en Venezuela

Los dos mil bolívares que ganaba cuando llegué a Caracas no llegan hoy ni para hacer la compra en el mercado una vez a la semana

Foto: Vendedor de ropa en el centro de Caracas (Reuters)
Vendedor de ropa en el centro de Caracas (Reuters)

Venezuela no es “el mejor país del mundo”, como se empeñan en decir los venezolanos. Me disculpan los nacidos aquí, pero después de 5 años compartiendo las mismas penurias que ellos, esa afirmación no puede salir de mi boca. Puede que tenga todo el potencial para serlo, pero no en este momento.

Leer sobre Venezuela, más allá de este momento donde la agenda mediática la marca el tema electoral, es leer sobre violencia. Según el Observatorio Venezolano de Violencia, el año pasado cerró con 24.000 muertos, pero no es una cifra absoluta, contrastable. No hay números oficiales que digan cuántos asesinatos hay cada semana. La lamentable cifra roja no refleja el silente dato de atracos a mano armada que hay cada día, los secuestros y la extorsión. Yo soy una afortunada y, a pesar de haber vivido en zonas en las que ningún corresponsal recién llegado se atrevería a vivir –con banda sonora nocturna de ametralladoras incluida-, no me ha pasado nada. Ojalá siga siendo así.

La consecuencia “menor” que he sufrido es la de que las salidas al cine, a cenar, a tomar una cerveza por la noche, se reduzcan a un horario mínimo, controlado para escapar de las manos del hampa. Esa frivolidad de quedar a tomar unas cañas también se reduce a medida que la inflación sube y el poder adquisitivo de los venezolanos baja. Ayer, una fuente del BCV que no dio su nombre dijo a 'El Nacional' que este año cierra con 236% de inflación. Hace 5 años no entendía qué era esto. Ahora sé que significa que no puedo ahorrar para comprarme un secador de pelo dentro de un mes. Lo tengo que comprar hoy para no encontrarlo en unos meses al doble o al triple de precio. Llegué a este país como voluntaria internacional con Fe y Alegría, cobraba cerca de dos mil bolívares. No era rica, pero podía cenar fuera al menos una vez a la semana, ir al cine, tomar un taxi. Hoy, esos dos mil bolívares no alcanzan para una compra semanal en el mercado. 

Un supermercado de Caracas en febrero de este año. (EFE)
Un supermercado de Caracas en febrero de este año. (EFE)

El presidente Nicolás Maduro ha subido en dos ocasiones el salario mínimo en lo que va de año, pero ir a un mercado es darse cuenta de que no alcanza. Y si se tiene suficiente dinero para comprar, hay cosas que no hay. Todos los medios hablaron en su tiempo del papel higiénico, pero mal que bien, haciendo cola o yendo a los revendedores, la gente puede conseguir. No sin pasar grandes penurias, claro. Hace cinco años me lamentaba de las pocas marcas de atún que había en los anaqueles. Ahora tengo suerte si encuentro una lata. En agosto me dio anemia y no pude encontrar un paquete de lentejas para al menos recomponer un poco el cuerpo con algo que no fueran pastillas.

Ya si vamos a los medicamentos el tema toma tintes dramáticos. Enfermarse de algo que no sea un resfriado, es un lujo. Anti convulsionantes, medicamentos para el control de la tensión, antidepresivos, tratamiento para el cáncer… Trate de buscar dentro de las fronteras del país. Y, de nuevo, soy afortunada, y “dios mío, que me quede como estoy” y no me haga falta ningún medicamento. Lo único que tuve que traer en cajas y cajas para todo un año fue la anticonceptiva. No se le ocurra tener en Venezuela algún problema ginecológico que le haga tomarlas: no las va a encontrar. Si alguien las tomaba por aquello del control de la natalidad, difícilmente podrá usar otro método anticonceptivo que no sea aquel de la marcha atrás. Si lo encuentra, a precios que no todos pueden pagar. El amor está caro en Venezuela.

Imposible encontrar una vivienda

Después de hablar de asesinatos, falta de medicamentos y de comida, las prioridades bajan y la atención de los medios también. Pero hay un tema que a mí, que desde los 17 años no vivo bajo el mismo techo que mis padres, me sigue pareciendo un drama: la vivienda. Si hace cinco años era muy complicado buscar un espacio, ahora es imposible. Un periodista de un diario nacional, con 30 años y unos cuantos de trayectoria, no puede darse el lujo hoy de independizarse, ni siquiera de compartiendo con varios amigos. No hay quien alquile, y quien lo hace, es a precios que ni trabajando en 5 diarios a la vez. Sí, en España hay un drama con la vivienda y muchos han tenido que volver a casa de sus padres. En Venezuela ni siquiera han podido salir del hogar familiar. Incluso, hay parejas con hijos que viven cada uno en la casa de sus padres, separados. No es una decisión moderna para mantener la pareja, es que no hay de otra.

No puedo ahorrar para comprarme un secador dentro de un mes. Lo tengo que comprar hoy para no encontrarlo en unos meses al triple de precio

Si siguiera, la lista es larga. De lo que hay ahora y de lo que podría avecinarse en mi futuro. Por ejemplo, sé que este no es un país donde tendría a mis hijos. Cómo en un lugar en el que no se encuentran pañales o leche. Cómo en un lugar donde no confío en el sistema educativo público, el que me formó en España desde la guardería hasta la universidad.

Y por qué me quedo.

España tiene supermercados llenos, buena conexión a internet, un salario mínimo que alcanza para al menos vivir medio decentemente si se es uno solo, hay un sistema educativo y sanitario que Venezuela ni sueña en tener en el corto plazo, parques y opciones recreativas para los niños, ciudades más o menos adaptadas a los mayores.

Detalle de de una máquina contadora de billetes con dinero venezolano, denominado Bolivar Fuerte. (EFE)
Detalle de de una máquina contadora de billetes con dinero venezolano, denominado Bolivar Fuerte. (EFE)

Pero España tampoco es el mejor país del mundo y los jóvenes –porque a los 31 aún me considero joven-, hemos sido expulsados. Tengo una carrera y un posgrado, pero esto no fue suficiente para nadie. En el año anterior a venir a Venezuela no había conseguido un trabajo ni medianamente estable. En 2010 trabajé en cosas tan dispares como webmaster de una diseñadora de zapatos (no es tan rimbombante como suena, yo era su única empleada), en una agencia de clipping en la que tuve un tirano horario nocturno donde mi mayor función era darle click al ratón y seleccionar palabras en los diarios; o de reclutadora de socios para la Cruz Roja. Si usted ha pasado por la calle Preciados de Madrid, sabe de qué le hablo, de esos chicos pesados que lo abordan y le piden 5 minutos de su tiempo. Una de esas fui yo.

Venezuela tiene cosas que asustan. Pero quí tengo el “lujo” de poder trabajar para lo que estudié y estoy siendo testigo y voz, en primera línea, del devenir político y económico del país. Aquí tuve la suerte que España no me dio. Y yo, por ahora, me quedo.

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