¿Estaremos preparados para la próxima pandemia?
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no sabemos qué amenazas nos esperan

¿Estaremos preparados para la próxima pandemia?

El mundo debe movilizarse urgentemente en 2021 para desarrollar estrategias y mecanismos para afrontar enfermedades que podrían ser incluso más letales que la covid-19

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Avance rápido hasta 2023. La pandemia del covid-19 ha quedado atrás. La mayoría del mundo se ha vacunado, a pesar de que tenemos que aplacar brotes esporádicos y la gente a veces sigue llevando mascarilla. Mientras lloramos los millones que murieron, hemos entrado en un mundo pospandemia en el que la mayoría de cosas son más o menos igual que antes del covid-19. Los viajes y el comercio no tienen restricciones, se vuelve a celebrar todo, desde cenas de gala y bodas hasta conciertos en estadios y celebraciones eclesiásticas; y las economías se expanden para abarcar la demanda acumulada.

Después, igual de rápido que el covid-19, los investigadores y científicos descubren una nueva categoría de un nuevo tipo de neumonía. Los test confirman rápidamente que no es una variante del covid-19, sino un nuevo virus gripal que ha saltado -de alguna forma, en alguna parte- de los pájaros a los humanos. El nuevo virus es tan contagioso como el que provocó la covid-19, pero cuatro veces más letal. Y, al contrario que el Covid, pero igual que la devastadora pandemia de gripe de 1918, el nuevo virus es especialmente letal en los adultos jóvenes -y, en este caso, también en los niños-.

Foto: Rafael Matesanz, fundador de la ONT.

Una horrible pandemia gripal no es el único panorama aterrador que podría ser peor que el covid-19. Piense en los cientos de miles de casos de enfermedad de Lyme, transmitida por garrapatas, que se dan cada año en EEUU. En otras partes del mundo, algunas garrapatas transmiten enfermedades similares al ébola, y si esos contagios se propagan a EEUU, las picaduras de garrapata también podrían derivar en una enfermedad con la terrible letalidad del ébola. O se podría propagar rápidamente una bacteria muy resistente a los medicamentos. O un laboratorio podría desarrollar una cepa de virus o bacteria intratable para la que no haya vacuna y -de forma intencional o por accidente- liberarla en el mundo. El mundo no estaba preparado para el covid-19. ¿Estará preparado para la próxima pandemia inevitable?

Para prepararse, debemos empezar entendiendo que las lecciones de la batalla contra el covid-19 no son solo sobre esta pandemia. Fracasaremos si solo aprendemos a cómo combatir mejor la última guerra. Ahora es tiempo de prepararse y darse cuenta de que el precio de la preparación será eclipsado por el precio del desastre. Aquí van seis pasos urgentes que el mundo debe seguir para estar preparado para la próxima enfermedad.

1. Establecer un nuevo objetivo de alerta y respuesta rápidas: ‘7-1-7’

Tendremos que responder rápidamente a cualquier posible nueva gran amenaza sanitaria. Sugiero un objetivo de ‘7-1-7’: cada país debería ser capaz de identificar cualquier nuevo brote sospechoso dentro de los siete días siguientes a la aparición, empezar a investigar el caso en un día e informar del mismo, y organizar una respuesta eficiente -definida por referencias claras y específicas de diferentes patógenos- en otros siete días.

Estos objetivos ayudarán a los gobiernos a concentrar atención y recursos. Parte del rechazo a financiar la preparación en el sector de la salud ha sido una falta de medidas de progreso simples. Un motivo a favor de un apoyo bipartidista general para la lucha global contra el VIH y la malaria ha sido el recurso, para políticos y votantes norteamericanos por igual, de criterios claros: el número de personas tratadas, de mosquiteras repartidas, de vidas salvadas. Para el VIH, el objetivo ha sido lo que Naciones Unidas llama ‘90-90-90’ -asegurar que el 90% de personas contagiadas de VIH sean conscientes de ello, conseguir un tratamiento continuado para el 90% de los diagnosticados y suprimir la carga viral del 90% de las personas en tratamiento-. Esta estrategia ha convertido resultados concretos que salvan vidas en metas para la acción global. Conseguir el objetivo ‘7-1-7’, o algo parecido, es fundamental para un planeta más seguro, pero no será fácil. Necesitará ir acompañado de otros pasos.

2. Reforzar la capacidad de los países para prepararse y responder

Los centros para el control y prevención de enfermedades (CDC por sus siglas en inglés) han aprendido una lección clave en las últimas dos décadas: las mejores respuestas ante emergencias utilizan sistemas corrientes que son lo suficientemente sólidos para ampliarse en una emergencia. Aun así, los esfuerzos para reforzar dichos sistemas suelen ser dispersos. Mejorar las capacidades de los países requerirá medios considerables, una sólida asistencia técnica y un énfasis sobre la rendición de cuentas.

Como indica un estudio reciente del Institute for Health Metrics and Evaluation, grupo de investigación sanitaria de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington, la financiación anual para la salud global en 2019 fue de alrededor de 41.000 millones de dólares (de los que menos del 20% provino de EEUU). De ese total, el grupo estima que menos del 1% se dedicó a la preparación para pandemias -unos 374 millones de dólares-.

Estimaciones fidedignas de la cantidad necesaria para impulsar la preparación (más allá de las inversiones actuales) en países de renta baja y media parten de 5.000 a 10.000 millones de dólares al año durante los próximos dos o tres años, y mantenerla durante al menos una década. Eso sería además de la financiación de una mejor investigación, la atención médica primaria y otros pasos esenciales para progresar. Es mucho dinero, pero es poco al lado de los costes de una pandemia fuera de control, como todos hemos aprendido dolorosamente.

Muchos países necesitarán asistencia técnica, que puede ser proporcionada parcialmente por la Organización Mundial de la Salud y sus redes, así como los CDC de EEUU. Tales esfuerzos podrían complementarse con organizaciones regionales de salud pública. De hecho, durante la crisis del covid-19, los recientemente creados CDC de África (agencia de salud pública de la Unión Africana creada en 2017) han financiado sistemas de control de enfermedad y de respuesta más sólidos, así como una rápida expansión de servicios de laboratorio tan necesitados en el continente. La Unión Europea anunció a finales del año pasado un aumento de la financiación del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades (fundado en 2004) de 20 veces, y se está debatiendo sobre si crear centros de control de enfermedades regionales similares en el sudeste asiático y Oriente Medio. También serían de ayuda programas bilaterales más sólidos de EEUU, Reino Unido y otros países ricos. China seguramente seguiría su ejemplo e incrementaría su propia intervención en la salud pública global. Bien estructurada, esta podría ser un área de colaboración China-EEUU.

Foto: El presidente del Banco Mundial, David Malpass. (EFE)

Tal y como indican estudios en ‘The Lancet’ y otras revistas médicas, la pandemia del covid-19 han resaltado la vital importancia de la atención primaria. Nuevas enfermedades contagiosas serán capaces de propagarse ampliamente antes de que los pacientes puedan permitirse ir a centros médicos en cuanto se sientan mal, de que los clínicos reciban formación para diagnosticar e informar de pacientes con síntomas atípicos, y de que los centros de salud puedan ofrecer tratamientos y vacunas accesibles. La mayoría de países no ha invertido, ni mucho menos, lo suficiente en atención primaria -incluido EEUU, que tiene unos resultados pésimos en indicadores clave de calidad de la atención primaria-. Este es un motivo principal del despliegue inestable de la vacuna del covid-19 en EEUU.

Pero, incluso con más dinero y mejor asistencia técnica, el mundo no será capaz de cumplir el objetivo ‘7-1-7’ si no está estructurado para el éxito.

3. Dejar a las instituciones globales centrarse en lo que mejor saben hacer

Como agencia líder de Naciones Unidas para la salud pública internacional, la OMS sigue siendo el pilar fundamental de tales esfuerzos. La organización tiene claras limitaciones: a menudo ha tenido poca financiación, poco poder y ha sido reticente a criticar a los gobiernos. Pero desempeña varios papeles esenciales: proporcionar directrices de salud pública basadas en pruebas, facilitar la colaboración internacional, monitorizar datos públicamente y ayudar a los países a reforzar su salud pública.

La OMS necesita reformas reales para cumplir su misión. Debe dejar más al margen consideraciones políticas y geográficas a la hora de contratar y ascender a personal, así como en su análisis de países y recomendaciones a los mismos. Una OMS más sólida podría proporcionar un apoyo técnico firme a los gobiernos de todo el mundo, en concreto a través de su propuesta Global Strategic Preparedness Network.

placeholder Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS (Reuters)
Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS (Reuters)

El mundo se enfrenta a pandemias en el S. XXI, pero sus estructuras internacionales de salud pública todavía proceden de los acuerdos tras la Segunda Guerra Mundial, y las nuevas entidades a menudo se han introducido en ellas torpemente. La OMS fue clave para la salud global durante la Guerra Fría, con un papel destacado para EEUU. Los CDC también, pero las nuevas entidades -incluidos nuevos CDC nacionales y regionales basados en el modelo estadounidense- han remodelado el escenario de la salud global.

Los dos nuevos grupos de salud pública más grandes -el Fondo Mundial para la lucha contra el SIDA, la tuberculosis y la malaria y GAVI (La Alianza para la Vacunación)- cuentan con un presupuesto total que casi dobla el de la OMS. Algunas organizaciones filantrópicas, en especial la Fundación Bill y Melinda Gates y la Wellcome Trust, también son grandes e influyentes.

Foto: OMS pide una respuesta global ante la amenaza de enfermedades infecciosas

El Fondo Mundial es una fuente de financiación principal de programas para combatir las tres enfermedades de su nombre, mientras que GAVI ayuda a negociar y financiar vacunas para los países de menor renta. Ambas son organizaciones internacionales que no forman parte de Naciones Unidas y no están bajo el control de la OMS. Reciben sus recursos sustanciales de gobiernos, que han incrementado ininterrumpidamente su inversión en el Fondo Mundial y GAVI debido a su eficiencia, su rendición de cuentas y sus excelentes resultados. Pero las dos entidades se crearon sin componentes técnicos potentes (en gran medida para evitar enemistarse con la OMS), y la OMS no ha sido capaz de aportar conocimientos especializados suficientes para asegurar que ambas desarrollen su potencial.

Estas nuevas entidades han aportado muchos más recursos, energía y rendición de cuentas a la salud global, pero no han reforzado de forma considerable la capacidad de laboratorio, el control de enfermedades, la atención primaria y otras capacidades esenciales para combatir el covid-19 y pandemias futuras.

4. Conseguir el compromiso de los países más ricos y grandes organizaciones filantrópicas

Si trabajamos juntos para reforzar los sistemas de alerta temprana, compartir datos, mejorar las capacidades de respuesta rápida y consolidar los sistemas de asistencia sanitaria en todo el mundo, podemos salvar millones de vidas y billones de dólares. Esto costará miles de millones al año, pagados por países grandes y pequeños, pero eso no es nada en comparación con la estimación de octubre de 2020 del Fondo Monetario Internacional de que el covid-19 le ha costado al mundo cerca de 20 billones de dólares. La próxima pandemia podría ser más letal -y más cara-.

El mundo necesita nuevos mecanismos financieros de preparación que puedan administrar fondos de forma eficiente, ofreciendo rendición de cuentas e impulsando la confianza para conseguir inversiones gubernamentales. El Banco Mundial, el Banco Africano de Desarrollo, el Banco Asiático de Desarrollo y otras entidades pueden tener un papel importante. Más importante aún, el Fondo Mundial podría generar y desembolsar fondos para la preparación nacional. No solo podría ofrecer dinero, sino criterios específicos para conseguir el objetivo ‘7-1-7’ y una nueva estructura específica para la pandemia para la participación y la supervisión en los países receptores, incluidas secretarías de finanzas, salud, agricultura y más, así como el sector privado y grupos de la sociedad civil.

5. Convencer al mundo para que responda de forma global y solucione brechas peligrosas

“El ojo por ojo solo consigue cegar al mundo”, según el antiguo refrán. Hoy, los fracasos de la cooperación global empeoran la propagación de enfermedades infecciosas dejando al mundo ciego ante las amenazas incipientes. Pero si trabajamos juntos -compartiendo datos, conocimiento y recursos- podemos aumentar nuestra seguridad común.

Una cuestión olvidada es mejorar la seguridad en los laboratorios. Algunos errores de laboratorio son inevitables, pero tenemos unas normas globales insuficientes -y ninguna supervisión global- para reducir el riesgo de una liberación no intencional de patógenos letales, como pudo haber ocurrido con la gripe en una liberación de laboratorio accidental en la Unión Soviética a finales de los años 70 y como está documentado con la viruela en Reino Unido en 1978 y con el SARS en China en 2004.

La liberación de un agente biológico podría ser tan letal como una guerra nuclear, y necesitamos sistemas de normas y controles sólidos de la misma forma para minimizar tal riesgo. Los avances en las ciencias biológicas han hecho más fácil la creación de patógenos peligrosos. Un acuerdo global para limitar el número de laboratorios, personal y experimentos y para gestionarlos de forma más segura podría reducir el riesgo sustancialmente. Incluso conseguir este modesto objetivo sería difícil: sería costoso, requeriría un compromiso global, se enfrentaría a la oposición de investigadores, exigiría controles y aun así no conseguiría eliminar el riesgo de malos actores. Sin embargo, lo necesitamos urgentemente.

Foto: Bill Gates está siendo uno de los grandes actores de la pandemia (Reuters/Arnd Wiegmann)

También debemos reducir el riesgo de propagación de enfermedades de los animales a los humanos. Los nuevos patógenos más peligrosos resultan del contacto humano con animales, a menudo debido a nuestra invasión de hábitats tradicionales. Un acuerdo global y aplicable, tal y como propone Vanda Felbab-Brown, de la Institución Brookings y otros, ayudaría a terminar con la venta comercial de animales salvajes para su consumo. En partes de África y Asia donde la carne de caza es importante para su nutrición, también necesitaríamos medidas económicas que facilitasen su sustitución por otras fuentes de proteína disponibles a nivel local, y se necesitan programas mucho más sólidos para reducir el riesgo de que la gripe se propague de los pájaros y los cerdos a las personas.

Por último, el mundo debe aumentar su capacidad productiva de test, tratamientos y vacunas. Los patógenos se propagan, por lo que no podemos dejar a millones sin acceso a los test, tratamientos y vacunas de máxima calidad que queremos para nosotros. La RAND Corporation ha advertido de los peligros del ‘nacionalismo de vacunas’, en el que “los países presionan para conseguir acceso temprano al suministro de vacunas, posiblemente acaparando componentes clave para la producción de vacunas”.

“Los países presionan para conseguir acceso temprano al suministro de vacunas, acaparando componentes clave para la producción futura"

Ese comportamiento cortoplacista es indefendible desde el punto de vista ético e inevitable desde el punto de vista político. Una solución sería incrementar la producción en países con una población relativamente pequeña, que serían capaces de vacunar a su propia población sin que tuviera un impacto mayor en el suministro global. El mundo también podría intentar aumentar la capacidad productiva a través de compañías que acepten una financiación global a cambio de su compromiso para producir productos a precios razonables que cumplen con estándares rigurosos y distribuirlos en regiones desatendidas.

Nuevas tecnologías fascinantes como el ARNm -que hizo posibles las dos primeras vacunas para el covid-19 aprobadas en EEUU- prometen plataformas que pueden ser rápidamente reconvertidas para combatir nuevas amenazas. Unas instalaciones de producción de ARNm financiadas de forma global podrían ayudar a acabar con la pandemia actual y, posiblemente, producir vacunas y medicamentos salvavidas que crearían un modelo de negocio sostenible, que se venderían a compradores públicos y privados entre pandemias. Pero por encima de todo esto, necesitamos una nueva actitud global.

6. No esperar

Debemos actuar ya: 2021 es el momento de ahora o nunca para mejorar la resiliencia global para combatir pandemias futuras. No podemos saber la naturaleza o la fecha de las amenazas que nos esperan, pero son inevitables. No hay tiempo que perder para prepararse. Las decisiones de salud pública son inevitablemente políticas. No ser capaces de actuar, ante la prueba del covid-19 de que el mundo es peligrosamente vulnerable, también sería una decisión. Este año, cuando la urgencia de tales esfuerzos es tan clara, debemos realizar inversiones significativas para proteger y expandir la salud pública global -o nosotros y nuestros hijos nos enfrentaremos a las graves consecuencias-.

‘El doctor Frieden fue el director de los centros para el control y prevención de enfermedades desde 2009 hasta 2017. Es presidente y CEO de Resolve to Save Lives, una iniciativa de la organización de salud pública Vital Strategies, y alto miembro del Consejo de Relaciones Exteriores’.

Avance rápido hasta 2023. La pandemia del covid-19 ha quedado atrás. La mayoría del mundo se ha vacunado, a pesar de que tenemos que aplacar brotes esporádicos y la gente a veces sigue llevando mascarilla. Mientras lloramos los millones que murieron, hemos entrado en un mundo pospandemia en el que la mayoría de cosas son más o menos igual que antes del covid-19. Los viajes y el comercio no tienen restricciones, se vuelve a celebrar todo, desde cenas de gala y bodas hasta conciertos en estadios y celebraciones eclesiásticas; y las economías se expanden para abarcar la demanda acumulada.

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