"El mundo no volverá a la normalidad hasta 2024. Entonces, empezará el desenfreno"
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Entrevista a Nicholas Christakis

"El mundo no volverá a la normalidad hasta 2024. Entonces, empezará el desenfreno"

Este médico y sociólogo está convencido de que el coronavirus va a dejar cicatrices profundas en la sociedad, como lo hicieron anteriores pandemias a lo largo de la historia

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Nicholas Christakis. (Skype)

"Las plagas no son algo nuevo para la humanidad, solo son nuevas para nosotros", explica el doctor Nicholas Christakis en una entrevista por Skype. Este médico y sociólogo, director del Human Lab de la Universidad de Yale, no cree que las vacunas sean el principio del fin de la pandemia, sino el final del principio. Está convencido de que el coronavirus va a dejar cicatrices profundas en la sociedad, como lo hicieron anteriores pandemias a lo largo de la historia. Uno de los más previsibles es lo que pasará una vez que termine. Una pista: “Y luego, cuando la pestilencia disminuyó, todos los que sobrevivieron se entregaron a los placeres: monjes, sacerdotes, monjas y laicos, hombres y mujeres, todos se divirtieron, y ninguno se preocupó por gastar y jugar. Y todo el mundo se creía rico porque había escapado y recuperado el mundo”. Son las palabras de Agnolo di Tura, un cronista de la peste negra en 1348, que recoge Christakis en su último libro: ‘Apollo’s Arrow: The Profound and Enduring Impact of Coronavirus on the Way We Live’ ('La flecha de Apolo: el impacto profundo y duradero del coronavirus en nuestro modo de vida'). Tras el horror y la muerte, el hedonismo.

Este científico experto en epidemias está convencido de que, si bien durante las pandemias suelen aumentar la religiosidad y la aversión al riesgo, cuando se superan, “es muy probable que se dé un aumento del consumo como revancha, aumentarán las ganas de socializar y de probar cosas nuevas”. La primera parte de los años veinte del siglo XXI no va a ser feliz precisamente, pero la segunda parte promete: “Podemos esperar esta década un resurgimiento de innovaciones sociales, tecnológicas y artísticas después de la actual pandemia de coronavirus”, anticipa Christakis, cuyo laboratorio analiza el comportamiento humano desde la epidemiología, la biología y la sociología, entre otros campos.

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Christakis es optimista en el medio plazo, pero muy cauto en el corto, porque una vez superada la crisis sanitaria se avecina una crisis económica muy complicada que llevará al paro en todo el mundo a cientos de millones de personas. Aun así, prefiere mirarlo por el lado positivo: “Deberíamos sentirnos afortunados de que esta pandemia que nos ha tocado vivir solo mate a un 1% de los contagiados. Es una suerte que no sea 10 o 30 veces más contagiosa. Con la peste bubónica, moría la mitad de la gente”, recuerda. Esta pandemia también acabará, siempre lo hacen, pero la historia nos enseña que el mundo que viene será diferente.

PREGUNTA. ¿Cuándo volveremos a la normalidad?

RESPUESTA. Hasta 2022, no podremos dejar de usar mascarillas y la distancia social hará falta otro año más por lo menos. Pero aunque en 10 meses algunos países logren la inmunidad gracias a las vacunas, no quiere decir que el año que viene hayamos dejado atrás las consecuencias de la pandemia. Habrá que dar tiempo para que nos recuperemos del 'shock' psicológico y económico que supone el virus. Llevará al menos un par de años más recuperarnos de las cicatrices de la pandemia.

P. En su libro, dice que el covid-19 no desaparecerá nunca.

R. Hay muchas probabilidades de que el covid permanezca entre nosotros, como ha pasado con otros virus aun después de la vacuna, como el sarampión, por ejemplo. Irá reduciendo su letalidad, pero de vez en cuando habrá gente que enferme y muera. También pasa con la gripe. Puede que alcancemos la inmunidad colectiva en 2022, pero eso no quiere decir que el virus desaparezca para siempre.

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P. Leer su libro da a la vez esperanza, al ver que las pandemias no son algo extraño y que la humanidad siempre se ha recuperado de ellas. Pero también es descorazonador ver cuántas lecciones aprendidas en otras pandemias se olvidan de una para otra.

R. Hace 100 años, en la gripe del 18, también hubo negacionismo hacia lo que estaba pasando. También hubo gente que se negaba a usar mascarillas y se dudaba de su efectividad. Uno de los patrones que se repiten en la historia de las pandemias es la tendencia a culpar a otros de lo que pasa. En la plaga de Atenas, se culpaba a los espartanos. En la Edad Media, se culpaba a los judíos. Con el VIH, se estigmatizó a los homosexuales.

P. ¿Dejará esta pandemia una lección? ¿Aprenderemos algo? ¿O se olvidará en los libros de historia como la de 1918?

R. Todas las pandemias dejan una cicatriz. Y creo que cuando llegue la inmunidad, todavía tendremos que pasar una especie de duelo. Tardaremos al menos un par de años en recuperarnos del impacto psicológico y económico. El duelo no solo hay que pasarlo por la muerte de tantos millones de personas, no solo por la pérdida de familiares y amigos, o por la pérdida de salud que puede dejar secuelas entre quienes sobreviven al virus, también porque una pandemia es la pérdida colectiva de una forma de vida. No podemos quedar a comer en un restaurante, no podemos ir al cine ni viajar como antes. Y esa pérdida también lleva su tiempo. Y luego, cuando paulatinamente vuelva la normalidad, el mundo será diferente. Ni la economía se recuperará de inmediato ni la gente va a llenar los restaurantes de repente. Viviremos una especie de periodo intermedio de cicatrización. Creo que lo que podemos llamar normalidad o pospandemia empezará en 2024.

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Nicholas Christakis. (Skype)

P. En su libro, explica que las pandemias siempre han transformado el mundo. Que muchos hábitos de higiene que damos por hecho se deben a las medidas que se tomaron en la gripe del 18, como que no haya escupideras en los bares. ¿Qué otros impactos tendrán a medio plazo el aislamiento social y los efectos en la economía?

R. Una pandemia es como un incendio. Cuando se acaba, no vuelves a ver el edificio como era antes. Toca reconstruirlo. Una pandemia deja cicatrices, pero con el tiempo, olvidamos qué las causó. Durante la peste bubónica, en toda Europa la gente se replanteó lo que creía. Contribuyó al declive de la aristocracia y el clero, también aceleró el desarrollo de la ciencia y la medicina empírica. Algo así podría pasar ahora. Hay impactos que está teniendo el covid que ya hemos visto antes en otras pandemias a lo largo de la historia. Por ejemplo, la gente se vuelve más miedosa, más introspectiva y tiene más aversión al riesgo. Eso ya está pasando. La religiosidad está aumentando en EEUU. No hay ateos en las trincheras. Este efecto no suele ser duradero y desaparece cuando desaparece la epidemia. También suele suceder, como pasó en los felices años veinte del siglo pasado, que tras la pandemia la gente vuelve a buscar el contacto social y el desenfreno. Así que, cuando vuelva la normalidad, seguramente aumente también el gusto por el riesgo, la fiesta y las ganas de gastar.

P. ¿El desenfreno será en 2024? Tomo nota.

R. Hay otros cambios que no está claro cuánto durarán. La gente aprende a cocinar en parte como 'hobby', en parte para no tener que salir de casa, también el bricolaje casero es una manera de ser más independiente para no necesitar llamar a gente que vaya a tu casa, porque cualquier interacción con el covid-19 se percibe como arriesgada. Entre los efectos más preocupantes, están los económicos. Millones de personas están perdiendo su empleo y la recesión va a durar bastante tiempo, especialmente entre los jóvenes. También está cambiando para siempre la manera en que vivimos el teletrabajo y la mayor digitalización, por ejemplo. O el replanteamiento de los viajes de trabajo. ¿Para qué estar una hora en un atasco para una reunión que puedes hacer por Zoom? Eso cambiará. También se está viendo ya otro tipo de impacto en la forma de vida de muchas mujeres, porque a menudo son las que cargan con el coste social de los cuidados. Muchas están dejando de trabajar para cuidar a sus hijos en caso de cuarentenas y confinamientos. Esto podría suponer un retroceso de muchas décadas de avances en la igualdad. Tendremos una recesión seria, que también afectará especialmente a los jóvenes y a los más vulnerables de la sociedad.

P. En el libro, destaca que muchas amenazas a gran escala han impulsado históricamente la innovación científica. La pandemia de 1918 estimuló los avances en microbiología y salud pública. El Proyecto Manhattan durante la Segunda Guerra Mundial contribuyó a los avances en física. El primer satélite soviético, el Sputnik, provocó en los cincuenta una fuerte inversión estadounidense en ciencia e ingeniería espaciales. ¿Es posible que veamos esto nuevamente?

R. Haber conseguido las vacunas en menos de un año de pandemia es un logro asombroso. Es posible que uno de los impactos duraderos de la pandemia de covid-19 sea un mayor respeto por la ciencia y la experiencia. Quizás a raíz de esta pandemia la humanidad pase a tomarse más en serio otras amenazas que requieren comprensión científica, como el cambio climático. También los avances científicos están dejando claro la importancia de la colaboración para la especie humana. Las vacunas se han logrado desarrollar en tiempo récord gracias a la colaboración de muchas personas en muchas partes distintas. Estamos colaborando para frenar el virus y esa es una gran paradoja. El virus se aprovecha de nuestra necesidad de socializar para extenderse, pero nosotros podemos vencerlo gracias a nuestra capacidad para colaborar. En cierto modo, la propagación de gérmenes es el precio que pagamos por la difusión de ideas. Hemos evolucionado gracias al aprendizaje, a compartir ideas con otros, a ayudar a desconocidos. Eso es algo muy poco habitual en el reino animal. Nuestra necesidad de socializar es lo que hace que el virus se propague. También es la herramienta fundamental para vencer al coronavirus.

P. En el libro, usted es muy crítico con la tardía respuesta de muchos gobiernos, sobre todo la Administración Trump, en atender las advertencias de los científicos cuando en enero del año pasado empezó a verse lo que pasaba en Wuhan. ¿Cree también que la pandemia contribuirá a un cambio en la clase política?

R. En febrero del año pasado, gran parte de la comunidad científica ya estaba alarmada por el coronavirus que se detectó en Wuhan, pero la mayoría de los políticos no les tomaron en serio. La negación de lo que está pasando es común cuando llega una epidemia. A lo largo de la historia, los gérmenes se han aprovechado para propagarse de la capacidad de mentirnos que tenemos los seres humanos para negar lo que está sucediendo. Es posible que la mala gestión política tenga un efecto. También lo tuvo en el pasado. Con la peste negra, quedó muy claro que los sacerdotes no tenían forma de detener la mortalidad por la plaga. El clero fue perdiendo poder en la Edad Media y algunos estudios lo relacionan con el surgimiento del capitalismo, porque la desilusión con el sistema anterior llevó a la búsqueda de nuevas fuentes de autoridad. Es posible que la incapacidad de nuestras instituciones políticas y gobiernos para combatir el virus tenga implicaciones similares. También puede que el papel del propio Gobierno aumente, porque cuanto peor se pone la pandemia, más se espera del Estado.

Foto: Los españoles, los más descontentos con la gestión del coronavirus de su gobierno. (EFE)

En realidad, son muy pocos los políticos que han hecho una buena gestión de la pandemia, porque si eres político, no te gusta dar malas noticias a la gente y para explicar la situación del coronavirus hay que ser capaz de dar malas noticias. Entre las excepciones, destacaría a Angela Merkel en Alemania y Jacinda Ardern en Nueva Zelanda. Ambas han sido capaces de tomar decisiones impopulares y con ello han salvado muchas vidas.

P. ¿Y en España?

R. En España, los datos hasta ahora no son buenos. Es uno de esos países en los que no está habiendo una respuesta nacional ni coordinada, como tampoco la ha habido en EEUU. Y eso es un problema. Si cada región puede poner las restricciones que le parecen, es como designar una parte de la piscina donde se puede orinar y pensar que el resto de la piscina está a salvo. ¡Obviamente, no lo está! El virus no entiende de fronteras. Muchos otros países están cometiendo ese error. La falta de liderazgo y coordinación ayuda al virus a propagarse. Siempre ha sido así a lo largo de la historia.

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