Buenas noticias de la OCDE y el BdE para la economía, pero los retos no desaparecen
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Previsiones de la OCDE y del BdE

Buenas noticias de la OCDE y el BdE para la economía, pero los retos no desaparecen

Las últimas proyecciones evidencian la capacidad de la economía española de mantener la recuperación pese a la sucesión de dificultades que se han manifestado a lo largo del año

Foto: La ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño.
La ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño.

A nadie escapa que 2021 ha resultado un año más difícil de lo que muchos aventuraban a finales del año pasado. Primero fueron los problemas logísticos en el despliegue de las vacunas los que, en paralelo a un repunte de los contagios a causa del surgimiento de distintas variantes del virus, obligaron a las autoridades a mantener las restricciones a la movilidad más tiempo del esperado, conduciendo a un retraso de las expectativas de normalización de la actividad.

Más tarde, se manifestaron una serie de problemas en las cadenas de producción, acompañados de un incremento de los precios, que se erigían como nuevos obstáculos en el camino de la recuperación. Y más recientemente han sido problemas económicos (la crisis de Evergrande en China) y políticos (como las dificultades del Gobierno estadounidense para sacar adelante sus planes de gasto) los que han provocado nuevas muescas en la confianza económica, a medida que se comprueba la pérdida de pujanza del crecimiento experimentado en los primeros meses del año.

Pese a todo esto, España ha podido experimentar en las últimas semanas una mejora de sus expectativas económicas que este martes se ha reflejado en el incremento de las proyecciones de crecimiento publicadas por la OCDE (un punto porcentual más, hasta el 6,8%) y el Banco de España (una décima, hasta el 6,3%), que vienen a corroborar que el país ha mantenido una senda de crecimiento robusta a lo largo de un trimestre clave.

El Gobierno se mantiene en el extremo alto de las previsiones de crecimiento para 2022

Aunque a partir de datos muy provisionales, todo parece indicar que un pilar fundamental de la economía nacional como es el sector turístico ha logrado salvar su temporada principal con unos volúmenes de actividad relativamente satisfactorios, gracias a la pujanza de la clientela doméstica y a una demanda extranjera que, aunque aún alejada de los guarismos habituales antes de la crisis, ha mantenido una dinámica positiva en los últimos meses, a pesar de los sucesivos rebrotes del virus. Y esto, junto a una evolución del consumo interno muy superior a lo previamente esperado, habría permitido unas tasas de crecimiento en el tercer trimestre similares a las registradas en el precedente.

De este modo, tanto la OCDE como el Banco de España dibujan ahora un escenario en el que la economía española sería capaz de recuperar los niveles de PIB anteriores al ‘shock’ del coronavirus a lo largo de 2022, lo que supone una mejora considerable frente a la expectativa anterior, que proyectaba ese hito hacia 2023.

Es obvio que estas nuevas proyecciones, como todas desde el inicio de la crisis, están sometidas a una elevada incertidumbre que obliga a tomarlas con cautela. Y que si a lo largo de este año España puede celebrar que la mayor parte de las proyecciones de las casas de análisis han pecado por defecto, el deterioro de las expectativas en países como China o Estados Unidos sirve de ejemplo de que los riesgos son al menos tan pronunciados a la baja como al alza.

Foto: Imagen de la sede del Banco de España en Madrid. (EFE)

Llama la atención que, en esta tesitura, el Gobierno se mantenga en una posición de optimismo extremo, que le permite afirmar que la economía española alcanzará ya este año los niveles del PIB (en términos diarios) y empleo (en términos de afiliación) previos a la crisis y se expandirá hasta un 7% el próximo año (frente al 5,9% que estima el Banco de España y el 6,6% que calcula la OCDE). No es esta una cuestión menor, pues de este posicionamiento dependen planes económicos que pueden resultar más o menos apropiados en función de lo que la realidad se ajuste a esos pronósticos. Y en estos casos suele ser más conveniente quedarse corto que pasarse de frenada.

En cualquier caso, y al margen del futuro más inmediato, inevitablemente sumido en las incertidumbres a las que aboca la evolución de la pandemia, lo que se desprende de las distintas estimaciones (y que el Gobierno difícilmente puede ocultar tras su optimismo) es que, lógicamente, tras el ‘boom’ posterior al mazazo de la pandemia, la economía española se dirige hacia tasas de crecimiento mucho más modestas. El Banco de España calcula que en 2023 la economía nacional se expandirá un 2%, cifra que sin ser mala puede resultar algo escasa para lidiar con las innumerables vulnerabilidades que aún entonces se espera que arrastre el país. Porque la institución que dirige Pablo Hernández de Cos calcula que ese año la tasa de desempleo se mantendrá por encima del 13%, el déficit rondará el 3,5% y la deuda superará el 114% del PIB.

Para 2023, el BdE estima que el paro aún superará el 13% y el déficit alcanzará el 3,5%

Es cierto que, para lidiar con estas cuestiones, España contará en este periodo con la potente palanca que representan los fondos europeos del programa Next Generation EU, que permitirán cuantiosas inversiones en áreas estratégicas que deben venir acompañadas de reformas estructurales con las que se espera que el país pueda corregir, al menos en parte, algunas de las fallas que se vienen manifestando recurrentemente en los datos y que la crisis ha vuelto a agudizar. Sin embargo, y pese a las esperanzas depositadas en estos planes, no puede darse por garantizada su correcta implementación ni, por ende, su eficacia a la hora de impulsar el crecimiento potencial a largo plazo de la economía española.

Una economía que ha evidenciado con los últimos datos y estimaciones una llamativa capacidad para bregar con las dificultades derivadas de la pandemia y mantenerse en una dinámica de progresiva mejora capaz de superar la mayor parte de las estimaciones. Y es posible que los nuevos cálculos de la OCDE y el Banco de España vuelvan a quedarse cortos, si la pandemia sigue remitiendo y favorece una evolución positiva de métricas clave como el consumo y la inversión.

Pero esta cuestión, siendo importante, se diluye cuando se proyecta la mirada más a largo plazo. Que España crezca el próximo año un 6% o un 7% no es un asunto menor. Pero en la estrategia económica resulta más relevante lo que suceda más allá, una vez pasados los efectos de la crisis, cuando las tasas de crecimiento regresen a cotas más normalizadas y varios de los principales impulsores de esta recuperación (políticas fiscales y monetarias, ahorro acumulado, etc.) se hayan diluido. Será entonces cuando vuelvan a cobrar relevancia los problemas seculares de la economía española y cuando se ponga de manifiesto si todo lo realizado hasta ahí ha servido para algo más que, simplemente, superar la crisis.

A nadie escapa que 2021 ha resultado un año más difícil de lo que muchos aventuraban a finales del año pasado. Primero fueron los problemas logísticos en el despliegue de las vacunas los que, en paralelo a un repunte de los contagios a causa del surgimiento de distintas variantes del virus, obligaron a las autoridades a mantener las restricciones a la movilidad más tiempo del esperado, conduciendo a un retraso de las expectativas de normalización de la actividad.

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