S&P y DBRS

Subidas de ráting para España: tres buenas noticias y una muy mala

El que acabó ayer es el primer fin de semana que los españoles tienen la certeza absoluta de que lo del 28 de abril fue solo

Foto: Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, líderes del PSOE y de Unidas Podemos, en su reunión en La Moncloa del 7 de mayo
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, líderes del PSOE y de Unidas Podemos, en su reunión en La Moncloa del 7 de mayo

El que acabó ayer es el primer fin de semana que los españoles tienen la certeza absoluta de que lo del 28 de abril fue solo una primera vuelta y que el 10 de noviembre se abrirán de nuevo las urnas. Pero desde un punto de vista de solvencia crediticia, no pudo empezar mejor.

El viernes pasado, al cierre de los mercados en Wall Street, la agencia Standard & Poor’s subía el ráting de España desde A- a A y su rival canadiense DBRS mantenía la A pero mejoraba la tendencia desde “estable” a “positiva”, lo que presupone que, según esta agencia, lo más probable es que el próximo movimiento sea al alza y no a la baja.

¿Todo en orden, entonces? ¿Han aprendido España, los españoles y sus empresas a convivir con la incertidumbre política que traen consigo cuatro elecciones generales en cuatro años y un intento de secesión unilateral de una de sus regiones más ricas? No tan rápido.

De una lectura detenida de las decisiones y los razonamientos de S&P y DBRS para mejorar su visión sobre la calidad crediticia de España, destacan, al menos, tres buenas noticias, pero también una muy mala. Por partes.

La primera buena noticia es la subida de ráting en sí. Es cierto que este tipo de cambios en las calificaciones de solvencia, tanto al alza como a la baja, suelen llegar tarde. Y también lo es que el mercado las tiene descontadas desde hace semanas o incluso meses. Pero aun así, las subidas de ráting son siempre una buena noticia para el país que las recibe.

Por un lado, por una cuestión técnica: hay inversores institucionales que, por estatutos internos, se autoimponen no invertir en deuda por debajo de una determinada calificación. Una mejora en el escalafón le abre a uno la puerta de nuevos inversores y, ante el aumento de la demanda, la posibilidad de emitir aún más barato.

Y por el otro, porque con las mejoras de ráting del Estado soberano, suelen venir luego las de otras entidades públicas y privadas, especialmente los bancos. Las agencias crediticias incluyen la probabilidad de que un Gobierno quiera y pueda acudir al rescate de sus entidades financieras como un factor relevante a la hora de valorar sus rátings. De este modo, una mejora de la nota para la banca, ampliaría también su abanico de inversores y mejoraría sus condiciones de financiación ante, por ejemplo, el Banco Central Europeo. Y mejores condiciones de financiación para los bancos deberían suponer también un mayor y mejor acceso al crédito para empresas y hogares.

La segunda buena noticia es que tanto S&P como DBRS creen que España crecerá por encima de la media de la eurozona en los próximos tres años. A pesar de la inestabilidad y la fragmentación políticas, la economía española logrará mantener un diferencial de crecimiento positivo con el resto de tus socios. Eso sí, todos dan por hecha la ralentización. En el caso de S&P, por ejemplo, sus economistas prevén que España crezca al 2,2% este año; al 1,8%, el que viene; al 1,7% en 2021 y al 1,5% en 2022.

Y la tercera buena noticia es que si la música sigue sonando, todo irá bien. La inercia del crecimiento económico -cada vez más ciudadanos pagando impuestos como el IRPF y cada vez menos prestaciones por desempleo, por ejemplo- está generando menores déficits y superávits primarios (más ingresos que gastos sin contar el pago de intereses). Y esto permite ir reduciendo poco a poco el gran stock de deuda pública sobre PIB que se ha ido acumulando durante la crisis.

Pero aquí es cuando llegan las malas noticias. La economía puede sobrevivir a corto plazo a la fragmentación y la inestabilidad política. Y a medio y largo plazo España tienen problemas que necesitan una solución. Así lo describe S&P: "Aunque las divisiones políticas puede que no afecten significativamente a las perspectivas económicas a corto plazo, un retraso prolongado para gestionar los desafíos económicos existentes podría lastrar el desarrollo económico a medio y largo plazo". Y apunta a las reformas que necesitaría la economía para solucionar esos desafíos, como la del mercado laboral y la reducción estructural del déficit público -no solo gracias al ciclo económico-. De lo contrario, advierte la agencia, el déficit podría volver a crecer a partir del año que viene.

La música y la letra de DRBS suena parecida. "Este clima político despierta dudas sobre la capacidad de España de afrontar desafíos económicos clave", afirman sus economistas. Y si bien afirma que el "fuerte apoyo por partidos políticos centristas y pro-UE reducen los riesgos de resultados extremos", también admite que "la introducción de medidas decididas para mejorar la sostenibilidad a medio plazo del sistema de pensiones o para empujar las reformas económicas que aumenten el potencial de crecimiento parecen improbables".

En resumen, España capea de forma decente el temporal a corto plazo, pero está ignorando las grandes bombas de relojería que están enganchadas a los cimientos de su estructura económica. Y aunque muchos de esos desafíos son a medio y largo plazo, existen riesgos para la economía muy a corto, como el Brexit duro o una escalada de la guerra comercial que lleve a la imposición masiva de aranceles. Sin ir más lejos, a los automóviles europeos en EEUU. Si estos riesgos a corto cristalizan, muchos de los problemas de España que ahora aparecen en el medio plazo -como el déficit estructural- pasarán a ser muy reales e inmediatos.

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