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La guerra del pan: cuando 100.000 madrileños salieron a la calle pistola en mano
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Fraude de 3.000 millones de pesetas

La guerra del pan: cuando 100.000 madrileños salieron a la calle pistola en mano

En los últimos meses, el término 'reduflación' ha copado titulares. Dar menos al mismo precio ha sido la estrategia de los grandes supermercados para surfear la crisis de los suministros

Foto: Imagen de las protestas por el fraude del pan. ('Orcasitas. Memorias vinculantes de un barrio')
Imagen de las protestas por el fraude del pan. ('Orcasitas. Memorias vinculantes de un barrio')

Cuando la democracia estaba aún dando sus primeros pasos, entre 1975 y 1976, varios barrios de la capital se levantaron pistola —de pan— en mano. Entre las tensiones políticas, los mensajes de amnistía y la resaca de una dictadura que duró cuatro décadas, la gota que colmó el vaso salió de una balanza: descubrieron que las barras y hogazas que cada día compraban los madrileños pesaban menos de lo que, oficialmente, debían pesar. El fraude llegó a cifrarse en torno a los 3.000 millones de pesetas al año, unos 18 millones de euros (219 millones ajustados a la inflación).

En los últimos meses, el término 'reduflación' ha copado titulares y análisis económicos. El arte de dar menos al mismo precio ha sido la estrategia de los grandes supermercados para surfear la crisis de suministros y la subida de materias primas como el trigo o la gasolina. Pero no es la primera vez que los ciudadanos, al menos los de Madrid, pagan lo mismo por menos.

"Una barra que debía pesar un cuarto de kilo rondaba los 170 gramos. El precio era cerrado"

La historia la conoce bien Félix López-Rey, ahora concejal de Más Madrid y por aquel entonces presidente de la Asociación de Vecinos de Orcasitas, una de las organizaciones que lideraron las protestas que llevaron a la liberalización del sector y a la manifestación más multitudinaria desde la Guerra Civil.

"El aviso nos llegó de un empresario panadero, Emilio Alonso Munárriz, dueño de Pancasa. Un día me contó que estaba habiendo fraude en el pan que vendía el resto de empresas", cuenta López-Rey en una terraza de su barrio. "Se había dado cuenta de que la pistola [una barra], que debía pesar un cuarto de kilo, rondaba los 170 gramos. Por aquel entonces, el precio era cerrado, y como el Gobierno no les dejaba subir el precio, les permitía que robaran en el peso".

placeholder Imagen de las protestas por el fraude del pan. (Foto: 'Orcasitas. Memorias vinculantes de un barrio')
Imagen de las protestas por el fraude del pan. (Foto: 'Orcasitas. Memorias vinculantes de un barrio')

El empresario que cambió de bando

Al igual que las loterías o los estancos, poner una panadería requería entonces de una autorización especial. Por eso, López-Rey y otros elegidos de las asociaciones de vecinos decidieron vender su propio pan de peso justo, con la ayuda de Munárriz, el empresario díscolo de la industria del pan. "Nos costó la licencia a cada uno 5.000 pesetas, que no teníamos y que no voy a contarte cómo conseguimos [ríe]. Además de eso, para montar una panadería solo hacía falta que un empresario te diese su pan para venderlo, y nosotros teníamos a Munárriz".

Así, empezaron a vender el pan en la misma asociación. Pronto se corrió la voz de que por el mismo precio, este cundía más, y además todo quedaba en la comunidad vecinal, por lo que el resto de empresarios empezaron a revolverse al ver cómo sus ventas menguaban. Empezaba así lo que los periódicos de la época bautizaron como 'la guerra del pan'.

"A veces venía la policía y nos confiscaba el pan, pero ellos mismos no estaban de acuerdo, y además era contraproducente porque al día siguiente salía en la prensa, que estaba de nuestro lado", cuenta López-Rey. Los recortes de los periódicos hacían las veces de panfletos que eran repartidos entre los vecinos ante la prohibición de repartir consignas políticas.

Foto: La preparación en Panod.

Tildado como ‘el empresario del pan barato’, la denuncia de Munárriz del sistema y el suministro de pan a las asociaciones de vecinos hicieron que sufriera amenazas telefónicas anónimas y represalias por parte de la patronal de fabricantes de pan, que presionó para que las harineras dejaran de suministrarle harina y los bancos le pusieran trabas. El 29 de agosto de 1976, el diario ‘ABC’ informó: "Cortan el suministro de harina al fabricante de 'pan barato". La noticia empezaba así:

"En la mañana de ayer, los responsables de cuatro harineras que suministran la harina con la que se hace el 'pan barato' cortaron el suministro a la panificadora del señor Munárriz. Al parecer, la medida ha sido debida a una operación por parte de las panificadoras de Madrid que no comprarán harina a dichas fábricas si la venden a Pancasa.

El hecho, que parece cierto, es que ha habido una indicación, pero se ignora de dónde pudo partir. La repercusión que esta medida ha tenido desde el mismo día de ayer entre los vecinos que se proveían del citado 'pan barato' (tres pesetas menos en las barras de 320 gramos y 1,50 pesetas menos en las de 220 gramos) ha sido enorme y la indignación ha sido tal que, ya en el barrio de San Blas, hablan de solicitar permiso para una manifestación de protesta".

"Era un fraude escandaloso e invisible. Cuando llegas a casa no pesas lo que has comprado"

El boicot duró poco y unos días después el mismo periódico informó de que Munárriz había vuelto a suministrar pan a las asociaciones vecinales. El empresario puso cifra al fraude en una denuncia que presentó a finales de 1976: entre mayo y octubre de ese año, calculaba que el fraude había superado los 1.200 millones de pesetas, entre 2.700 y 3.200 millones. "Era un fraude escandaloso, pero también invisible. Porque cuando llegas a casa no pesas lo que has comprado, te fías de quien te lo ha vendido", dice Pedro Casas, miembro de la Asociación de Vecinos Carabanchel Alto, que también participó en aquella movilización.

"No era tanto por el pan en sí, porque por aquel entonces había supermercados que incluso te lo regalaban con la compra. Pero era algo que afectaba a todo el mundo y a nadie le gusta que le timen", explica José Luis Martín Palacín, entonces vicepresidente de la Federación de Asociaciones de Vecinos y miembro de la Asociación del Pozo del Tío Raimundo. Ellos, en lugar de poner su propia panadería, negociaron con los panaderos del barrio para que vendieran el de Munárriz, que lo ofrecía más barato con tal de destapar a sus competidores, no se sabe bien si por ser el marginado del cártel o por verdaderos valores. Después de Orcasitas y El Pozo, fueron sumándose otros barrios: Tetuán, Progreso, Carabanchel, San Blas… También la Asociación de Amas de Casa fue clave en las movilizaciones.

Munárriz "estaba muy rebotado con el consorcio de panadería, que era un nido de víboras, creado en la época inicial del franquismo y donde se practicaba el contrabando de harinas y pan blanco. Constantino Pérez Pillado, su presidente, junto con Carmen Polo de Franco, participó en el desvío de barcos de harina y de trigo procedentes de Argentina, que regalaba Eva Duarte de Perón, y los desviaba hacia los países escandinavos. Reexportaba y se embolsaba las ganancias", explica Martín Palacín.

* Recortes de prensa de la época. Sacados del libro 'Orcasitas. Memorias vinculantes de un barrio'.

Manifestaciones multitudinarias

La tensión social desembocó en una manifestación multitudinaria el 14 de septiembre de 1976. Según sus protagonistas, fue la más masiva tras 40 años de dictadura. Aglutinó entre 50.000 y 100.000 personas en Moratalaz, pan en ristre, según las crónicas de entonces y el cálculo de la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM). Con lemas como "Si falta pan, sobra fútbol", se colaban otras reivindicaciones de la sociedad de entonces, como la amnistía de los presos, medidas contra la carestía de la vida y el trabajo para todos. “Para muchos ciudadanos, la guerra del pan fue como un rito de iniciación a la democracia, una toma de conciencia sobre las posibilidades que tenía el pueblo si se unía en una lucha”, describe López-Rey en su libro ‘Orcasitas’.

Además, la onda expansiva salpicó a otras provincias. En Segovia, por ejemplo, empezaron a sufrir desabastecimiento de pan por los vecinos madrileños que acudían allí a comprarlo libre de fraude.

La llegada de Juan de Arespacochaga a la alcaldía de Madrid fue fundamental para calmar las tensiones. El regidor se reunió con los principales líderes vecinales para comprender sus peticiones. López-Rey recuerda a un joven Florentino Pérez, entonces delegado de Saneamiento y Medio Ambiente del ayuntamiento, mediando para estos encuentros.

"Lo que iban mirando es si eras del PCE o del PSOE, ninguno decíamos que éramos del PCE"

"Recuerdo que íbamos en un coche camino de una cafetería para reunirnos y me dice: 'Bueno, ¿entonces tú…?’. Y le dije que a mí me gustaba el café puro. Ellos lo que querían saber es si era del PCE o del PSOE, pero no todos decíamos abiertamente que éramos del PCE". En una de esas reuniones, les propusieron entrar al ayuntamiento. "Pero decidimos que eso era blanquearlos, que había que seguir dando la batalla desde los barrios", recuerda el concejal.

Sin embargo, las autoridades se pusieron de su lado. Primero, Arespacochaga les permitió poder sacarse el carné de panaderos, que era municipal. Luego, Juan José Rosón, entonces gobernador civil de Madrid, les garantizó el control sobre el peso de los panes. "Un día nos reúne a la FRAVM, la OCU y la Asociación de Amas de Casa y nos dice que tiene la orden de arriba de subir cinco pesetas el precio del pan. Le decimos que no solo no hay que subirlo, sino bajarlo. Aceptó una mesa de negociación y nos dijo que le habíamos convencido, pero teníamos que ver cómo hacerlo. Al final, decidimos que se subía cinco pesetas la hogaza de un kilo, que suponía únicamente el 1% de las ventas en Madrid, a cambio de que el resto tuviera el peso que debía tener".

La patronal del pan, molesta por la decisión, montó una huelga ese verano, pero Rosón les metió 48 horas en el calabozo, dejando claro de qué lado estaba. También como consecuencia de las protestas dejó de necesitarse un permiso especial para dedicarse a la industria del pan, por lo que se acabó liberalizando el sector.

placeholder Folleto de 1975 repartido en las asociaciones de vecinos que hablaba del fraude del pan. (Fuente: 'Carabanchel Alto. Historia de un pueblo', editado por la Asociación de Vecinos de Carabanchel Alto) [Pincha en la imagen para verla más grande]
Folleto de 1975 repartido en las asociaciones de vecinos que hablaba del fraude del pan. (Fuente: 'Carabanchel Alto. Historia de un pueblo', editado por la Asociación de Vecinos de Carabanchel Alto) [Pincha en la imagen para verla más grande]

Qué supuso para el movimiento vecinal

La movilización alrededor de la guerra del pan, además de ahondar en la desintegración de las estructuras franquistas y provocar cambios en la industria de un bien básico, fue también un impulso para el movimiento vecinal de Madrid, que ya llevaba años organizándose y creciendo.

Las primeras asociaciones de Madrid nacieron en los sesenta. Y en 1975 lo hizo la Federación Provincial de Asociaciones de Vecinos, origen de la actual FRAVM. Pasaron más de dos años hasta que fue legalizada, recuerda Casas. "El franquismo tenía la sartén por el mango, para limitar los movimientos sociales. Y prolongaba y prolongaba su legalización". Eso no llegó hasta noviembre de 1977, después incluso que el Partido Comunista.

Antes ya se habían producido varios hitos en la historia del movimiento vecinal, como las grandes manifestaciones de 1976. Además de la que tuvo lugar en Moratalaz, hubo otra en el centro de la ciudad para pedir la legalización de las asociaciones de vecinos y que reunió a unas 50.000 personas.

Foto: Fuente: Wikipedia

La guerra del pan "fue una contribución más, quizás una de las más importantes, para legitimar, no en el sentido legal de la palabra, sino en el sentido social, un movimiento vecinal que era incipiente y darle una utilidad a los vecinos. Fue como decir: ‘Estamos aquí para esto. Y encima lo hemos conseguido’. Fue un aldabonazo estupendo en un momento en el que el franquismo estaba moribundo", resume Casas, aún hoy implicado en el movimiento vecinal de Carabanchel. "Sirvió para debilitar a la dictadura, fue un aglutinante muy popular que permitó la respuesta social en un contexto en el que no había cauces de expresión", recuerda López-Rey en su libro. "Por primera vez tomamos la calle, justo cuando Fraga, el ministro franquista, decía que la calle era suya".

Cuando la democracia estaba aún dando sus primeros pasos, entre 1975 y 1976, varios barrios de la capital se levantaron pistola —de pan— en mano. Entre las tensiones políticas, los mensajes de amnistía y la resaca de una dictadura que duró cuatro décadas, la gota que colmó el vaso salió de una balanza: descubrieron que las barras y hogazas que cada día compraban los madrileños pesaban menos de lo que, oficialmente, debían pesar. El fraude llegó a cifrarse en torno a los 3.000 millones de pesetas al año, unos 18 millones de euros (219 millones ajustados a la inflación).

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