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La huerta valenciana se ha convertido en objeto de deseo, ¿pero solo como un souvenir?
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EL CUIDADO DE LA AGRICULTURA

La huerta valenciana se ha convertido en objeto de deseo, ¿pero solo como un souvenir?

La paulatina caída de la actividad agrícola en el cinturón natural de Valencia coincide en el tiempo con el aumento de su función como espacio de atracción

Foto: Varias personas pasean por la huerta valenciana. (Cedida)
Varias personas pasean por la huerta valenciana. (Cedida)

En esa infinita discusión de qué fue antes, podría creerse que la huerta valenciana es un cinturón verde, complementario y asistencial a la ciudad. Una mirada menesterosa de la huerta hacia la urbe. El campo envolviendo metropolitanamente a Valencia es, en cambio, una definición de la manera de vivir, de la esencia de la relación entre 'habitaje' y territorio.

Foto: Vista del edificio Espai Verd. (Cedida)

Como sintetiza el divulgador David Segarra, l’horta “tiene mil años. Ha vivido y superado numerosas crisis y cambios de modelo. Es un sistema resiliente y ampliamente eficiente”. Segarra estrenó hace unos meses el documental 'Renaixem', donde muestra cómo la fuerza de l’horta y el trabajo agrícola fueron un sostén alimentario en plena crisis del covid. “De hecho —añade Miguel Minguet, empresario agrícola detrás de Horta Viva— es un sistema de regadíos que hace mil años, con pocos medios, nuestros antepasados diseñaron sobre 10.000 hectáreas, muy a largo término, porque ellos sabían que no lo iban a disfrutar. De hecho no se hizo uso total hasta el siglo XIX”.

Ese sistema de herencia árabe vive un momento de transformación, al menos por el cambio perceptivo. En el inicio de este siglo se recrudecía la lucha entre desarrollismo inmobiliario y franjas agrícolas, con episodios crudos como los de la Punta, l’horta del Pouet de Campanar o la tensión permanente en Benimaclet, donde los PAI y las hectáreas de tierra afrontan un sempiterno tira y afloja. Todos esos mordiscos al territorio generaron, explica David Segarra, “un nuevo movimiento de apreciación. A partir de esa devastación, como respuesta, se trazó una alianza entre los agricultores y el tejido urbano, que muchas veces habían vivido de espaldas. Esa semilla que se sembró es la que se está recogiendo. La huerta ha pasado de ser una molestia —una molestia para la expansión urbanística— a un espacio apreciado”.

placeholder Una joven saca una foto de la huerta valenciana. (Cedida)
Una joven saca una foto de la huerta valenciana. (Cedida)

La escalada reputacional ha hecho que la huerta sea el escenario favorito para la nueva apertura de espacios de ocio, cafeterías (adaptadas al formato horchatería) o instalaciones culturales (como Miradors de l’Horta). Si Valencia vivió de espaldas a su campo, o al menos prefirió obviarlo, ahora lo luce con cierto acomodo y orgullo. Muchas de las alquerías, las viejas edificaciones propias del entorno, renacen como viviendas de urbanitas que aprovechan la distancia nimia entre ciudad y huerta para instalarse. Paradójicamente, la actividad agrícola permanece congelada ante una escalada de alegatos por los precios justos para los agricultores. Una cierta ambivalencia. Dos estados de ánimo que plantean el riesgo de acabar convirtiendo l’horta en un espacio únicamente romantizado.

José Belloch tiene un secadero de chufas en la huerta de Alboraia a partir del cual nació el espacio cultural Sequer lo Blanch, dedicado a la hostelería y con una programación de ocio que ha convertido en hábito de la ciudad ir hasta sus pagos. Desde allí reivindica al sector agrario como único garante de la conservación del paisaje. “La edad media de los agricultores es de 61 años, en cuatro años el 95% de los agricultores estarán jubilados. Si nadie trabaja la huerta, cambiará radicalmente, se convertirá en un erial. La única protección real de la huerta es la pervivencia de la actividad agraria, pero no es rentable ni goza de prestigio social, con lo cual no capta interés profesional de las nuevas generaciones”.

Foto: Vista del Jardín del Túria. (EFE/Manuel Burque)

Àlex Blanquer es la conductora del programa ‘Terra Viva’ dedicado a contenidos del sector primario en la televisión de À Punt. De las conversaciones continuadas con los agricultores extrae la necesidad de “potenciar la venta local, más directa, sin tantos intermediarios y con la premisa de un producto de calidad y de cercanía. Con este modelo económico es muy difícil para el pequeño o mediano productor, que son los que más abundan, hacer frente a los gigantes”. Miquel Minguet insiste en la importancia de “no desligar territorio de actividad productiva: sin agricultura no hay huerta. El desafío es que la actividad económica funcione. Precios justos para los agricultores: eso es lo que permitirá que los campos estén trabajados y puedan disfrutarse”.

Ante el atolladero constante de convertirse en relato para abandonar el posibilismo de la realidad, la huerta busca ser un atractivo sin quedar reducido a un souvenir. Enfocando hacia su viabilidad, David Segarra enfatiza cómo la huerta “está viva y es productiva, tiene todavía muchos agricultores. Ahora que se habla tanto del mundo rural, el modelo valenciano permite que ambos mundos estén entrelazados con muy poca distancia. Es el problema pero al mismo tiempo la solución. Desde el ámbito puramente material, el primer sector está en una crisis brutal pero al mismo tiempo la agricultura ecológica es uno de los sectores que más crecen, y la valenciana es particularmente la que más crecimiento tiene en España. Es justamente el tipo de agricultura que en este territorio se ha hecho en los últimos mil años”.

placeholder Trabajadores de la huerta valenciana recogen alcachofas durante el estado de alarma. (EFE/Kai Försterling)
Trabajadores de la huerta valenciana recogen alcachofas durante el estado de alarma. (EFE/Kai Försterling)

Consecuencia de causas que sobrepasan esta mancha de aceite delimitada por acequias, el futuro de l’horta es parte de una concatenación de factores que tienen que ver la transferencia de bienes entre productores y distribuidores, la superación de modelos de gestión anquilosados y la facilitación de la actividad agrícola ante nuevos demandantes de empleo. A la espera de una resolución a medio camino entre pragmatismo y utopía, aumentan las pequeñas zonas de huerto que con microparcelas permiten a usuarios curiosos tener su propia cosecha. Acaso un buen señuelo con el que renovar la atención de Valencia por su entorno natural.

“L’horta da equilibrio, genera vínculos comunitarios… y en un mundo global donde la cultura se ha hecho monocultura, nos hace preguntas sobre la diversidad cultural asociada a estos últimos mil años”, explica David Segarra. Desde À Punt, Blanquer razona el objetivo de su programa: “Para conseguir apreciar cualquier cosa, primero se tiene que comprender y luego querer. Eso intentamos transmitir cada día a la gente”. En el Sequer, Belloch aporta: “La principal labor de las actividades relacionadas con la hostelería en la huerta deben estar encaminadas a hacer que la ciudadanía que visita estos establecimientos aprecie la huerta, que la respete y prestigie el sector agrario”.

Foto: Interior del Trinquet de Pelayo. (Cedida)

Tras mil años, l’horta ha adquirido la capacidad de ser un sensor extraordinario que mide nuestra forma de vida. Su porvenir propio será el espejo de nuestra elección. Si cartón piedra, tan solo un storytelling hecho postal, o si un espacio vivo y productivo.

En esa infinita discusión de qué fue antes, podría creerse que la huerta valenciana es un cinturón verde, complementario y asistencial a la ciudad. Una mirada menesterosa de la huerta hacia la urbe. El campo envolviendo metropolitanamente a Valencia es, en cambio, una definición de la manera de vivir, de la esencia de la relación entre 'habitaje' y territorio.

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