¿Cuándo se considera que la participación es baja y cuándo alta? ¿A quién beneficia cada una?
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Elecciones en Cataluña

¿Cuándo se considera que la participación es baja y cuándo alta? ¿A quién beneficia cada una?

Las elecciones de 2017 marcaron un récord de participación, mientras que el dato más bajo se registró en 1992, cuando Jordi Pujol fue elegido presidente por cuarta vez

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La participación a las 13.00 horas es del 22,7 %, 12 puntos menos que en 2017

Cada elección es diferente y el concepto de alta o baja participación varía. Este domingo, 14 de febrero, además de San Valentín se celebran las elecciones catalanas, unos comicios en los que el independentismo podría perder el control de la Generalitat, y precisamente la participación tendrá un papel vital en su permanencia en el Govern. La cita electoral de este domingo tiene lugar, además, en un contexto complejo derivado de la pandemia de un coronavirus que ya se ha instalado en nuestras vidas.

El miedo en este 14F estaba (y continúa) en torno a esa participación: si ésta se desploma a causa del miedo a los contagios —como vaticinan las últimas encuestas publicadas— es posible que la presidencia de la Generalitat cambie de manos. Y lo cierto es que aún puede revertirse, pero el primer avance de participación muestra una significativa caída, de 12 puntos, en la tasa de participación. No obstante, las franjas horarias y el voto por correo pueden haber afectado a este dato.

Los sondeos más recientes, los de GESOP para 'El Periódico' y NC Repor para 'La Razón' difundidos el pasado lunes, pronostican que entre el 56% y el 58% de los catalanes mayores de edad ejercerá su derecho al voto. Esta horquilla hace prever un porcentaje bajo respecto a los últimos años, pero, a pesar de las circunstancias, no sería el peor dato de la historia.

Aunque correlación no tiene por qué implicar causalidad, el crecimiento de la participación en Cataluña ha seguido un camino paralelo al 'procés'. Tras sus primeros dos años de mandato, Artur Mas adelantó las elecciones que debían celebrarse en 2014 para presentarse con un programa que incluía la autodeterminación de Cataluña. La participación pasó del 58,78% en 2010 al 67,76% en 2012, lo cual se tradujo en una amplia victoria de Convergència i Unió (CiU), que contó con el apoyo de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) en la investidura.

Fue entonces cuando arrancó el 'procés', la sucesión de políticas y actos sociales independentistas que culminaron en el 1 de octubre. Después de que el Tribunal Constitucional declarase ilegal la celebración de un referéndum en Cataluña, el independentismo planteó las elecciones de 2015 como la "consulta definitiva". La participación volvió a crecer, disparándose hasta el 77,46%; y la candidatura de Artur Mas, Junts pel Sí, se hizo con la victoria, aunque esta vez el número uno de la lista no consiguió granjearse los apoyos necesarios y tuvo que dejar paso a Carles Puigdemont.

El último precedente fueron los comicios de 2017, que marcaron un récord al movilizar al 79,09% del electorado, pese a ser los primeros celebrados en día laborable desde las autonómicas andaluzas de 1990. La votación vino después de que el por entonces presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, anunciara la disolución del Parlament y la destitución de Puigdemont como presidente de la Generalitat tras la declaración unilateral de independencia; circunstancia que el soberanismo aprovechó para plantear, una vez más, el sufragio en clave plebiscitaria.

¿Beneficia a alguien la abstención?

El dato más alto de abstención en Cataluña corresponde a 1992, cuando apenas se registró un 54,87% de participación. Fue la cuarta vez consecutiva que los ciudadanos elegían a Jordi Pujol; y aún quedaban dos más: en 1995 y en 1999. El porcentaje se mantuvo bajo en ambas ocasiones, con un 63,64% y un 59,20%, respectivamente. Aunque la asistencia a las urnas experimentó un ligero repunte en 2003 (62,54%), año que alumbraría el tripartito de PSC, ERC e ICV-EU, volvió a caer en 2006 (56,77%), cuando José Montilla se hizo con la presidencia pese a sumar menos escaños que su predecesor, Pasqual Maragall.

En las tres primeras décadas del actual régimen democrático no se observa una influencia clara de la participación en el resultado de las elecciones catalanas. A diferencia de como ha ocurrido en el conjunto del país, donde, en general, las elecciones de cambio durante este período se caracterizaron por niveles de participación elevados, en Cataluña es difícil sacar esta lectura. En primer lugar, porque no ha habido elecciones de cambio como tal si se tiene en cuenta que la derecha independentista se ha impuesto por número de diputados en todas las citas hasta la de 2017, que se saldó con una victoria de Inés Arrimadas insuficiente para contrarrestar la suma de las fuerzas separatistas. Y, en segundo lugar, porque el dato se ha mantenido estable, entre el 54% y el 64%, incluso cuando la izquierda ganaba peso en el Parlament.

La lógica de a mayor participación, mayor probabilidad de cambio tiene sentido cuando en un sistema parlamentario hay dos partidos dominantes, pero en Cataluña ya existía multipartidismo mucho antes de que Podemos irrumpiera en el Congreso, Ciudadanos diera el salto a la palestra nacional y, más tarde, Vox se convirtiera en la tercera fuerza del país. En un escenario tan complejo como el catalán, en el que tienen cabida desde el anticapitalismo de la CUP hasta el conservadurismo del PP, pasando por un amplio abanico de fuerzas independentistas y no independentistas, la participación masiva suele indicar una fuerte polarización del electorado.

El 'procés' marcó un punto de inflexión en este sentido. A medida que la hoja de ruta soberanista se consumaba, el clima político se crispó, quedando reducida la baraja a dos cartas: a favor o en contra de la independencia. Prueba de ello es el naufragio de los que apostaron por el diálogo entre ambas partes, como En Comú Podem —antes, Catalunya Sí que es Pot—, que ni se acercó a los resultados de las generales obtenidos por Podemos en Cataluña.

Ahora, con un independentismo dividido y a pie cambiado después de que la Justicia rechazara suspender las elecciones del próximo domingo, la desmovilización del electorado puede suponer un gesto en la dirección contraria. El candidato mejor situado para aprovecharlo es Salvador Illa, que se ha vendido como el voto útil para un cambio en Cataluña, una opción moderada que, gracias a su imagen de gestor al frente de la pandemia, pretende atraer a los electores de un bando y de otro en pos de la "reconciliación".

Foto: Elecciones catalanas. (EFE)

En cuanto a aritmética pura, las abstenciones y los votos nulos no se suman al recuento de votos, por lo que no benefician ni perjudican a nadie. Los votos en blanco sí que se consideran válidos, de tal manera que se suman a los obtenidos por las candidaturas para hacer el reparto de escaños, lo que provoca que cada lista necesite más votos para lograr un diputado y que a los partidos pequeños les cueste más alcanzar la franja del 3% necesaria para obtener representación.

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