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"Quieren joderme": la destrucción de Gerardo Iglesias tras dejar la política y volver a la mina
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Historia de una cacería

"Quieren joderme": la destrucción de Gerardo Iglesias tras dejar la política y volver a la mina

El ex secretario general del PCE, en precario estado físico tras varias operaciones negligentes por un accidente laboral, revela como el 'establishment' asturiano le acosó al regresar a la mina. De la maquinación política al calvario

Foto: Gerardo Iglesias en su piso ovetense. (J.R.)
Gerardo Iglesias en su piso ovetense. (J.R.)

Gerardo Iglesias tiene dentro un tornillo que le abrasa el cuerpo día y noche…

Pero aquí estamos, en el piso ovetense del antiguo minero y secretario general del PCE, que hoy quiere desahogarse y denunciar.

Gerardo Iglesias (La Cerezal, Mieres, 1945) tiene 77 años y (no nos engañemos) está un poco consumido. Desde 1990, tras un accidente minero que le jorobó la espalda, ha vivido un calvario de (cinco) operaciones fallidas, pero su cabeza sigue articulada.

Llegados a 2022, al ver que la fecha de su sexta operación se retrasa una y otra vez, Iglesias ha estallado. No hay tornillo torturante que pueda parar a un hombre cuando pone pie en pared y dice ¡basta ya!

Foto: Xuan Cándano junto a la Ría de San Esteban. (J. R.)

Pero esta historia va más allá del estropicio médico. En un caso sin precedentes en la democracia española, Iglesias dejó la alta política para volver a la mina en 1990. Tenía 45 años.

Si este movimiento fue inesperado, el subsiguiente giro subterráneo lo fue aún más: un sector del establishment asturiano digirió mal el regreso a la mina de un Iglesias con poderosos enemigos en la izquierda.

Lo cuenta un conocedor del proceso del sabotaje y defenestración a Iglesias: "Su regreso a la mina fue un espejo muy feo para los políticos profesionales y los sindicalistas liberados. Su decisión no gustó a esa casta".

placeholder Detalle del piso de Gerardo Iglesias. (J.R.)
Detalle del piso de Gerardo Iglesias. (J.R.)

Con el tiempo, el entrevistador acaba olvidando las entrevistas, pero algunas escenas permanecen en la memoria. En casa del ex secretario general del PCE, ocurre una de esas escenas que van directas a la caja fuerte del cerebro:

Un Gerardo Iglesias de movilidad reducida, se levanta de su silla, camina despacio pero firme hacia un cajón, saca una bolsa de plástico de una óptica y vuelca sobre la mesa un montón de tornillos. Clon clon clon. Son los hierros que han ido entrando y saliendo de su cuerpo en 30 años de carnicería clínica. Si estos tornillos hablaran, nos contarían un relato de terror sobre un entorno político que maquina contra un hijo pródigo caído en desgracia, una cacería y un dolor gélido y achicharrador que atraviesa el cuerpo.

Las venas abiertas de Gerardo Iglesias.

PREGUNTA. Llegó usted a la secretaría general del PCE tras un porrazo electoral histórico (1982), con el partido dividido y con un Carrillo que le cedió el paso, pero no el poder. ¿Cómo gestionó aquello?

RESPUESTA. Lo primero que dije en el Comité Central fue que no iba a hacer las cosas como se venían haciendo hasta entonces. Mis palabras generaron un cabreo monumental a los carrillistas. En el partido había un enfrentamiento entre renovadores y carrillistas.

P. ¿Quedó usted atrapado bajo fuego cruzado?

R. Hay un ejemplo muy gráfico de eso. Mi primer día como secretario general del partido, cuando bajé al comedor del Comité Central, comí solo en una mesa. Los carrillistas estaban indignados conmigo y los renovadores no se fiaban de mí.

"Me convertí en una oveja negra... entre los que viven de la política"

P. ¿Con Carrillo qué tal?

R. Hubo un periodo de templar gaitas con Carrillo. Era diputado y yo no. La ruptura llegó tras una entrevista con el Rey. Sabino Fernández Campo llamó para que fuera a Zarzuela un representante del PCE y Carrillo dijo que iba él. A cambio, le dije que le pidiera al Rey que me recibiera a mí luego, pero cuando me tocó el turno, Carrillo se presentó en Zarzuela (había pedido cita para los dos). Me cabreó muchísimo. A la vuelta, le invité a comer y le dije que era la última vez. Mi paciencia se había acabado. La bicefalia terminó ese día.

P. ¿Cómo se lo tomó Carrillo?

R. Mal. "Eres un guarro", me soltó un día. Mira, cuando Carrillo me propuso sustituirle, le dije: "Santiago, tengo miedo que te equivoques conmigo. Siempre he sido un militante disciplinado que evitaba las controversias. Ahora bien, cuando asumo una responsabilidad, la ejerzo, tenlo en cuenta". Pero no me hizo caso. Me percaté al instante de qué pretendía poniéndome a mí; creo que pensó: "Tú ven para Madrid y luego harás lo que yo te mande", porque Carrillo era muy soberbio.

"Cuando acabé con la bicefalia en el PCE, Carrillo me llamó guarro"

P. ¿Qué pasó tras limpiar la cúpula?

R. Yo era consciente de que era difícil superar el batacazo electoral. Mi idea era formar un equipo que superara los tics del viejo partido. Esto ya no era la revolución industrial, estábamos en un contexto muy distinto al de los partidos obreros clásicos. Necesitábamos un cambio de personas y de discurso político. No era posible recomponer el PCE tal cual. Tocaba abrirse a una serie de grupos y movimientos sociales, y se fundó Izquierda Unida.

Encarrilada la situación, y tras mejorar el resultado en las siguientes elecciones generales, decidí regresar a Asturias, que era mi deseo desde que pisé Madrid. Además, había una razón añadida que no dije en su momento pero sí ahora: un juez me había adjudicado la guardia y custodia de un segundo hijo de un año de edad. ¿Qué iba a hacer yo con un niño en Madrid y viajando sin parar? Tendría que haberlo dejado en manos de una cuidadora, pero eso no iba conmigo.

P. Pero en Asturias las cosas se torcieron pronto, ¿verdad?

R. Me ofrecieron ser candidato autonómico, pero pedí primarias y un programa consensuado con sindicatos y movimientos... y me mandaron a tomar por culo. El partido emprendió una campaña contra mí. Un sinsentido: yo había dejado voluntariamente la secretaría general del PCE y la presidencia de Izquierda Unida.

Es una opinión subjetiva, pero Gaspar Llamazares [hombre fuerte del partido en Asturias] debió pensar que mi presencia allí obstaculizaría su carrera política. Fueron por las agrupaciones poniéndome a caldo y acusándome de ser un submarino del PSOE. Me dieron la espalda, muchos conocidos dejaron de saludarme.

placeholder Iglesias durante la entrevista. (J.R.)
Iglesias durante la entrevista. (J.R.)

P. ¿Por qué volvió a la mina?

R. Volví porque tenía una excedencia de Hunosa. Era lo más práctico. Tuve algunos ofrecimientos laborales para no volver a la mina, lo que ahora se llaman puertas giratorias, pero yo no soy de esos, amablemente los rechacé y volví a la mina.

P. ¿Trabajando de qué?

R. De picador. Yo empecé a picar carbón a los 16 años. Entré a trabajar a la mina a los 15... falsificando el DNI. La situación en mi casa era angustiosa, mi padre había estado en la cárcel y tenía problemas para encontrar trabajo.

P. ¿Cómo se tomó el establishment político y sindical asturiano su vuelta a la mina?

R. Estoy pagando todavía el haber actuado decentemente...

P. Siga...

R. Sigo pagando la vuelta a la mina. La dirección de la empresa no me trató bien y el sindicato me dejó tirado (Comisiones Obreras, del que había sido fundador).

placeholder Caja de Cohíbas regalada por Fidel Castro a Gerardo Iglesias. (J.R.)
Caja de Cohíbas regalada por Fidel Castro a Gerardo Iglesias. (J.R.)

P. ¿Qué pasó ahí dentro?

R. Los picadores generalmente están a destajo, cobran según la tarea que realizan, pero a mí me mandaron a promedia, lo que rebajó mucho mi salario. Apelé al sindicato y ni puto caso. Llegó un capataz nuevo de Moreda, un tal Marcelino, y me dijo : "Es injusto lo que están haciendo contigo, hay que mandarte a destajo, como a todos".

Al final, lo logré, pero con la indiferencia total del sindicato, porque ya estaba en marcha la campaña de descrédito contra mí. ¡Tiene bemoles que me acusaran de submarino del PSOE, cuando a mí el PSOE me trataba y me sigue tratando fatal!

P. Luego tuvo el fatal accidente...

R. Sí, al año de estar en la mina tuve una caída con dolores muy fuertes de espalda. Me dieron la baja por inestabilidad en la columna y hernia discal. Me operaron en el hospital de la empresa, quizá sin las condiciones para una intervención así. Fue una operación bestial... y un fracaso. Se cronificó una infección, y tuvieron que sacarme los tornillos que me había metido. Si quieres te los enseño...

P. Vale.

[Iglesias se levanta, busca una bolsa y arroja la tornillería sobre la mesa].

placeholder Los clavos de Gerardo Iglesias. (J.R.)
Los clavos de Gerardo Iglesias. (J.R.)

R. ¡Esto es lo que tenía metido en la espalda! Pero, cuando me los sacaron, la columna volvió a quebrar. Y otra operación, y otra operación, y otra operación, así hasta cinco. Un infierno de largo recorrido. La última operación fue en Gijón, también brutal, volvieron a implantarme placas y tornillos, me metieron entre las vértebras cilindros metálicos y los amarraron por fuera, el posoperatorio fue terrible, algo habían vuelto a hacer mal. Todas las operaciones fueron fallidas.

P. Después del accidente, tuvo problemas para obtener una baja acorde a su caso, ¿verdad?

R. Sí, sí. Tras la primera operación grave, obviamente, no me podían mandar de vuelta a picar carbón. La empresa hizo una propuesta a la comisión de evaluación de incapacidades. Al frente de la comisión estaba Alonso Cabal, un testaferro de Villa [José Ángel Fernández Villa, líder histórico del sindicato minero socialista (SOMA), gran poder fáctico asturiano durante tres décadas, e imputado por corrupción hace pocos años]. Cabal escribió una carta a los médicos de la empresa sugiriéndoles que mi jubilación no fuera por accidente laboral.

"Las noches son un infierno, pero no quiero sucumbir con la boca cerrada, no es mi estilo"

P. Ya...

R. Los dos médicos (el del pozo y el del sanatorio) fueron honrados (aunque uno de ellos era de la UGT de Villa) y me advirtieron: "Van a por ti. Nunca vi cosa igual en esta empresa". Esa fue la forma torticera de actuar.

P. ¿Qué hizo usted?

R. Me fui con un representante de CCOO a ver a Alonso Cabal, sin pedir hora, nos metimos en su despacho y le canté las cuarenta. Le llame de todo.

P. ¿Por ejemplo?

R. Que no tenía derecho a actuar arbitrariamente al dictado de la voz de su amo, Villa. Que detrás de cada paciente había una familia y unas necesidades.

P. ¿Qué alegó él?

R. Nada, intentó disculparse. Yo no quería que me dijera nada en realidad, solo quería dejarle claro que era un sinvergüenza. Los médicos se mantuvieron firmes y me dieron la razón. Me pensionaron, pero por el 55%, ingresos cortos dada mi situación.

Yo no quería que Cabal me dijera nada en realidad, solo quería dejarle claro que era un sinvergüenza

P. ¿Volvió a trabajar mientras se aclaró su situación?

R. Colaboré un tiempo en periódicos asturianos, hasta que dejaron de llamarme. Monté un pequeño restaurante en Gijón, pero solo funcionó al principio y hubo que cerrarlo. Hasta la tercera operación todavía podía moverme y hacer cosas, luego ya no.

P. ¿Qué hizo?

R. Solicité la incapacidad absoluta, pero volví a toparme con Alonso Cabal, que me la denegó. Recurrí al jefe del Instituto Nacional de la Seguridad Social en Asturias, José Antonio Mérida, que me juntó con una doctora de la UGT con una aversión manifiesta hacia mí. Tuvimos una discusión muy desagradable. Pero Mérida, que era más bien de derechas, me dio la razón.

La incapacidad acabó resolviéndose a mi favor, pero estaba claro que venían a por mí para intentar joderme, aunque yo estuviera ya hecho un trapo.

"Soy víctima de un sistema sanitario inhumano. Mi vida es un auténtico tormento"

P. ¿Qué refleja su caso sobre el funcionamiento de la sanidad pública?

R. Que los médicos muchas veces no escuchan a los pacientes. El sistema se ha deteriorado, externalizado, se dejan sin cubrir plazas. Yo tardé veinte años en encontrar un médico que me escuchara, revisara todas mis pruebas y concluyera que llevaba años con un tornillo dentro que presionaba las raíces nerviosas y me bajaba el dolor hacia las piernas, que, a veces, siento heladas, como si estuviera nevando; y a veces, me arden, como si estuviera en el infierno.

En uno de los últimos intentos, en la unidad del dolor, me hicieron unas infiltraciones. Solo recuerdo estar postrado y decir: "¡Dormidme, dormidme, que ya no aguanto más!", el dolor me invadía todo el cuerpo. Acabé entubado en la UVI. Más tarde, me insertaron un electrodo, un estimulador de la médula, pero tampoco funcionó: solo me valió para tener dolores de cabeza. De 2014 a la actualidad, nada, he ido dando tumbos por hospitales sin lograr un seguimiento serio, ahora estoy en lista de espera para quitarme el tornillo. Oigan, yo estoy esperando desde 2014... Es un escándalo.

Apenas puedo caminar. Aguanto poco rato seguido sentado, como estoy haciendo ahora, lo logro porque todavía tengo la sangre caliente.

Sé que cuesta trabajo creer que haya razones políticas detrás de mi caso, pero, en parte, las hay; y en parte, soy víctima de un sistema sanitario inhumano. Mi vida es un auténtico tormento. No quiero ir de valiente, pero si no fuera una persona con una infancia muy dura, bregada en cárceles y torturas [por su militancia comunista clandestina durante el franquismo], no hubiera aguantado. Soy consciente de que el proceso de desmoronamiento es muy rápido, pero no estoy dispuesto a claudicar. Voy a defenderme hasta el final. Las noches son un infierno, pero no quiero sucumbir con la boca cerrada, no es mi estilo, no he venido a este mundo a soportar hostias en una mejilla y a poner la otra.

placeholder Iglesias en el salón de su casa. (J.R.)
Iglesias en el salón de su casa. (J.R.)

P. Sé que llegó usted a reunirse en privado con el presidente autonómico, Adrián Barbón (PSOE), para exponerle su caso médico. ¿Se puso Barbón de perfil?

R. Más que eso. Mostró una total falta de empatía.

P. Para concluir: en teoría, su vuelta a la mina debería haber sido un hito ético de la regeneración política, pero le convirtió a usted en una oveja negra en Asturias. ¿Estamos todos locos?

R. Me convirtió en una oveja negra... entre los que viven de la política. Yo salgo muy poco, me saca mi hijo a jugar al ajedrez algunas tardes, y la gente me saluda con mucho cariño, para ellos no soy una oveja negra.

P. Su problema es con el establishment.

R. Ese es el tema.

Gerardo Iglesias tiene dentro un tornillo que le abrasa el cuerpo día y noche…

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