'mISERIA, GRANDEZA Y AGONÍA del PCE'

Pasionaria y Carrillo, una imagen idílica de la Transición que oculta un secreto inquietante

Gregorio Morán lanza una edición actualizada de su historia del Partido Comunista de España. El libro desmonta alguno de los mitos más arraigados de la llegada de la democracia

Foto: Santiago Carrillo, con la Pasionaria, en el pleno del Congreso de los Diputados en julio de 1977. (EFE)
Santiago Carrillo, con la Pasionaria, en el pleno del Congreso de los Diputados en julio de 1977. (EFE)
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Hay al menos media docena de fotos emblemáticas de la Pasionaria en el primer Congreso de los Diputados de la democracia (julio del 1977): sentada junto a un gesticulante Santiago Carrillo, del brazo de Rafael Alberti, de pie junto a otros políticos comunistas... Las imágenes en el hemiciclo de la diputada Dolores Ibárruri suelen utilizarse para simbolizar una serie de ideas fijadas en el inconsciente colectivo: la reconciliación entre las dos Españas, el salto a la democracia como proceso político impoluto, la apoteosis del consenso... Lo que quizá no reflejen estas fotografías de la Pasionaria —estupendas, por otro lado— es una trastienda tan conflictiva y cainita que resulta difícil de conciliar con el mito de la Transición modélica...

De dinamitar alguno de esos mitos arraigados se encarga 'Miseria, grandeza y agonía del PCE (1939-1985)', ensayo de referencia de Gregorio Morán sobre la historia del Partido Comunista que recupera ahora AKAL en una nueva edición actualizada. Estamos quizás ante el mejor libro de Morán junto a su temprana (y muy polémica) biografía de Adolfo Suárez'Historia de una ambición' (1979)—, y es que ambos tienen algo en común: Morán, que vivió la Transición desde la primera línea del frente político e informativo y tiene fuentes de primera mano, revisa críticamente la trayectoria de dos personajes (Suárez y Carrillo) cuyos logros durante la Transición han sido hagiografiados hasta la saciedad.

Electoralmente hablando, no tenía ni pies ni cabeza que fuera Pasionaria quien abriera la lista del PCE por Asturias en 1977

El caso de Dolores Ibárruri —elegida candidata del PCE por Asturias para las elecciones del 77— es un buen ejemplo de este contraste entre mito y realidad. "Pasionaria gozaba de un prestigio indiscutible de vieja dama, había sido diputada por la región (Asturias) en las últimas republicanas del 36, pero electoralmente hablando no tenía ni pies ni cabeza que fuera ella quien abriera la lista. Ni por la edad ni por su imagen, que no correspondía a la del comunismo de los años setenta. Su relación con la vida política, no ya la asturiana sino la española, era prácticamente simbólica desde hacía décadas", escribe Morán.

Del consenso al dedazo

En otras palabras: puede que las imágenes de la Pasionaria en el Congreso reflejen ahora consenso, pero Dolores Ibárruri llegó allí tras un (otro más) dedazo épico de Carrillo, y ante la resignación de una organización en plena deriva hacia la esquizofrenia política: eurocomunista, pactista y renovada hacia fuera y estalinista, autoritaria y apolillada hacia dentro. La primera reacción del comunismo asturiano fue de "rechazo" ante la imposición en sus listas de una paracaidista —comunista legendaria de la Guerra Civil y el exilio, sin duda, pero paracaidista al fin y al cabo—, pero ante la posibilidad de que Carrillo "se sintiera atacado directamente", camuflaron de hecho biológico lo que era un malestar político de fondo: Pasionaria, que tenía 81 años, no debía liderar una campaña electoral "por razones de edad", manifestaron a Carrillo los comunistas asturianos.

Para apaciguarlos, Carrillo envío una misión a Asturias para convencerles de que la Pasionaria estaba en realidad como una rosa. "Dolores había llegado a Madrid el 13 de mayo de 1977, un mes después de la legalización del partido. Iba a cumplir 82 años, una edad en la que salvo quizás en la Unión Soviética nadie aspera a ganar elecciones. Ante esta objeción se desplazaron a Asturias Simón Sánchez Montero, Jaime Ballesteros y Horacio Fernández Inguanzo, el líder histórico de la clandestinidad, para repetirles una y otra vez que 'Dolores está como una niña'. A cada argumento contra los peligros que corría a tan avanzada edad afrontando una batalla electoral, los otros reaccionaban con la misma frase que llegó a hacerse anecdótica entre los comunistas asturianos: 'Está como una niña'. No les quedaba más remedio que esperar y comprobarlo por sí mismos", recuerda Morán.

No les habían engañado: Dolores se había convertido en una niña. Era ya demasiado tarde para volverse atrás; tampoco hubieran podido

Pero el choque entre propaganda y realidad iba a desencadenar pronto una situación dantesca. La Pasionaria se desplazó a finales de mayo a Asturias, donde fue recibida por la dirección regional del partido. "Llegaba la niña" —resume Morán con su habitual mala hostia—; empezaba el drama...

"Las impresiones iniciales fueron más que excelentes porque si bien no habló mucho, sí contó, con detalle y fruición, el recibimiento que le habían hecho sus paisanos de Gallarta (Vizcaya). Lloraba al recordarlo. No habló más, pero escuchaba, quizá algo distante. Fueron a comer, cantaron, Dolores estaba allí, con eso bastaba. Al poco rato se puso de nuevo a narrar con las mismas palabras y la misma precisión el recibimiento que le habían hecho las mujeres de Gallarta. Bueno, pensaron todos, es lógico, está impresionada. Cuando en menos de tres horas lo había repetido media docena de veces, comprendieron que no les habían engañado: Dolores se había convertido en una niña. Era ya demasiado tarde para volverse atrás; tampoco hubieran podido", cuenta el libro.

Firma de los Pactos de la Moncloa con Enrique Tierno Galván, Santiago Carrillo, Joan Raventos (PSC), Felipe González, Manuel Fraga, Calvo Sotelo y Miquel Roca, entre otros. (EFE)
Firma de los Pactos de la Moncloa con Enrique Tierno Galván, Santiago Carrillo, Joan Raventos (PSC), Felipe González, Manuel Fraga, Calvo Sotelo y Miquel Roca, entre otros. (EFE)

En efecto, los comunistas asturianos acababan de descubrir un secreto inquietante: no es que Dolores Ibárruri no estuviera en plena forma, es que igual estaba más gagá de lo que ningún dirigente del PCE podía reconocer en público sin ver peligrar su puesto... Para colmo, y siguiendo la lógica del si no queréis taza, vais a tener taza y media, el carrillismo impuso igualmente a un octogenario en las listas asturianas al Senado. "También tenían razones para quejarse del candidato que ofrecían los comunistas para el Senado en la terna unitaria. El PC de Asturias presentaba a Wenceslao Roces, el veterano miembro del Comité Central, exiliado en México desde la Guerra Civil. Este antiguo catedrático de Derecho Romano en la Universidad de Salamanca contaba entonces 80 años, una edad más digna quizá para el senado romano, que a él le fascinaba, pero impropia de un partido comunista que pujaba por afianzar una imagen nueva... Con tal lozano plantel fueron los comunistas de Asturias a las primeras elecciones democráticas", resume Morán.

A tope con la chavalada

Aunque Ibárruri y Roces sacarían finalmente sus escaños —Carrillo había colocado allí a la Pasionaria precisamente por eso, porque Asturias era un territorio electoral seguro—, poner unos cabezas de cartel tan veteranos y tan asociados a la Guerra Civil no fue una buena señal en la lucha por la hegemonía de la izquierda: el joven y renovado PSOE arrebataría al PCE su condición de primer partido de izquierdas en las elecciones constituyentes y nunca más volvió a bajarse de allí. Por no hablar del roto que le hizo al comunismo asturiano, que solo un año más tarde vería cómo Ibárruri y Roces dejaban sus puestos por enfermedad (ella) y hastío (él).

Un buen día se sintió humillada porque, reunida con los parlamentarios astures, no le perdonaron sus canas y se chotearon de sus referencias a don Pelayo y a Covadonga

"Pasionaria no estaba para esos trotes; el 12 de septiembre la operaron para colocarle un marcapasos y cinco meses más tarde tuvieron que repetir la intervención porque se le infectó. El ajetreo de un diputado podía matarla. Las protestas de las organizaciones asturianas obligarían a Carrillo, según su expresión, 'a hacer un verdadero cordón en torno a ella para evitar que le llegasen'. Sabía que debía mantenerla en la isla y alimentar su culto. Un buen día se sintió humillada porque, reunida con los parlamentarios astures, no le perdonaron sus canas y se chotearon de sus referencias a don Pelayo y a Covadonga. La trataron como a una niña y juró no volver", escribe Morán.

Un PCE responsable

Tampoco parece que triunfara la estrategia carrillista de rebajar la presión social en las calles —el gran capital de los comunistas hasta entonces junto "a su base militante y la penetración en el tejido social"— y presentarse como un partido responsable de gobierno, con un Carrillo tan alineado los siguientes meses con el presidente Suárez que el PSOE se convirtió en la oposición casi sin resistencia. O la paradoja de los papeles cambiados. "Si en la estrategia de Carrillo las esperanzas del PCE de arañar base social al PSOE pasaban obligatoriamente por aparecer como partido del gobierno y aumentar así su credibilidad democrática, al PSOE le ocurría exactamente al revés; solo si se distanciaba de la UCD podía servir como alternativa ante el previsible desmoronamiento de aquel partido de retales que había construido Adolfo Suárez", resume Morán.

Adolfo Suárez y Carrillo se saludan en presencia de Jesús Polanco.
Adolfo Suárez y Carrillo se saludan en presencia de Jesús Polanco.

El caso es que el PSOE le acabó por comer la tostada al PCE, y eso que los comunistas partieron con una ventaja simbólica importante (la resistencia heroica al franquismo), como se encargó de señalar con sorna Ramón Tamames —entonces en el Comité Central— antes de las elecciones del 77: "A él se debía la invención de un agudo eslogan que hacía referencia a la campaña que estaban popularizando los socialistas en el centenario de su partido. Si el eslogan del PSOE era 'Cien años de honradez', Tamames añadió 'y cuarenta de vacaciones".

El más cruel de los insultos

Pero Carrillo llevó su apuesta por hacer una oposición responsable a Suárez —es decir, por no hacer oposición— hasta el final. "El PC es el único partido del arco parlamentario que sigue empecinado en creer que los Pactos de la Moncloa siguen vigentes. Incluso se autoconvence de que se están llevando a cabo reformas trascendentales, revolucionarias, con el Gobierno de UCD y el soterrado apoyo comunista. Santiago Carrillo creía en sus propios análisis de tal suerte que perdía la noción de su papel real", según Morán.

Quizá todo esto explique un curioso fenómeno cultural que sigue vivo desde 1977: Santiago Carrillo como estadista admirado por los prohombres del centro-derecha. "El más cruel de los insultos para un dirigente político es la frase tantas veces repetida por los líderes de la UCD: 'A Carrillo se le debe la facilidad con que se hizo la Transición, y el mínimo costo de la operación...'. Que lo diga la Unión de Centro Democrático y que sea además verdad no impide el que fuera a costa del suicidio del PCE. Nadie puede sostener que Carrillo se sacrificara en aras de los denominados 'intereses nacionales' porque son términos equívocos. No se sacrificó por nada, sencillamente creyó que ese era el modo más rápido y eficaz para llegar al gobierno. Si en octubre de 1977 le dicen al secretario general del PCE que con su política durante la Transición se estaba sacrificando por los 'intereses nacionales', se hubiera desternillado de la risa. Él había escogido cómo ganar y entonces nadie, y menos aún él mismo, pensaba que los Pactos [de la Moncloa] iban a ser la tumba de su política, ya que no su tumba política".

Ya cuesta abajo y sin frenos, Morán lanza una hipótesis tan atrevida como controvertida sobre la errática estrategia carrillista: "Tengo la convicción, personal e indemostrable, de que el secretario general del PCE comprendió, ya antes del verano de 1976, que la partida estaba perdida y que todo quedaba en su habilidad para transformar esa derrota estratégica en un triunfo personal. El partido que había construido no le servía ya, pero debía llevarlo a rastras como si se tratara de un moribundo. La auténtica frase de Lampedusa tantas veces mal reproducida no es, como interesadamente escriben algunos, 'es necesario que algo cambie para que todo siga igual', sino 'es necesario que todo cambie para que todo siga igual'. Él solo iba a hacerlo, no necesitaba a nadie más, porque además haciéndolo solo tenía la garantía de que nadie le pasaría jamás factura de nada".

Moraleja: puede que los grandes relatos de la Transición sigan alabando la audacia de Carrillo a la hora de entenderse con Suárez, pero también hay quien piensa que Carrillo jugó el papel de tonto útil. O de listo útil, según se mire.

PD: se escuchan estos días algunos comentarios sobre lo bien que nos iría a todos —catalanes y españoles— si nos centráramos más en lo que nos une y menos en lo que nos separa, y nos dejáramos guiar otra vez por el sano espíritu conciliador de la Transición. Dato: entre 1976 y 1982, fueron asesinadas más de 700 personas en España por motivos políticos; entre la ETA (361 muertos), el Grapo y las diversas tramas de extrema derecha, guerra sucia y represión, que sumaron por sí solas la nada despreciable cifra de 188 asesinados; lo que ha llevado a algunos historiadores internacionales a calificar la Transición española como "la más sangrienta de Europa después de la rumana" (que se dice pronto). El actual quilombo catalán, por contra, se ha saldado hasta ahora con cero muertos (y que siga en esa cifra por muchos años). Así que la próxima vez que alguien asegure "¡ojalá esto se gestionara como durante la Transición!", échense ustedes a temblar... Comparado con la Transición, el conflicto catalán es más relajado que una clase de bikram yoga.

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