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El lobby extremeño al que el papa Francisco ha confiado el manejo del dinero del Vaticano
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Un laico como ministro de Economía del Papa

El lobby extremeño al que el papa Francisco ha confiado el manejo del dinero del Vaticano

El Papa llamó en 2019 a Juan Antonio Guerrero, un jesuita de Mérida, para dirigir la Secretaría de Economía con el objetivo de sanear las cuentas. Ahora coge el relevo Maximino Caballero, un laico emeritense

Foto: Juan Antonio Guerrero. (Cedida)
Juan Antonio Guerrero. (Cedida)

Son los que tienen la llave de la caja de caudales del Vaticano, una economía maltratada durante años, con poco control, demasiada negligencia y trufada de escándalos que llevan a dar por buenas la intrigas y coqueteos con la mafia de por medio que nos llenaron de asombro en ‘El Padrino’.

Y para tratar de poner un poco de orden en las finanzas de la Santa Sede, que se nutren de la gestión de un vasto patrimonio y del llamado Óbolo de San Pedro —un fondo papal constituido por el dinero que diócesis y fieles que envían como donativo para labores de caridad, pero también para el funcionamiento de la Curia vaticana o de las nunciaturas (embajadas) en todo el mundo—, Francisco llamó en 2019 a Juan Antonio Guerrero —un jesuita nacido en 1959 en Mérida— para dirigir la Secretaría para la Economía. Le encomendó una misión expresa: sanear y poner orden en unas cuentas en las que todo aquel que podía metía la mano, como en el polémico caso de la venta, por casi la mitad de su coste (de 300 a 186 millones de libras), de un palacio en Londres, en una inversión llena de agujeros negros y tramas de todo tipo que ahora se está juzgando, y que tiene entre sus principales acusados nada menos que al que era el número 3 del Vaticano, el cardenal Becciu.

Foto: Juan Antonio Guerrero Alves, el nuevo 'ministro' de finanzas del Vaticano. (Foto: El Vaticano)

Y no lo hizo mal el antiguo misionero en Mozambique, aquel niño extremeño al que le gustaban los números y estudió Económicas en la Autónoma de Madrid, hasta que se le cruzó la vocación y se metió en la Compañía de Jesús, donde siguió instalado entre balances y presupuestos, dedicándose a la administración y gestión de casas, colegios y otras instituciones de la poderosa congregación fundada por san Ignacio de Loyola, la misma a la que pertenece Jorge Mario Bergoglio.

El extremeño que bajó el sueldo a los cardenales

En el Vaticano, Guerrero promovió la transparencia, arrebató a la Secretaría de Estado —auténtico 'sanctasanctórum' del poder en la Santa Sede— el control del gasto (para, entre otras cosas, evitar que otros hicieran lo que hizo Becciu, adscrito a esta Secretaría), imponiendo una férrea política de control a los distintos "ministerios" vaticanos, lo que a su vez puso coto a la corrupción, e incluso se atrevió a rebajar el sueldo a los cardenales (entre 4.000 y 5.000 euros al mes, casa incluida, y no pequeña) y a otros destacados funcionarios del "aparato" vaticano entre un 10 y un 15%. Y todo ello en medio de una pandemia que provocó una importante bajada en los donativos que llegaban a través del Óbolo de San Pedro y que cerró durante casi un año los Museos Vaticanos, lo que llevó a la Santa Sede a dejar de ingresar en dos años cerca de 100 millones de euros. Con todo, junto con su amigo de toda la vida, Maximino Caballero —con el que creció y jugó en Mérida, y a quien se trajo a Roma desde Estados Unidos en agosto de 2020 para ponerlo de secretario general del "ministerio" de Economía vaticano—, consiguió cerrar las cuentas del pasado año con un déficit de 3 millones de euros frente a los 33 previstos inicialmente.

Por eso, el papa Francisco no se lo pensó y, ante la renuncia “por motivos de salud” de Guerrero anunciada el pasado 30 de noviembre, echó mano de la mano derecha del jesuita español, y así, desde este 1 de diciembre, Caballero, a sus 62 años, se ha convertido en el primer laico nombrado prefecto (ministro) de ese trascendental organismo vaticano, en lo que es una clara apuesta de este Papa por la corresponsabilidad de los laicos en el gobierno de la Iglesia, una de las líneas maestras de las reformas emprendidas bajo su pontificado.

Casado y con dos hijos, Caballero, como su amigo del alma, se licenció de Ciencias Económicas y Empresariales en la Universidad Autónoma de Madrid y luego cursó un máster en administración de Empresas en el IESE, en Barcelona. Entre esa ciudad y Valencia trabajó durante dos décadas como asesor financiero de varios países europeos, Oriente Medio y África, y en 2007 se trasladó con su familia a Estados Unidos, donde residía hasta que el 4 de agosto de 2020, a instancias de su amigo, le llamó el Papa para nombrarle secretario. “De todas las diferentes oportunidades profesionales que hubiese podido imaginar, esta es una que nunca, ni remotamente, se me habría ocurrido…”, declaró entonces a los medios oficiales del Vaticano. Nada que ver, claro, con la labor que estaba desarrollando en el área de Finanzas de Baxter Healthcare Inc., una multinacional del sector de la salud de la que fue vicepresidente para América Latina, liderando varios proyectos globales.

placeholder Juan Antonio Guerrero junto al alcalde de Mérida y Maximino Caballero. (Cedida)
Juan Antonio Guerrero junto al alcalde de Mérida y Maximino Caballero. (Cedida)

Ahora, ya como prefecto, sin la sombra protectora del viejo amigo, Caballero toma las riendas de la Secretaría para la Economía, que, estatutariamente, “ejerce el control y la vigilancia en materia administrativa, económica y financiera sobre las instituciones curiales, oficinas e instituciones vinculadas a la Santa Sede” y “sobre el Óbolo de San Pedro y sobre los demás fondos papales”. Y se le pide que siga ahondando en las reformas iniciadas por Guerrero. Pero si el jesuita no lo tuvo fácil por el rechazo de tantos funcionarios vaticanos a dejar de trabajar “a la italiana” y a que ni los controlen ni supervisen demasiado, en su caso, al ser un laico, tendrá que imponerse de una manera más decidida ante el clericalismo imperante en la Curia vaticana, donde las reformas del papa Francisco tienen más resistencias de las deseables.

Poner orden en un ejército de 3.000 funcionarios

Pero en esta función, Caballero podrá echar mano de otro español, Luis Herrera Tejedor, el primer director de Recursos Humanos en la historia de la Santa Sede, cargo para el que fue nombrado el pasado mes de septiembre, reclutado también por Guerrero ante la patente necesidad de “mejorar las condiciones y el clima de trabajo en la Santa Sede”, un ejército de unos 3.000 funcionarios con (malos) hábitos adquiridos hace décadas y donde la burocracia es una planta frondosa que recorre los distintos dicasterios (ministerios). Nada nuevo, como ilustra la irónica respuesta con la que el carismático papa Juan XXIII respondió, a mediados del siglo pasado, a la pregunta de cuántas personas trabajaban en la Curia vaticana: “Más o menos, la mitad”, señaló socarrón el llamado Papa Bueno.

placeholder Maximiliano Caballero. (Cedida)
Maximiliano Caballero. (Cedida)

Abogado, licenciado en el IE Business School, Herrera, que ocupó cargos directivos en empresas como Yves Saint Laurent, Logista o Inversis, tras lo cual ejerció como coach en distintos ámbitos y ha desempeñado labores de gestión en Cope, Onda Cero y Prisa, llegó al Vaticano con la premisa de no despedir a nadie, en la medida de lo posible, tarea que se presume ardua cuando el propio Juan Antonio Guerrero justificaba la creación del departamento de Recursos Humanos “para mejorar el clima de trabajo en la Santa Sede”. Un clima que se presume muy mejorable si tenemos en cuenta que, hace unas semanas, el Papa fulminó a la cúpula directiva de Caritas Internationalis tras una auditoría que detectó “deficiencias en los procedimientos de gestión, que también tuvieron un efecto negativo en el espíritu de equipo y la moral del personal”. La auditoría, en la que participaron psicólogos, descartaba la existencia de abusos sexuales o desvío de fondos. El problema era otro: el trato humano a los empleados. Y para pilotar la transición hacia una organización renovada y con mejor ambiente laboral, el Papa nombró a un nuevo equipo directivo formado por tres personas, entre ellas, la extremeña de Badajoz, Amparo Alonso, para “asegurar estabilidad y liderazgo empático” en la sede de una organización formada por 165 organizaciones nacionales de asistencia y desarrollo en todo el mundo.

Pero esta laica, casada y con dos hijos, que empezó de voluntaria en su parroquia de Badajoz y que hasta ahora era directora de Incidencias de Cáritas Internacionalis, no es la única española en la que se ha fijado el Papa (y quienes le susurran desde España a Francisco) para pedirle su ayuda. Coincidiendo con la llegada de Guerrero, Bergoglio nombró para el Consejo que supervisa y asesora al ‘ministro’ de Economía a la navarra Concha Osacar Garaicoechea y a la madrileña Eva Castillo Sanz.

Foto: El papa Francisco. (EFE/Guglielmo Mangiapane)

Abogada, casada y con dos hijas, Concha Osacar es socia fundadora del Grupo Azora y ha sido vicepresidenta de Santander Central Hispano Activos Immobiliarios y presidenta de Banif Immobiliaria, así como presidenta de Inverco (Asociación de Instituciones de Inversión Colectiva y Fondos de Pensiones). Por su parte, Castillo, licenciada en Derecho y Empresariales por la Universidad Pontificia Comillas, es miembro del Consejo de Administración de Bankia SA, del Consejo de Administración de Zardoya Otis SA y, entre otras responsabilidades, ha sido presidenta y consejera delegada de Telefónica Europa.

Ahora, este lobby español asentado en uno de los organismos vaticanos más delicados e importantes a la vez, vela para para que la transparencia y la eficiencia impere en unas cuentas hasta ahora opacas, que maneja un presupuesto anual de 1.100 millones de euros y para no volver a esos tiempos en los que Francisco tuvo que cancelar unas 5.000 cuentas bancarias fuera de supervisión vinculadas al llamado Banco Vaticano.

Son los que tienen la llave de la caja de caudales del Vaticano, una economía maltratada durante años, con poco control, demasiada negligencia y trufada de escándalos que llevan a dar por buenas la intrigas y coqueteos con la mafia de por medio que nos llenaron de asombro en ‘El Padrino’.

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