La medida que Europa adopta pero España no: qué pasó con el teletrabajo obligatorio
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UN ELEFANTE EN LA HABITACIÓN

La medida que Europa adopta pero España no: qué pasó con el teletrabajo obligatorio

Aunque en el resto de países se apruebe junto a otras medidas como la mascarilla obligatoria en interiores, en el nuestro nadie parece plantearse un retorno al teletrabajo

Foto: El presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, conversa con la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. (EFE/J.J. Guillén)
El presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, conversa con la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. (EFE/J.J. Guillén)

Es el elefante en la habitación. Entre toda la larga serie de medidas que los distintos gobiernos han sacado a colación durante estos últimos días para contener la sexta ola en España, el silencio que rodea al teletrabajo obligatorio es clamoroso. Como ya ocurriese con las anteriores, muchos trabajadores siguen preguntándose por qué, si otros países europeos han adoptado dicha medida, en España ni siquiera ha entrado en el debate.

Un buen ejemplo es el de Reino Unido, donde el plan B implantado a principios de este mes contemplaba al mismo nivel el retorno al teletrabajo y el empleo de las mascarillas en interiores, algo que ha sido obligatorio en España desde el principio de la pandemia. Algo semejante ocurrió en Bélgica, que volvió simultáneamente a la mascarilla y al teletrabajo en noviembre, o en Suiza. Quizás el caso más cercano sea el de Portugal, un país semejante a España en muchos aspectos que desde esta Navidad hasta el final de las fiestas ha impuesto teletrabajo obligatorio.

"Ningún político que legisla ha sido 'freelance', por lo que ignoran su realidad"

No solo eso, sino que, como muestran los datos recopilados por el Ontsi (Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad), el porcentaje de trabajadores que pasan más de la mitad de su semana laboral teletrabajando descendió de un 11,8% a un 8% entre marzo y septiembre, el mínimo desde el inicio de la pandemia, cuando llegó a alcanzar un 16,2%. El informe también concluía que cuanto más pequeño es el tamaño de una empresa, menos posibilidades tienen sus trabajadores de realizar su trabajo a distancia.

Mientras tanto, en España, la posibilidad de dar ese paso parece haber desaparecido. Tan solo Cataluña consideró de forma expresa “obligatorio” el teletrabajo a finales de octubre del año pasado. Esta vez, ni siquiera Más País, uno de los partidos que más han defendido dicha medida, lo avalaba de manera explícita en la empresa privada. Entre sus cinco recomendaciones se encontraba una referida al teletrabajo, pero su desarrollo apuntaba a permitir a los empleados públicos teletrabajar hasta finales de enero y, en el sector privado, “recomendar allí donde sea posible”.

Foto: Un estudiante de El Masnou, durante una clase. (Reuters)

La respuesta unánime entre los expertos consultados es que es una cuestión muy interesante, muy pertinente, pero muy difícil de responder con datos, aunque se sugieren diversas razones, que van desde la cultura empresarial española, basada en el presentismo, hasta la propia estructura económica de nuestro país, con un gran peso de sectores donde el teletrabajo es más complicado de implementar, como servicios. También, tal vez, que España sea junto a Italia o Malta el país europeo donde más peso tienen las microempresas (de menos de 10 trabajadores), la clase de compañías en que el teletrabajo es menos frecuente.

Uno de los que se manifiestan de manera más rotunda es David Blay Tapia, profesor especializado en teletrabajo, escritor y autor de '¿Por qué no nos dejan trabajar desde casa?', que apunta a razones claras: “La presión de los empresarios, que siguen teniendo un peso político inmenso, y una cultura del presentismo”, explica. Blay también tiene para políticos y sindicatos: “Ningún político que deba legislar ha sido jamás ‘freelance’, por lo que ignoran absolutamente la realidad de más de dos millones de personas; y los sindicatos, que ahora se suben a ese barco, hace menos de dos años aborrecían en público el teletrabajo. Con lo que la fuerza que hacen es relativa”.

Qué dice la ley

Mientras tanto, el Ministerio de Trabajo sacó adelante una ley del trabajo a distancia que fue aprobada este verano. Sin embargo, el marco legal en el que se ha movido el teletrabajo en pandemia fue el del artículo 5 del Real Decreto-ley 08/2020, que establecía el carácter “preferente” del trabajo a distancia, como explica Anna Ginés, profesora titular del Departamento de Derecho de Esade y coordinadora del Instituto de Estudios Laborales.

Foto: Varias personas trabajan en una oficina con mascarilla. (iStock)

“Creo que debía interpretarse como una obligación empresarial de implementar el teletrabajo siempre que fuese técnica y razonablemente posible y si el esfuerzo de adaptación necesario resulta proporcionado”, explica. El decreto utilizaba el término 'prioritario' para referirse al teletrabajo, algo que cambió en el artículo 7.1.e) de la Ley 02/2021, donde el teletrabajo pasaba a ser “una medida a potenciar”, pero ya no prioritaria, lo que provocó que tanto Salvador Illa como la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, recordasen que no se puede “obligar” al teletrabajo. “En todo caso, es cierto que la norma podía y debería ser más clara en la obligatoriedad empresarial de optar por el teletrabajo, especialmente en momentos de auge de la pandemia”, añade la profesora.

En una línea semejante se manifiesta Eva Rimbau, profesora de Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). “Como es lógico, el carácter preferente y no obligatorio de la medida ha dado pie a distintas interpretaciones empresariales sobre las necesidades y posibilidades de hacerlo”, explica. “Lo que ha venido después, con el real decreto-ley de trabajo a distancia, sigue siendo de voluntariedad para ambas partes, empresa y persona trabajadora”.

"La vigilancia no puede consistir en 'ver' a la persona delante de su ordenador"

Ahí es donde se encuentra el quid de la cuestión legal, hasta qué punto se sustancia la necesidad o no de teletrabajar. “Se ha considerado que no se puede imponer porque supone un cambio muy significativo porque desaparece buena parte de la ‘vigilancia empresarial’ tradicional”, añade Rimbau. “Sinceramente, este argumento me parece muy pobre porque en el trabajo basado en el conocimiento (que es el teletrabajable) la vigilancia no puede consistir en ‘ver’ a la persona delante de su ordenador, sino en hacer un seguimiento de sus tareas y resultados, lo que puede hacerse perfectamente a distancia”.

¿En qué punto estamos?

Este verano se publicó la encuesta COTS ('Condiciones de trabajo y salud tras un año de pandemia'), en la que el grupo de investigadores Powah de la Universidad de Barcelona comparaba la situación actual con la del año pasado. La principal conclusión, una vez más, era que el uso del teletrabajo se había desplomado a prácticamente la mitad del año anterior. Como expresó una de las investigadoras, la socióloga Clara Llorens, durante la presentación del informe, una de las razones es la escasa base tecnológica del empleo. “Hasta que esto no cambie, España no será un país para teletrabajar”.

placeholder Un teletrabajador, en Zamora. (EFE/Mariam A. Montesinos)
Un teletrabajador, en Zamora. (EFE/Mariam A. Montesinos)

El informe mostraba, además, que la disminución del teletrabajo había sido más acusada entre los puestos de dirección (20,1% en 2021 frente al 64% de 2020) y los puestos científicos y técnicos (30,5% en 2021 frente al 66,2% en 2020), y menos entre los puestos de apoyo técnico (32% en 2021) y los puestos administrativos (35,6% en 2021). Pero también ponía de manifiesto que el teletrabajo es prácticamente inexistente entre los trabajos manuales (un 2,9% frente al 31,6% de los no manuales). El perfil más abundante es el de los empleados contables, los administrativos y otros empleados de oficina.

Como socióloga del trabajo, Llorens desliza una hipótesis por confirmar a El Confidencial. “Una parte muy importante de la población asalariada en España tiene empleos no teletrabajables (producción de bienes o de servicios a las personas), pero otras razones de peso para su uso minoritario podrían ser, por un lado, unas formas de gestión laboral muy basadas en el presencialismo y el control simple, directo; y, por otro, la escasa digitalización de empresas e instituciones…”.

Para Jorge Moraleda, responsable de Negociación Colectiva de CCOO Catalunya, el principal motivo es económico: "No todas las empresas están preparadas ni pueden asumir un aumento de los costes que puede suponer el teletrabajo si no has realizado previamente ya una inversión; y tampoco todas las personas trabajadoras tienen adecuados sus domicilios, ni sus equipos informáticos, ni sus conexiones, etc. Ante la falta de asunción por parte de las empresas, más que probable en caso de obligatoriedad, de los costes asociados, no se les puede transferir por ley esa carga a las personas trabajadoras".

¿Qué utilidad tendría?

El teletrabajo obligatorio ha sido una de las medidas más populares en otros países con mayor tradición a este respecto desde que comenzó la pandemia, pues es una de las maneras de reducir los contactos sociales. Algunos estudios señalan sus beneficios tanto para cuidar la salud de los trabajadores como para mantener la actividad económica. Durante las semanas de confinamiento más duras, tan solo los trabajadores esenciales tenían que acudir a sus puestos. Para Mario Fontán, médico especialista en salud pública y medicina preventiva, el problema es el “solucionismo tecnológico”.

"Las medidas que tienen más impacto tienen que ver con cuestiones sociales"

“Al vivir en una época de fascinación tecnológica, hay una especie de sentido común que apoya el pensar que las soluciones de la pandemia pasan por el uso de determinadas tecnologías (PCR cada vez más rápidas, códigos QR, geolocalización de móviles, medidores de CO₂, etc.)”, explica. “Sin embargo, aquellas medidas que sabemos que tienen una mayor capacidad de impacto epidemiológico tienen más que ver con cuestiones sociales y por qué nos desplazamos hoy en día y por qué entramos en contacto unas personas con otras”.

El trabajo es uno de los vertebradores sociales más claros, y condiciona la gran mayoría de nuestros contactos sociales. “El teletrabajo en aquellos sectores donde se puede implementar evitaría una serie de movimientos diarios y de interacciones sociales entre personas no convivientes, lo que es difícil de conseguir con otras medidas”, concluye Fontán. “Esto tiene la contrapartida de que culturalmente puede no haber costumbre, puede necesitar una infraestructura determinada, pero sobre todo que tiene una serie de impactos económicos que generan conflictos. Por un lado, empresas que tienen unas oficinas que alquilan pensando en la presencialidad. Por otro, unos trabajadores que si producen desde su casa, parte de los gastos que necesitan hacer para ello (internet, electricidad, equipamiento, etc.) los asumen ellos mientras están generando beneficios a la empresa”. Nos vemos en la siguiente ola.

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