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La sexta ola ya no es la del miedo ni la fatiga, es la del enfado
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AL BORDE DEL ATAQUE DE NERVIOS

La sexta ola ya no es la del miedo ni la fatiga, es la del enfado

Se ha producido la tormenta perfecta para que todo el mundo se enfurezca: la decepción, el aumento de casos, la Navidad a la vuelta de la esquina o el retorno de posibles restricciones

Foto: Foto: Reuters/Susana Vera.
Foto: Reuters/Susana Vera.

"Paso". "La sensación de rabia e impotencia por volver a esto no tiene descripción". "Se ríen en nuestra cara". "No os preocupéis, que luego en el bar ya nos la podremos quitar. Vaya estupidez de medida". "Si esto sale adelante, me hago antivacunas". "Estamos gobernados por unos auténticos inútiles e incapaces". Cuesta encontrar ni medio mensaje de apoyo al tuit en el que El Confidencial comunicaba el miércoles que la mascarilla iba a volver a ser obligatoria, una medida que desató la confusión.

No es que cueste, es que no hay ni uno. Si partimos del discutible axioma de que las redes sociales, por su anonimato, son la manifestación más clara del estado de ánimo de la gente, parece que esta ya no tiene solo miedo o fatiga, que fueron los sentimientos psicológicos que intentaron nombrar previas olas de la pandemia, sino, sobre todo, enfado y tensión a las puertas de Navidad. Tensión por el aumento de casos y la incertidumbre, y enfado ante las voces que piden más medidas, ante los que no quieren más medidas, ante los políticos y, en definitiva, ante una situación ya conocida en la que no parece que hayamos avanzado mucho. El retorno de la obligatoriedad de las mascarillas ha sido la gota que ha colmado el vaso como un paso hacia medidas que ya se pensaban superadas.

“Todo acontecimiento social tiene diversas lecturas, por lo que llegar a una conclusión es muy difícil, pero es verdad que, en los afectos que en cada momento imperan, el enfado es uno que está presente”, valora José Ramón Ubieto, psicoanalista y profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). La acumulación de pérdidas, entendidas en sentido amplio, desde las personales hasta las económicas, pero también “las expectativas, las cosas que se han realizado a medio gas, la pérdida de movilidad, cada uno sitúa el punto donde considera”, es el constante ruido de fondo.

Sin embargo, algo ha ocurrido para que el miedo lleve a la ira, y la ira al odio, la siguiente estación en el vía crucis pandémico. Había ya indicios durante las últimas semanas de que la tensión parecía aumentar. Lo ocurrido a principios de mes con un tuit del epidemiólogo y coordinador del comité de expertos del covid, Ignacio Rosell, es un buen ejemplo. El experto en Salud Pública escribió un mensaje en el que adjuntaba una foto del público del concierto de Natos y Waor donde señalaba con un círculo rojo a una chica con mascarilla. “Gracias a la chica del círculo rojo, seas quien seas”, escribió. “Los epidemiólogos hoy lloramos un poquito menos gracias a ti”.

El mensaje, bastante razonable, fue recibido con otros del tipo de “os duele ver a la gente disfrutar”, “por favor cállate la putísima boca, por favor te lo pido” o “si se la pondría porque es fea anda pringao”. Es una de las manifestaciones de una creciente tensión que se manifiesta en el enfrentamiento abierto a propósito de las medidas que hay que tomar (o no). Como recuerda el sociólogo y divulgador en Sociología Inquieta Álvaro Soler, “hay discursos que se dejan llevar por las emociones más irracionales, porque tienen miedo y atacan al que no dice exactamente lo que quieren escuchar”.

"Todos quieren poner fin a la situación, o por la prudencia, o por la negación"

Es la punta de un iceberg aún mayor, el de la sensación de haber sido engañados, como manifestaban algunos tuits. Como explica Silvia Martínez Martínez, directora del máster universitario de Social Media: Gestión y Estrategia de la UOC, "al inicio de la pandemia se dio una situación singular. En aquellos momentos, se experimentó una especie de afinidad compartida". Eso ha cambiado: "El paso del tiempo, el cansancio ante esta situación que parece no acabar de resolverse y las limitaciones prolongadas que se imponen por la propagación de este virus afectan al estado emocional. Sin entrar en la forma psicológica de afrontarlo, sí que se observa en las redes nuevas formas de reaccionar".

Terreno fértil para que aparezcan dos bandos: "Así, encontramos personas que siguen angustiadas por la pandemia y, por otro, las que quieren creer que esto ya está superado o que no es real. En ambos casos, parece que se comparte la necesidad de poner fin a esta situación: unos por la vía de la prudencia y la cautela y otros por la vía de la negación o restando importancia a formas de contagio o efectos del virus, pero estas visiones llevan a formas de actuación y expresión totalmente opuestas y, en ocasiones, el intercambio de mensajes termina produciendo esos enfrentamientos".

Las noticias de la última semana, que han vuelto a poner de manifiesto el abandono de la atención primaria, las dificultades para hacerse test o la incertidumbre, acompañados del retorno de ciertas limitaciones, han propiciado una tormenta perfecta. Como explica Soler, “con la vacuna sí que nos vendieron que parecía que se iba a acabar todo y, en España, la ciudadanía ha tenido un comportamiento ejemplar. Esa decepción te lleva a pensar que te están engañando, existe un poco de incertidumbre porque la información no es clara y las instituciones no tienen un discurso humilde”.

“Sin duda, hay un malestar creciente, o una desconfianza creciente, que está asociada a la duración de la crisis y a la sensación de frustración que genera ‘hacer lo que se recomienda’, pero no alcanzar el objetivo esperado”, añade por su parte Israel Rodríguez Giralt, profesor de Psicología e investigador del grupo CARENET del IN3 de la UOC (Universitat Oberta de Catalunya).

"¿El objetivo es ‘portarse bien’, es ‘vaciar las ucis’, es ‘bajar la transmisión?". Creo que no ha habido un esfuerzo sistemático para definir un objetivo claro, compartido, transparente, evaluable... Y eso es parte del problema y de esa frustración o decepción. No poder relacionar el esfuerzo, las acciones, con la consecución de un objetivo claro, sostenido, es algo que contribuye a la desorientación, incluso a la sensación de ‘derroche’ del esfuerzo individual y colectivo que se realiza”. Sin embargo, Rodríguez recuerda que es problemático “psicologizar” las olas con términos concretos, como ya ocurrió con la fatiga, porque ocultan realidades más complejas.

"Se está abusando de marcos de autoprotección"

El profesor, especialista en gestión de desastres, recuerda que el marco adoptado en un primer momento, de miedo y excepcionalidad, podía ser motivador en un primer momento, pero no a largo plazo. Además, “se está abusando de marcos de autoprotección, muy centrados en responsabilidad individual, que ponen el foco en ciertos espacios y prácticas, por ejemplo, los encuentros familiares o la limpieza de manos, y, en cambio, infravalora otros espacios y prácticas, incluso más importantes, a la hora de dar cuenta de la transmisión”. Es decir, espacios de trabajo, escuelas o medios de transporte: “Es importante que se pueda percibir que esa distribución es equitativa, razonable, es decir, tiene sentido y justificación. Cualquier percepción de que ese juego es asimétrico, contradictorio, arbitrario, poco transparente, etc., complica la posibilidad de compromiso, implicación y confianza en las medidas”.

Mala semana para que aumente la incidencia

Hay factores concretos que provocan que esta semana sea particularmente crítica, más que si la sensación de subida de contagios se hubiese producido hace uno o dos meses. Uno de ellos es la Navidad, que en principio iba a ser mucho más tranquila que la del año pasado, cuando estaba en vigor la restricción de la movilidad entre comunidades autónomas que impidió que muchas familias pudiesen reencontrarse. Además, es un periodo vacacional: la posibilidad de quedarse sin descanso después de un año trabajando no es baladí, con el estrés añadido de las familias confinadas con sus hijos pequeños sin posibilidad de conciliar y la incertidumbre de no poder hacerse pruebas.

placeholder Costumbres navideñas. (Reuters/Susana Vera)
Costumbres navideñas. (Reuters/Susana Vera)

“Lo que siempre vuelve por Navidad es la ilusión de lo infantil. Aunque tengamos 80 años, seguimos teniendo la ilusión de reencontrarnos, de que ocurran cosas mágicas, de que los Reyes Magos aparezcan, y muchos nos creemos eso por unos días”, añade Ubieto. “En ese momento de autoengaño, no queremos que venga un aguafiestas que te diga que no va a ser igual”.

Otro factor clave que diferencia a esta ola de otras anteriores es la vacunación. España es uno de los países europeos donde esta se encuentra más extendida, con un 89,7% de la población vacunada con doble dosis y ya casi un tercio con la tercera, algo que nos diferencia de otros países de Europa. El mensaje de que la vacunación iba a ser la puerta de salida ha provocado que la decepción sea mayor, como recuerda el psicoanalista, que añade que, “cuando parecía que habíamos enfocado el final, hay un retroceso y vemos que va para más largo. El riesgo de muerte disminuye, pero no el de restricciones”.

"Hay gente que ya ni pone la televisión, aunque no tengan miedo, les afecta"

Por último, el papel de los medios de comunicación, que cada vez más comienzan a ser percibidos como una de las fuentes de ese miedo. 'Terrorismo informativo' se ha convertido en uno de los términos más populares que se utilizan para una cosa y para la contraria: tanto para quejarse de la exageración con que los medios comunican como para denunciar que los medios de comunicación no son lo suficientemente duros con la pandemia.

“Conozco a mucha gente que ya ni pone la televisión”, recuerda Soler. “Gente que no es que tengan miedo ni estén obsesionadas, pero, aun así, le afecta. Imagínate una persona que sufra estrés o inseguridades”.

Agarrados a la certeza

La sensación que se desprende de muchos mensajes es que hay una creciente polarización afectiva, ya no tanto política, sino también en cuanto a las medidas que hay que tomar. Sin embargo, Neftalí Villanueva, profesor titular de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Granada, advierte sobre utilizar “polarización” de forma tan alegre. “Yo miraría más bien a la distribución de la opinión pública”, explica. “Según el CIS, los primeros problemas vuelven a ser el paro y la crisis económica, después el covid y problemas políticos: falta de acuerdo, comportamiento de algunos de ellos… La gente está preocupada con la incapacidad de llegar a acuerdos, que es una de las cosas que se derivan de una opinión pública polarizada”.

Aunque el profesor está de acuerdo en que echar un vistazo por redes sociales puede hacer parecer que estamos un poco más tensos que de costumbre, recuerda que estas no son necesariamente una representación del sentir de la gente, sino que se generan cámaras de eco que provocan que determinados mensajes (y actitudes) se popularicen en un momento determinado. También, Villanueva señala que la polarización afectiva tiene tanto que ver con el enfado como con la confianza en las cosas en las que ya creemos, lo que nos lleva a reafirmarnos: “Cuanto más certeza tengo en alto, más irracional me resulta prestar atención a los argumentos de los demás, y es en el momento en el que me vuelvo impermeable a los argumentos de los demás cuando la polarización se vuelve peligrosa”.

Ubieto coincide en que, “en un momento de desorientación general, de incertidumbre, cuando no hay una certeza general, cada uno se agarra a su propia certeza”. El mareo sobrevenido en los últimos días ha derivado en una crispación en la que los reproches fluyen entre todos los sentidos y, sobre todo, hacia arriba. “Siempre tiene que haber chivos expiatorios”, concluye el psicoanalista. “Alguien tiene que pagar y hacerse responsable, las sociedades siempre han buscado un chivo expiatorio y eso han sido los chinos, los niños, los adolescentes, los críticos con la vacuna, el Gobierno siempre ha estado presente… Pero la situación va más allá de lo que puedan hacer. Hay que pedirles rigor y coherencia, pero hay cosas que le pedimos que son una carta a los Reyes Magos”.

"Un problema es establecer objetivos poco claros, muy inmediatos o parciales"

“Se ha invertido mucho en investigar determinados aspectos de la pandemia, generalmente los más clínicos, biológicos, asistenciales, pero sabemos poco de la compleja sociabilidad que envuelve y define la pandemia”, concluye Rodríguez Giralt, que recuerda que “lo importante aquí es si con lo que se está haciendo se están creando las condiciones para favorecer al máximo un compromiso compartido y sostenido en el tiempo”.

“En el caso de esta pandemia, un problema recurrente es establecer objetivos poco claros, muchos de ellos muy inmediatos, parciales, o que no recogen la diversidad que caracteriza una sociedad compleja. Eso, por un lado, puede favorecer una aproximación más ‘individualizada’ al problema. Pero también, puede favorecer una situación paradójica en la que haya gente que esté dispuesta a comprometerse, pero no pueda cumplirlos o lo haga en relación a objetivos muy dispares. Por ejemplo, hay gente que no cumple las medidas porque no puede cumplirlas, caso de algunas cuarentenas que son difícilmente cumplibles para ciertas personas si no tienen ayudas o apoyos para poder hacerlo; hay gente que las cumple, pero hasta que cree que las medidas han dejado de ser importantes, por ejemplo, en relación a un objetivo como ‘vaciar las ucis’; y hay gente, en cambio, que tiene un compromiso mucho más amplio y sostenido, por ejemplo, en relación a ‘cortar la transmisión’, ‘evitar contagiarse’ o ‘acabar con la pandemia’. En suma, es importante tratar de comunicar más y mejor esos objetivos más compartidos, con una mirada a largo plazo y que sea inclusiva y sensible a la diversidad social”, concluye.

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