La tercera ola es la de la indiferencia: por qué el covid preocupa menos aunque vaya a peor
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¿UN MECANISMO DE DEFENSA?

La tercera ola es la de la indiferencia: por qué el covid preocupa menos aunque vaya a peor

Si en otoño estábamos fatigados, ahora estamos de vuelta de todo. A pesar de que los datos son peores que en la segunda ola, hemos abrazado el estoicismo

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Foto: Reuters/Nacho Doce.

"305 muertes, ¿son muchas o pocas?".

Durante el otoño, se popularizó el término 'fatiga pandémica' para explicar ese estado de ánimo que toda la sociedad, no solo la española, estaba experimentando. Después de un verano razonablemente apacible, la segunda ola producía cansancio, furia y apatía. La tercera ola está produciendo un efecto semejante, con un nuevo matiz. El de una indiferencia que ha provocado, por ejemplo, que los medios de comunicación comprueben que las noticias relacionadas con la pandemia importen cada vez menos, o que los médicos sientan que sus mensajes caen en saco roto. Aunque los datos vayan peor que en otoño, nos da igual. ¿Nos hemos insensibilizado?

La pasada semana, se hicieron virales las declaraciones de Mar Vega, supervisora de UCI del Hospital Sant Pau. “En las noticias, se habla de 300, 400 muertes, y parece que es como si nada”, lamentaba. “Creo que la gente se está volviendo insensible a estas cifras. Las escuchan, pero es como si nada estuviera pasando. La gente no es realmente consciente de lo que estamos pasando”. Como decía Slajov Zizek en una reciente entrevista con ‘El País’: “Nadie sabe qué va a pasar. La gente está literalmente perdiendo el deseo. En Sarajevo, con los francotiradores en los tejados, la gente luchaba por sobrevivir; después, cuando acabó la guerra, llegaron los suicidios. Me temo que ahora pase lo mismo”.

"Los procesos cíclicos inspiran fatalismo"

Es una pregunta que nos hemos hecho desde marzo, cuando la crisis estaba en su peor momento: ¿cuándo vamos a comenzar a desconectar? ¿En qué punto deja una sociedad de preocuparse o, mejor dicho, comienza a adaptarse en su día a día a una nueva normalidad? Los datos de encuestas como el CIS o COMO-SPAIN muestran que la preocupación por la pandemia fluctúa según la incidencia. En enero, justo cuando se estaba desplegando la tercera ola, los que mostraban “mucha” preocupación por el virus descendían a niveles anteriores a noviembre, por ejemplo.

“Uno de los grandes peligros del virus es que su ciclo de contagio, el tiempo en que tardan en manifestarse sus efectos, nos lleva a subestimar una y otra vez el riesgo al que nos exponemos”, explica Alejandro Romero Reche, profesor de Sociología de la Universidad de Granada y autor de ‘El humor en la sociología posmoderna’. “Hoy conocemos las consecuencias de lo que hicimos hace dos semanas, y tardaremos otras dos en averiguar las consecuencias de lo que hagamos hoy”. Una arritmia lenta y desacompasada que contrasta con la voracidad informativa.

“Por el contrario, el ritmo informativo es desenfrenado y nos proporciona un caudal incesante de estímulos, con actualizaciones al minuto”, prosigue. “Los procesos cíclicos suelen inspirar fatalismo, y es lo que estamos viendo con el detalle macroscópico de esa cobertura informativa tan prolija: las olas de contagios, ingresos hospitalarios y muertes vienen y van, los responsables públicos vuelven a cometer los mismos errores que previsiblemente tendrán las mismas consecuencias, y a menos que hayamos tenido la experiencia directa de una enfermedad grave, el necesario respeto a los fallecidos por parte de los medios nos ha evitado la contemplación de la cara más terrible de la pandemia, mientras sufrimos los efectos económicos, psicológicos y sociales de las medidas para contenerla”.

El eterno retorno

“Ya hace mucho que no sigo los datos ni me entero de las restricciones. No sé a qué hora es el toque de queda. Total, ¿para qué?”.

Como aseguraba la manida y descontextualizada frase de Marx, primero como tragedia, luego como farsa y, ahora, como un ciclo sin fin que se repite una y otra vez sin solución de continuidad. Como recuerda Pere Masip, profesor de la Universitat Ramon Llull y coautor de ‘Consumo informativo y cobertura mediática durante el confinamiento por el covid-19: sobreinformación, sesgo ideológico y sensacionalismo’, “siempre que hay un momento de alarma o crisis, se produce un incremento de interés informativo, porque la gente tiene preguntas y quiere respuestas”.

"Estamos cansados de que nos digan que la gente está muriendo porque ya lo sabemos"

La diferencia con otras crisis canónicas como la del 11-S, el ébola o el tsunami del sudeste asiático es que el covid sigue determinando nuestra realidad, pero se está alargando muchísimo más sin producir nueva información. Es decir, los datos diarios de muertos, por terribles que sean, no añaden nada. “Durante un cierto tiempo, los medios daban respuestas a estas dudas: cómo tengo que protegerme, qué es este virus, cómo evoluciona”, prosigue el profesor. “Hay un momento en que apenas hay más información nueva, más allá de actualizar un dato estadístico. Como se alarga en el tiempo, ya no solo crea fatiga informativa, sino que la gente desconecta y consume lo mínimo”.

Como aquella frase atribuida a Stalin, una muerte es una tragedia, pero un millón de muertes son estadística. “Estamos dando nuevos datos, pero no aportan nada, estamos cansados de que nos digan que la gente está muriendo porque ya lo sabemos, a pesar de todos los llamamientos a la prudencia, lo que la gente quiere es desconectar”, explica Masip. “Hubo un pequeño repunte tras el verano, pero seis meses después ya no podemos aguantar el ritmo”. Varios estudios han mostrado cómo el impacto psicológico durante la primera ola se fue agravando por la saturación informativa. El profesor echa de menos que los medios traten temas más sociales y personales, “como los que sí se hacían en un primer momento, y que podrían añadir algo más”.

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Foto: Reuters/Marco Trujillo.

Estos enfoques han dado paso a otro factor que agrava nuestra percepción de la pandemia: la información sanitaria y médica ha dado paso al enfrentamiento político. “En la mayoría de medios, las noticias relacionadas con el tema tienen un barniz político”, recuerda el profesor. “A la gente a la que le interesa la política le puede interesar, pero el que no, va a desconectar. La gente quiere las vacunas, no quiere que le expliquen que una farmacéutica tiene un pacto secreto con otro país y por eso no llegan”. Como añade Romero, “la crispación política respecto a las medidas, además, hace que su aplicación parezca depender de la conveniencia partidista de unos y otros. Todo esto contribuye a producir una sensación de irrealidad y un cinismo ambiente que podrían explicar esa aparente indiferencia”.

La larga marcha

“¿Cuando todo esto acabe? A este paso, no se va a acabar nunca”.

Ingeborg Porcar es directora de la Unidad de Trauma, Crisis y Conflicto de Barcelona (UTCCB) y, en su opinión, para entender lo que nos está ocurriendo es clave la diferencia entre daño primario y secundario. “El daño primario en una crisis es el que no se puede evitar, como, por ejemplo, perder a tu pareja en un accidente de tráfico”, explica. “El secundario es el que se produce en la gestión del primario: si tienes que explicar lo que te ha ocurrido 20 veces, si cuesta que te den el dinero, si se ríen de ti por tu edad… Todo eso es daño secundario”.

"La gente ya no puede más de la falta de recursos, de que la engañen..."

Ahí es donde se encuentra el problema. “La gente ya no puede más de ese daño secundario, de la falta de recursos, de que te engañen, de que las promesas no se cumplan...”, explica. “Ahí es donde se debería pedir responsabilidades a las autoridades”. La larga serie de promesas que se han traicionado ha contribuido a que los mensajes, ya sean políticos o desde los medios de comunicación, sean vistos con desconfianza creciente. Porcar, que trabaja con organizaciones y asociaciones, explica cómo a menudo se vive en una postergación continua por no haber comunicado bien los horizontes de posibilidad. “Les dijeron que podrían hacer su campamento en verano, y luego en otoño, y luego en Navidad...”.

“Hay tres mecanismos de afrontamiento: la negación, es decir, tratarlo como algo que no existe, la evitación, existe pero intento no tenerlo presente, y el afrontamiento, en plan ‘esto es lo que hay”, prosigue la psicóloga. “Si nos hubieran dicho que no se sabía exactamente cuándo se terminaría, que era posible que nos fuera a llevar mucho más tiempo, la gente hubiera podido hacer un afrontamiento más realista en todos los ámbitos, pero el año pasado fuimos dejando cosas para este año que tampoco vamos a poder hacer. Hemos llegado un año tarde a ese afrontamiento”.

Una de las consecuencias de esta indiferencia es que comiencen a predominar los comportamientos egoístas, negacionistas o subversivos, como en Países Bajos, donde en la última semana se han producido altercados durante las protestas de grupos anticonfinamiento. La solidaridad parece haber dado paso a un creciente individualismo, acentuado por comportamientos egoístas como el de la corrupción política en la administración de vacunas.

“Al principio, los ciudadanos veían que contribuían con su pequeño grano de arena a la situación, ya fuese cosiendo mascarillas o ayudando al vecino, pero ya tenemos respiradores, mascarillas y gel, y no tenemos esa misma voluntad de ayudar”, añade Macip. “Ahora, la gente tiene que sobrevivir y ganarse la vida, ya no nos damos cuenta de esa solidaridad, quizá porque está muy interiorizada”. Un buen ejemplo son las actitudes hacia los sanitarios por parte de la sociedad. “La primera vez, la gente se solidariza con los sanitarios, la segunda también, pero la tercera o la cuarta...”.

"La tentación de volver a 2019 por la vía de los hechos es muy poderosa"

Romero recuerda que estas actitudes “ya se daban en los primeros momentos de la pandemia”. “Tiene sentido que ocurra esto precisamente en las situaciones críticas, donde desaparece o se modifica sustancialmente el mundo que dábamos por supuesto. Aunque llevemos casi un año viviendo en este nuevo mundo de ciencia ficción, todavía estamos haciéndonos a vivir en él cada día sin un final claro en el horizonte. La tentación de volver a 2019, ya recibiendo la vacuna lo antes posible, ya recuperando nuestros derechos de antaño por la vía de los hechos, es muy poderosa”, concluye. Como en el disco de Ilegales, estamos cansados de esperar el fin.

Los sesgos que nos determinan

Hace unos días, el experto en inteligencia colectiva Amalio Rey, publicaba en su blog una interesante entrada sobre los ocho sesgos que nos hacen confiarnos demasiado. Muchos de ellos también influyen en nuestro estado anímico actual, así que le preguntamos sobre la forma en que nuestra mente se adapta a una realidad que se prolonga en el tiempo.

PREGUNTA. Después de la solidaridad y el miedo (primera ola), llegaron la fatiga y el cansancio (segunda ola), y ahora, una mezcla de indiferencia como mecanismo de defensa. ¿Está de acuerdo? ¿A qué cree que se debe?

RESPUESTA. Creo que la indiferencia es solo una de las maneras en que se manifiestan la fatiga y frustración que hay de fondo. Lo que quiero decir es que esa indiferencia es solo aparente, y por eso estoy de acuerdo con que funciona como un 'mecanismo de defensa' que nos construimos. No somos indiferentes, sino que soterramos nuestra preocupación, la escondemos debajo de la alfombra. Permanece latente. Es como la energía, que se transforma.

Es lógico que si una situación anormal se extiende por mucho tiempo, se termine 'normalizando'. Y menos mal que somos capaces de eso porque, aunque tiene su lado peligroso desde el punto de vista de la prevención, porque nos relajamos (tal como expliqué en mi 'post', activando varios sesgos cognitivos), reduce la entropía mental de tener que lidiar con una situación que reta constantemente a muchas de nuestras costumbres más básicas de convivencia. 'Normalizamos' como una maniobra de supervivencia, una estrategia de ahorro energético.

Esto se complica más porque creo que la lectura sanitaria de esta crisis (me refiero a la que hacemos en términos de número de personas afectadas por las secuelas directas de la enfermedad), e incluso también la económica, va por lógicas distintas a la que se puede hacer de la ansiedad colectiva y de la salud mental, que es más compleja y soterrada. Por ejemplo, arreciar el confinamiento y las normas de prevención mejoran los indicadores más gruesos (infectados, en cuidados intensivos, fallecidos), pero somos incapaces de capturar su impacto a medio y largo plazo en la salud mental, que a su vez puede repercutir de alguna manera en el peaje que paguemos después con otras enfermedades.

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Sin cita con el psiquiatra por el coronavirus: el tsunami en la salud mental
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Tampoco subestimaría el hecho de que una incertidumbre que se alarga tanto tiene un impacto acumulativo en varios ámbitos, en especial, el económico. Ese impacto hace que distribuyamos la atención cada vez más hacia la problemática económica. Es pura economía de la atención. Eso explica que crezca la opinión de los que piensan que 'salvar la economía' es lo más urgente. Cuando eso ocurre, parece que nos volvemos más indiferentes a lo sanitario del covid, porque desplazamos el foco de la atención (que es finita) hacia otros ámbitos que empiezan a preocuparnos más, como nuestra supervivencia económica.

P. ¿Es el desinterés, el olvido, un mecanismo de defensa un año después del bombardeo informativo?

R. Es evidente que hay una saturación informativa. Por supuesto. Esto es un clásico en la relación entre audiencias y medios. Conocemos el efecto del rendimiento marginal decreciente de la atención a partir de cierto punto de saturación. Para colmo, los mensajes que nos llegan suelen ser contradictorios, confusos, y eso 'aturde' más, así que la gente termina 'desconectando' para evitar sentirse aturdida. Como a nadie le gusta sentirse así, lo que hacemos es refugiarnos en nuestras certidumbres.

"Nos relajamos más cuando la cosa mejora de lo que nos cuidamos cuando empeora"

P. En el artículo, habla del sesgo de fatiga de precaución, que tiene que ver con aquello que tanto se habló en octubre. Pero ¿cómo contribuye la sensación de un paso adelante, un paso atrás a ese sesgo? Por ejemplo, algunos de los testimonios que estoy recogiendo muestran una gran desolación ante los toques de queda aún más tempranos, el cierre del ocio, etc.

R. El efecto del sesgo de fatiga de precaución es clarísimo. Nadie puede permanecer en alerta, con tantas precauciones, durante un tiempo tan largo. Pero influyen también otros sesgos que expliqué en mi artículo. Es un cóctel, una combinación. Y en cuanto a lo que preguntas de cómo influye lo de 'un paso adelante, un paso atrás', yo diría que produce una 'pérdida de sensibilidad' ante lo que ocurre. Nos 'destensamos'. En otras palabras: nos relajamos más cuando la cosa mejora (sesgo optimista) de lo que lo que nos cuidamos cuando empeora. Y así nos va.

P. Otro factor clave es el síndrome de la cabaña: ¿cómo contribuye precisamente a esa indiferencia y aislamiento?

R. La indiferencia (o la aparente indiferencia, porque, como dije antes, es solo un autoengaño) puede activar con más fuerza el síndrome de la cabaña. A más indiferencia, más difícil es reaccionar ante la tentación de salir a comerse el mundo. Y a más incertidumbre, y contradicciones en los mensajes, menos pautas claras a las que agarrarse para crear orden que ayude a cuidarse. Esto conecta también con el sesgo de autojustificación o disonancia cognitiva. Vienen muy ligados. En un contexto en el que se maneja un argumentario tan desordenado, con señales tan ambiguas, es más fácil encontrar atajos y autojustificaciones para liberar comportamientos que, aunque sean arriesgados desde el punto de vista preventivo, nos ayudan a luchar contra el hastío.

P. Por el contrario, he visto cada vez más comportamientos nihilistas, en plan todo o nada: gente sin mascarilla ni ninguna seguridad, viviendo la ficción de que todo es como siempre, a veces por pura desesperación, incluso gente que ha cumplido escrupulosamente las normas durante meses. ¿A qué lo achaca?

R. No sé, francamente, si eso está pasando. Es complicado sacar conclusiones a partir de lo que a uno le parece. Yo solo creo en tendencias amparadas por la estadística. Fíjate, Héctor, tú mismo puedes estar cayendo en el 'sesgo de confirmación' al sostener esa tesis. Yo, en cambio, veo que mucha gente ha conseguido convertir las medidas preventivas en un hábito. No deja de sorprenderme la resiliencia que está mostrando una parte significativa de la sociedad española. Creo que hay que poner en valor (y hay que hablar de) eso también. Yo lo resumiría así: los que han conseguido convertir esas pautas de comportamiento en una costumbre, en hábitos, no sufren 'fatiga de precaución' porque ya lo hacen de forma natural. El problema lo tienen quienes siguen sintiendo rechazo hacia esas normas, y las sienten ajenas. Las aplicaban porque se les indicaba, o se les obligaba, y eso termina desgastando mucho. En este segundo grupo, la fatiga es evidente porque activan 'anticuerpos' (nunca mejor dicho) hacia esas normas.

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