La experiencia es un grado: no es lo mismo una segunda ola en Madrid que en Asturias
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LA TRISTE VENTAJA DE LA DEVASTACIÓN

La experiencia es un grado: no es lo mismo una segunda ola en Madrid que en Asturias

Algunas comunidades están viviendo lo mismo que se vivió en regiones como Madrid en marzo. Las diferentes experiencias provocan distintos comportamientos de la población

placeholder Foto: Calle comercial de Oviedo, el pasado martes. (EFE)
Calle comercial de Oviedo, el pasado martes. (EFE)

Hace unos días, prácticamente coincidiendo con el momento en que Adrián Barbón, presidente asturiano, solicitó el confinamiento domiciliario al Gobierno, comenzó a circular un audio que reflejaba la desesperación de uno de los trabajadores de la UCI del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA). “La gente no sabe lo que está pasando aquí dentro, y yo no sé cómo fue lo de Madrid en su momento, pero creo que es parecido a lo que estamos viviendo aquí en el HUCA”, se explicaba en la grabación.

Parecía una reedición de esos mensajes que en primavera surgían de las UCI de los hospitales madrileños, con un plus adicional: la constatación de que hasta este momento Asturias no había vivido nada semejante a lo que ocurrió en otras regiones de España. Una diferencia en la experiencia que puede suponer un hándicap para las regiones que vivieron una primavera relativamente apacible y que, hasta cierto punto, puede suponer una triste ventaja en las regiones que más la sufrieron.

Los países que mejor manejaron la primera ola tiraron de su experiencia, lo que ahora puede estar ocurriendo en España

Puede ser una de las razones por las que las regiones más castigadas en la primera ola han conseguido atenuarla antes de que esta se desboque. Es lo que ha ocurrido también en el norte de Italia, donde, como recordaba esta misma semana ‘The Economist’, las regiones más castigadas en la primera ola ahora la están combatiendo mucho mejor. La tesis que sugería el medio económico era que se había alcanzado cierta 'inmunidad de rebaño' debido al impacto que había tenido la enfermedad en la primera ola, pero puede haber también otras razones detrás más relacionadas con el comportamiento de sociedades traumatizadas por la primera ola.

“La idea de experiencia es muy interesante para pensar la pandemia, en cuanto a aprendizaje, como memoria y resiliencia”, explica Israel Rodríguez Giralt, profesor de psicología e investigador del grupo CARENET del IN3 de la UOC (Universitat Oberta de Cataluyna). “Se está mostrando a nivel sanitario (la preparación de profesionales sanitarios, de hospitales, etc. es muy superior en esta segunda oleada), a nivel técnico-político (la gestión misma de la pandemia y su complejidad). Aunque sigue siendo complicada, hay herramientas, mecanismos, engranajes, buenas prácticas que funcionan más rápido y mejor”.

Es posible que en algunas de las regiones europeas más afectadas por la pandemia se haya llevado a cabo un proceso de aprendizaje no tan lejano al que ya había vivido Asia con el SARS. “Esto es algo que también se ha visto desde el principio”, añade el profesor. “Muchos de los países que han manejado mejor la pandemia (asiáticos, africanos) han tirado de experiencias previas, tanto en la gripe aviar como en otro tipo de epidemias. Ese conocimiento, esa experiencia, esa memoria, en Europa es mucho más escasa y se ha traducido en una falta de preparación muy grande, en una salud pública muy diezmada e infravalorada, y en una muy poca sensibilización al riesgo (esto es poco más que una gripe…)”.

Pero ¿en qué puede traducirse exactamente esa experiencia?

Autoprotección

Una de las dificultades a la hora de analizar el impacto de una medida de salud pública es diferenciar entre el impacto directo que puede haber tenido la misma y el impacto indirecto que puede tener en el comportamiento de la población. Algo que ha explicado en más de una ocasión el médico Javier Padilla, autor de ‘Epidemiocracia’. “No debemos olvidar que la segunda ola ha sido muy importante en Madrid, en algunos barrios hemos llegado a una incidencia acumulada de 1.900”, explica. “Lo que sí creo es que llegado a cierto nivel de incidencia, casi toda la población conoce a alguien que se ha infectado, y eso puede producir una mayor retracción social”.

"Llegado a cierto nivel de incidencia, casi toda la población conoce a alguien que se ha infectado, y eso es lo que ha ocurrido en Madrid"

Es lo ocurrido en zonas como Vallecas, donde se empezó a notar cierto descenso incluso antes del confinamiento por zonas de salud. “Dos periodos semanales con una incidencia suponen al menos un contagio de un 4% de la población, que es un impacto importante”, recuerda Padilla. “Por hacer un símil vacunal, lo que ocurrió en la primera ola generó linfocitos en nuestra memoria que al llegar otra situación de alta incidencia provocan una mayor retracción. Porque lo que pasó en Madrid en marzo fue muy fuerte”.

Lo que sí lamenta es que ha tenido que llegar una segunda ola para que esa retracción se haya producido. “La otra acepción de experiencia, relacionada a la anterior, tiene más que ver con una cuestión de sensibilización al riesgo”, añade Rodríguez Giralt. “Yo trabajo desastres lentos. Si algo nos enseñan este tipo de episodios, es que a menudo no es tan fácil ver o reconocer un riesgo. Ni en un sentido sensible (algo que no se ve, no se toca, no se huele) ni en un sentido epistémico (algo que no se puede conocer fácilmente) o un sentido más político (algo que no se reconoce, no se tiene en cuenta por intereses o motivos varios). Y creo que es algo que se parece mucho a lo que nos está pasando. El contagio se mueve en temporalidades y lógicas que no son fácilmente palpables, visibles, inmediatas. Eso hace que no sea fácil percibirlo (entre una exposición y un síntoma pueden pasar días, semanas incluso, en función de cómo viaje el contagio a través de las cadenas)”.

Sensación de inmunidad

Junto a ello, actúa otra fuerza paralela y simétrica, que es una posible desensibilización en algunas de las regiones (o grupos sociales) que mejor paradas salieron en la primera ola. En ello influye, como recuerda Padilla, que los factores de riesgo territoriales son distintos en una primera y segunda ola. “En la primera, están más vinculados con el alto nivel de actividad económica debido a los negocios y el turismo de una ciudad como Madrid, mientras que la segunda está más relacionada con la desigualdad o la incapacidad para prepararse”, recuerda. “Salvo en Madrid, donde sí se juntan ambos factores, no ha pasado por ti la experiencia de la primera ola para prepararte para la segunda”.

placeholder Madrid, en abril. (EFE)
Madrid, en abril. (EFE)

De hecho, una de las experiencias más sorprendentes para muchos profesionales de la medicina es la asimetría entre lo vivido en los meses más difíciles en un lugar o en otro. “Cuando fui a Asturias en septiembre y quedé con mis compañeros y les dije que yo ya había pasado el covid, se sorprendían, mientras que en Madrid raro es el compañero que no lo ha pasado”, ejemplifica el profesional de la Atención Primaria. La mala experiencia vivida es un recordatorio siempre presente que agudiza los sentidos, pero también fatiga en el medio plazo.

“La idea de que hay ‘unos grupos más de riesgo que otros’ (centrándonos en la mortalidad, por ejemplo) ha ayudado también a desensibilizar ciertos colectivos que consideran que su riesgo es menor. Eso se puede ver en relación con la edad, pero seguramente también respecto a zonas más rurales frente a zonas más urbanas”, añade Rodríguez Giralt. “O la propia idea de ‘frenar o doblegar la curva’ (que nos sitúa en un marco de emergencia, de mitigación y acción coordinada para un objetivo más o menos inmediato y que luego nos lleva a relajamientos y a sobreestimar ‘nuevas normalidades’). Todo esto habría ayudado a transformar la pandemia en algo poco sensible, al menos para algunos colectivos”.

El aprendizaje de los sanitarios

Uno de los factores más devastadores durante la primavera fue la falta de información que existía sobre el virus, tanto sobre las vías de contagio como respecto a los tratamientos o cuidados más eficaces. A medida que pasaban las semanas, los profesionales sanitarios adquirieron más conocimientos que les permitían cuidar de manera más adecuada a los pacientes de covid o interpretar de manera más certera los síntomas.

Foto: El hospital Gregorio Marañón, hace unos días. (EFE)

“Trabajábamos al día, sobre la marcha, porque aunque había procedimientos muy claros, no servían con tanta gente. Ha habido que improvisar, especialmente en Urgencias”, explicaba en agosto a El Confidencial María Dueñas, enfermera de Urgencias en el Hospital Doce de Octubre de Madrid. “Cuando estudié la carrera, dimos las pandemias como algo utópico, que nunca iba a pasar. Y ahora que hemos vivido una, ha sido como trabajar en la guerra”. Una experiencia que no todos los profesionales han vivido de la misma manera y que ahora distingue entre veteranos y noveles.

¿Inmunidad de rebaño? No, protección de grupo

Volviendo a la hipótesis inicial, es posible que la alta incidencia en algunas regiones de la pandemia ya haya comenzado a producir cierto alivio, que Padilla prefiere denominar “protección de grupo” antes que inmunidad de rebaño, como también defendían en 'Nature' epidemiólogos como Caroline Buckee, de la Harvard T. H. Chan School de Salud Pública. “El primer estudio de prevalencia mostraba que Madrid se encontraba en un 11,3%, lo que quiere decir que puede que ahora rondemos el 14-15%”, recuerda. “No es lo mismo que un 2%, por mucho que haya reinfecciones, que de todas formas no se están produciendo con la misma frecuencia. Eso provoca que estemos viendo un cierto techo y que haya a lo mejor burbujas con inmunidad de rebaño”.

Uno de los ejemplos más trágicos es el de las residencias de la Comunidad de Madrid, donde —como publicaba este viernes la Consejería de Salud tras realizar un nuevo estudio de seroprevalencia— alrededor de un 53% de las residencias disfruta de un nivel de inmunidad media-alta frente al coronavirus. “A veces pensamos la protección de grupo como si todos interactuáramos con todos, pero no es así, y se conforman pequeñas burbujas”, concluye Padilla, que recuerda que “no sería raro encontrarnos con una concatenación de ondas decrecientes, porque lo de Madrid y Cataluña nos hace pensar que se puede controlar con medidas sin mucho impacto pero que en marzo no habrían conseguido nada”. Que uno de los grupos más protegidos hoy sea aquel que tanto sufrió en la primavera es una más de las trágicas paradojas de esta pandemia.

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