¿Es posible que millones de niños cumplan las normas? "La edad crítica es de 11 a 14"
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AL OTRO LADO DEL PROTOCOLO

¿Es posible que millones de niños cumplan las normas? "La edad crítica es de 11 a 14"

"Leído el protocolo covid del instituto de mi hija. Es impecable, transmite mucha seguridad… Hasta que piensas que tendrán que aplicarlo con un millar de adolescentes"

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¿Es posible que millones de niños cumplan las normas? "La edad crítica es de 11 a 14"

“Leído el protocolo covid del instituto de mi hija. Es impecable, transmite mucha seguridad… Hasta que piensas que tendrán que aplicarlo con un millar de adolescentes ‘empanaos’ y con los pocos medios disponibles, un día y otro y otro… Mucha suerte y gracias anticipadas, profes”. Este mensaje publicado en Twitter por el periodista y escritor Isaac Rosa, autor de ‘Feliz final’, sintetiza a la perfección una de las ansiedades más frecuentes ante la vuelta al cole. Por perfecto que sea un protocolo, ¿cómo conseguir que cientos de menores en un número limitado de metros cuadrados no se quiten la mascarilla o se acerquen a sus compañeros?

Algunas de las medidas establecidas en los protocolos de los centros dependen en un alto grado de su cumplimiento por parte de los alumnos, al igual que ocurre con otros entornos como las empresas o el transporte público. A simple vista, parece que es más difícil lograr que un niño o adolescente acate las normas que un adulto, aunque, como matiza el psicólogo educativo y orientador en centros escolares Antonio Labanda, “a veces los adultos nos comportamos peor que los niños”.

"Los niños te pueden explicar perfectamente las normas, lo que necesitan es tener conciencia"

Irónicamente, la primera clave para que los niños se comporten como adultos es que los adultos aprendan a comportarse. “Los niños aprenden por modelado, es decir, viendo a sus referentes hacer y plantearse las cosas”, añade Labanda. “Los padres y los profesores deben ser modelos de referencia, porque van a aprender de ellos”. De ahí que una de las propuestas más habituales, ya desde los primeros compases de la pandemia en Italia, haya sido la utilización de ‘influencers’ o ‘youtubers’. A mediados de agosto, Fernando Simón solicitó a los ‘influencers’ que ayudasen a difundir el mensaje para que las medidas de protección se cumplan.

Algunas comunidades como Madrid, por ejemplo, han planteado cursos de introducción a las normas en la primera jornada de retorno a las aulas. Como recuerda Francisco Castaño Mena, profesor en un instituto de L’Hospitalet de Llobregat, padre y autor de ‘La mejor versión de tu hijo’, “los niños te pueden decir de carrerilla las reglas que tienen que respetar en el colegio porque ya se las saben, la clave es que tengan conciencia, y para eso, van a creer más a un ‘youtuber’ que al director de la OMS”.

¿Cuál es la edad más rebelde?

Los niños de Infantil han sido los primeros en incorporarse en la mayor parte de regiones. Sin embargo, coinciden los expertos, aunque parezcan más difíciles de controlar, es mucho más fácil que entiendan las normas rápidamente, especialmente si, como aconseja Labanda, medidas como lavarse las manos se plantean como un juego. Es a partir de los seis o siete años cuando las conductas rebeldes comienzan a aparecer.

Un trabajador toma la temperatura a unos estudiantes del colegio público de Las Gaunas, de Logroño. (EFE)
Un trabajador toma la temperatura a unos estudiantes del colegio público de Las Gaunas, de Logroño. (EFE)

“Con la distancia y con la mascarilla, va a ocurrir como con cualquier otro tipo de norma: que hay niños más responsables, a los que les han transmitido mejor las normas, y otros con una conducta más rebelde que, para llamar la atención, se las saltarán”, añade Castaño. Con esos es con los que “habrá que tener un poco más de paciencia, tanto los padres como los profesores”, valora. “Pero es difícil pretender que todos los niños no se muevan”.

¿Y la adolescencia, esa etapa de hormonas revolucionadas y pasiones fogosas? Una de cal y otra de arena. Por un lado, indica Labanda, porque ya tienen una comprensión —y, por lo tanto, una conciencia— mucho mejor de la situación que un niño más pequeño. Por otro, es la edad en la que suele aparecer la sensación de invulnerabilidad. “Pueden tener esa falta de conciencia de riesgo (‘a mí no me pasará’), necesitan contacto social, rebeldía…”, valora Castaño. “Es fundamental transmitir el mensaje de la importancia de la seguridad, pero también debemos entender que les va a costar obedecer y lo que no podemos hacer es demonizarlos, tenemos que ponernos en su piel”.

Antes de los 11, los niños ven las medidas como algo estructural, y a partir de los 14, su comportamiento es menos disruptivo

Para Luis de la Herrán, psicólogo clínico especializado en adolescentes, la edad crítica se encuentra entre 5º y 6º de Primaria, es decir, 11 y 12 años, hasta 2º de la ESO, con 14. La edad “en la que los adolescentes se replantean las cosas”. Se trata, por ejemplo, de una de las franjas con más acoso escolar. Los más pequeños, valora, tendrán menos problemas, “porque lo ven como parte de la estructura”. Y a partir de los 15, “tienen un comportamiento menos disruptivo”.

Las seis reglas del covid

Para De la Herrán, hay seis puntos clave para conseguir que los adolescentes asuman las normas. Para empezar, que sean claras, lo que quiere decir que deben ser siempre igual de estrictas. “Si unas veces se debe llevar mascarilla y otras no, no sirve”, explica. Esas normas, además, deben tener coherencia y congruencia: “No vale que un profesor me diga que tengo que llevar mascarilla y me lo encuentre por la calle sin ella”.

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Estas normas no pueden ser arbitrarias, añade De la Herrán. “Eso tiene que ver con comprobar directamente las consecuencias negativas del covid”, desarrolla. “Me recuerda a cuando los adolescentes dicen que no pasa nada por fumar porros, porque ven que sus amigos fuman uno y al día siguiente están tan campantes. Pero si se van a la unidad de Psiquiatría de un hospital, verán que el 70% de los adolescentes ingresados tiene comorbilidad con consumo de drogas”.

Una alternativa interesante en los colegios e institutos es que sean los alumnos quienes propongan las normas, porque, como recuerda De la Herrán, “una regla puesta por uno mismo tiene muchas más posibilidades de ser cumplida”. Por ejemplo, detalles como tener voz sobre cuáles son los itinerarios de tránsito por los centros más cómodos. O que sean ellos quienes establezcan las consecuencias negativas (y positivas) de no contemplar las reglas. “Si no, va a pasar como con los viejos profesores que cuando se daban la vuelta todos se ponían a copiar, pero con las mascarillas. Eso no sirve para nada”. Ese es otro gran reto: conseguir que las medidas se cumplan no solo en el entorno escolar sino también a la salida, en las reuniones de alumnos después del colegio.

Comienza la vuelta al cole

“En mi clase, todo el mundo llevará mascarilla, les guste más o menos”, añade Castaño. “Ahí no me preocupa, porque estamos los profesores y va a ser como siempre. Más que en el centro, es lo que ocurre fuera, porque van a seguir quedando igual”.

El miedo de los padres agrava la situación

Nunca antes se había sentido tanto miedo entre los padres. Un factor que, más que beneficioso, puede resultar dañino a la hora de que se cumplan las normas con naturalidad. Castaño lo tiene claro: entre los niños de hasta seis años, lo más importante “es no transmitirles miedo, porque lo que más van a sufrir es el cambio, y eso es algo que detectan incluso en la forma que tenemos de hablarles”.

Uno de los peores escenarios es que cunda el pánico: "Es fundamental que no haya agobios contiguos de ‘ponte aquí’, ‘no toques eso’..."

Es clave que por mucho que no estén de acuerdo en las normas, los padres no las desautoricen delante de sus hijos. “Tenemos la manía de criticar todo cuando estamos delante de ellos, pero si desautorizamos una medida, no la van a cumplir”, recuerda el fundador de Aprender a Educar. Un escenario perfectamente viable, y dañino, es el que describe Labanda: “Es fundamental que haya tranquilidad, que no haya agobios continuos de ‘ponte aquí’, ‘no toques eso’, ‘no vayas por ahí’, porque los niños van a recibir esa intranquilidad y la van a transmitir”, explica. “Si aparecen nervios e intranquilidades, nos metemos en un clima asfixiante”.

Así que es preferible aparcar los nervios en casa. “Antes de ir al colegio, los padres tienen la misión de darles pautas, de hablar con ellos, pero también de tranquilizarles, de decirles que cumplan las normas pero que lo más importante es que van a estar con los compañeros”, prosigue el orientador. “Hay que partir de que las medidas se van a cumplir porque están reguladas. Los padres también tienen que ser maduros, transmitir tranquilidad y confiar en el colegio, porque si no confías en la institución donde vas a llevar a tus hijos...”. Dos consejos adicionales: por parte del colegio, plantear reuniones rápidas con los padres para que sientan garantías, y que los niños, algunos de los cuales pueden haber perdido a un ser querido, puedan expresar sus sentimientos en voz alta.

Cuidado con los grupos de padres en WhatsApp

Los expertos consultados lo tienen claro: este año más que nunca, y tal vez porque es más difícil aún, es clave para que los niños y adolescentes se comporten que los padres remen en la misma dirección que el colegio. No hay nada más dañino a la hora de conseguir que se lleve mascarilla, se laven las manos o mantengan la distancia que enviar mensajes contradictorios desde ambos ámbitos.

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“El miedo lo tenemos todos los padres, lo que tenemos que hacer es mantener el contacto con los profesores para estar cerca de los humanos que tratan a nuestros hijos”, valora De la Herrán. “Si antes se aconsejaba una vez cada trimestre, ahora una vez cada mes, porque son los que van a estar cerca. El miedo que podamos tener se va a controlar con datos e información de primera mano, pero no con información directa o con quejas al servicio del consumidor”.

A este respecto, el psicólogo tiene una recomendación clave: mucho cuidado con los grupos de WhatsApp y las dinámicas de desconfianza que pueden generar en un clima ya suficientemente paranoico de por sí. “Hay que evitar los grupos de padres y madres para informarte de esas cosas, porque muchas veces no se cuentan bien y es muy fácil que se cree la imagen del falso enemigo: que si me han dicho que la de inglés hace no sé qué, que mi hijo ya me dijo no sé cuantos”, concluye. Ese es el otro gran peligro, quizás incluso mayor que un despiste adolescente o una transgresión ocasional: que el colegio se convierta en una caza de brujas alimentada por el miedo y la incertidumbre.

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