Parroquias y seminarios convertidos en refugios: "En marzo tenía un buen empleo"
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LA CRISIS SE CEBA CON LOS MÁS PRECARIOS

Parroquias y seminarios convertidos en refugios: "En marzo tenía un buen empleo"

Cientos de personas llevan meses refugiadas en instalaciones improvisadas de la Iglesia. Muchos afectados tenían un trabajo y ahora se ven incapaces de volver a pagar por un techo

Foto: Parroquias y seminarios convertidos en refugios: "En marzo tenía un buen empleo"
Parroquias y seminarios convertidos en refugios: "En marzo tenía un buen empleo"

El golpe social del coronavirus ha sido tan devastador que la Iglesia ha tenido que habilitar decenas de dependencias en todo el país para hacer frente al aluvión de personas que imploraban auxilio para no dormir en la calle una vez gastaron el último euro. Seminarios, parroquias, casas de espiritualidad… En cuestión de días se prepararon multitud de campamentos de emergencia para evitar una escena dramática: ver a cientos de personas, muchos de ellos trabajadores precarios que hasta el 14 de marzo tenían un techo y algo de dinero, echarse a dormir bajo los puentes y en los parques públicos durante el estado de alarma. Poco a poco, las distintas diócesis españolas van reduciendo el número de personas acogidas en sus instalaciones, aunque muchas de ellas siguen bajo refugio: los inquilinos siguen sin un céntimo y la alternativa al techo de la parroquia es la calle.

Uno de los párrocos que ha tomado la delantera es Ramón Montero, al frente de la iglesia de Santa Rosalía, en Madrid. Su refugio no se cerrará mientras uno solo de sus ocupantes lo necesite. "Si tiene que estar abierto meses o un año, lo estará", sentencia. En mayo, Montero, junto a voluntarios y una veintena de personas golpeadas por el confinamiento, convirtieron la antigua guardería de la parroquia en un hogar. Pintaron paredes, instalaron camas y colchones nuevos donados por el hospital de Ifema, contrataron internet y renovaron baños y cocina. Llevan 20 días viviendo allí. "A los pocos días del estado de alarma la situación empezó a ser muy grave. A los más necesitados, les pagamos la habitación en abril y mayo. Pero no podíamos seguir pagando el alquiler siempre. Así que hemos convertido la antigua guardería y la parroquia entera en un hogar para ellos".

El párroco Ramón Montero (izquierda) junto a varios residentes. (D.B.)
El párroco Ramón Montero (izquierda) junto a varios residentes. (D.B.)

Las historias en Santa Rosalía son las de todo el país: personas con sueldos muy precarios pero vidas normales que fueron barridas por el cierre de la economía. Aguantaron marzo, lo pasaron muy mal en abril y se derrumbaron en mayo. Christian Oblitas tiene 28 años. Antes del 14 de mayo tenía dos empleos: comercial en la inmobiliaria Tecnocasa y repartidor de comida en Glovo. Primero se quedó sin su contrato de trabajo. "Era un buen empleo, llevaba tres o cuatro meses e iba bien. Me despidieron sin opción a paro ni a ERTE porque aún estaba en el periodo de prueba. Me dijeron que no había pasado la prueba y ahí quedó todo", recuerda Oblitas. "Lo de Glovo también fue otro golpe. Yo trabajaba gracias a que un autónomo me tenía incluido en su flota de repartidores. Pero encontró otra cosa mejor, se dio de baja, y me quedé sin eso también". Oblitas no tardó en no poder pagar por la habitación en la que vivía y al poco ya no pudo comprar comida. Así llegó, como uno más, a las colas del hambre de la parroquia de Santa Rosalía.

Abraham Segovia, 24 años, también pasó por las colas del hambre. Hasta el 14 de marzo trabajó en la cocina del Realcafé Bernabéu, en el estadio del Real Madrid. Cobraba 600 euros. Llevaba desde el 23 de febrero trabajando en los fogones y le ocurrió lo mismo que a Oblitas: el 14 de marzo le dijeron que no había pasado la fase de prueba y se quedó sin ningún derecho laboral. "La primera vez que acudí a por comida a la iglesia pasé muchísima vergüenza. Pero el padre Moncho [así conocen los parroquianos a Montero] tiene algo especial, es muy generoso y sabe ver qué personas están en gran necesidad. Se acercaba a nosotros, nos preguntaba, y nos abrió las puertas de la parroquia".

Esta crisis convierte en mendigos a personas que nunca habían precisado de ayuda. Y muchos de ellos son chavales de apenas 18 o 20 años

Montero subraya la particularidad de esta crisis: está convirtiendo en mendigos a personas que nunca habían precisado de ayuda. Muchos de ellos son chavales de apenas 18 o 20 años, en su mayoría extranjeros. "Todos los que viven en la parroquia antes se las apañaban para ir tirando. Muchos en economía sumergida, ya que la mayoría están en solicitud de asilo y refugio y no pueden tener un contrato de trabajo aún, pero sobrevivían. La situación es terrible. Es durísimo para un chico verse en la calle. Recuerdo a Leandro, uno de los chicos que está ahora aquí. Una noche a las 23.45h me mandó un WhatsApp: 'Padre, no quiero dormir en la calle'. Ya no le quedaba dinero para pagar la habitación. 22 años tiene. Casi no pude dormir en toda la noche".

Walter Cardona corta el pelo a un compañero en su habitación temporal. (D.B.)
Walter Cardona corta el pelo a un compañero en su habitación temporal. (D.B.)

Una emergencia histórica

La Conferencia Episcopal Española reconoce que la emergencia es histórica. "En estos tres meses las solicitudes de ayuda se han multiplicado y no es fácil saber cómo van a evolucionar en el futuro próximo. Depende en parte del desconfinamiento y del movimiento económico que pueda sacar a muchas personas de ERTE que les han llevado a esta situación". La conferencia adelanta que la emergencia humanitaria no terminará con el fin del estado de alarma: "Hay personas que no van a salir fácilmente de su situación y habrá que atenderlas. Es posible además que estas situaciones nuevas precisen de una ayuda de larga duración".

"Es posible que estas situaciones nuevas precisen de una ayuda de larga duración", advierten desde la Conferencia Episcopal

En algunos seminarios, los seminaristas han convivido con decenas de personas en exclusión social durante tres meses. Si algo tiene la Iglesia son dependencias semivacías por la falta de vocaciones, y ha sido relativamente sencillo acondicionar las habitaciones que ya nadie usa y los grandes espacios comunes para cumplir con las medidas de prevención de contagio. También se han empleado seminarios totalmente vacíos, como el seminario menor de Palencia, que ha vuelto a tener vida tras su cierre en 2012 por falta de estudiantes.

Varios residentes de emergencia del seminario menor de Palencia. (Cáritas)
Varios residentes de emergencia del seminario menor de Palencia. (Cáritas)

"Hemos recibido personas con perfiles muy diversos. Desde turistas extranjeros a los que el estado de alarma sorprendió haciendo el camino de Santiago hasta personas que han salido en libertad de la prisión y no tenían adónde ir en pleno confinamiento. En total hemos atendido a 85 personas, pero hay un grupo grande de personas que se han quedado aquí los tres meses. Una mezcla de personas que ya estaban en situación de calle con otras que se han visto solas y sin recursos debido al estado de alarma", indican desde Cáritas en Palencia.

Las diócesis se debaten entre la necesidad de volver a la normalidad y el problema de volver a dejar a estas personas en la calle

El objetivo es ir vaciando esta red de campamentos improvisados a través de los programas de empleo de Cáritas. Las diócesis se debaten entre la necesidad de regresar a la normalidad y el abismo que se abre para todas las personas en acogida si les obligan a abandonar estos refugios improvisados. "Alguno ha podido salir para trabajar en el campo, pero otros no han tenido esa suerte", indican en Palencia. "Nuestra idea es cerrar el seminario menor a partir del 22 de junio, una vez termine el estado de alarma, y dar seguimiento a todas esas personas. Algunas de ellas seguirán en acogida en el albergue que ya funcionaba. Veremos si la hostelería y otros servicios, que es donde trabajaban parte de las personas acogidas, vuelve a activarse y recuperan sus ingresos".

"Es una situación extremadamente difícil", admiten desde Cáritas Bizkaia. En Bilbao, 40 personas han estado viviendo estos meses en la casa de espiritualidad junto a la basílica de Begoña. Se acondicionaron las habitaciones y las salas, se contrató a personal, y preparó un refugio improvisado. "Tenemos un volumen importante de gente en situación de calle, principalmente jóvenes. Hasta el 31 de diciembre trabajaremos por su inclusión social, a corto plazo es muy complicado que tengan los recursos económicos suficientes para ser independientes".

Voluntarios y residentes en Santa Rosalía preparan carros de comida solidaria. (D.B.)
Voluntarios y residentes en Santa Rosalía preparan carros de comida solidaria. (D.B.)

Los inmigrantes, muy golpeados

Los inmigrantes sin permiso de trabajo, que antes de la pandemia iban trampeando, son los que peor futuro tienen. Walter Cardona, 41 años, hacía trabajos de barbería por los domicilios particulares mientras esperaba que su solicitud de asilo prosperase. "Salí huyendo de Colombia porque mi vida estaba en riesgo allí por problemas con la guerrilla. Soy barbero pero sin papeles nadie puede contratarme. Tengo dos hijos y a mi madre en Colombia y mi único deseo es poder enviarles algo de dinero pronto", relata en su habitación de Santa Rosalía, donde guarda sus utensilios profesionales y arregla el pelo a sus compañeros.

Foto: Trabajadores en la miseria por el impago de los ERTE: "No tengo ya para comer"

En todos los casos el trato es el siguiente: la parroquia les ofrece un techo pero han de hacerse cargo del mantenimiento y limpieza. En Santa Rosalía la cosa va más allá: los 17 jóvenes también actúan como voluntarios para preparar los carros de comida y entregarla a las familias necesitadas que cada tarde acuden a la puerta de la iglesia. "Mientras nos ayudan van buscando trabajo en internet o echando currículums por los locales. No hay trabajo para nadie así que estos chicos lo tienen aún más complicado", afirma Montero.

El párroco, que reconoce que "nunca" se había visto en esta tesitura, ya está diseñando el siguiente proyecto. Tomar el alquiler de un local cercano para abrir un bar de comida latina. “Con esto esperamos dar trabajo a varios de los chicos. También estamos negociando que un trabajador autónomo pueda hacer una flota de repartidores de Uber con varios chicos, pero no tenemos moto. Por eso desde aquí pido a alguna de estas compañías grandes que nos eche una mano y nos regale una. Para una empresa de estas un ciclomotor no es nada, pero para estos chicos puede ser el primer paso para recuperar su vida".

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