El 80% del sector se valora en menos de 800 millones

El año en que el cava dejó de ser catalán

Tres meses después de que la alemana Henkell & Co comprase el 50,7% de Freixenet por 220 millones, el fondo anglosajón Carlyle se hacía con cerca del 80% del grupo Codorníu

Foto: Foto de archivo de una licorería en Barcelona. (Reuters)
Foto de archivo de una licorería en Barcelona. (Reuters)

Hay años en que se vive peligrosamente y años en que se vende como si no hubiera mañana. El año 2018 será recordado como en el que el cava dejó de ser catalán. Por que los grandes del cava vendieron como si sus empresas les quemasen en las manos. Tres meses después de que la alemana Henkell & Co comprase el 50,7% de Freixenet por 220 millones, un inversor de un tipo muy diferente; el fondo Carlyle se hacía con cerca del 80% de Codorníu. Así, de un plumazo, el 80% del sector del cava ha pasado a manos extranjeras. La primera empresa del sector engullida por un proyecto industrial basado en precios bajos; la segunda, por un socio financiero que llega con un plan de adquisiciones bajo el brazo.

Las dos operaciones valoran el 80% del sector en menos de 800 millones. Ambas tendrán consecuencias inesperadas para el sector, incluso más allá del cava, porque los cavistas habían funcionando como el principal motor del sector del vino y esto puede cambiar. También porque la fuerza compradora de estos dos gigantes en el mercado de la uva resultará clave a la hora de determinar el precio en la próxima vendimia. Todo apunta que Henkell querrá presionar todavía más a la baja los precios que paga Freixenet, según apuntan fuentes del sector. Es una incógnita cuál será la apuesta de Carlyle y su entrada con dinero fresco.

Carlyle podría, por un lado, sumarse a la estrategia de Freixenet y presionar a la baja para optimizar costos. La otra alternativa sería jugar a la contra y subir los precios. Eso dejaría a Freixenet sin materia prima. En un caso u otro las consecuencias resultarán claves para el campo catalán, si bien la 'consellera' del ramo, Teresa Jordà (ERC) ni está ni se la espera. Todavía no se ha pronunciado sobre este trascendente cambio para el campo catalán. La compra de la uva es clave. De hecho, la presión de accionistas Raventós con tierras a los que Codorníu había dejado de comprar sus cosechas resultó clave para decantar la balanza de parte de los partidarios de vender.

El final de esta época ya se había anticipado cuando se dio por muerto el pacto no escrito por el cual Freixenet no hacía mucho vino y Torres evitaba fabricar cava; se acabó en 2016. Torres ha lanzado Esplendor Vardon Kennett. Pero los Torres se desmarcan: ni lo llaman cava ni lo venden barato, huyendo de la política de bajos precios que ha hundido el sector. Han fijado el precio a 30 euros la botella.

Los planes de Carlyle

Los planes de Carlyle pasan porque Codorníu se sumerja en una política de adquisiciones a través de un fuerte apalancamiento para crecer, en especial fuera de España. En el sector del vino se especula con una futura salida a bolsa dentro de unos años igual que hizo Carlyle con el sector de las ITV en la operación Applus, otra adquisición que, como la de Codorníu, fue tutelada por el directivo del fondo Alex Wagenberg.

Codorníu factura 400 millones anuales y apenas tendrá un EBITDA de 26 millones. Ahora se tiene que convertir en cabecera de un gran grupo

No es la única. El pasado mes de abril, hace apenas dos meses, Carlyle compró Accolade Wines, el mayor productor de vinos australianos, por 772 millones de dólares. Por tanto, ahora el dilema de Carlyle es si convierte a Codorníu en la cabecera de un gran grupo europeo que incluso pueda competir con Henkell & Co. en Europa o si pasa a ser una parte relevante, pero menor, dentro de un gran conglomerado mundial.

El dilema de Carlyle es si convierte a Codorníu en la cabecera de un grupo europeo que compita con Henkell & Co.
El dilema de Carlyle es si convierte a Codorníu en la cabecera de un grupo europeo que compita con Henkell & Co.

Cambio decisivo

El cambio decisivo en Codorníu se produjo cuando Mar Raventós, la presidenta, cambió su decisión y se inclinó por vender. Aquí Carlyle ya tenía más del 51% y el resto de accionistas cayeron como fichas de dominó. Mar Raventós y su rama familiar tenían el 21% de Codorníu, pero ahora reducirá su participación a menos del 10%; si bien permanecerá, como otras familias, como socio minoritario para ver si puede aprovechar la nueva fase de crecimiento en la que entra la compañía.

Codorníu espera cerrar este año con un EBITDA de 26 millones. La facturación anual se colocará en 400 millones. En términos del sector alimentario, el precio es bajo, menos de un euro pagado por euro facturado. Si al final Carlyle se va de compras, la opción sería vender la bodega de California, Artesa, para financiar una política de compras por Europa.

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