162.720 mujeres más que hombres

La revolución de la mujer andaluza en tres generaciones: del campo a las aulas

El censo del 2 de diciembre es femenino. Las andaluzas son mayoría para decidir. La mujer ha protagonizado una revolución en estos 40 años, pero ahora ve emigrar a sus hijas

Foto: Pepa Rosado, Paqui Gutiérrez, Sara Oñate y Noelia Gutiérrez, en Málaga. (Fernando Ruso)
Pepa Rosado, Paqui Gutiérrez, Sara Oñate y Noelia Gutiérrez, en Málaga. (Fernando Ruso)

Las mujeres votaron por primera vez en España el 19 de noviembre de 1933. Pepa no. Ella toda la vida votaba lo que le decía su marido, Pepe. Cogía el sobre que él le ordenaba hasta que, ya por los noventa, le hizo un quiebro y metió dos papeletas porque no quería votar “al del bigote”. En realidad, su preferencia por Felipe González frente a José María Aznar no era ideológica, porque ella dice que no sabe de política. “Felipe me gustaba más, era más guapito”.

Mujeres andaluzas

Ahora, cuando en plena campaña de las andaluzas se ponen a debatir en el taller al que asiste, donde cose maravillosas mantelerías para sus nietas y toallas para sus nietos, ella calla y no opina. “A mí, de política, de verdad que no me vayas a preguntar”. Hay muchos andaluces, la mayoría con memoria de la Guerra Civil y la dura posguerra, que no hablan de política, y si son mujeres, más. El 2 de diciembre, 3.230.811 andaluzas podrán acudir a las urnas en las elecciones de Andalucía. Son 162.720 mujeres más que hombres.

Pepa, en su cocina preparando 'carne de membrillo'. (Fernando Ruso)
Pepa, en su cocina preparando 'carne de membrillo'. (Fernando Ruso)

Pepa Rosado, Pepa la de Los Aguilares, tiene 82 años y vive en Ronda (Málaga). Era una niña de pueblo que cuando se casó se fue al campo. Sabe leer y escribir porque iba a las monjas, a las Esclavas, que incluso le propusieron a sus padres que pasara del colegio de pobres al de ricos porque la niña era lista y podía ser maestra. Sí, había dos colegios en el mismo centro católico. Su madre no podía pagarle el uniforme de las niñas ricas y la sacó de las aulas para meterla en un taller de costura. Duró poco, porque apareció Pepe, que la dejó viuda hace cinco años. Se casó y se fue a vivir al cortijo. Sin luz ni agua. Lavaba en el río, de allí traía las cántaras, cocinaba en la lumbre y cosía con un quinqué. Durante años.

Una fotografía de Pepa cuando llegó al Cortijo Los Aguilares, hace más de 60 años. (Fernando Ruso)
Una fotografía de Pepa cuando llegó al Cortijo Los Aguilares, hace más de 60 años. (Fernando Ruso)

Tres vidas

Su hija Paqui Gutiérrez (59 años) es auxiliar de clínica y trabaja en el hospital de Ronda. A ella la sacaron del colegio cuando terminó la enseñanza básica y la llevaron al cortijo con 14 años, como a su hermano Luis. "Los dos teníamos claro que no queríamos campo", cuenta. Su hermano no dejó de estudiar y se metió en el ejército, donde ahora es teniente coronel jubilado. Ella estudió auxiliar de clínica por su cuenta, a distancia, se puso a trabajar e hizo Bachillerato en el nocturno. Sus padres les dijeron que no podían dar estudios superiores a todos sus hijos, que sin embargo se buscaron la vida para tenerlos en la mayoría de los casos.

Pepa Rosado, en el lavadero del Cortijo Los Aguilares, en Ronda (Málaga). (Fernando Ruso)
Pepa Rosado, en el lavadero del Cortijo Los Aguilares, en Ronda (Málaga). (Fernando Ruso)

Paqui tiene tres hijas, una en Irlanda, otra en Reino Unido y la tercera, Sara Oñate (34), que estudió Traducción e Interpretación en Granada, en Ronda. Todas son licenciadas, investigadoras, doctoras... Solo una opositó y pudo quedarse a vivir en España. La madre se lamenta del “retroceso”, de que la mayoría de los padres de sus amigas tuvieran que emigrar como analfabetos a otros lugares de Europa y ahora sus hijas tengan que hacerlo a esos mismos sitios pero con una altísima cualificación, varios idiomas y tras prepararse a conciencia en la universidad española. Paqui siente con dolor que se está perdiendo ver crecer a sus nietos. Es el nuevo drama.

Pepa, Paqui y Sara son tres generaciones de andaluzas de Ronda. Las tres trabajan, en el campo, en un hospital y en las aulas. La tercera generación ha emigrado a otros países europeos

Pepa, Paqui y Sara son tres mujeres de la misma saga familiar que representan la revolución que ha vivido la mujer en Andalucía en los últimos 40 años. Los datos son asombrosos, aunque la brecha con sus compañeros hombres y con medias de otros puntos de España sigue existiendo. La vida de Pepa poco tuvo que ver con la de su hija y nada tiene que ver con la de sus nietas. “Yo lo veo muy bien, muy bien, que sí, que si mis nietas trabajan igual, por qué van a cobrar menos. Claro que sí, que protesten, que estos son los tiempos modernos”, dice Pepa mientras Sara le dedica una tierna mirada y Paqui se sonríe por lo que han cambiado las cosas. “Esta es mi abuela”, se ríe Sara, “pero bien después, cuando las primeras veces venía Alberto [su pareja] y se levantaba a recoger la mesa le decías que no podía estar un hombre de pie con tantas mujeres sentadas. Ya no. Ya lo deja”. Pepa admite que hay cosas que le cuestan pero deja claro que apoya la revolución de las mujeres de su casa. “Las niñas hacíamos las tareas de la casa y los niños del campo, pero cuando había que ir a recoger aceitunas, ahí íbamos todos”, recuerda Paqui.

Pepa, junto a una bisnieta en el salón de su casa, donde come con su familia los domingos. (Fernando Ruso)
Pepa, junto a una bisnieta en el salón de su casa, donde come con su familia los domingos. (Fernando Ruso)

Los domingos del cortijo

Todos siguen viniendo a comer al cortijo los domingos y Pepa ha aprendido a manejar el WhatsApp y pone todas las semanas “un letrerito” para convocar a la familia. “Nos seguimos sentando las mujeres por un lado y los hombres por otro, no me preguntes por qué”, dice Sara, y Paqui asiente. A quien sume dos faltas y no esté fuera de Andalucía, que hay muchos, lo llama la abuela para ver qué pasa.

"No es por mandar Pepe, de verdad, pero yo me voy a poner los pantalones que hace mucho frío", le dijo Pepa a su marido, y hasta hoy

En casa de Pepa mandaba su marido, que era "muy cerrado, muy de la época" y entendía el papel de la mujer a años luz del que ahora tienen sus hijas y nietas. “Mi padre era un hombre muy religioso y muy de derechas, que es algo que nunca he podido entender, con todo lo que ha trabajado en su vida”, dice Paqui. No dejaba a Pepa ni ponerse pantalones. Una amiga se los llevó un día de matanza y él dijo que ni se le ocurriera ponérselos, que los pantalones los llevaban los hombres, que eran los que mandaban. Pepa dejó pasar el tiempo y un día se quitó la falda: “No es por mandar, Pepe, de verdad, pero yo me voy a poner los pantalones que hace mucho frío”.

Pepa, preparando las viandas previas al almuerzo. (Fernando Ruso)
Pepa, preparando las viandas previas al almuerzo. (Fernando Ruso)

"Todos con estudios y colocados"

La octogenaria, la mayor de esta saga de mujeres, fue la que puso el motor, empujó a que sus hijos salieran del campo y se preocupó, “calladita”, de que las niñas estudiaran. “Mi Tere, que es tan estudiosa, se iba lejos, debajo de una encina a estudiar, y yo la dejaba”, dice. Ahora vive en Cataluña, es doctora en psicología y fue decana de la Autónoma de Barcelona. La primera vez que Pepa salió de Ronda sola fue a Barcelona porque había tenido una nieta prematura. No tenía cuenta en el banco, ni autonomía de ningún tipo de su esposo. “Otra vez fui con Pepe a Portugal, a Fátima”, cuenta. Su otra hija, Carmen, es enfermera. La familia está repartida por España y por el mundo. Los Gutiérrez Rosado suman ocho hijos, tres mujeres, y 19 nietos, 13 mujeres.

Pepa Rosado, Paqui Gutiérrez y Sara Oñate, tres generaciones de mujeres de una misma familia. (Fernando Ruso)
Pepa Rosado, Paqui Gutiérrez y Sara Oñate, tres generaciones de mujeres de una misma familia. (Fernando Ruso)

Su nieta Sara no es madre y su abuela llevaba ya seis hijos a su edad. Todos han estudiado y tienen carrera universitaria, menos los dos más pequeños. Los únicos que nacieron en el hospital de Ronda, porque ella paría en su casa con una comadrona. “Los dos chicos nacieron cansados”, bromea. “A mí me ha tocado la lotería”, repite Pepa cada vez que puede. “Todos con salud y colocados”, cuenta con orgullo. No es fácil en una tierra donde el paro sigue siendo el primer problema.

La odisea de ir al colegio

Ella tuvo claro que no quería que el maestro pasara de vez en cuando por el cortijo donde vivían sino que prefería que sus hijos fueran al colegio. “Yo veía claro que los niños que tenían a ese maestro hablaban peor”, dice Pepa. Salía a la carretera por donde pasaba el autobús, casi de madrugada, para montar a los niños y llevarlos a la escuela de Ronda. Lo peor era el día que no paraba. “Yo sufría”, recuerda Paqui. Ya después llegaron “las escuelas-hogar” y empezó a mandarlos internos. “Todo gratis, porque aquí no podíamos pagar estudios”, apostilla. Las que quisieron estudiar más se preocuparon de buscarse becas. “Como mi Tere”, la que vive en Cataluña.

Abuela y bisnieta, juntas durante la entrevista. (Fernando Ruso)
Abuela y bisnieta, juntas durante la entrevista. (Fernando Ruso)

Su marido era colono y explotaba esas tierras que ahora albergan una de las bodegas más en auge de la Sierra de las Nieves. Vieron pasar a varios propietarios, pero siempre estuvieron ahí. “Esto nunca ha sido nuestro, pero para mí como si lo fuera”, cuenta Pepa. Criaban cochinos, cabras, cultivaban cereales y Pepa hacía quesos que vendían. “Amanecía a las cinco de la mañana, preparaba la comida para todos y después daba portillos a las cabras y me ponía a hacer quesos. No paraba en todo el día. Cuando los acostaba, me ponía a coser y hacerles la ropita, porque yo se lo cosía todo”, cuenta. “Entonces las mujeres tenían otra fortaleza”, admite su nieta, “pero todavía queda mucho por recorrer”. Ella da clases a adolescentes y lo ve cada día. “El patriarcado aquí estaba muy arraigado. Hemos avanzado mucho, pero queda todavía”, asume Sara, que dice que desde que se puso “las gafas violeta” ve muchas cosas que antes ni percibía.

Clases de memoria y costura

Pepa ya no madruga tanto. Se levanta y lee el Evangelio. Ninguno de sus hijos, salvo el militar retirado, “el favorito”, bromean otros hijos que pasan el día en el cortijo, es tan religioso como lo fue el matrimonio de los abuelos. “Tengo nietas que ni se han casado por la Iglesia, lo moderno de ahora”, cuenta. Va al taller de costura y a unas clases “de memoria”. Ve poco la tele. “A mí ‘el Juan y Medio’ ese no me gusta nada”, asegura sobre el programa de Canal Sur. Su pensión es de 480 euros, 300 euros como empleada agraria y 180 como viuda. “Sí, estas son las pensiones de la gente del campo. Así es”, dice Paqui. “Me ha tocado la lotería”, deja claro Pepa.

Pepa, a sus 82 años, utiliza WhatsApp para comunicarse con sus hijos y nietos. (Fernando Ruso)
Pepa, a sus 82 años, utiliza WhatsApp para comunicarse con sus hijos y nietos. (Fernando Ruso)

Al cortijo no llegó un coche hasta que ya en los setenta un sobrino, que sabía que a ella le preocupaba que sus hijos fueran al colegio y que le martirizaba ese autobús que no paraba, aparcó con un camión cargado de ladrillos camino de la Costa del Sol y donde iba subida una furgoneta Citroën. Pepa llegó al cortijo, en mitad de la nada, en los primeros sesenta. Cuando Ava Gadner se bebía Madrid y la Sección Femenina marcaba las reglas de “la admirable” mujer española, ella iba con los cántaros al Puente de la Ventilla a coger agua y lavaba en el río, durante años siempre embarazada. Pasaba el día entero trabajando. “Aquí no había de nada, pero cuando venía la Guardia Civil se sacaba el lomo y cuidadito con atreverte a coger algo”, recuerda Paqui. Pepa se ríe y asiente. Sin su voluntad, su tesón, su capacidad de trabajo y esa mirada inteligente que esconde en unos vivarachos ojos pequeños, nada sería lo que es.

Radiografía de la mujer andaluza

En Andalucía hoy viven más mujeres que hace 30 años, con una de las esperanzas de vida más altas de Europa. Las andaluzas se casan y son madres más tarde (31,5 años), cada vez hay más estructuras familiares alternativas al hogar tradicional. Por primera vez en la historia, las mujeres tienen más y mejor formación que los hombres. Hay más andaluzas matriculadas en las universidades (55%), obtienen mejor expediente académico y abandonan menos sus estudios.

La incorporación de la mujer al mercado laboral ha permitido incrementar la tasa de actividad más de 30 puntos en los últimos 30 años. El número de mujeres ocupadas se ha triplicado y el de empresarias y emprendedoras ha crecido un 45% en los últimos 20 años. La brecha salarial existe (24,9%), el techo de cristal también y el 70% de los hombres sigue ostentando la titularidad de las explotaciones agrarias.

Con todos los avances registrados en las últimas cuatro décadas, la tasa de ocupación de las mujeres es 22 puntos porcentuales inferior a la del hombre e igual ocurre con la tasa de empleo. Las mujeres que trabajan ganan un media de un 24% menos que sus colegas varones. La mayoría de contratos a jornada parcial son de mujeres y las tareas domésticas y el cuidado de los mayores siguen recayendo en ellas. En caso de riesgo de exclusión y pobreza, las mujeres también son mayoría.

A 1 de enero de 2017, residen en Andalucía 4.245.985 mujeres, que representan el 50,67% de la población andaluza. Del total de mujeres empadronadas, 296.746 no tienen nacionalidad española, es decir, siete de cada 100 mujeres que residen en Andalucía proceden del extranjero.

Según la Encuesta de Población Activa (EPA) para el año 2017, la población activa femenina en Andalucía, el número de mujeres de 16 o más años que trabajan o desean hacerlo, asciende a 1.782.300, es decir, de cada 100 personas activas en Andalucía, 45 son mujeres.

El principal motivo para que una mujer que no trabaja no busque empleo es la dedicación a las tareas del hogar, causa citada por el 39,69% de las mujeres andaluzas inactivas.

El trabajo femenino se caracteriza por una concentración masiva en el sector servicios, con un 90%, del que el 77% pertenece al sector privado, caracterizado por alta temporalidad y parcialidad y mayoritariamente relacionado con los cuidados y los servicios.

En 2017, el 35,9% de los contratos a mujeres asalariadas fue temporal y la tasa de paro para las andaluzas es del 21%.

La edad media de la maternidad está en los 31,5 años y el 45% son madres sin estar casadas. Las mujeres asesinadas por violencia de género en Andalucía en 2018 son 13 de las 44 españolas.

 

Datos del libro 'La cambiante situación de la mujer en Andalucía', de Óscar D. Marcenaro, Centro de Estudios Andaluces, y del estudio 'La situación laboral de la mujer en Andalucía, 2017'.

 

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