Otras elecciones clave

Pandemia, comercio y desigualdad: los retos económicos del nuevo presidente de EEUU

El próximo presidente heredará un déficit público próximo al 20% del PIB y una deuda superior al 130%. Y también las previsiones económicas más favorables de los países desarrollados

Foto: Imagen de la Casa Blanca. (EFE)
Imagen de la Casa Blanca. (EFE)
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Estas elecciones de EEUU han sido calificadas por los analistas políticos como ‘clave’ para el futuro del país. No es extraño que surja este adjetivo ante unos comicios en la gran potencia del mundo, pero lo que sí está claro es que el futuro presidente tendrá que lidiar con una situación económica muy delicada como consecuencia de la pandemia del coronavirus. La recesión experimentada durante la primera mitad del año ha sido la más profunda nunca vista en periodo de paz y, lo que es peor, amenaza con una recaída en la recta final del año a medida que avanzan los rebrotes.

El futuro presidente de EEUU tendrá que lidiar con una coyuntura muy delicada. Eso sí, a su favor tendrá que recibe una economía con una inercia muy superior a la del resto de países desarrollados. Con el crecimiento del 7,4% registrado durante el verano, el país se queda ya a un 3,5% del nivel de PIB previo a la crisis. Mejora en casi un punto la situación de la eurozona y en casi seis puntos a España. Las previsiones del FMI apuntan a que a principios de 2022 ya habrá recuperado los niveles de actividad previos al estallido de la pandemia, colocándose como la economía avanzada más dinámica. Eso sí, habrá perdido dos años completos respecto a China, pero consolidará su hegemonía como gran potencia desarrollada.

Esto significa que el reto que asumirá el próximo presidente estadounidense será importante, pero relativamente menor que en Europa, donde la situación económica y sanitaria es muy preocupante. El gran riesgo será que la pandemia se complique también en Estados Unidos en las próximas semanas. Algunos analistas han señalado el riesgo al que podría enfrentarse el país si se produce un cambio de mandatario y Joe Biden, el candidato demócrata, tiene problemas para empezar a tomar decisiones. “Un aspecto de la carrera que pensamos es a menudo ignorado es la posible ausencia de respuesta de la política federal a cualquier deterioro adicional de las condiciones sanitarias y económicas en los Estados Unidos hasta finales de enero”, escribe Gilles Moëc, economista jefe de AXA IM.

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También la victoria del presidente Donald Trump podría generar problemas de gestión “si ganara la presidencia sin conseguir una vez más la mayoría del voto popular”, señala Moëc, “¿qué cooperación podría esperar de una Cámara que probablemente seguiría estando controlada por los demócratas?”. El problema de este riesgo político es que Estados Unidos probablemente necesitará otra batería de medidas anticrisis a nivel federal en las próximas semanas. Y todo ello, bajo la amenaza de una transición complicada si hay cambio de presidente. “La economía de EEUU afronta graves tensiones tras las elecciones con Washington potencialmente paralizado”, titulaba 'The Washington Post' el pasado lunes.

Déficit y crecimiento

Al margen del riesgo político, el futuro presidente se encontrará un país altamente endeudado y con un déficit desbocado. Según las previsiones del FMI, su déficit público se situará en el 18,7% este año, que será mucho peor si finalmente la economía se contrae antes de que acabe este 2020 aciago. La deuda pública superará el 130% del PIB por primera vez en la historia del país, siendo 30 puntos superior a la de la eurozona.

El nuevo presidente tendrá que lidiar con unas cuentas públicas exhaustas después de años de déficits públicos por las políticas expansivas de la administración Trump. El presidente cerró el año 2019 con un déficit del 6,3% y un déficit ajustado del ciclo de casi el 7% del PIB. Esto es, durante todos los años del ciclo expansivo Trump estimuló el crecimiento con una política fiscal muy expansiva que elevó la deuda pública hasta rozar el 109% del PIB.

Durante los cuatro años de mandato, el gasto público se mantuvo estable cerca del 35,5% del PIB, pero los ingresos cayeron desde el 31,6% del PIB hasta situarse por debajo del 29%. Esto es, una política de bajada de impuestos que no tuvo reflejo en la caída del gasto público que provocó una fuerte subida del déficit público.

El nuevo presidente no tendrá alternativa, durante su primer año y medio de mandato, que seguir acumulando deuda pública. La situación de crisis seguirá reclamando una acción decidida por parte de los estados para contener la recesión y fomentar el crecimiento. De hecho, una retirada temprana de los estímulos generará un grave impacto económico, como el que sufrió Europa tras la quiebra de Lehman Brothers y que provocó una segunda recesión a partir de 2011.

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Eso sí, a lo largo de la legislatura será el momento de estudiar una consolidación fiscal, al menos para frenar el déficit público. Este escenario no llegará antes de 2022, pero será una prueba de fuego para el presidente. Sobre todo, porque la política fiscal restrictiva deberá hacerse compatible con la lucha contra la desigualdad dentro del país. Y no solo entre rentas altas y bajas, también entre los diferentes estados que viven situaciones económicas muy diferentes y que están en la base del auge de los populismos.

La crisis del coronavirus ampliará las brechas de desigualdad en todos los países y en Estados Unidos se convertirá en uno de los grandes retos para el nuevo presidente. El ‘sueño americano’ ha desaparecido en las últimas décadas, ya que el ascensor social está roto, imposibilitando el salto de capas sociales para las nuevas generaciones.

Uno de los factores causantes de la desigualdad es la globalización, que ha descapitalizado grandes territorios del país como consecuencia de la desindustrialización. Tanto Biden como Trump se habían marcado como un objetivo prioritario recuperar parte de la industria perdida, por lo que ambos partidos deberían colaborar durante los próximos cuatro años para lograrlo. Eso sí, la vuelta de la industria podría ampliar todavía más la desigualdad si, en vez de localizarse en las ciudades de donde salió, busca las regiones con mayor dinamismo.

La 'metropolización' es otra de las corrientes económicas del último siglo a la que no escapan los países desarrollados. Sin embargo, a medida que se abandonan las zonas rurales, la desafección por la política crece y ha alcanzado ya una situación límite. ¿Será capaz el nuevo presidente de revitalizar el interior de EEUU? ¿Será eficiente siquiera intentarlo?

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En este contexto, el nuevo presidente tendrá que decidir qué hacer con la guerra comercial abierta con China y con medio mundo. Lo que parece evidente es que Estados Unidos seguirá ampliando su déficit comercial durante los próximos años financiado con deuda externa gracias a la fuerza del dólar. Su salida victoriosa de la crisis frente a Europa lastrará aún más al euro como moneda de reserva global y permitirá mantener abultados déficits exteriores y fiscales. Eso sí, el dólar podría sufrir presiones bajistas durante las próximas semanas hasta que se aclare la situación política.

La Reserva Federal mantendrá una política monetaria expansiva al menos durante el próximo año, probablemente con un mayor estímulo en la recta final del año. El presidente de la entidad, Jerome Powell, mantendrá firme su timón con independencia del resultado político, ya que la economía no asumiría ahora otra receta que no fuese esta. Los déficits públicos se van a mantener altos y será clave que el crédito barato siga fluyendo a las administraciones públicas y también a los agentes económicos. Según las previsiones del equipo de análisis de Oxford Economics, el país necesita refinanciar 1,1 billones de dólares en los mercados en los próximos dos meses. Casi tanto como todo el PIB de España en un año. El reto no da ningún margen a Powell para endurecer su política.

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