francia-uruguay en cuartos de final

Cristiano y Messi igualan en miserias para terminar viendo el Mundial desde el sofá

Argentina y Portugal quedaron eliminadas por dos equipos que fueron mejores. Cavani y Mbappé les robaron el foco y les mandaron para casa, concluyendo así sus sueños mundialistas

Foto: Cristiano se retira eliminado del Mundial. (Reuters)
Cristiano se retira eliminado del Mundial. (Reuters)

Cristiano Ronaldo se encontró en el minuto 70 con la desesperación de verse eliminado. Los cruces de los Mundiales empiezan siempre con ilusión, pero a medida que la pelota va cayendo de un lado o de otro pareciera como si el oxígeno de un estadio al aire libre empezase a extinguirse. Los últimos minutos son angustia, desesperación y miedo. Y, sobre todo, ansiedad. La que llevó a Cristiano a coger del hombro a Cavani y llevárselo amablemente más allá de los límites del campo. Era un gesto caballeroso, pero sobre todo era un rictus desesperado, del que no puede aceptar que se pierda un solo minuto de más porque todo segundo baldío después puede ser echado de menos. También tenía un halo de desesperación personal, la de la estrella que no encuentra el camino para enfundarse el traje de héroe.

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Rusia nos recordó en una tarde que las grandes estrellas dan brillo al fútbol, pero solas no pueden ganar mundiales. Lo de Cristiano y Messi no se parece mucho en el recorrido pero sí en el desenlace. De poco te vale un goleador trascendente o un jugador de época si no tienen compañía. Parece una campaña de 'coaching' el mejor tú no es nunca tan bueno como la suma con otros muchos. Los dos verán desde casa lo que queda de Mundial y ninguno de los dos puede decir gran cosa al respecto. No hay injusticia en su llanto.

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Portugal compitió algo mejor que Argentina, porque el tiempo les ha dotado de solidaridad futbolística. Las tuvo para acogotar a una sensacional Uruguay, rondó el gol, lo intentó con prestancia de inicio a fin, sobre todo en una segunda mitad en la que la fe lusa se fue estrellando una y otra y otra vez contra el muro charrúa. Lo de Tabárez es un equipo, no es una selección. Tiene automatismos, tiene coberturas, tiene esa inteligencia colectiva que hace que el jugador siempre esté pendiente del posible error del de los de su lado para subsanarlo. Los lusos, con Cristiano peleón pero inerme, fueron buscando las rendijas y no las encontraron más allá de un cabezazo de Pepe. Los intentos de antes y después, muy frecuentes, quedaron en nada. También porque Cristiano, tantas veces el primero de los suyos, no estuvo presente.

La comparativa entre Messi y Cristiano, una de las más divertidas de las últimas décadas, quedó esta vez en una lucha de miserias. Ninguno de los dos hizo nada del otro mundo, estuvieron desdibujados viendo como otros, de sus equipos y sobre todo del rival, se quedaban con la escena y les iban ensombreciendo. En eso también sacaron su carácter escenificaron sus extremas personalidades. Messi deambulaba por el campo, cabizbajo, alejado de la realidad. Cristiano gritaba crispado, reprendía al árbitro, gesticulaba con vehemencia. Para nada, en ambos casos para nada.

Cristiano acompaña a Cavani a la banda. (EFE)
Cristiano acompaña a Cavani a la banda. (EFE)

Mbappé y Cavani

Mientras tanto, otros demostraban que un enorme jugador en el contexto adecuado es mucho más. Los que todos pondrían en una portada del Mundial vieron como Mbappé y Cavani se quedaban con el escenario y terminaban haciéndose con los mandos de sus eliminatorias. Los dos estuvieron geniales, primero el francés, echándose el equipo a su espalda cuando no ha cruzado la veintena, marcando dos golazos, sacándole un penalti a Marcos Rojo. También el charrúa, que marcó otros dos tantos, a cual más bonito. El primero en una jugada en la que él y Suárez se intercambiaron misiles. Los centros no eran caricias, eran para gente ruda, pero los dos consiguieron transformar esa crudeza en arte. Cavani terminó rematando a la red con delicadeza, con el pecho, para convertir un torpedo en una nana.

Y el segundo, el de la victoria, no le va muy a la zaga. En su equipo siempre anda un poco cabreado porque no le valoran, pero claro, juega en el PSG, ese producto enorme de la mercadotecnia. En Uruguay tiene a Suárez, pero no le importa, se entienden, se huelen y saben que el otro va a ser siempre solidario. El segundo gol, el definitivo, fue un tiro cruzado que terminó muy lejos de las manos de Rui Patricio. La imagen define lo que debe ser un disparo: la posición del cuerpo, la contundencia en pegar la pelota, el movimiento violento hasta marcar el gol. Lo que hubiese soñado hacer Cristiano Ronaldo en ese mismo partido. Cavani se retiró lesionado, con mala pinta. Si se pierde mucho de lo que queda su equipo pierde fuerza, por más que tenga suplentes solventes.

Dos equipos, Uruguay y Francia, minimizaron a dos astros que tampoco estuvieron en el nivel requerido. Es improbable que vuelvan a tener otra oportunidad de ser campeones del mundo, se retirarán las leyendas sin tocar el oro planetario, también porque por más que se les haya dicho, no hay éxito individual que se pueda transmitir sin más al gozo colectivo. Se leerán grandes teorías sobre sus fracasos, porque así tienen que considerarse, pero la más básica es que no hay futbolista que pueda estar por encima del equipo y que a largo plazo sea fructífero.

Hay ciertas cosas que sí son achacables a ellos. Una es que los dos hicieron un fútbol mediocre. Cristiano se movió la pidió y no hizo nada, un mísero disparo contra Muslera. Es un personaje activo, pareció presente en muchas cosas, pero nunca de manera definitiva. Messi, y su abulia, no estuvieron mejor. Alguno le dará dos asistencias y venderá un genio de la lámpara que solo perdió por sus compañeros, en realidad él solo fue el primero de todos aquellos que estuvieron desacertados en Kazán.

El liderazgo, o la falta de él

Y luego está el liderazgo, eso que ninguno de los dos supone ejercer. Uno por exceso y otro por defecto, no han logrado con sus selecciones encontrar la posición oportuna para que el colectivo brillase. Cierto es que ninguno de los dos equipos es una maravilla, y que casi nunca lo ha sido en sus carreras, pero también lo es que no han sabido dirigir en el campo los esfuerzos de sus compañeros. Cristiano porque vive algo amargado, siempre frustrado, es difícil la comodidad junto a alguien que exige tanto al mundo como, de hecho, se exige a sí mismo.

Lo de Messi cuadra aún menos con el liderazgo, es silencioso, huidizo, ni siquiera fue capaz de ponerse delante del micrófono para contarle a Argentina cómo se sentía tras el enésimo tropiezo. Le pesa la comparación con Maradona, un hombre que sentimentalmente se parece más a Cristiano que a su compatriota. En peor, la verdad, porque El Pelusa, un ídolo para una generación, ya solo es capaz de generar mucho ruido y un poco de vergüenza ajena. Messi es todo lo contrario, apocado, tranquilo, no parece casi argentino, no sabe verbalizar, ni liderar ni siquiera suele intentarlo. Es el genio de sus cosas y los de alrededor admiran, pero no aprenden.

El Mundial podría servirnos también para recordar que el fútbol es una maravilla que va mucho más de dos jugadores brillantes. Que un rato de Cavani peleándose con muros merece nuestra atención, una carrera de Mbappé puede ser poesía y un pase de Modric bien merece pagar una entrada. Nos quedamos sin un debate, pero quizá ganamos un poco de foco, desaparece la necesidad de defender o atacar a dos jugadores por debajo de sus posibilidades. Ya, ilusión esta improbable, la rueda seguirá girando en la misma dirección que antes del partido. Anhelos más que realidades. Es más, tocará de nuevo un diálogo absurdo por un Balón de Oro que, probablemente, no merecen ninguno de los dos.

Van quedando menos, toca hacer las maletas y marchar. Las estrellas que se van pueden pensar en las vacaciones. Mbappé, Luis Suárez o Cavani, si su pierna le respeta, pueden seguir apostando. Es el Mundial del fútbol, un estado de ánimo.

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