Europa League: La canción de Diego Costa, metal y ruido para meter al Atlético en la final de Lyon
El Olympique, rival en la final

La canción de Diego Costa, metal y ruido para meter al Atlético en la final de Lyon

Diego Costa marcó el gol definitorio en un encuentro que el Atlético dominó sin necesidad de tener el balón todo el rato. Es un equipo muy disciplinado que buscará su tercera Europa League

Foto: Costa, con Mustafi. (EFE)
Costa, con Mustafi. (EFE)

Con el tiempo, Diego Costa ha aprendido a conocerse. "Es solo un calambre" es, quizá, la frase que más tranquilidad ha dado a los atléticos en tiempos. El delantero, que una noche más había sido clave en el éxito de su equipo, se marchaba unos minutos antes de que terminase el partido generando el pánico en la grada. La final, en Lyon, será dentro de 15 días y a nadie se le escapa que no es lo mismo llegar con Costa que hacerlo sin él.

Pidió el cambio, con gestos al banquillo. Se tiró al suelo, se levantó, echó una carrera, incluso intentó un disparo, algo muy poco recomendable si se tiene una dolencia muscular. El Mono Burgos le cambió rápidamente, su delantero tiene un historial de lesiones más que suficiente para no arriesgarle. Una final sin él no tendría gracia, aunque sus palabras posteriores en BeIn Sports dan para calmar a la afición rojiblanca. Estará, y el Atlético es mucho más con él presente. Hay que recordar que, en otros tiempos, era jugador de forzar, de pelear y de seguir sin mucho sentido. Quizá por eso mismo los rojiblancos no ganaron aquella Champions en Lisboa.

Para saber que el Atlético es mejor con él se puede tirar de historial y llegar a esa conclusión, pero ni siquiera es necesario echar la vista atrás. En este mismo partido, y desde el primer minuto, se vio el nivel de pánico que pueden llegar a tener unos centrales cuando se enfrentan con la bestia. La primera jugada de peligro, a los pocos minutos de juego, fue uno de esos balones tontos, que pasan como si nada, que los centrales miran sin miedo... hasta que aparece él, cuerpeando, sacando brazos, con la boca llena de espuma ante la posibilidad de jugar el balón.

Es admirable la fe de Diego Costa, que se imagina goles donde el resto de seres humanos no es capaz de vislumbrar ocasiones siquiera. Hay delanteros mejores, sí, es posible, pero se puede dudar que haya otro que dé más problemas a una defensa. Koscielny y Mustafi, que tampoco son los más fuertes del mundo, tenían una considerable cara de pánico con solo verle caminar por el horizonte. Y, además, por ahí está Griezmann para surtirle de lo que necesitase. Una buena pareja, porque los dos son geniales, cada uno a su manera. Al galo no se le puede pedir que se mida físicamente a toda esa gente, pero para eso tiene los pies, para ni siquiera necesitarlo. Costa, si solo tuviera sus pies como herramienta, sería un jugador bastante vulgar. Pero tiene el resto del cuerpo para acompañar.

El vigor contra lo suave

El Atlético, en esta semifinal, hizo lo que tantas veces hace a lo largo de una temporada: dominar sin parecerlo. Porque es un equipo diseñado para no necesitar el balón y, a pesar de eso, tener controlada la escena. No importaba demasiado que el Arsenal diese una retahíla de pases interminables por el medio del campo, al fin y al cabo los conocedores del cholismo saben que encontrarle la grieta a la defensa es una tarea altamente complicada.

Por no engañar, lo es más aún cuando delante tiene un rival tan naíf como son estos ingleses. Un equipo muy de Wenger, con jugadores que tratan bien el balón, que seguro que tienen un vídeo de grandes jugadas, pero más bien escasito de carácter. Estas cosas se notan, especialmente cuando el rival tiene el hambre de los niños que vivieron la guerra. Un ejemplo obvio, Mesut Özil. Es evidente que el chico tiene talento, que puede dar pases increíbles y que es, en líneas generales, un buen jugador de fútbol. No se le ha visto en la eliminatoria, estaba perdido en ese mar de piernas, de abrazos y de corazones que es la estructura del Atlético de Madrid.

La sensación, al fin y al cabo, era que esto iba a terminar así. Probablemente el Atlético es el mejor equipo de esta competición, aunque eso es, más que nada, porque no debería estar en ella. Una serie de catastróficas desdichas los dejó fuera de los octavos de final de Champions. Son cosas que pasan, pero el equipo que fue del Manzanares y ahora linda con San Blas merece mucho más ese escenario que este, de algún modo menor. Es, de todos modos, una buena redención, porque los rojiblancos saben que la supervivencia y la prosperidad pasan por estar en la Copa de Europa —objetivo cumplido gracias a la Liga—, pero que los títulos que se puedan ganar por el camino se disfrutan y se celebran como si fuesen la copa del mundo.

Decenas de miles de atléticos marcharán hasta Lyon, una ciudad algo hostil en el pasado. Fue en 1986 cuando llegaron a Gerland con toda la ilusión del mundo y se terminaron marchando de vuelta con una derrota ante un equipo de un país que ya no existe. Aquel Dinamo de Kiev, con el eterno Oleg Blokhin, era uno de los grandes equipos del momento y poco o nada pudieron hacer los atléticos para sofocar un incendio que acabó en 3-0. Los tiempos han cambiado, ni siquiera el estadio es ya el mismo, pero la ciudad es un buen lugar para seguir construyendo la leyenda.

Será contra el Olympique de Marsella, que jugará más o menos en casa, por más neutral que sea un estadio en una final. Rolando marcó en la prórroga cuando se veían fuera. El peligro, además, estará en la grada, la afición del equipo del sur de Francia tiene un buen número de ultras indeseables, muy dados a liarla en sus desplazamientos. Y la grada atlética, que también tiene de estos, además está enemistada con ellos por absurdos episodios del pasado.

Más allá del folclore, el Atlético será favorito. Porque Oblak, este jueves inédito, es uno de los mejores porteros del mundo. La defensa concebida por Simeone es, desde hace años, la más fiable de cuantas hay por ahí rondando. Koke o Saúl son buenos jugadores. Y Griezmann es excelente. Y si todo falla, Diego Costa, que tiene la fuerza de los mares y el ímpetu del viento. Compararle con fenómenos naturales no es un exceso, solo es haberle visto jugar.

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