resistió el atlético a un blando arsenal

Clases de supervivencia atlética: si te quedas con diez reza por Oblak y Griezmann

La expulsión de Vrsaljko en el minuto diez hizo que Simeone, también expulsado, optase por defender a tope y olvidar el ataque. Una buena defensa, un portero memorable y un crack acercan la final

Foto: Griezmann celebra su gol. (EFE)
Griezmann celebra su gol. (EFE)

Diego Pablo Simeone no es la persona más contenida del mundo del fútbol. En su historial hay unas cuantas refriegas importantes, como entrenador y como jugador, y en todo caso no hay partido en el que parezca que la vena del cuello no le va a estallar de un momento a otro. Si encima le dan motivos lo esperable es que se venga arriba y grite, patalee e insulte, como fue el caso con Clement Turpin, el árbitro francés al que la UEFA encargó esta semifinal de Europa League y que cambió en diez minutos la narrativa del partido. Entre él y Vrsaljko, en realidad, aunque la torpeza de su pupilo no pareció molestarle. Y al final la jugada, que parecía una condena, terminó siendo solo un lance en un empate que es difícil de creer si se vio el partido. Un resultado magnífico para el Atlético, que minimizó los daños contra el Arsenal.

Minuto diez, expulsión del croata. Para pasmo de todos, doble amarilla. Dos acciones absurdas, dos patadas que sobraban en acciones sin peligro alguno del Arsenal. Dos entradas que en puridad conllevan una amonestación porque son agresivas en exceso y muy poco inteligentes. En el medio del campo, con los jugadores de espaldas a la portería. Pero él, que se había levantado con el pie izquierdo, las hizo.

Nada que objetar en lo que a la literalidad del reglamento se refiere. Si se ponen los dos vídeos de las entradas con la norma a modo de subtítulo se ve que, efectivamente, son susceptibles de tarjeta. Ahora bien, el reglamento y el fútbol no siempre son lo mismo, y este es uno de esos casos. Un comité disciplinario nunca le diría a Turpin que se ha equivocado, pero quien lleva 20, 30 o 40 años siguiendo este deporte sabe que sí. Porque los jueces tienen que ir un poco más allá de la ley y aplicarla con sabiduría. En un caso de estos en la abrumadora mayoría de las ocasiones el colegiado hubiese mirado para otro lado y en la siguiente carrera con Vrsaljko le hubiese pedido que se calmase y que con una más de esas le mandaba a la grada a reflexionar.

Saber leer un partido

Los jueces fallan, no necesariamente en lo técnico pero sí en lo emocional. No son capaces de entender que las sanciones no dependen solo de la letra sino también del contexto y que sus dictámenes no solo tienen una consecuencia concreta en forma de expulsión sino que pueden llegar a cargarse una eliminatoria entera. En esta pareció que iba a hacerlo, pero increíblemente el Atlético resistió. Eso, en todo caso, vino después.

A Vrsaljko se le salían los ojos de las órbitas y protestaba como enajenado la jugada. Pero no estaba solo, desde el banquillo Simeone y el Mono Burgos, como matones de la banda, salieron al césped a calentar un poco más la escena. El técnico protestó, braceó, acusó y fue expulsado. Ya con todo perdido decidió insultar repetidas veces a Turpin. No es necesario que los programas deportivos llamen a lectores de labios esta vez, hasta un ciego al otro lado del mundo es capaz de ver al argentino gritándole "hijo de puta".

No consta que reaccionase de un modo similar con Vrsaljko, y eso que tiene tantos o más motivos para culparle que al árbitro. Porque Turpin no supo leer el partido, pero el croata igual o menos, además de haber cometido dos errores de jardín de infancia que habían dejado a su equipo con uno menos en una semifinal de una gran competición y contra un equipo potente -o algo así, que es el Arsenal-. Simeone puede discrepar con el árbitro, pero quien realmente tendría que hervirle la sangre es su pupilo, tan incorrecto, tan incompetente, tan malo.

Minuto diez, uno menos y un partido perro por delante. Lo que para cualquier equipo sería algo parecido al infierno de Dante, para el Atlético solo fue como subir un poco el calor de las estufas. Porque si a un equipo con el alma en la defensa le pones esas condiciones lo único que hace, o que tiene que hacer, es renunciar aún más al ataque y hacer lo posible para hacer contención de daños. Simeone no lo dudó, puso a Thomas en el lateral derecho y empezó a dar todas las órdenes necesarias para hacer de un partido de fútbol un día pegajoso, como sentarse en un tronco lleno de resina.

Y la cosa iba saliendo. Aquí una confesión, la defensa del Atlético es muy buena, brillante incluso, pero todo esto no hubiese funcionado con cualquier otro portero. Jan Oblak dio otro recital de la de cosas que puede llegar a hacer un guardameta para mantener a flote a su equipo. Es cierto, los delanteros del Arsenal son más bien blandos, como todo el equipo, que es mucho más bonito que bueno, pero tuvieron opciones suficientes para matar esta eliminatoria que les habían puesto en franquía entre Vrsaljko y Turpin. Lo intentaron de todos los modos posibles, casi siempre con la misma respuesta: aquí no hay nada que ver.

A los interesados en medir la magnitud del dominio del Arsenal les pueden valer unos cuantos datos. 20 tiros por seis del Atlético, 72% de posesión de los 'Gunners', 11 córners a cero. 13 saques de portería de Oblak por uno de Ospina. Si la estadística no sirve para cuantificarlo sí pueden servir los dos primeros cambios del Cholo: Gabi por Gameiro y Savic por Correa. Miedo, mucho miedo, y Oblak. No pudo extrañar cuando Lacazette, en una jugada de pundonor de Monreal, dio un cabezazo a la red. Porque pedirle más al esloveno era un exceso retórico.

Uno de los vuelos de Oblak. (Reuters)
Uno de los vuelos de Oblak. (Reuters)

Un portero extraterrestre

Con el 1-0 y media hora para acabar todos temieron lo peor en el Atlético, aunque la narrativa siguió exactamente igual, muchos jugadores metidos en el área de Oblak y un conjunto bastante notable de eficiencia defensiva, incapacidad ofensiva y un portero venido de más allá de Orión. Bien, ese era el partido que había dejado aquel lance desafortunado del minuto diez y el Atlético estaba logrando, por lo menos, mantener viva la eliminatoria.

Lo que sí que no se podía esperar es lo que terminó pasando en el minuto 82. No es este mal momento para recordar que la defensa del Arsenal es tan suave y sensible como el resto del equipo. Se llaman los artilleros, pero que nadie espere un conjunto de rudos guerreros. Fue un balón largo de Gimenez sin más intención que la de sacudirse la presión, uno de esos pelotazos que en un partido así no hacen más que reiniciar la misma jugada, el ataque contra el Atlético. Un balón perdido, bobo, un balón que Koscielny, un jugador limitadísimo, fue incapaz de entender. A su lado Griezmann, y es innecesario decir que él, uno de los mejores jugadores del mundo, sí lo entendió.

Una carrerita, un par de rebotes, un poco más de suerte y un resultado magnífico. Porque sí, el francés, ese hombre de quien la parroquia atlética sospecha no sin motivos, acababa de marcar un gol de ninguna parte para el Atlético que convertía una noche de resistencia en un partido glorioso. Simeone, ese hombre que gritaba y al que se le inflaba la vena, hubiese firmado con sangre perder solo 1-0, ni que decir tiene que esto mucho más.

Así el Atlético, y su ardor guerrero, se acercaron un poquito más a Lyon casi sin pretenderlo. Griezmann quiere redimirse, Torres despedirse, el Cholo demostrar que es un ganador. La grada busca una nueva final, que son muy directivas, y a los directivos les sentará algo mejor el fracaso en la Champions si a cambio arramplan con este dulce. Incluso Gabi, el que se quejaba de tener que jugar este torneo, estará de acuerdo que una final europea siempre es plato de gusto. Todo eso fue posible gracias a una defensa colosal, a un partido anómalo, a un delantero-duende y a un portero para el que se terminan los calificativos. Y el Atlético, un día más, sobrevivió.

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