el que gane irá al mundialito contra el madrid

Capítulo final de la eterna Libertadores: un River-Boca que pide calma y exuda pasión

River y Boca dirimen el campeón sudamericano en un partido extraño, arrancado de su tierra por la violencia y trasplantado en Madrid en un ambiente tenso y con mohines

Foto: Aficionados de River Plate en la madrileña Puerta del Sol. (Reuters)
Aficionados de River Plate en la madrileña Puerta del Sol. (Reuters)

Pasión es la palabra, nadie lo duda. Alrededor del concepto se dan vueltas y vueltas, se cuenta que todo empieza en la infancia, cuando la familia te coloca unos colores que te acompañan toda la vida. Una franja roja cruzando el pecho o el amarillo alrededor del mar azul. Y así, de River o de Boca, has conseguido un motivo más al que aferrarte, una cantidad indefinida de festivos para ir al estadio y una buena manera de comenzar cualquier conversación. Es fútbol, es pasión. Es más pasión que fútbol. Nadie parece conforme con que el duelo más alto de la historia de esta rivalidad se vaya a realizar en Madrid. Se han vivido semanas de zozobra en las que no han faltado las descalificaciones. Que los conquistadores se habían quedado con la fiesta, que la CONMEBOL se ha vendido al vil metal, que los equipos no se qué, que la vergüenza de no ser capaces de jugar en la casa propia...

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River y Boca tuvieron un juguete y lo rompieron. Esta vez, no se lo dieron de vuelta, quizá porque a la CONMEBOL tampoco le iba mal de todo dejarles sin el ocio y quedarse ella misma el patronaje del partido. Eligieron Madrid con unas explicaciones algo vagas, porque en realidad casi todo en este proceso ha sido un compendio de medias verdades, de asunciones desproporcionadas y de berrinches encadenados. Fue el Bernabéu como podría haber sido cualquier otro, y en el lugar que fuese se hubiesen encontrados excusas suficientes para justificar una decisión que, en todo caso, es arbitraria. No hay reglamento que diga que una final a doble partido se puede convertir en otra cosa, pero eso ha sido exactamente lo que ha ocurrido.

La paradoja es que en esta final en cinco actos hay un dato que ha posibilitado todo esto, que el partido de ida terminase empatado a dos y que por la normativa de la competición los goles en campo contrario no valgan doble. Es decir, un resultado perfecto para que el encuentro ya disputado sea intrascendente. Tampoco se han parado demasiado a explicar si este partido es el de River pero trasladado a España, como resultaría lógico o, como dice Alejandro Domínguez, presidente de la CONMEBOL, es en realidad un partido de desempate, una suerte de prórroga agrandada y jugada con un océano de por medio. Detalles, sí, pero detalles que son importantes.

Da la sensación de que la confederación sudamericana es un desastre. Venía desde hace tiempo tomando decisiones locas, no pocas veces contradictorias, siempre imprevisibles. Un dolor de cabeza para los doctos en derecho, que saben que lo primero que hay que pedir en un sistema jurídico, y aunque sea futbolístico este lo es, es cierta coherencia entre lo escrito y lo dictado, entre lo pasado y lo presente... y así con todo. Si el resultado de la ida (¿se puede llamar así al primer partido?) hubiese sido una victoria para cualquiera de los dos bandos, estaríamos ante un engrudo colosal. Ahora, sin embargo, con aquel empate, se puede pensar que es borrón y cuenta nueva y que adelante los elefantes.

La afición de Boca en Madrid. (EFE)
La afición de Boca en Madrid. (EFE)

Mucho teatro

No sin mohines, por descontado. River tuvo una llantina porque su estadio, el Monumental Vespucio Liberti, no iba a tener su cachito de final por un microbús apedreado. Boca, por su parte, veía como un engorro innecesario todo esto de tener que jugar cuando podían imponerse en los despachos o, dicho con la poética habla argentina, en "el escritorio". ¿Cuánto hubo de teatro? Siempre hay un poco. D'Onofrio, que así se llama el mandamás de los 'millonarios', tenía que saber después del bochorno del bus que era imposible que el mundo entero mirase al tendido sin hacer nada en un momento de esa trascendencia. Angelici, presidente de Boca, hizo poses varias para intentar ganar la copa sin jugar, pero tampoco fue en ningún momento una opción real que la final más esperada de la Libertadores, el movimiento que le podía dar el prestigio perdido, terminase ganándose con firmas y juzgados.

El gesto adusto se contagió al resto del país, pues esto, al fin y al cabo, es una vergüenza nacional. Argentina fue incapaz de montar un dispositivo para asegurar un encuentro con todo lo que eso conlleva, es decir, el antes y el después. Se convirtieron esos días casi en un sainete, de tanto hablar de la violencia esta terminó reclamando su lugar. Esto, por supuesto, no es más que una figura retórica, la violenta nunca llega si no la ejercen los violentos y ellos, en último caso son los responsables de todo lo ocurrido.

Si se lee prensa argentina —peor aún, Twitter— se encuentra cierto resentimiento y, en no pocas ocasiones, un cierto doble lenguaje por el cual parecieran desear que este domingo Madrid saltase por los aires, que sufriese pedradas, bengalas, riñas y todas esas cosas que se asocian a la barra. Tienen los radicales, más todavía los argentinos, cierta pátina de romanticismo, como si la sociedad hubiese evolucionado demasiado y se echasen de menos esos desgarros que apelan directamente al instinto y a lo más primario. Es una sensación muy humana, pero también muy nociva, la exaltación del crimen cuando se hace por amor a unos colores, esa tendencia a justificar a los jóvenes por ser jóvenes y por ser apasionados. Estos días algún jugador de Boca ha metido la pata elogiando a los chicos, solo entendiendo que hacen del fútbol un mundo mucho peor se llegará a erradicarlos, y el sonido del estadio nunca valdrá el peaje de los incidentes. Los jefes de la barra, por cierto, no suelen ser locos enamorados, más bien locos comerciantes que exprimen un negocio ilegal en el que la violencia tiene un papel clave. Lo que en otras partes del mundo se llama mafia.

Otra paradoja —no son pocas cuando la final del sudamericano se hace en Europa— es que el partido se disputa en un estadio enorme, legendario y con fama de silencioso. La ópera de la Castellana. En estos días en los que soltar la más gorda parecía estar premiado, alguien comentó que el escenario de la Libertadores está a la altura de las circunstancias y encontró respuestas locas en las que el Bernabéu se convirtió de golpe en una cancha de barrio. Tiene 20.000 asientos más que el más grande de los estadios de los finalistas y, aunque este verano vaya a comenzar una reforma para darle un nuevo golpe de modernidad, sigue estando bastante más actualizado que los vetustos estadios argentinos. El problema, si lo hay, no será el recipiente.

El fin de semana, festivo por el puente, Madrid se ha acorazado ante lo que le puede suceder. Uno de los motivos esgrimidos para que todo esto se haga aquí, quizá el principal, fue que este país sí es capaz de vigilar para que los exaltados no triunfen. Habrá que verlo, y quizá es mejor no pensar que sea de otro modo, porque si la capital de España se convierte en un campo de batalla el ruido de este partido, ya bastante subido de tono, se hará insoportable. A ver cuánto serían capaces de culparse unos y otros. La Delegación del Gobierno es la que se ha encargado de extremar las precauciones.

Los jugadores de Boca. (EFE)
Los jugadores de Boca. (EFE)

El fútbol como contexto

Llegados a este punto, un poco de fútbol. No es extraño que esto quede recluido a los últimos párrafos del escrito, el fútbol en Argentina es muchas veces el pretexto sobre el que gira todo lo demás. Quizá porque en ruido sí son los mejores —palabro extraño para definirlo—, pero el deporte en sí hace tiempo que se cocina mucho mejor en Europa, un lugar de gradas grises y céspedes brillantes. Boca y River son los dos mejores equipos de América, pero nadie tiene grandes esperanzas en que eso sea seguro de un buen partido.

La ida lo fue, al menos la primera parte. Después se fueron diluyendo, pareciéndose más a lo que pueden dar dos equipos con muchas carencias. El fútbol en Sudamérica es ahora mismo una suma de jugadores muy jóvenes, demasiado quizá, con amplias ambiciones pero todavía un poco verdes, con jugadores que o no tuvieron el talento para llegar a Europa o ya volvieron por una cuestión de edad.

Se considera, por lo general, que Boca tiene más gol y River más fútbol. Barros Schelotto, entrenador de los 'xeneize' tiene seis opciones para la delantera, incluyendo el más conocido de todos los jugadores de ambas plantillas, Carlos Tévez. No necesitan demasiado para marcar. A River le faltan Santos Borré —exatlético, aunque pocos le recuerden— y Scocco, jugadores ambos que podrían darle al equipo un poco más de mordiente. Lo normal es que controlen el partido, pero estará por ver si eso será suficiente.

Entre algunos de los organizadores del partido, en la parte logística, ha sorprendido una cosa: realmente se llevan mal. El Real Madrid y el Barcelona, por hablar de la rivalidad cercana, tienen lógicas fricciones, pero ambos equipos saben que se necesitan y se retroalimentan y, por lo general, el ambiente entre sus trabajadores suele ser aceptablemente bueno, respetuoso en todo caso. Entre Boca y River no se da tanto; hay odios importantes e intentos de aislarse completamente unos de otros. Boca entrenó en Las Rozas y se asió a las facilidades que le daba la federación española, mientras que River evitaba en lo posible todo eso y abrazaba los medios que puso a su disposición el Real Madrid, tanto Valdebebas como cuestiones de comunicación. No hay un equipo que se parezca más a River que Boca y viceversa. Por tamaño, por intenciones, por economía, por historia... ambos podrían pelear juntos en muchas cuestiones para optimizar sus posibilidades. La pasión, sin embargo, se impone en esto también al raciocinio. El desencuentro no es lógico, pero sin duda sí es normal entre ambos contendientes.

En Madrid se habla de la Libertadores, se ha producido un mercado grande de entradas y cataratas de peticiones a todos aquellos que, de un modo u otro, pudiesen tener acceso a ellas. El atractivo no está tanto en el fútbol como en la experiencia exótica, y sobre eso pivota también este partido. Habrá gritos y pasión, mucha pasión.

Y que quede solo en eso.

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