Alaphilippe, van der Poel, la tonta del pueblo y el pequeño Nicolás: sobre el Tour
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Sobre las dos primeras jornadas

Alaphilippe, van der Poel, la tonta del pueblo y el pequeño Nicolás: sobre el Tour

Nerviosismo, llovizna a ratos, carreteras sin rectas y repechos por doquier, la competición en tierras francesas deja dos etapas memorables

placeholder Foto: Van Der Poel celebra la victoria. (EFE)
Van Der Poel celebra la victoria. (EFE)

Todo lo que ustedes deben saber sobre la Bretaña está en “Las vacaciones del pequeño Nicolás”. Sí, sí, no pongan esa cara y relean. Incluso usted, el del fondo, el que tiene barbita y pose de beatnik malasañero... métase con Goscinny, ande, que es un puto referente. Así que eso... el pequeño Nicolás. ¿Recuerdan? Se va de vacaciones a un hotel bretón. El padre quiere marchar al Mediterráneo, a ligar un poco de bronce, pero en realidad ya está todo reservado al borde del Atlántico, y nuestro protagonista resulta esbirro necesario para gustos ajenos. Y eso, que allí ves muy bien lo que es Bretaña. Que llueve, a ratos. Que el agua está fría. Que tiene un océano furioso, y lleno de peces. Que hay verde, y colinas, y bosques, y muy poco terreno así como de planicie. Que la gente es muy orgullosa (en general y de lo suyo).

¿Saben qué? Ustedes pueden acudir al pequeño Nicolás o verse videos y entrevistas de Bernard Hinault. El resultado será idéntico.

Foto: Hinault y Lemond, en su célebre subida a Alpe d'Huez en el Tour de 1986. (Foto: RTVE)

Todo eso lo tuvimos en estas dos primeras etapas del Tour. Nerviosismo, llovizna a ratos, carreteras sin rectas, repechos por doquier. Es lo bueno de los tópicos, que aburres pero la mayoría de las veces acabas acertando. Solo que... algo más. Invitados especiales. Por darle salsilla al asunto.

Hace años cada municipio tenía su “tonto del pueblo”. Los iba repartiendo el Ministerio de Idiocia (que es secreto, como el Ministerio del Tiempo, pero no me podrán negar la enorme influencia que aglutina), por aquello de prestar colorido y paisanaje a los sitios. Y para no acumular a todos los tontos del pueblo en el mismo lugar (sí, ese en que están ustedes pensando), porque entonces aquello sería un sinvivir y un caos (o, peor aun, funcionaría mejor que el resto de sitios, planteando interesantes cuestiones para el debate). Al tonto del pueblo tú lo reconocías porque iba los domingos por la tarde con un transistor pegado a la oreja y “Carrusel Deportivo” a todo volumen. Eso sí, no le preguntes ningún resultado, porque no sigue demasiado los partidos. Como mucho te dirá “creo que empate a dos”, y te pedirá un pitillo, porque el tonto del pueblo fuma sin garbo, pero con dedicación...

(El que quiera hacer gracietas sobre filiaciones genéticas, condados, ducados y hasta alcaldías en este punto... que las haga. Pero yo me desentiendo).

En Bretaña también tienen tontos del pueblo. Y tontas. A una le dio el sábado por acercarse hasta lo del Tour, que mira, igual salgo por la tele, y si se me nota fuertemente la tara en un par de mesucos ando trasteando por cualquier reality show. Así que llevó consigo una pancarta, porque el bañador de Borat ya está muy visto. Y la exhibió mirando a cámara. De espaldas a los ciclistas. Invadiendo la carretera. Ya ven, Premio Nobel, la moza. El resultado fue ese que todos ustedes se esperan. Hostia de Tony Martin (que también lo estaban esperando) y corte en el pelotón desde casi la cabeza, con docenas de bicis por los suelos, deportistas cayendo encima de catalinas ajenas y, en general, una imagen digna de los Hermanos Tonetti.

placeholder El accidente de la primera etapa. (EFE)
El accidente de la primera etapa. (EFE)

Aclaremos... no fue la única caída en la jornada inaugural. De hecho la más gorda, la realmente violenta, llegó cuando faltaban menos de diez kilómetros a meta. Allí se cortaron los sospechosos habituales (que, también les digo, igual de tan habituales deberíamos pensar que son delincuentes en lugar de sospechosos). Perdió tiempo Porte, y Miguel Ángel López (si alguien dice que lo puse como pódium en mi previa del Tour que sepa que es un facineroso, y un chivato), y Kruiswijk, y Buchmann, y también Dan Martin o Michael Woods. O Chris Froome, solo que eso ya no es ni noticia (aunque esta vez la cosa viniera por tema externo). Ah, para casa hasta cuatro ciclistas, entre ellos Marc Soler (que tiene cruzado el año), y algunos favoritos con rasguños y magulladuras, para desgracia de fanses locos que siguen esto del ciclismo como si fuese la gira del Use Your Illusion, pero con menos desfase (creo).

El recorrido no era especialmente peligroso, las carreteras parecían anchas, teníamos cruces, sí, pero tampoco una locura... No hubo viento de costado, ni chaparrones de los gordos, tampoco se sabe de apariciones fantasmagóricas que convirtiesen aquello en un “tira tú, que yo me cago de miedo”. No, más bien el tema es que era primer día del Tour, y aquí todos vienen a lucirse, y nadie cede puesto, y tenemos golpes, codazos, resbalones. Si me preguntan a mí les diré que un buen prólogo te aclara un poco el asunto de cara a estas primeras tardes, y hace que se corra con menos paranoia... hasta que me acuerdo del Tour 97, que tuvo prólogo y luego cortes, enganchones y montoneras en todos los días de la primera semana. Así que, oigan... igual es que las Grandes Vueltas, o al menos el Tour, son así...

(Ese 1997 solo tres ciclistas, de entre los supuestos líderes, llegaron a la montaña sin incidencias... fueron Ullrich, Olano y Jalabert. Desempeño bastante dispar finalmente, añadimos).

Foto: El ciclista esloveno Tadej Pogacar preparado para el Tour de Francia. (Efe)

Así que... el final. En cuesta, que es moda. Tres kilometritos, no se vayan a creer, distancia que hasta un escritor especializado en ciclismo podría afrontar bajándose cuatro o cinco veces de la bici. O algo así. Muchos favoritos. Van Aert, por ejemplo, solo que al final hizo de gregario fiel, porque estuvo hablando antes de la etapa con Kiatkowski y le comentaron que si eso mola mucho, que te cansas regular pero cobras de cojones, mira tú qué buena cara la mía, mozo. En fin. Van Aert podría ser pieza interesantísima en un Tour que se corriese de forma distinta al de 2020, pero parece que se quedará el disfraz de tractor hasta París. También estaban por ahí los líderes, Roglič y Pogačar, y van der Poel, que es muy hábil sobre la bicicleta pero se coloca fatal en el grupo (extraña eventualidad), y otros con ganas de sorprender.

Y luego él. Él. Chauvinismo hecho perilla, la grandeur con cucamonas. Las piernas de Alaphilippe deberían llamarse “De” y “Gaulle” (si quieren incluir el “Charles” se nos birrombiza la cosa). Vamos, que es el galo entre los galos. Más que Asurancetúrix, más que Georges Perec (que tampoco lo fue tanto, pero a mí me gusta un montón y quería aprovechar para recomendárselo). Arrancada asesina casi al comienzo del puerto (o repecho, o subida), y ventaja que se mantiene. Etapa, maillot amarillo, buenísimas sensaciones. Veremos por dónde tira, y si quiere probar premios gordos fuera de su alcance en lugar de amarrar lo posible.

Detrás... los eslovenos. Que pinta a que todo el Tour será así. Solo que en vez de “detrás, los eslovenos”, escribiré “delante, los eslovenos”. Parecen un par de puntitos (un saludo a mi admirado “puntito”) por encima del resto. Vamos, que tú comparas a Pogačar con, no sé, Enric Mas, y es como compararte el Galibier con la Morcuera. Ustedes me entienden. Grandes sensaciones.

Y camino del Mûr de Bretagne (que es de Bretagne, sí, pero Mûr, Mûr... oigan, le falta para un 'uy') pues rollo muy parecido. Caminuco, repecho, bajada, cuidado esa curva, mira qué iglesia más instagrameable, repecho, cagonlaputa, oye, ¿has visto el desnivel que llevamos?, descenso, carretera mojada, qué de banderas bretonas. Ese tono. Escapada de lejos. ¿Opciones de llegar? Las mismas que tenía usted con aquella moza tan guapa en el insti, más o menos. El pelotón controla. Desde lejos (tampoco muy lejos), pero controla. Así que... otros alicientes.

Foto: Mural de Bernard Hinault en el recorrido del Tour de Francia. (Reuters)

Las celebraciones por ejemplo, esos espectáculos efímeros que aldeas y pueblines montan para saludar la Grande Boucle. A mí me gustan mucho, porque tienen un aire a lo atracción de carretera redneck que deja regustillo agradable. Vamos, que son frikis, muy frikis, y lo friki siempre agrada, salvo que se vista de cool, porque un friki-cool da entre asco y pena. Esta vez lo más interesante fue una bicicleta cuyos radios eran cintas portadas por sanotes mozalbetes. Bueno, sanotes menos uno, que perdió el ripio, dejo caer su trozo de papel y descojonó todo el invento. Vamos, que la bici de mentira partió un radio y descarriló. Tuvo algo de realidad, de reproducción fiel. Espero que al chico no le echen la bronca en casa, porque su actuación fue digna del Cabaret Voltaire, y eso (casi) siempre es bueno. Ah, y por ahí apareció igualmente un Míster Potato gigante, que para saber quién es Míster Potato ustedes tienen que manejar el nombre de pila de Calcaterra (empieza por “G”), pero la cosa era pintoresca en extremo.

También moló bastante la pelea por los puntos de la montaña. Puntitos, diríamos, de montañitas, añadimos. Sprints asesinos entre Ide Schelling y Anthony Perez. Pero asesinos, asesinos. Estos sprints entre peña que no son velocistas molan bastante, porque son como los otros, pero más lentos (así que duran más) y con ese toque de extravagancia casual que tanto demandamos. Al final es que las cabalgadas de outsiders suelen deparar unas historias cojonudas, como aquella vez que salió usted con aquel amigo, el que prepara oposiciones a notario, ese gordito con gafas que siempre lleva jersey y parece a punto de cantar “Cumbaya”. Y vaya noche, ¿recuerda?, con su colega volviendo a casa lleno de vómitos, mitad de la cabeza teñida de morado y un tatuaje de “Biba mi Vane” fresquito en el vientre. Pues igual. Los invitados raros es que son lo mejor.

placeholder Van Der Poel durante la segunda etapa. (EFE)
Van Der Poel durante la segunda etapa. (EFE)

Porque luego, al final... en fin, que se repite la historia del primer día. Al menos en nombres. Bueno, atacó van der Poel a un mundo de meta (o sea, a 15 kilómetros), y abrió huequito al primer paso por el Mûr. Pero na. Van der Poel es valiente, y tiene un no-sé-qué de elegancia, pero es que lleva los calcetines hasta casi la rodilla, y así no hay manera de crear leyendas, amigos. Sprint por la bonificación y los de siempre que se muestran, porque los de siempre destacan en todos los sitios, al menos estos últimos tiempos.

Segunda subida al Mûr y... espera, espera, espera. Casi al final de lo duro ataca Nairo Quintana, y a por él salen van der Poel (que ya no lleva los calcetines tan arriba, ejem), Roglič y Pogačar. El holandés remacha y los eslovenos se miran el uno al otro, discutiendo si las mejores tapas las ponen en Piran o en Bled (y si cantidad es sinónimo de calidad en estos casos, que también importa). Así que... van der Poel por aplastamiento. Entra señalando al cielo, porque su abuelo (se llamaba Raymond Poulidor y es una de las pocas leyendas verdaderas que tiene este bendito deporte) murió hace no mucho. Etapa y liderato. Después, los muchachos balcánicos. Segundines aquí y allá. Pero claro, con esa arrancada que vimos como para fijarnos en eso. Mathieu lloró ante la prensa, porque... bueno, en fin, supongo que por varias cosas. El nonno, la presión, los recuerdos, la misma importancia de esta victoria. Bien por él. Que siga así, por favor, pero con los calcetines más abajo, ¿eh?

Oigan, dos días chulos para empezar, ¿eh?

Tour de Francia Ciclismo Mathieu van der Poel