El campeón veterano y la estrella ascendente

El Tour fratricida de 1986: la amnesia de Hinault y la paranoia de Lemond

Al 'Tejón' Hinault, mito y pentacampeón de la ronda ciclista más importante del mundo, le costó aceptar la renovación producida por el ciclismo estadounidense al final de su carrera

Foto: Hinault y Lemond, en su célebre subida a Alpe d'Huez en el Tour de 1986. (Foto: RTVE)
Hinault y Lemond, en su célebre subida a Alpe d'Huez en el Tour de 1986. (Foto: RTVE)

Ha terminado la penúltima etapa del Tour, año 1985. Crono, rodeando el Lac de Vassiviére. Victoria para Lemond. Primera de él, primera que jamás logró un ciclista norteamericano. Pero la noticia es otra. Otro. Se llama Bernard Hinault, tiene treinta años y está a punto de ganar su quinta Grande Boucle. Récord, empatado con Jacques Anquetil, con Eddy Merckx. Esa misma noche el bretón habla con el periodista Jean-Paul Brouchon. ¿Qué tal un sexto baile? El otro calla, reflexiona, sonrisa forzada del hombre que nunca sonríe.

“Haré todo para ayudar a la victoria de Greg el próximo julio y disfrutaré mucho con ello. Es una promesa”.

A Bernard Hinault lo llamaban “Le Blaireau” (el tejón), más por respeto que con cariño. Era un ciclista violento, dominador, prácticamente despótico. “Se ponía en cabeza y te miraba. No hacía falta ni que hablase. Jamás conocí capo igual… como mucho Moser en Italia”, nos cuenta Peio Ruíz Cabestany, protagonista del momento culmen en aquel 1986. Era Hinault, también, el mayor campeón desde Merckx, uno de los más grandes que hayan nacido, quizá el último de su especie. Fiereza extrema, sin pelos en la lengua. “Solo tengo dos cojones, como tú”, le dijo a un reportero después de que éste preguntara por su no victoria en Alpe d´Huez durante uno de sus Tours victoriosos. Para completar la escena se bajó un poco el coulotte, lo justo para que su afirmación quedase refrendada…

Tipo de palabra, claro. Solo que olvidadizo. Es que, joder, es tan largo el invierno. A uno se le van las cosas que dijo allá por julio. Sí, sí, ayudar, vale, puede ser, no recuerdo bien. Me hago mayor, mi memoria no es… Yo, que recordaba hasta la última ofensa, hasta el más mínimo insulto. Pero, en fin… ¿decía que iba a ayudar a Lemond? Bueno, vale, pero solo si se lo gana. Si es digno. Al final la carretera dictará sentencia. Es lo justo. ¿Cómo? No le escucho, hay mucho ruido aquí, tengo interferencias, crrrjjjj, crrrjjjj.
Clic.

El campeón veterano y la estrella ascendente.

Empecemos a plantear el asunto. Bernard Hinault y Greg LeMond. El campeón veterano, la estrella ascendente. Ambos en el mismo equipo, claro, porque ustedes han venido aquí a por su dosis de sangre. ¿Equipo? No, no, una superescuadra, un invento que aunaba tecnología, sofisticación y cierto punto cool para poner al ciclismo directamente en el siglo XXI. Ya ven, con lo que ha sufrido el ciclismo en el siglo XXI y algunos querían adelantarse. Pero eso, La Vie Claire. “Eran diferentes, traían ideas rompedoras, quizá no en lo deportivo pero sí a modo de estructura”, dice Peio. Fíjense si estarían a la vanguardia que sus maillots reproducían la famosa “Composición en rojo, amarillo, azul y negro” de Piet Mondrian. Sí, esa, la que ustedes piensan. ¿Se puede tener más estilo? Es que somos los mejores, joder. Digamos que el mito se nos cae al rascar un poco y enterarnos que, oye, ni siquiera iba a ser esa la camisola original. No, no. Negra, completamente negra. “Como la de los all blacks de rugby”, dicen los interesados. Cuentan que fue Hinault quien echó atrás la idea. “Los maillots ciclistas no pueden ser negros, es una aberración”. Qué salado, Bernard, menudo crujir de dientes cuando vio el de Sky…

Lo narra Richard Moore en el imprescindible 'Slaying the Badger', una obra que recoge los grandes hitos de aquel tiempo. La Vie Claire había nacido un par de años antes, en 1984. Principalmente para acoger a Bernard Hinault, recién recompuesta su rodilla, exilio perpetuo con Guimard. Al frente está Paul Köchli, suizo con gafitas redondas, pelo de chiflado y mentalidad ofensiva que llevaba años postulándose como uno de los grandes teóricos del rendimiento deportivo. Y luego la pasta. ¿De dónde viene la pasta?

Bernard Tapie y Greg Lemond.
Bernard Tapie y Greg Lemond.

Ha sido cantante, piloto, animador en cruceros, la clásica sonrisa profidén que levanta suspiros entre esas señores con pelos de colores. Oh sí. Luego, como muchos de estos golfos, dio el salto a los negocios. Línea muy clara. Cojo empresas al borde de la quiebra (si cuestan un franco mejor que mejor), las refloto y las vendo a un tercero, quedándome con los beneficios. Igual luego el otro ve que las paredes son de cartón, los números de plexiglás y la planificación de plastilina… pues oiga, haberlo pensado mejor. Así se hizo rico, y empezó a aparecer mucho por la tele, pintas de galán que enamora a las suegras. Con el tiempo entró en el mundo del fútbol, llevó a su equipo hasta lo más alto de la jerarquía europea, dio el salto a la política. Todo carisma. Si fuese americano hubiera llegado a presidente, le dijo Claude Lelouch a Marina Zenovich en un documental sobre el sujeto. Ah, tuvo problemas con la Justicia, claro, porque su reino no es de este mundo (aunque la cárcel donde pasó una temporadita sí). Un último apunte: no hablo de Silvio Berlusconi. No, este es francés y tiene pelazo. Bernard Tapie, igual les suena.

Hinault y Lemond ya chocan en el Tour de 1985, que será el quinto para Bernard (y que Greg creía tener en las piernas).

Pues eso, que Tapie se hizo un equipo (eso de las bicis parece divertido, con todos los ramos de flores y los colorines), puso a Hinault de líder y fue comprando cromos para rodearlo. Hasta que pilló al mejor de todos (Fignon mediante, pero Fignon tenía destrozada la salud): Greg Lemond.

Resumimos. Los dos, Hinault y Lemond, chocan en el Tour de 1985, que será quinto para Bernard, que Greg creía tener en las piernas. Las órdenes de equipo, la propia personalidad del bretón e incluso algunas jugadas “de perro viejo” (comprarse a Lucho Herrera como quien se compra un recuerdo en Benidorm) decantaron la balanza a favor del francés. Sumen a eso que el mismo Tapie no estaba demasiado contento con el yanqui. Que ataca poco. Que no arriesga casi nunca. Uno de los mejores pero… “Era un tipo educado, muy astuto. Cerebral”, cuenta Ruíz Cabestany. “Pero como ciclista impresionaba menos que Hinault… el francés era más salvaje”. Y entonces llegó. La promesa. Volveré para ayudarte. Pero, joder, es tan largo el invierno… Como para acordarse de lo que uno hizo o dijo a finales de julio…

Clima de guerra civil

En 1986 el clima era raro en La Vie Claire. No totalmente pacífico, por decirlo de alguna forma. De guerra civil, vaya, para qué andarnos con paños calientes. Hay bandos definidos. Los franceses sueñan con el sexto de Hinault (y así batir a ese arrogante de Merckx, cómo lo odio), mientras que para el núcleo anglosajón la palabra dada debe bastar. ¿Se hablan entre ellos? Sí, claro. Pero a veces defienden intereses distintos. Ya ven, unas risas.

A ver, Hinault ayudaba, ojo. “Hinault imponía, mucho. Mejor como amigo que enemigo. El ciclista de más clase y talento que yo vi. Pero si hacías algo y no le gustaba… te la iba a guardar”. Lo dice Álvaro Pino, ganador de la Vuelta ese 1986, octavo final en el Tour. Admiración para “Le Blaireau”. Que uno de los tipos más agresivos de siempre en esto del ciclismo (capaz de bajarse de la bici y darse de hostias con manifestantes que habían cortado la competición durante una París-Niza) diga que será la carretera quien decida pues… oigan, tiene que acojonar bastante. Más cuando no es un piernas, precisamente. Gana el prólogo. Gana la primera crono larga. Con la prensa, géminis. Unos días Lemond tendrá todo su apoyo, hasta el final. Otros… oye, mira, el Tour lo conquista siempre el más fuerte, nos enfrentamos 200 tíos y no podemos fijarnos solamente en el rubio americano. Temblores…

¿Quieren más risas? Primera etapa de Pirineos. Burdinkurutzeta, Bagargi, Côte de Larrau, Ichére, Marie Blanque. Calentamiento para mañana, que es la reina. Ya ven, otra época. Casi 220 kilómetros, muchos tramos con pendientes de dos dígitos. Tranquilos, tranquilos, no se nos ha perdido nada hoy. Díselo a Hinault. Empieza a tensar subiendo los colosos de Irati. Qué hace, qué coño hace. Nada, poner ritmillo y soltar piernas. Además mira, hay un montón de nombres que sufren. Roche, por ejemplo, pegadito al asfalto. Así que mejor sigo. Tanto que ataca justo después del avituallamiento, en pleno valle. Suicidio, quedan cien kilómetros. Pero él es Hinault. Y no va solo. Se lleva a Pedro Delgado, tira de ambos Jean-François Bernard, joven promesa gala. “Piernas de caballo, cerebro de mosquito”, dijo de él Luis Ocaña, que repartía tantas hostias frente a los micrófonos como sobre la bici. Por detrás Lemond no sabe cómo actuar, intenta alianzas, jura en arameo (o en lo que juren los californianos). “Era buenísimo, pero no tenía ni el carácter ni la personalidad del francés. Hasta en sus días malos Hinault arrancaba… Lemond no”, recuerda Pino.

Al final ataca casi entrando a Pau junto a Lucho Herrera. Cuatro minutos y medio antes cruzaron la meta Hinault y Pedro Delgado. Segunda etapa en la Grande Boucle para el segoviano, que se pone cuarto en la general. Maillot amarillo para Hinault. Ventaja monstruosa con el segundo, más de cinco minutos. Y encima es Greg, compañero (o no) de equipo. “Lo he hecho para que nuestros rivales trabajen”, dice Hinault, sin atisbo de ironía en la voz. Ya está, conseguido. El sexto es nuestro, allons enfants, y todo eso. Jódete Eddy.

“Era buenísimo, pero no tenía ni el carácter ni la personalidad del francés. Hasta en sus días malos Hinault arrancaba… Lemond no”, recuerda Álvaro Pino.

¿Creen que hablamos mucho de Merckx? No… nunca se habla demasiado de Merckx. Sobre todo cuando cuentas cosas de Hinault. Porque es el espejo (a estas alturas el único espejo) donde mira el bretón. Quizá por eso pasó lo que pasó. Por querer ser más que Merckx allí donde Merckx no pudo llegar. El sexto, sí. Pero no de cualquier forma. Merckxismo en el sitio que vio nacer al merckxismo. Leyenda por la puerta grande, claro.

Solo así se puede explicar. Reina de los Pirineos. La misma de siempre, la de 1910, cambiando Aubisque al principio por Superbagnéres al final. El resto… igual. Lapize, Vietto, Trueba, Coppi, también Bahamontes. Y Eddy. Siempre Eddy. El belga. Mourenx, año 1969. Yo también, es lo que me falta. Soy tanto como él. Soy más que él.
Hinault ataca bajando Tourmalet. Quedan tres puertos hasta la meta, más de ochenta kilómetros. Es líder, tiene ventaja suficiente para contemporizar. No importa. La leyenda arrulla disfrazada de sirena. Será su perdición, claro. Pero tan hermosa…

“Explotaste, Bernie. Jódete”.

Imprevisible. De acuerdo, Köchli tiene una forma particular de entender el ciclismo. “Nunca quise ver a mis ciclistas tirando del pelotón… aunque fuésemos con el amarillo todos tenían que filtrarse en fugas, así serán otros quienes trabajen”. Pero esto… demasiado. Hinault persigue una sombra que no es de este tiempo. Nunca llegará a alcanzarla. Antes de Superbagnéres lo cogen… y va muerto. Alexys Grewall, chiflado yanqui que fue campeón olímpico en Los Ángeles, pasa al lado del francés. “Explotaste, Bernie. Jódete”. Empieza a penar. Y por delante… la locura.

¿Quieren otro ejemplo de la casa de latrocinio que era en aquel entonces La Vie Claire? Paul Köchli acelera para ponerse junto a uno de sus pupilos, un americano que acaba de atacar, y le dice que apriete, puedes ganar el Tour de Francia, vamos, no te lo pienses. Lo gracioso es que no es Lemond, sino Andrew Hampsten, elegante escalador que jamás volvería a rendir como aquel mes de julio (bueno, ganó el Giro del Gavia, eso tuvo que doler). Al final Greg arranca, poniendo las cosas en su sitio. Gana la etapa, mete casi cinco minutos a Hinault, queda a cuarenta segundos en la general. Nada decidido, todo por sufrir.

Hampsten, con el maillot blanco al mejor ciclista joven, encabeza la etapa 16.
Hampsten, con el maillot blanco al mejor ciclista joven, encabeza la etapa 16.

¿Desean más símbolos? La llegada a más altitud, hasta entonces, en el Tour de Francia. Col de Granon. Drama, la crucifixión definitiva del hombre que todo parecía poder. Quien ha hostigado a su compañero sin descanso entre Pirineos y Alpes. Ataques a destiempo, tensión, declaraciones ambiguas en la prensa. Yo no quería pero quise. No podía pero acabé. Esas cosas. Hasta allí, mole pétrea más arriba de Saint Chaffrey…

Cabalgada de Chozas

Por delante Eduardo Chozas (palabra “Teka” en su espalda) culmina una cabalgada larguísima, pasando en cabeza por Vars, Izoard y el puerto definitivo. Solo que apenas se le vio, al pobre, porque la tele no le puso cámara (pasaban bastantes cosas por detrás) y lo poco que hubo eran imágenes grabadas en el valle después de Briançon. En fin. Quede aquí el recuerdo.

Hinault sufre ya en el Izoard. Su rodilla, la misma que destrozó tres años antes en una inolvidable primavera española, grita de puro dolor. Tendinitis crónica, seguramente, desarrollos demasiado grandes. Otro tiempo, otro lugar. En plena etapa corrige la altura de su sillín, avanza grotescamente, parece pedalear con riñones y brazos. Poco estético, pero hermoso de esa forma que solo pueden serlo los campeones cuando niegan su derrota. Inútil. Lemond demarra… o más bien persigue al suizo Zimmermann, un tipo grandote y vegetariano (lo contrario de Robert Millar, que era vegetariano pero pequeñito). Ambos terminan tres minutos y medio delante de Hinault. Primer maillot amarillo para Greg Lemond. El bretón apenas puede caminar, sus rodillas tensas como ramas a punto de astillarse. Fin de partida. O no.

Al día siguiente… cénit. Alpe d´Huez, nada menos, de cuando Alpe d´Huez acojonaba a los ciclistas. La primera llegada en alto que jamás vivió el Tour de Francia (Fausto Coppi, 1952), la que había vuelto apenas una década atrás (durante mucho tiempo los finales en cuesta estuvieron proscritos para la Grande Boucle porque perjudicaban el espectáculo). En 1977 vivió allí Eddy Merckx su jornada más dura como ciclista, descolgado casi desde el principio, penando como un perro. Él, que todo lo pudo, que todo fue. Ahora, en 1986, su hijo adoptivo (bretón y con mala hostia) está dispuesto a romper o romperse.

Ofensiva total

Cuando el pelotón corona el Col du Galibier faltan unos 130 kilómetros para el final. Y entonces ataca Bernard Hinault, porque los tejones responden con más fiereza cuanto mayor es el desafío. La noche anterior no estaba contento. Durante la cena (esas cenas en La Vie Claire más tensas que las de navidad, con franceses a un lado, angloparlantes al otro y suizos, claro, en el medio) alzó la voz. Literal y metafóricamente, porque nunca fue Bernard hombre de sutilezas. Que está bien lo de Lemond (ejem), pero él ha perdido su segundo puesto. Que Zimmermann no puede aguantar. Que ahora deben ir a la ofensiva hasta matarlo. Greg alucina. Coge el maillot jaune y en su equipo la consigna es atacar. A estas alturas de película tiene los nervios como si estuviera masticando papel de plata…

El Galibier es venerable. Historia de la Grande Boucle, machacando pulmones desde 1911. El único puerto que, además, ha dado el estirón, creciendo un centenar de metros cuando el túnel de la cima se volvió impracticable. Es allí, tan cerquita del cielo, donde Bernard Hinault desencadena todos los infiernos. Ataca cuesta abajo el hombre derrotado. La rodilla maltrecha, los años, los esfuerzos. Nada importa, si un tipo con cinco Tour de Francia en el palmarés se marcha todas las alarmas deben encenderse. Y ocurre. El bretón negocia la parte alta del Galibier, la más difícil, con rabia, sin apenas técnica, todo fuerza bruta y arrojo. Pronto los demás quedan perdidos. Los demás. Él, sobre todo. Lemond.

“¿Quieres ganar el Tour? Pues ataca a Zimmermann y vete detrás de Hinault”


Los ojos como platos. Qué coño hacemos, dónde me he metido. Con todo lo que falta, con todo lo que llevamos. Con el 85. Con este jersey tan bonito. Empiezan a subir Télégraphe, apenas cinco kilómetros de casi falso llano desde Valloire y el americano levanta la mano. El coche de La Vie Claire, conducido por Paul Köchli, llega hasta él. Qué hago, qué hago. El suizo no duda. Orden extraña, todos a cubierto. “¿Quieres ganar el Tour? Pues ataca a Zimmermann y vete detrás de Hinault”.
Situación tensa. Fatal, si se gestiona de forma inadecuada. “En el equipo alguna vez hablamos que esa guerra interna podía hacer que perdiesen el Tour”, cuenta Álvaro Pino, “pero es que eran tan superiores”…

Sucede de esa forma, porque Lemond está exuberante en 1986. La carrera pierde toda lógica, rota cuando faltan horas hasta la conclusión. El vigente ganador escapado, el líder tras él. Ambos del mismo equipo. Cara de perro. Quiten, por favor, los cuchillos de la mesa a la hora de cenar.
Cuatro tipos se juntan por delante. Tres de La Vie Claire (Hinault, Lemond y Bauer). Uno, guipuzcoano de verbo fácil y mirada inteligente, disfrutando del espectáculo. Se llama Peio Ruíz Cabestany, y será el último en ver partir a los dos ases.

Pacto y dólares

“Aquel día me lo estaba pasando bomba”, rememora Peio. “Yo arranqué pronto, subiendo el primer puerto, con la idea de que cuanto más adelante estuviera más tardaría en descolgarme después. Y luego eso. Era divertidísimo, estaba en mitad de la historia, quería ser protagonista. Ganar la etapa parecía difícil, pero aquello ya suponía una gran satisfacción”. También económica… o no. “Lemond se me acercó, me gritó una cifra en dólares. Ok, ok, trato cerrado. Yo hubiese tirado igual, por puro placer. Al final nunca me pagó, por cierto”. No importa. Le pregunto a quién prefería dentro de aquella guerra. No duda. “Hinault. Era una especie de síndrome de Estocolmo. Su tiranía, su dominio. Creo que, en general, las querencias del pelotón iban más con él”.

De ahí en adelante… nada. Bauer se queda, Peio se queda, Bernard y Greg continúan. Silencio y jadeos, respiraciones acompasadas, dos bicicletas que cruzan los Alpes entre una multitud que no puede arroparlas. Están solos, no se confundan. Hay banderas y tipos en pantalón corto y motos y bocinas. Todo eso. Pero están solos. El uno contra el otro. Ni siquiera llevan la misma camisola (amarilla el americano, multicolor de la combinada Hinault), por no caer en confusiones. No hay equipo. Solo egos, personalidades.

Horas más tarde entran juntos en meta. Una bonita foto, un precioso paripé. Qué de sonrisas, qué de cucamonas a los fotógrafos, ponga usted morritos Monsieur Bernard, mire así como de lado Míster Lemond. Durante toda la última subida el bretón ha ido en cabeza, marcando ritmo. “Lo estaba protegiendo”, dirá más tarde. “Si quisiera lo hubiese dejado atrás”, contesta el yanqui. Qué risa todo. El tercero llega a cinco minutos, el cuarto a seis. Lo salvaje de la etapa se resume en un dato: los dos hombres de La Vie Claire han subido Alpe d´Huez tres minutos más lentos que Fausto Coppi 34 años antes…

El asfalto decide

Todo ha terminado. Bernard Hinault baja del pódium tras subir para que le den el premio a la combatividad, el maillot de mejor escalador y el reconocimiento como gregario más fiel, porque a veces los galos son de un chistoso que no veas. Lemond está contento con su jaune, para qué quiero más. Los reporteros encuentran a dos gladiadores sonrientes. No hay recelos, no hay animadversión. Quedó allí, en la carretera. Se ha dictado sentencia.

Pódium del Tour 1986.
Pódium del Tour 1986.



O no. “El Tour no ha acabado”, dice Bernard en una entrevista que les hacen a ambos. “Hay caídas, muchas cosas puedes pasar. Si tenemos una guerra solo el más fuerte gana”. Mandíbula apretada, rostro desafiante. Los ojos de Lemond salen de sus órbitas. No puede creerlo. “Greg”, preguntan, “¿atacarás entonces?”. Lemond se echa a reír. “Pero yo no quiero atacar. Pude haber atacado el año pasado también”. Pregunta para Hinault. “Greg te saca solo dos minutos… ¿Es remontable?”. Y Bernard gruñe, terminando la entrevista. “No sé. Veremos”.

En realidad luego no pasó apenas nada. Bueno, a ver… fuegos de artificio, ataques a destiempo de Hinault, emboscadas sin mayores consecuencias, hasta un gesto simbólico en el Puy-de-Dôme descolgándose de los mejores después de trabajar para el amarillo. También aumentó exponencialmente la paranoia de Lemond, que no tragaba la misma comida de sus compañeros, que dormía con la bici junto a su cama por si alguien quería sabotearla, que solo hablaba con los anglos, que presentaba un cuadro de nervios bastante curioso, vaya… Noches en vela, días ojerosos. Pero eso, hubo (casi) paz.

Y fiesta. En los Champs-Élysées. Un día para la historia, el primer americano que gana el Tour de Francia. Es 27 de julio de 1986, el 25 falleció en Los Ángeles Vincente Minelli, director de “Un Americano en París”. Ya ven, a veces se lo ponen a huevo a los periodistas. Al fin sonríe, aunque con cierto mosqueo, una cara de “sí pero no” que tardará en quitársele. Por detrás queda Bernard Hinault, quien se va del ciclismo habiendo corriendo ocho veces el Tour de Francia. Cinco victorias, dos segundos puestos, una retirada mientras era líder. No está mal, ¿eh? La Vie Claire gana por equipos (casi dos horas a Peugeot), conquista el amarillo, la montaña (Hinault), los jóvenes (Hampsten), mete tres corredores entre los cuatro primeros, cuatro entre los siete, cinco entre los doce. Sumen seis etapas. Un dominio nunca visto desde los tiempos heroicos, desde La Française, desde Alcyon. Nada parece poder detenerlos. Una dinastía ha llegado para quedarse.
El destino. Qué cabrón.

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