froome y bardet cayeron en una montonera

Kittel llora por un viejo amor, el ciclismo llora por un inicio horrible

En dos días lejos de Francia, el Tour nos ha dejado un abandono muy significativo, el de Valverde, y muchísimos riesgos vividos por los corredores que avisan del peligro de la primera semana

Foto: Kittel estrenó los sprints del Tour. (Reuters)
Kittel estrenó los sprints del Tour. (Reuters)

Empezar una gran vuelta en el país que le da nombre y cobijo empieza a ser una rareza cada vez más improbable. Fue hace ya tiempo cuando sobre todo ASO, la empresa propietaria y organizadora del Tour de Francia, percibió como una alternativa de crecimiento económico la posiblidad de que los primeros días del Tour se realizasen lejos de Francia. A veces en Reino Unido, otras en los Países Bajos, Bélgica, Alemania... Ciudades todas ellas que entendieron que a través de la ronda francesa iban a obtener publicidad internacional y réditos inmediatos. ¿Es un buen camino para el ciclismo? No tiene por qué ser malo. La propia organización recibe financiación, la carrera se extiende a otros países, los cuales también obtienen beneficios. ¿Y por qué casi siempre sale mal?

Pues probablemente, solo por casualidad. Hace dos años, el Tour se fastidió en Zelanda. La tierra que dio nombre a una isla en nuestras Antípodas supuso el principio del fin de las opciones de Nairo Quintana, el único en condiciones y con potencial suficiente para evitar el que era, entonces, el segundo Tour de Froome. Nairo se cayó, como Nibali, y a partir de ahí dio comienzo una ronda diferente y peor. El año pasado se inició en el norte de Francia y la maldición de la primera semana se centró en Alberto Contador, una tradición que apenas si sorprende, pues por algún motivo que todos desconocemos, el madrileño es propenso a encontrarse con el asfalto. Y esta vez, con salida en Düsseldorf, el Tour se ha cargado ya a Ion Izaguirre y Alejandro Valverde y por bien poco no se quedó sin dos de los principales candidatos al amarillo, Chris Froome y Romain Bardet.

Así de primeras a cualquiera se le puede encender la bombilla y pensar que en Alemania llueve mucho y que, claro, puede que nos encontremos ante una etapa en mojado que, por naturaleza, supone un mayor riesgo a la integridad física de los ciclistas. El tiempo en Europa en este inicio de verano es contradictorio con la propia estación, incluso en España, donde las chaquetas suelen estar guardadas en lo profundo de un armario a la espera de los primeros vientos del otoño, salvo en la costa cantábrica, donde esconder las chaquetas es una insensatez en cualquier momento del año natural.

Lo cierto es que en el norte de Francia no llueve menos que en Alemania. París, de hecho, no tiene fama de ser una ciudad que dé mucho trabajo al pluviómetro, pero las estadísticas no engañan. Llueve más que en Londres. ¿A que no lo habría dicho? Es decir, que se haya iniciado en Alemania, se pase por Bélgica y Luxemburgo antes de arribar a Francia no quiere decir que haya más probabilidades de etapas lluviosas. En estos casos, solo la pericia de los ciclistas y el civismo de la organización pueden evitar accidentes como los que se han producido.

Kittel llora por un viejo amor, el ciclismo llora por un inicio horrible

La utilidad de los frenos de disco

Siempre se dice por parte de corredores, organizadores y equipos que lo más importante siempre es la seguridad del ciclista, que está expuesto con su cuerpo a todos los riesgos de la carretera. Pero no ha habido una evolución significativa hacia carreras más seguras. Un elemento a tener en cuenta es el freno de disco, tan mal visto por muchos por su capacidad para seccionar pedazos de carne, pero tan útil en etapas como la segunda de este Tour. Puede que a Marcel Kittel le sirvieran y mucho para ganar y no sufrir percances los frenos de disco que lleva su equipo, porque "pueden mejorar la seguridad sobre todo en días de lluvia". El alemán fue el primer ciclista en ganar una etapa del Tour con este sistema de frenado. Aún hoy, tras lluvias de críticas, siguen siendo cuchillas al aire libre que frenan de maravilla, nadie las tapa, nadie los perfecciona.

"Estos días puedes perder el Tour. Lo más importante es intentar salvarlos. Cada día que cruzas meta sin percances es un éxito. A mi me gusta la lluvia, pero en la primera semana con todos los nervios que hay es todavía peor", dice Contador, que bien sabe de estas cosas. Lo venía avisando el pinteño desde días antes de la partida. "Hay que salvar la primera semana sin percances", repetía sin cesar el líder del Trek-Segafredo. Dos días y ya habido percances serios y él se ha librado. "Ha sido un día complicado, a ratos ha llovido muchísimo y además había muchos nervios. La primera semana siempre es complicada. Estoy contentísimo con el equipo, me ha arropado de forma impresionante toda la jornada", añade. Qué diferencia con el Tinkoff.

A 30 kilómetros de la llegada en Lieja, una rotonda acabó con algo más de una decena de corredores por los suelos. Nada muy grave, ninguna rótula rota. Solo un enorme susto y el pánico para los organizadores y espectadores al darse cuenta de que uno de esos que no habían podido evitar irse al suelo era Froome. Otro era Bardet, la única esperanza real francesa. Como le pasó a Valverde este sábado, pero con mucha más fortuna, a uno de los corredores que abría el pelotón se le fue la bici al tomar la curva y muchos de los que venían detrás cayeron con él.

Froome se levantó rápido, cogió su bici y se lanzó a la captura del grupo, con parada técnica entre medias para cambiar de bici. Bardet hizo lo propio, pero recibió la bicicleta nueva nada más arrancar. Pasaban los kilómetros y no enlazaban, era solo cuestión de tiempo, sin embargo. No se dio opción siquiera a los escapados de luchar por la victoria en una etapa fijada por los sprinters. La fuga, sin embargo, le sirvió a Taylor Phinney, del Cannondale, para vestirse con el maillot de lunares al coronar primero la única dificultad del día, un puerto de cuarta. Una broma de montaña en comparación con lo que está por venir, ya este lunes mismo.

Las lágrimas por un viejo amor resurgido

En ese sprint en Lieja, Marcel Kittel tenía especiales ganas de ganar. No todos los días se suman diez etapas en el Tour, una cifra apoteósica. Pero al líder del Quick-Step le hacía ilusión, era un reto personal. Había salido desde casa, en Alemania. Este país fue uno de los que más castigó al ciclismo después de los años del dopaje sistemático de los grandes ciclistas del mundo en los que la EPO circulaba por las venas como las bicis por la carretera. La televisión pública dejó de emitir el Tour y se suspendió la Vuelta a Alemania. El perdón ha llegado a ese país. El ciclismo vuelve a la tele y a sus calles.

"Hace unos años había pocos espectadores en las cunetas y la mayoría nos enseñaban jeringuillas de EPO. Este deporte ha cambiado y la gente empieza a notarlo. Confieso que sentí escalofríos al ver tanta gente animando y sonriendo", dijo Kittel en la línea de meta después de descomponerse en lágrimas al superar con claridad a todos en la meta. Alemania vibró de nuevo con el ciclismo, pero Bélgica se llevó el premio gordo... y el segundo susto.

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