LA SENTENCIA A UN MAGNÍFICO DOLOR DE CABEZA

El delicado juicio final a Carmelo Anthony como estrella y estigma

A la espera de confirmar su continuidad, puede haber llegado el momento de preguntarse qué elegirá el tiempo de un jugador tan estelar como controvertido

Foto: Dibujo de Carmelo Anthony con la selección de Estados Unidos.
Dibujo de Carmelo Anthony con la selección de Estados Unidos.

En la tarde del 8 de noviembre de 2018, los Rockets visitaban Oklahoma y Carmelo Anthony regresaba al pabellón en cuyo equipo había jugado la temporada anterior. Al público del Chesapeake Arena le ganó la inercia de unos primeros aplausos a modo de cálida recepción, como quien saluda a un conocido, pero conforme fue avanzando la noche, los Thunder iban abriendo brecha en el marcador y Melo erraba tiro tras tiro —falló sus nueve primeros los aplausos devinieron en burlas que parecían justificar por qué se habían deshecho de él. Oklahoma impuso una ventaja final de dieciocho puntos y Melo cerró su fatídica velada, emitida a nivel nacional, con dos puntos en 20 minutos y una serie incalificable de uno de 11. En el seno interior de los Rockets, vigentes subcampeones del Oeste y autores de 65 victorias unos meses atrás, saltaron las alarmas de forma prematura. Habían perdido seis de los diez primeros partidos, la defensa era un coladero y el ataque estaba fracasando.

Minutos después el vestuario texano lucía ese aspecto funerario que trasciende una mera derrota. Mientras los jugadores habían corrido a las duchas para largarse cuanto antes, al fondo de la sala, hundido en su taquilla y sin contacto con el teléfono, Melo parecía digerir en silencio lo ocurrido, con la mirada perdida durante interminables minutos. Entretanto Russell Westbrook, que había causado baja por lesión, apareció bajo el marco de la puerta dando un rápido aviso a su rival y amigo James Harden —“Venga, date prisa”—, como inquiriéndole a un rato de intimidad. Westbrook no cruzó palabra con Melo, su compañero la temporada anterior. De hecho nadie lo hizo. Y al rato Westbrook, Harden y un puñado de jugadores conversaban en el pasillo cuando Melo pasó junto a ellos camino del autobús como si fuera invisible. Así lo contaba el cronista Kelly Iko, testigo de toda la escena. Puede que aún entonces, con el pasmo habitual del momento presente, Anthony no supiera estar viviendo su trance más abismal en quince años de carrera.

Westbrook y Anthony celebran una canasta en enero de 2018. (Reuters)
Westbrook y Anthony celebran una canasta en enero de 2018. (Reuters)

El destierro y fin de una época

Poco después de que el avión aterrizara en San Antonio, donde jugarían al día siguiente, el director deportivo de los Rockets, Daryl Morey, que en su fiebre vanguardista tanto había apostado por él —porque visualizaba otra cosa—, entró en la habitación de Melo informándole que iba a ser apartado, al menos temporalmente, alegando de inicio algún malestar, un subterfugio que oficialmente suele referirse como 'illness'. El jugador no imaginaba entonces la magnitud del destierro, y aún menos, que aquello era su sentencia final, al menos tal y como el mundo había conocido su nombre.

A estas alturas, después de tantos años y en un crepúsculo hoy de mera supervivencia, aún parece mentira que Carmelo Anthony no admita una gloria a la altura de su condición, uno de los anotadores más prodigiosos de siempre, que algo muy central en su figura esté infectado de estigma y que su estrella se encuentre en buen modo vaciada, como si simbolizara el desalojo masivo de una antigua adhesión. La razón es sencilla y se explica a través de una amarga paradoja: el imaginario público recuerda que reconoció sus fortalezas hasta terminar cansado de ellas, como harto de comprobar que tanta calidad rara vez sirvió de atajo a la victoria colectiva.
Siendo esto cierto tampoco hay lectura más simple. Elimina toneladas de responsabilidad a los gestores de equipos y escenarios de que Carmelo Anthony iba a formar parte. Pero es por desgracia la dominante. Y ya entonces, incluso antes de vestir el uniforme texano, podía haber expirado el tiempo en que alguna esperanza futura alterase esa percepción.

No deja de ser revelador que Melo fuera protagonista de uno de los prolegómenos de partido más intensos que haya visto la NBA. Aquella noche de febrero, a su salida a solas del túnel de vestuarios, ni uno solo de los 20.000 testigos pudo permanecer sentado y no pocos cubrían sus oídos por un fervor ciego y ensordecedor, como si el Mesías descendiera por fin a los pies del Madison. Una parte de aquel público, que había cuestionado hasta la víspera el precio del traspaso como el total de la prensa, a excepción de Newsday, propiedad del hombre que había impuesto el traspaso, olvidó de un plumazo el saqueo sufrido, los jugadores y esperanzas perdidas y el aborto de un proyecto joven y sensato, fruto del admirable sacrificio por sanear la ruina legada por Isiah Thomas. Cualquier otro factor palidecía ante el esplendor de la estrella, por fin hecha carne, que devolvía mano arriba toda aquella multitudinaria entrega. Carmelo Anthony era así el nuevo guía de los Knicks, como para rematar en el mejor escenario aquello que había iniciado en los Nuggets, como jugador franquicia, a las órdenes de un técnico, George Karl, que una vez retirado no iba a dudar en cuestionarlo.

Mike D'Antoni, junto a Carmelo Anthony, tras perder ante los Philadelphia 76ers en marzo de 2012. (EFE)
Mike D'Antoni, junto a Carmelo Anthony, tras perder ante los Philadelphia 76ers en marzo de 2012. (EFE)

Pero los síntomas de una imposición tan grande no tardaron en llegar. Y lo hicieron en forma de víctimas. Primero fue Amar’e Stoudemire, luego Donnie Walsh, más tarde Mike D’Antoni y su cuerpo técnico, después Glen Grunwald y, a la postre, toda jerarquía, todo planteamiento y sistema de juego que no situara a Carmelo Anthony como el monarca absoluto del que todo debía partir y al que toda la estructura quedar sometida. No cabría otra alternativa. Lo demás era negociable. Todo salvo él.

En un sentido drástico no hay mejor resumen de su segunda etapa profesional. En uno metafórico, coinciden principio y fin como el fracaso de una expectativa artificialmente inflada que arrolló lo que hubiese por delante hasta apresurar un entorno improvisado y destructivo, como venía dictando la trama en la dramática era Dolan. Y eso que aún faltaba un paso más. Replicar una nueva autocracia en el despacho principal, entregado ahora a la peor versión de Phil Jackson, arrogante, descolgado del baloncesto actual y contrario a la autonomía del equipo, hasta apuntillar el final de una época, una más, que no saldría bien y cuya víctima más visible fue paradójicamente Carmelo Anthony, aquel presunto redentor.

La salida de Nueva York no fue la muerte de Carmelo. Fue la muerte de la estrella

Su eficiencia sería entonces la más alta de su carrera (24.8) mientras lideraba el promedio anotador de la liga (28.7). Aquello fue breve, como casi toda luz en el Madison. Pero recordaba episodios reales, aún frescos en la memoria, de ajuste de sus poderes a una causa mayor, como habíamos visto en los Nuggets de 2009.

El caso es que la etapa neoyorquina, prolongada más allá de lo debido y especialmente la lenta agonía final, iba a desnudar una vez más su perfil, como si fuera baldío. Acabando aquel curso, otro más a la basura, su cotización no podía ser más baja, como si se hubiera disipado el valor de sus virtudes, todavía vivas, y solo importara ensañar sus defectos hasta identificarlo con un jugador síntoma, contraproducente y nocivo, como si Melo fuera el problema y no el problema en el que lo habían metido. Aquí también los críticos se entregaron a la lectura más simple. Acentuaban su tendencia a la desmotivación, a la disolución del liderazgo y el esfuerzo, al vacío de un individualismo natural, nunca superado, que parodiaba su anotación solitaria, distante y deshuesada, eso que la analítica refiere hoy como ineficiente y que en adelante iba a adherir como un tatuaje. La salida de Nueva York no fue la muerte de Carmelo. Fue la muerte de la estrella. No era que su declive pudiera haberse iniciado antes; era, ahora lo sabemos, que corrida la treintena incluso sus fortalezas o lo que restara de ellas no iban ya a ningún sitio.

Derrick Favors (c), Jerami Grant (d), Carmelo Anthony (arriba) y Paul George (abajo). (EFE)
Derrick Favors (c), Jerami Grant (d), Carmelo Anthony (arriba) y Paul George (abajo). (EFE)

Su llegada a Oklahoma

A su llegada a Oklahoma, viéndose fresco como una rosa, protagonizaría una escena que al cabo iba a causarle un gran daño. Melo respondía con una carcajada a la mera posibilidad de salir desde el banquillo, como si esto fuera una humillación. “Va a ser nuestro cuatro titular”, quiso zanjar a la primera el técnico Billy Donovan, en cuyas manos quedaba la fascinante tarea de integrarlo en el nuevo entorno, entre Westbrook y George, tan repleto de posibilidades como inédito en Anthony.

"Cuando eres durante 10 años uno de los mejores, piensas que va a ser así para siempre. Cuando dejas de serlo, siempre eres el último en enterarte"

Contrariamente al deseo del jugador Donovan no quería ni discutir devolverlo a la posición de cuatro, su más saneada de carrera (2013) y casi la única que lo acercaba al baloncesto moderno y los formatos pequeños. Porque cuanto más alta su posición menos expuesto en defensa y más sus virtudes al rebote. Pero aquella risa cerraría en cambio su posible condición de sexto hombre, no faltando a una sola titularidad en 84 partidos. Melo no terminaba de ver que esa opción puntual también podía valer; no era consciente de que abandonar los barrotes de su hegemonía por primera vez en su vida, además de necesario, podría resultarle positivo. Al contrario Melo se imaginaba disfrutando tramos de primera opción de ataque, a la que entregarse para reconocerse a gusto en su pasado de siempre y de paso recordar que seguía perteneciendo al olimpo de los jugadores franquicia, esa condición para la que tal vez nunca estuvo diseñado. “Cuando eres durante 10 años uno de los 10 mejores jugadores de esta liga —confesaría tiempo después uno de sus entrenadores—, piensas que va a ser así para siempre; [cuando dejas de serlo] siempre eres el último en enterarte”.

Es curiosa la encrucijada de aquel momento. Lo que su nuevo comprador, Sam Presti, había concebido era en el fondo la única posible salvación de Anthony, una inteligente forma de dignificar sus postrimerías de carrera. Ese ajuste invocaba expirar su perfil anotador de alto volumen. Hacerlo entonces y no antes, cuando nunca tuvo dos opciones por delante. Y tampoco una sola.

Lo que el cuerpo técnico trató de explicarle era que a la sobrecarga de ayudas que pudieran absorber Westbrook y George, Melo quedara libre, entregándole el tiro a placer. Que nada pretendían más que exprimir, por fin, su eficiente versión olímpica, la más devastadora y que tan a cuentagotas había exhibido en la NBA a causa de su monolítica condición de jugador franquicia en escenarios incompletos. Sabían que aún el año anterior Melo estuvo por encima del 42% al triple en 'catch & shoot', tal vez la propiedad más reconocible del melolímpico. Que desde 2003 ningún jugador coleccionaba más canastas que adelantaran a su equipo en los últimos cinco segundos de crono, recordando el increíble poder de sus manos y sugiriendo así una transición soñada. “Pasar del dominio del balón —recogía Fred Katz aquel deseo previsto— al dominio de la eficiencia, del manejo al acierto”. Esa última súplica de reinvención, como si fuera fácil acercarlo a Klay Thompson, fue la quimera que motivó a Sam Presti primero y a Daryl Morey después a intentarlo. Y en ambos casos sin éxito.

Una asistencia cada 97 minutos, errando 22 de sus 28 triples y acumulando un aterrador -63 en sus últimas cuatro noches; su continuidad era imposible

Estrenándose por debajo de la veintena y firmando su peor porcentaje de tiro Anthony estuvo lejos de brillar aquel año con los Thunder, pero la cuarta posición del Oeste que mejoraba en dos alturas el curso anterior, calmaba las cosas. Lo que iba a suponer la condena final de Melo aconteció en la primera ronda ante los Jazz. Con dificultades para sumar doble dígito, repartiendo una asistencia cada 97 minutos, errando 22 de sus 28 triples y acumulando un aterrador -63 en sus últimas cuatro noches, su continuidad se hacía imposible. Perdido en defensa los Jazz lo atacaron 157 veces en el 'pick & roll' y cada vez que Donovan lo sentaba los Thunder remontaban lo perdido con él, traducido a lo largo de la serie en restar -9.7 puntos en pista por 5.3 con él sentado. Un extremo que en el quinto les haría pasar de un 71-52 a un 87-88 mientras el alero suplicaba al asistente Mo Cheeks su intervención para volver al parqué. La apuesta había, pues, fracasado y concluido de la peor manera.

Trifulca en un partido entre Utah Jazz y Oklahoma City en 2018 (Carmelo Anthony, a la derecha). (EFE)
Trifulca en un partido entre Utah Jazz y Oklahoma City en 2018 (Carmelo Anthony, a la derecha). (EFE)

Ostracismo

Los Thunder se quitarían a Melo de encima en un traspaso a tres bandas y cuyo destino, Atlanta, tampoco quiso saber de él. En una insólita situación de desamparo a mitad de agosto los Rockets se atrevieron a la prueba con el atroz desenlace que recordamos al inicio. Aquella expulsión del proyecto texano supondría, ahora sí, una condena a muerte.

La insólita premura en aquella decisión —10 partidos de temporada— tenía una razón de ser, un problema silenciado por el cuerpo técnico ya en el training camp de Louisiana durante las primeras pruebas de juego real. Una primera impresión que asustaba. Absolutamente incapaz en el switch Melo rompía el esquema atrás y en un acto de fe se animaron a creer que podía ser cuestión de tiempo arreglarlo. “No os preocupéis, va a mejorar a Ryan [Anderson], necesitamos sus puntos, eso es todo”. Pero el pésimo arranque del equipo, la calamidad defensiva y un espectral Melo hundido a mínimos —aunque por fin saliera desde el banquillo— hicieron saltar las alarmas urgiendo alguna solución, aunque esta fuese, como iba a confesar después una fuente interna del equipo, elegir un “chivo expiatorio”. Morey se anticipó también a otra posible crisis. No quería forzar una nueva tensión con D'Antoni, a quien había convencido de Melo seis años después de que Melo fuera la principal razón de su cese en los Knicks.

El jugador no cargaría contra ellos. Preguntado más tarde tan solo expondría que su papel asignado consistía en ocupar las esquinas y eso, decía, “no funcionó”. A partir de entonces nadie reclamaría a Melo, convirtiéndose de pronto en un proscrito.

Carmelo Anthony no encontró su sitio en los Rockets. (Reuters)
Carmelo Anthony no encontró su sitio en los Rockets. (Reuters)

Durante su prolongado vacío un coro de jugadores y personalidades de la liga proponían su fichaje, o una retirada digna, con tour de despedida si fuera necesario. Y sin embargo un amplio sector de la opinión pública entendía su ostracismo. Recogía una parte de ella Adrian Wojnarowksi, con su clásica actitud sanguinaria cuando no trafica intereses: “Anthony no es ninguna víctima —escribía—. Ha contribuido a las circunstancias que lo mantienen fuera de la liga”. Sin duda podía ajustarse a la realidad. Pero no era menos cierto que el mercado interno de la liga funciona por simbiosis, y que cada día transcurrido sin ofertas actuaba en el círculo ejecutivo con igual silencio, como si hubiera una causa común para aislar al virus.

Así sobrevino la impresión de que todo había terminado, que nada más había tras 260 millones en contratos, más de 25 mil puntos y diez nominaciones 'all star'. Ni los Lakers, por su amistad con LeBron, ni los Nets, por Durant, ni los Knicks, donde sería bienvenido, se hicieron cargo. Tenía abierta la Big 3 League de Ice Cube, pero Melo no podía aceptar, como si el descenso no fuera ya reparable.

"Su nombre arrastra una mala reputación, como una sombra. Ni siquiera es él. Es una especie de aura"

Mientras la NBA seguía su curso se iba a suceder un caudal de reacciones en el entorno de la liga por una situación de tan difícil precedente. De todas ellas valdría destacar las palabras de alguien procedente de su último equipo, el veterano John Lucas, por su claridad lapidaria. “Su gran nombre arrastra una mala reputación, como una sombra. Ni siquiera es él. Es una especie de aura. Podría haber aceptado cualquier rol, pero a veces ocurre que llegas a viejo y te quedas atrapado. Y cuando tu carrera empieza a decaer tienes que entender que no vas a hacerte mejor en dos semanas, tan solo vas a ser dos semanas más viejo”. Recordaba con ello la suicida coherencia del baloncesto de Anthony, lo que ya había resumido al máximo el cartógrafo de tiro Kirk Goldsberry: “Nunca actualizó su sistema”.

Y tiene su interés que la revolución del juego, la explosión del ritmo, espacio y triple podría también ser explicada a su través. Mientras el baloncesto lo adelantaba por la derecha Carmelo Anthony solo fue capaz de expresarse por lo que había mamado de niño, el hipnótico dominio de Michael Jordan en la media distancia, el posteo superior y todo cuanto sus manos negociaran a solas con el aro. Porque en esto Anthony sí era un elegido. Pero nunca supo medir hasta qué punto era necesario demostrarlo. Uno de los informes previos al draft de 2003, luego de cuestionar sus facultades atrás, alertaba: “Resulta a veces tan dominante en ataque que puede congelar a sus compañeros”.

Carmelo Anthony, el pasado mes de agosto. (Reuters)
Carmelo Anthony, el pasado mes de agosto. (Reuters)

En los peores momentos de su largo exilio, y a pesar del numeroso apoyo exterior, fue su mujer quien le insistía a diario que esto no iba a terminar así, como si no lo mereciera. Y con el fin de no descolgarse ni perder el sentido de la realidad Melo trabajó entonces a destajo, entre Nueva York y Los Ángeles, con el trainer que mejor lo conocía, Alex Bazzell. Y de vez en cuando, empleando las redes, asomaba al escaparate para recordar que aún seguía vivo, en buena forma y hasta recortado. Pero los días, las semanas y los meses transcurrían en vano. “Cada mañana debía empujarme a acudir al gimnasio —reveló tiempo después—. Resulta difícil hacer entender lo duro que puede llegar a ser algo así”. Lo era para quien nunca lo había conocido. Melo tuvo siempre una costumbre. Cuando una gran cita le ponía excesivamente nervioso y no podía dormir, harto de dar vueltas en la cama, se incorporaba, se vestía y salía a la calle. Daba igual la hora que fuese o que algún viandante nocturno lo reconociera. Esto hizo de madrugada en Nueva Orleans la víspera de la final universitaria de 2003 o por las calles de Boston antes del sexto de la primera ronda de 2013. Ahora ya no servía hacerlo. Porque no había cita al día siguiente.

Es posible entonces imaginar el abrumador desplome de un ego que durante tanto tiempo se había demostrado gigantesco al ver que sin su concurso la NBA proseguía como si nada. No solo suponía el preludio al olvido. Aún peor, que las menciones y reclamos, cada vez más escépticas, se sucedían con una insoportable carga de beneficencia.

Los Blazers al rescate

Y cuando todo empujaba a arrojar la toalla, porque era imposible sobrevivir a una nueva temporada en blanco, acudieron los Blazers al rescate. No fue casual que lo hiciera Neil Olshey, que ya había intentado su adquisición en los Knicks y a su salida de los Thunder. Lo hizo a la tercera, como quien cumple un viejo deseo en un mercadillo de segunda mano. Había, lógicamente, algo más. Perdidos en verano Harkless y Aminu, la lesión de Zach Collins dejaba su cuadro de aleros en Tolliver, Hezonja y el novato Little. “Tú nos necesitas —le diría Olshey al teléfono— y nosotros te necesitamos a ti”. Melo habría aceptado cualquier oferta. Pero en un equipo que además prodigaba la isolation y toda gran responsabilidad había desaparecido la opción era muy sana. Y tras la lesión de Hood, ideal.

El regreso de Melo, como expiados todos sus pecados, se produciría en unos términos suaves, más o menos previstos e incluso decentes. Porque ahora ya no cabía el juicio a una estrella, sino a un jugador ordinario, de uso austero, rol añadido y flotación ofensiva, bien ajustado a una dinámica de equipo, sin más ínfulas ni efectos secundarios. De hecho sus meses de vuelta rescataron no pocos momentos de nobleza a sus manos, que seguían intactas en el valioso 'clutch'.

Carmelo Anthony, en un partido de la pasada temporada junto a LeBron James. (EFE)
Carmelo Anthony, en un partido de la pasada temporada junto a LeBron James. (EFE)

Reclamado por los grandes medios para exponer lo vivido su caso remitía al de quienes salen de una dura y prolongada lesión. En realidad podía serlo, pero solo de imagen pública. Por eso sentía la necesidad de aclarar que no era una despedida, que habrá Melo mientras el cuerpo aguante y alguien confíe en esta última versión limpia y por fin moderada, como una reliquia de sí mismo.

Una vez se retire, cuando el tiempo haga su trabajo de indultar sellando en la memoria lo más preciado, Carmelo Anthony debería ser recordado como una esmeralda técnica, uno de los mejores anotadores ligeros de todos los tiempos y una figura acreedora al mismo respeto secular que hoy se guarda a Alex English, Dan Issel, Dominique Wilkins, Adrian Dantley o Vince Carter, sobre los que ocupa un plano superior. Porque pese a todo Anthony cuenta ya con una vitrina dorada en el museo histórico del virtuosismo anotador, la elegancia y la economía técnica.

La verdadera tragedia es no haberlas podido encajar con éxito en una gloria a su nombre, al modo de sus días en Syracuse, o en sus tres oros olímpicos que tanto podrían definir su edén no sido: el mejor equipo posible a cuya fuerza sumarse y no concentrar. El tiempo, en todo caso, sabrá perdonar.

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