LASTRADO POR UN FÍSICO DE SUPERHÉROE

La posición histórica de LeBron James y la insoportable levedad del ruido

Han pasado diecisiete años desde que el deportista más escrutado de la historia comenzó su andadura profesional y su trascendencia ha dejado de ser debatible

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En mayo de 2007 los Cavaliers abrían en Detroit sus primeras Finales del Este con LeBron James en sus filas. Tras un partido espeso y bronco, de ochenta posesiones y gracias, restaban doce segundos con 76-78 a favor de los Pistons y balón para los Cavs. Su técnico, Mike Brown, dio entrada a Donyell Marshall, que había cerrado con seis triples la serie ante los Nets, y puso en manos de LeBron la resolución de la noche. Aclarado y libertad. LeBron entró a canasta, atrajo sobre sí a la defensa y abrió el pase al triple lateral y liberado de Marshall, que erró el lanzamiento y la idea concebida por James.

La reacción contra la joven estrella de Cleveland, por haber pasado el balón, simbolizaría una primera cruzada que sigue viva hasta hoy. Según la postura dominante no cabía más opción al Elegido que comerse el aro a solas, degradando su elección, una fórmula básica del juego, a un acto de cobardía. LeBron tuvo que digerir en silencio aquella ofensiva que venía a advertir que no estaba a la altura.

La serie prosiguió adelante y cuatro partidos después, sobre el mismo escenario y un 2-2 en la eliminatoria, LeBron reaccionó al vacío de sus compañeros reduciendo el baloncesto a su absoluto poder, anotando 29 de los últimos 30 puntos del equipo, 25 de ellos de forma consecutiva, hasta sumar 48 y la canasta de la victoria. Con 22 años coronaba una de las actuaciones más asombrosas de la historia, el prólogo a meter en las Finales a un equipo que (sin él) rozaba el valor de lotería.

Los Cavs se presentaron así a una serie que no debían disputar, cayendo 4-0 ante el mejor equipo del mundo, los Spurs, cuya estrella, Tim Duncan, consolaría entonces al joven James con unas premonitorias palabras: “Pronto esta liga será tuya”. En efecto lo sería.

James y Duncan en 2007. (Reuters)
James y Duncan en 2007. (Reuters)

Sin embargo, mucho tiempo después aquella serie iba a quedar en el imaginario como una derrota cualquiera que venir a sumar a un palmarés finalista adverso, como si en paralelo fuera posible abreviar al majestuoso Jerry West por su 1-8 en el peldaño final por el título. Es decir, una de las mayores proezas nunca vistas terminaría siendo públicamente traducida a cero. La hazaña equivalía a que Michael Jordan hubiese metido a los Bulls en las Finales de 1988. Pero como no lo hizo, ni entonces ni en ninguna de las Finales que Jordan no disputó, esa cuenta desaparece. No es baldío referirlo. En la era en que las narrativas suplantan a la realidad pocas hay más perversas.

Siempre he jugado de la misma forma, desde que era niño

Hace unos días, al término del quinto partido de las Finales entre Lakers y Heat, todo volvió a repetirse con cruel exactitud. En la acción decisiva LeBron, que lideraba a su equipo en puntos, rebotes y asistencias por 72ª vez en postemporada, más del triple de veces que el siguiente escalón, formado por Duncan y Bird, imantó a toda la defensa rival para doblar al hombre libre, Danny Green, que como Marshall, erró el lanzamiento. Y otra vez la renovada cruzada imponía que LeBron debería haber asumido el tiro, aun con cuatro rivales encima. Preguntado al término por ello, no pudo ser más veraz: “Siempre he jugado de la misma manera desde que era niño”.

El proceso vivido en estos dos ejemplos separados por trece años merece su atención. Aquella primera vez no pocos analistas urgían la corrección. Una parte del público aún seguía sin entender que lo que había llegado a la NBA no era otro (sufrido) sucesor de Michael Jordan, sino una versión atómica de Magic Johnson. “Tiene mucho más de mí que de Michael –afirmaba Johnson entonces–, más de controlar el juego que de dominarlo anotando”. Tanto tiempo después vale subrayar el doble órdago, porque la realidad aproxima que uno de los mejores pasadores de la historia cierre su carrera con el mayor volumen anotador de todos los tiempos. “Se podría decir –acertaba Howard Beck– que es el mejor pasador entre los anotadores de élite y el más grande anotador entre los mejores pasadores que ha dado el baloncesto”. Una descripción que tenía ya plena validez hace más de un lustro.

Disputar diez Finales con tres uniformes distintos en la NBA contemporánea de treinta equipos supone, sobre cualquier otra consideración, que interfiere en las arterias del mejor baloncesto del mundo una fuerza decisiva, de magnitud sobrenatural, que absorbe la noción de victoria a un grado de poder casi ilimitado, inconcebible en el orbe deportivo actual. “Es increíblemente difícil batir a LeBron cuatro veces en una serie –exhortaba recientemente J.J. Redick en su podcast durante la entrevista a DeMar DeRozan, una de sus víctimas en los Raptors–. Es tan invencible en playoffs que exige otro nivel de intelecto para alcanzar su nivel".

James, durante el último partido de las Finales. ('USA Today')
James, durante el último partido de las Finales. ('USA Today')

La mención de Redick al intelecto tampoco debe ser pasada por alto. Hace tiempo que en James son legendarias sus escenas de memoria fotográfica, de una naturaleza solo atribuible a los rarísimos casos de nacidos con memoria eidética que conservar en edad adulta. Una condición que le permite recordar, como escribía Melissa Rohlin, “la posición en la pista de cada uno de los diez jugadores en cualquier momento de un partido” que ya ha terminado. En las postrimerías de su etapa en Miami el técnico Erik Spoelstra, asombrado por la precisión de sus recuerdos, que no abrían un solo vacío en secuencias enteras de partidos jugados tres o cinco años antes, quiso saber más. Hasta que hablando con él extrajo una verdad más incómoda: “O sea que recuerdas los fallos”. Aquel prodigio tenía, como el Funes de Borges, un reverso oscuro que lo hacía vulnerable al activar “recuerdos indeseados”. Y en situaciones límite esa interferencia actúa como obstáculo pudiendo nublar el objetivo.

Un tramo (2009-11) de su voluminosa biografía deportiva contiene no pocos ejemplos de parálisis por miedo. Esta circunstancia no solo humanizó a James. Lo distingue de Michael Jordan y su genética protección al temor de errar, según sus palabras, “un tiro que aún no ha sido lanzado”. Siendo ciertas ambas posturas, no son incompatibles con la fortaleza del legado. Pesa en los ganadores una ley eterna, un recorrido natural, que los hace ascender, en algún punto de carrera, de una depresión anterior, de un fondo introspectivo al que la derrota sumerge. Jordan lo sufrió con los Pistons y James por su terrible abismo mental en las Finales de 2011 ante Dallas. “Le quebramos la cabeza”, reconocía el dueño de los Mavericks, Mark Cuban.

Hundido a su peor estado como profesional –LeBron pasó semanas encerrado a solas–, una mañana decidió que era momento de levantarse y regresar al origen, a su Akron natal, en busca de alguna verdad chamánica que encontró en su antiguo entrenador de instituto, Keith Dambrot. “Siento que ya no disfrutas –le advirtió–, que has dejado de divertirte como hacías antes”. Que pendiente de la presión hostil, la luz se había perdido. James se entregó en cuerpo y alma al durísimo trabajo de renacer y, en adelante, en un periodo de nueve años que alcanza hasta hoy, se anotaría cuatro títulos en ocho Finales con tres equipos en una apabullante serie de 28-4. Es casi una década, cuando antes ya había dominado la eficiencia en pista cuatro temporadas seguidas.

En esencia, el proceso vivido es un arquetipo –del niño al mito–. Pero desde aquel umbral cabe detenerse en la magnitud de lo obrado con él como raíz. Es lo que puede abrir ya una distancia ignorada, más cuando la línea abierta no presenta descenso alguno.

Mientras la edad actuó en los mejores como el mayor atenuante, la reducción natural de fuerzas vitales, en James el paso del tiempo no termina de reducir su producción y poder. Es lo que Zach Lowe refería como una “cumbre sin fin que permite mirar al horizonte y seguir ahí”, y Steve Kerr considerarlo incluso “mejor jugador hoy que hace seis años” a su salida de Miami. Y puede ser esta su mayor singularidad en relación al pasado.

Mientras la edad actuó en los mejores como el mayor atenuante, en James el paso del tiempo no termina de reducir su producción y poder

Al término del séptimo partido de las Finales del Este de 2018, que los Cavs resolvieron en Boston (79-87), el analista Tom Haberstroh calificaba la actuación de James (35-15-9) como “impensable”. En su partido número 100 de temporada había disputado los 48 minutos posibles, acumulando en la serie un volumen muy superior al de las piernas jóvenes de sus rivales. Su última acción de canasta reformulaba una vez más sus límites de rendimiento. “LeBron tiene asombrada a la comunidad científica del deporte –destacaba el doctor Michael Joyner, uno de los mayores especialistas mundiales en fisiología del ejercicio–. Va siendo hora de reconocer de lo que somos testigos con él. Pero también de sacar de la ecuación a Jordan. Porque ambos son diferentes”. Esta obviedad, que tanto cuesta entender sin perjuicio a ninguno, conviene ser frecuentada. Porque ha llegado un punto en que incluso el debate es inane. Tan cierto es que sigue sin haber una altura superior a Jordan como que LeBron no es inferior a nadie. Y esta doble máxima tiene como muestra el curso entero del juego.

Siendo muy difícil condensar a ambos, es posible hacerlo en su raíz última en pista. Mientras Jordan es el mejor finalizador de la historia, de una perfección formal que solo cabría describir como mágica, su instinto más radical concebía el juego, primordialmente, como una relación sexual con el aro, para lo que exhibió el mayor volumen imaginable de recursos. De ahí su cumbre estética. En LeBron, en cambio, esa relación se proyecta y dispersa a lo grupal en muy superior grado, lo que cristaliza en una producción conjunta que ha roto barreras con todo precedente. Y esto ya no es asunto opinable.

James, en un partido de temporada regular previo a la burbuja. (Reuters)
James, en un partido de temporada regular previo a la burbuja. (Reuters)

A estas alturas se haría indigesta cualquier pieza que trate de recoger el volumen numérico de su legado. Pero ya solo avistar en el horizonte una triple frontera de 40.000 puntos, 10.000 rebotes y 10.000 asistencias sería más que suficiente para identificar su figura con el rendimiento sostenido más colosal de la historia. En realidad, no hace falta esperar. La unión de los factores primarios del juego convierte a LeBron James en el jugador más envolvente y completo que ha dado el baloncesto. Su traducción es hace tiempo insobornable: nadie ha cubierto más juego a mayor nivel durante más tiempo. En eso que se conoce como prime o esplendor, la cordillera de una estrella, no lo hubo más prolongado en el tiempo. Porque diecisiete años después sigue sin avistarse ocaso.

En 2018 el portal analítico Nylon Calculus dedicaba a James una pieza que pretendía recoger su valor en el tramo decisivo de temporada, los playoffs, donde el ya cuatro veces campeón recoge una carga a distancia sideral. Los autores empleaban dos variables: VORP (Value Over Replacement Player) y BPM (Box Plus-Minus) que, juntas, procuran una estimación del impacto general de un jugador sobre el juego, y extendían la muestra a los 25 mejores productos de carrera desde el establecimiento del triple en 1979. El resultado que mostraba la gráfica cuestionaba los cimientos de toda jerarquía convencional.

Esta pasada semana, en otro informe analítico, John Hollinger concluía que solo en términos de BPM, Jordan (7) y James (8) ocupan quince de las mejores veinte postemporadas de la historia. Y en su formulación de eficiencia conocida como PER, trece de las veinte mayores.

Nada más difícil que cuestionar la narrativa Jordan mientras quede con vida alguno de los testigos que lo vimos jugar

En el fondo, todo este debate (de gran rédito mediático) fue creciendo a medida que James iba superponiéndose a sí mismo en la gesta de presentarse, anualmente, en la escena por el título. Y toda objeción a la analogía tiene una raíz cultural. Porque nada más difícil que cuestionar la narrativa Jordan mientras quede con vida alguno de los testigos que lo vimos jugar. Llega a tal punto su sacralización que resulta públicamente suicida atreverse. Sin embargo, con criterio y panorámica, es posible un ejercicio mental que haga saludable cruzar los factores que ambos hubieron de atravesar. Incluso dejando a un lado variables etéreas, como formular el volumen de talento en esplendor de los años noventa –muy especialmente en su segunda mitad–, muy inferior a lo que el mundo recuerda. Bastaría preguntarse por el segundo mejor jugador de perímetro en aquella década.

Mientras Jordan disputó objetivamente un Este más duro, de élite mayor, los Bulls no tuvieron que medirse a dos de los mejores equipos de todos los tiempos (Spurs 2014 y Warriors 2014-2018), lo que obligó a LeBron a cinco de las cruzadas más difíciles en su conquista a la cima, con o sin éxito. En tres de sus cuatro anillos tuvo que eliminar a cinco integrantes de los All NBA Teams de temporada mientras Jordan solo tuvo que hacerlo en uno (1991). Sería posible, en suma, enfrentar un sinfín de variables y fascina comprobar que el número de estudios no solo aumenta sino que, como ya probó Harvard en 2017, la cuestión incluso ha entrado en el orbe analítico universitario. Ha ganado suficiente fuerza la convicción de estar ante los dos mejores ejemplares de siempre.

Ruido: la sociología del odio

Entre los tiempos de Jordan y James el baloncesto ha cambiado. Pero aun viviendo el juego una revolución, lo ha hecho en mucha menor medida que el mundo que lo observa. Mientras Jordan alteró para siempre las reglas del juego como icono universal, una corporación gestada al amparo de su incalculable figura, la masa era esencialmente espectadora. Contemplaba en silencio a aquel dios de pantalla, la prensa escrita recogía sus epopeyas y los productos audiovisuales multiplicaban sus gestas. Desde entonces su legado no ha hecho más que reforzarse. A la figura real se fueron añadiendo capas que fortalecen su relato a la dureza del diamante, que multiplican ad infinitum sus aciertos mientras sus errores han desaparecido. Esto significa que Jordan no solo ganó en activo: lo sigue haciendo hoy y lo hará, como dicta la lectura de su estatua, siempre y sobre cualquier sucesor.

Jordan alteró para siempre las reglas del juego como icono universal, pero la masa solo podía contemplar en silencio a aquel dios de pantalla

A diferencia, LeBron James vino a inaugurar la era del Gran Hermano, un nuevo tiempo de vigilancia infinitesimal en vivo hasta el más mínimo detalle, real o irreal. Porque esa distinción ha dejado de importar. Con ello conviven hoy todas las estrellas y así lo harán las del futuro, sometidas al escrutinio de la masa en una arena pública donde solo el ruido despunta. Más atronador cuanto más hostil y más rentable cuanto más imperativo.

Durante las Finales de 2014 el técnico de los Spurs, Gregg Popovich, lo expresaba como nadie: “Si va a la derecha, diréis que debería haber ido a la izquierda. Si tira, que debería haber pasado. Si pasa, que debería haber tirado”. Resumía así la insaciable voracidad de esta nueva presión exterior y la proliferación de vías de asalto a los protagonistas, un fenómeno que el siglo XX no conoció.

Popovich remarcaba entonces lo declarado al año anterior. “Su despliegue de juego total y sus facultades mentales no tienen parangón y puede que nunca”. Como si con ello declarase alto el fuego. Sus palabras, entonadas con la molestia de alguna causa, eran similares a las de innumerables técnicos que se sintieron impulsados a defenderle ante las atrocidades que leían por la infección del odio, un fenómeno inseparable de la era de internet y las redes sociales, de la nueva rebelión de las masas, la tiranía de la voz para todos y la salvaje polarización de esta era.

James luce una camiseta llamando al voto durante un calentamiento. (EFE)
James luce una camiseta llamando al voto durante un calentamiento. (EFE)

Esa fue la razón por la que innumerables jugadores en los últimos quince años vinieran también a denunciar la crueldad de este absurdo. Abriendo octubre, Damian Lillard citaba al agente Nate Jones mostrando apoyo a su mensaje. “Resulta demencial que siendo testigos de este atleta único en la historia sigamos viendo gente perseguir lo que no hace en lugar de lo que hace”. La muerte de Kobe Bryant a finales de enero parecía venir a humanizar a toda esa pasional masa deportiva que enfurece a diario, a la que de pronto dominaba una sensación de benevolencia, de aplacar la ira y apreciar la grandeza mientras siga entre nosotros. Aquel amago de paz apenas duró dos semanas.

Radiografiar el inmenso y ensordecedor escenario público en el que la carrera de James se agita excedería con creces la intención de estas líneas. Pero en nuestro país es posible sintetizar dos grandes géneros en esa psicología de resistencia que invade todo rincón a todas horas.

Se da además una curiosa paradoja que vincula a dos generaciones esencialmente remotas. Una madura, que nació en paralelo a la llegada de la NBA a España junto al fenómeno Cerca de las Estrellas. A juicio de este sector, que abandonó el seguimiento con las primeras canas y el vaciado de juego en los infames años noventa, el baloncesto se acabó en cuanto ellos desertaron. Instalaron en el imaginario a Magic y Bird como insuperables, le añadieron a Jordan y ahí se acabó todo. Son tantos como alumbró la generación del Baby Boom y su masivo discurso ni se preocupa en ocultar un racismo larvado: “La NBA, esa liga de saltimbanquis chupones y dopados. El baloncesto de verdad se juega en Europa”. Establecen así una oposición entre baloncesto bárbaro y baloncesto civilizado, el que por razón genética se vio históricamente obligado a que muchas manos tocaran el balón para hacer canasta. Y entretanto, no ven contradicción en añorar los tiempos de Petrovic, Oscar y Galis.

Este discurso lleva años siendo muy visible en sus nichos de comunicación. Por las mañanas, en horario de oficina, tras la ración de una prensa que nunca trasnocha, pontifican en redes y foros lo desdichado que es el juego de hoy y lo terrible que es LeBron para el baloncesto, que renunciaron a seguir por una vida matrimonial y cristiana. De otro modo, cuando la NBA se produce, cuando LeBron James trabaja, ellos duermen. Así fue siempre y así se han perdido la monumental carrera de un jugador del que luego abominan.

En esta sociología del odio, se les ha unido una generación lactante, la más vulnerable a las click-baity hot takes, educada a salvo de empatía –como a diario demuestran en redes–, cegada hasta la anoxia no por el baloncesto, sino por una variante conocida como hero ball, la peor secuela legada al futuro por el depredador Jordan y su más avanzado discípulo, Kobe Bryant. Al fin y al cabo, en eso consiste The Last Dance, una actualización maquiavélica del fin y los medios, un erotismo desaforado por la versión deportiva del serial killer. “Sentirse el macho alfa a cada instante –denunciaba Henry Abbott– es una forma histérica de liderar”. Y no se olvide, una sola, muy distinta de otras magistrales interpretaciones del juego, al modo esencialmente colectivo de Larry Bird o Magic Johnson. A esta última pertenece de raíz LeBron James, a quien solo una naturaleza física privilegiada condenó a ejercer, también, como depredador.

Sentirse el macho alfa a cada instante –denunciaba Henry Abbott– es una forma histérica de liderar

Porque durante toda su vida ese portentoso cerebro ha venido quedando eclipsado por un cuerpo de superhéroe por el que el baloncesto ario le exige perdón.

Y ya va para dos décadas que su prodigiosa atención al detalle, el uso del tempo, la memoria táctica y su constante proyección transitiva al juego coral le convierten en uno de los jugadores de mayor inteligencia nunca vistos. Más que el cuerpo, señalaba su ahora asistente Jason Kidd, será “su cabeza lo que le permita jugar más allá de los cuarenta”.

En el fondo nada de esto importa. La realidad está felizmente a salvo de esa pueril psicología de resistencia a lo nuevo, aun habiendo demostrado ya tanto, “como si una parte del público no quisiera que nada ni nadie vinieran a cuestionar lo más mínimo sus objetos de adoración, a erosionar los monumentos de su memoria, sospechosamente coincidentes con los años de infancia o juventud”. La insufrible sobrecarga de ruido, la mayor que haya tenido que soportar deportista alguno, terminará siendo en su biografía otra barrera caída, tal vez el obstáculo más grande y admirable de todos.

James celebra el título junto al general manager Rob Pelinka. ('USA Today')
James celebra el título junto al general manager Rob Pelinka. ('USA Today')

En una hermosa columna cedida a Kareem Abdul-Jabbar por Newsweek en febrero de 2019, el mito admitía desde el titular que el significado de LeBron James ya es “mayor que el debate por el más grande”, al trasladar su fortaleza a estimables compromisos sociales con sectores desfavorecidos y convertirse por ello en “un héroe de nuestra era”. Descendiendo a pista Kareem incidía en su “épica batalla contra el tiempo” como la más diferencial respecto a todo jugador habido. “Su legado –decía– está asegurado. Seguirá rompiendo marcas y tal vez la mía como máximo anotador de siempre. Cuando lo haga, allí estaré aplaudiendo, porque cada vez que se derriba un récord el ser humano habrá empujado un poco más los límites de lo que es capaz”.

Cuando un día este superhombre decida que ha llegado el final –no oculta su deseo de coincidir en pista con su hijo Bronny– el mundo tardará décadas en materializar un prototipo de producción, si acaso, cercano. Aun en el siglo XXII James será uno de los pocos biotipos que no serán observados con el previsible desprecio genético al pasado, tal y como hoy es posible hacerlo con Chamberlain. Mientras tanto, como rezaba su más célebre eslogan: “We are all witnesses”. Y la realidad, como siempre, permite abrir o cerrar los ojos.

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