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Muerte a crédito para los viejos
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'TRINCHERA CULTURAL'

Muerte a crédito para los viejos

La sagacidad del personal para encontrar en la crueldad una respuesta diestra a los problemas compite con las recetas de Mengele. Para no perder el tiempo con los viejos lo mejor es cargárselos

Foto: Foto: EFE/Eliseo Trigo.
Foto: EFE/Eliseo Trigo.

Todavía miro al pasado por el lado de la ampliación de los prismáticos, en vez de al contrario, que es el lado por el que dicen que comienzas a mirar pasados los años. A mi alrededor hay quien asegura que debí de nacer viejo, pero lo cierto es que no lo soy. Estoy bien lejos de serlo. Muchos me ven carca porque me desencanto de las redes sociales, no estoy en la onda, ni de lejos, me gusta llevar botas y gabardina antes que chándal y New Balance, escribir a mano y renuncio bastante de los videojuegos. Con todo, siento que me adapto fácilmente a los cambios, que me despreocupa disfrazar las canas y ni me planteo planchar arrugas. Fumo y bebo como si los pulmones y el hígado no tuvieran tiempo muerto y hasta cometo la imprudencia de asegurar que me la trae al pairo cobrar, o no, una pensión. Ay, juventud ceniza, divino tesoro de la vanidad…

Pero si una teja no me escacharra la cabeza o un cáncer decide hacer de las suyas y tocarme el billete antes de hora, puede que un día sea el viejo que me puebla parte del espíritu. Y ese día, en el que el tiempo me atropelle echando abajo mi encapsulado juvenil, lo temo incluso con tanto margen como del que disfruto. No porque me acojone dejar de ser un plato digno de exhibir —lo que ha convertido la flacidez y la estría en una maldición— sino porque me doy cuenta de que cuanto más cerca estamos de alargar la vida, más cerca estamos de vivir ese tiempo de descuento en la peor de las condiciones.

Decía que prefería morir allí antes que en el asilo sembrado de malnacidos en el que estaba

Últimamente, me da por pensar en mi abuela. Hembra brava como una tempestad que acabó sus días retorcida entre la pena y el miedo en una residencia. Durante la pandemia llegó a pasar un mes encerrada en una habitación. Lo pasó sola, como no lo había estado en su vida, ahogada en los gemidos desesperados de una perra desorientada. Un año duró la mujer después de su destierro a aquella guardería de cadáveres. A medida que avanzaban las semanas iba languideciendo y cada vez se hacía más palpable su degradación. Hasta que, finalmente, como una bestia estirando el aliento, cayó desplomada en una cama de hospital. Decía que prefería morir allí antes que en el asilo sembrado de malnacidos en el que estaba. Y, en fin… supongo que, en parte, me alegra que se saliera con la suya.

No entraré aquí a juzgar si mi familia hizo bien o mal en internarla. No fueron pocos los años que acudimos, entre hijos y nietos, cada día a casa de mi abuela soportando sus trastornos; esa diabólica demencia que la hacía escupir bilis hasta infectar de locura a quien la tratara. Yo qué sé… puede que ahí resida parte del problema. Efectivamente, fueron demasiados años así. Tantos que me da por pensar que ahora se vive demasiado, incluso por encima de la cordura. El problema, por desgracia, tal vez no sea cuánto vivimos, sino si lo que nos rodea está dispuesto a atender las necesidades que destila una existencia labrada hasta los límites de la vejez. Y eso, queridos, tiene un arreglo chungo.

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Los milagros de la ciencia y la técnica son tan eficaces como gélidos. Capaces de dilatar la vida hasta sus límites pero sin alimentar las circunstancias para que esta se viva dignamente. Viajamos rápido. Aceleramos el carburador de la cotidianidad hasta el petardeo y, por eso, aunque juguemos hábilmente engañando cada vez mejor a la muerte, terminamos desentendidos de quien no puede seguir el ritmo.

Los abuelos se deshumanizan porque se intenta anteponer la lógica del pragmatismo

Para pisparse no hay como dar un garbeo por un metro, o unas escaleras, donde un anciano camine delante de alguien más joven. El nervio del de detrás es visible en cada finta, en la vibración espídica de las extremidades que quieren adelantar. Porque lo que nos inquieta de los viejos es, sobre todo, que van lentos. Su marcha masticada subordina nuestro andar a una pausa contra la que estamos enfrentados a diario.

Esto tiene nombre desde hace más de cincuenta tacos. Robert Butler lo tildó de edadismo: una discriminación de los mayores por serlo. Y la fobia se ejercita cada vez con más arranque que el twerking. Gracias a ella, la sabiduría de los años ha pasado a convertirse en la pesada decadencia del cuerpo. Los abuelos se deshumanizan porque se intenta anteponer la lógica del pragmatismo haciéndonos, a mi entender, un poco más psicópatas cada día. Y solo la agilidad, la digestión hábil del estímulo, alarga la caducidad del pasaporte. Por eso los anuncios lucen a ancianos dominando el Instagram o jugando mejor que los nietos a la Play, porque solo así adquieren puntos para no ser material defectuoso. Sin actualización posible.

Desfilar con la banderita subconsciente (hay quien con total conciencia) del maltusianismo es fácil de defender cuando no te sabes parte de la remesa por desechar. ¿Cuántas veces habré oído, antes de la pandemia, que la cremación de los viejos en España era la senda más propicia para que los conservadores dejaran de tener poder en este país? Pues otras tantas como que los miles de mayores muertos por coronavirus a lo mejor, conseguían convertir esa pensión que ahora me la trae al pairo en una realidad para los que todavía son jóvenes…

¿Os acordáis de las Cabinas de Suicidio en Futurama? No andan tan lejos en algunos Estados

Hay que joderse con el personal. La sagacidad de la gente para encontrar en la crueldad una respuesta diestra a los problemas compite con la carta a los Reyes Magos de Mengele. Para no perder el tiempo con los viejos lo mejor es cargárselos. Y conjurar un covid crapuloso, o el ictus por pena y soledad, se presenta como una respuesta a manos limpias. El Poncio Pilatos de la gerontofobia tirando de embrutecida esterilidad.

Pero bueno, la receta puede que no llegue a tiempo. Que los ancianos duren demasiado y la metamorfosis verde tenga que traer más madera, que es la guerra. Se empieza por Eduardo Casanova diciendo que es un error egoísta traer críos al mundo y se acaba diciendo que es un error mantenerlos en él. De momento, de entre los que se mantienen, más conviene deshacerse de los que ya no pueden picar oficina como la mayoría, aunque fueran quienes hicieran las zanjas sobre las que se yerguen.

¿Os acordáis de las Cabinas de Suicidio en Futurama? No andan tan lejos en algunos Estados. En particular, aquellos que, en una especie de perverso puritanismo práctico, han entendido que el valor comercial del sufrimiento y la muerte llegará a superar pronto al del sexo y el placer. Suiza, sin ir más lejos, ya promociona el suicidio asistido y hasta ha desarrollado una moda turística para llevarlo a cabo. Ray Loriga lo trata en su último libro, para quien le interese.

Foto: Foto: EFE/Andreu Dalmau.

Lejos de mí negar ese impulso libre, aflorado en particulares circunstancias, que Alejandra Pizarnik dejó gloriosamente escrito en su último poema: "No quiero ir/ nada más/ que hasta el fondo". Pero, mucho me temo, que es inquietante, como la tecnocracia parece empeñada en avanzar hacia una automatización de la sensibilidad y los deseos. Una autopista donde los seres humanos seamos máquinas esquemáticas a las que se les reserva solo la euforia previa a la muerte, como en un viaje de DMT.

Mi tía Meyes, quien vivió muchos años en África del Oeste, me contó una vez un dicho que oyó ocasionalmente. Venía a decir algo así como: "Vosotros los occidentales lloráis la muerte de un niño que no ha sido lo que queríais. Mientras que nosotros, en África, lloramos la muerte de un anciano porque es una biblioteca que se pierde". Sin denostar el drama de los infantes, no estaría mal hacer caso al aforismo. Derribar esa creciente gerontofobia con paciencia. Y, carajo, sin querer caer en papanatismos bien queda, ¡procurar no vender la muerte tan fácil! Que ya se encarga ella sola de saludar. En su mayoría, a los menos afortunados…

Todavía miro al pasado por el lado de la ampliación de los prismáticos, en vez de al contrario, que es el lado por el que dicen que comienzas a mirar pasados los años. A mi alrededor hay quien asegura que debí de nacer viejo, pero lo cierto es que no lo soy. Estoy bien lejos de serlo. Muchos me ven carca porque me desencanto de las redes sociales, no estoy en la onda, ni de lejos, me gusta llevar botas y gabardina antes que chándal y New Balance, escribir a mano y renuncio bastante de los videojuegos. Con todo, siento que me adapto fácilmente a los cambios, que me despreocupa disfrazar las canas y ni me planteo planchar arrugas. Fumo y bebo como si los pulmones y el hígado no tuvieran tiempo muerto y hasta cometo la imprudencia de asegurar que me la trae al pairo cobrar, o no, una pensión. Ay, juventud ceniza, divino tesoro de la vanidad…

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