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'Elogio de la estupidez': un vodevil entre 'Jackass' y 'Friends' sobre el cuñadismo
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'Elogio de la estupidez': un vodevil entre 'Jackass' y 'Friends' sobre el cuñadismo

Darío Facal lleva a escena un retrato de nuestra confusión moral e ideológica inspirado en la obra ‘Bouvard y Pècuchet’ de Flaubert. Hasta el 27 de noviembre en las Naves del Matadero

Foto: Agus Ruíz y Mario Alonso en 'Elogio de la estupidez', de Darío Facal. (Coral Ortiz)
Agus Ruíz y Mario Alonso en 'Elogio de la estupidez', de Darío Facal. (Coral Ortiz)

Esta historia comienza “un domingo de verano, con un calor de las pelotas, 33 grados”, en un Madrid completamente desierto. Todo el mundo está pendiente de un partido de fútbol y en una calle, de pronto, aparecen dos hombres que se sientan muy cerca el uno del otro. Se llaman Mario y Agustín, los dos llevan el número cuatro y su nombre impreso en la espalda de sus camisetas del Atleti. No se conocen y hablan de estupideces. O sea, del destino y de la casualidad. Después, la cosa se pone interesante: “Si quieres subimos a casa y te invito a cenar algo. ¿Me estás tirando la caña? No, te estoy invitando a porros y a pizza. Entonces guay”.

Ni Agustín ni Mario saben que ya se encontraron por primera vez hace 140 años en el bulevar Bourdon de París, también desierto y también a 33 grados, y que son una versión libérrima y muy siglo XXI de dos personajes creados por Gustave Flaubert, dos imbéciles que el autor de Madame Bovary utilizó para masacrar los ideales burgueses de su tiempo en una novela publicada en 1881, un año después de su muerte, llamada Bouvard y Pècuchet, una obra en la que se inspira el director y dramaturgo Darío Facal para hablar de esa epidemia para la que no hay cura y que en España conocemos como cuñadismo. El montaje, llamado Elogio de la estupidez, se acaba de estrenar en las Naves del Español en Matadero, y Facal le toma prestado el título a Erasmo de Rotterdam, emulando a Bouvard y Pècuchet que, hartos de fracasar en todas las disciplinas y saberes, deciden terminar sus días copiando.

"La estupidez me parece uno de los grandes temas y de los más escurridizos de tratar porque es invisible y viene revestida de relevancia"

“La estupidez me parece uno de los grandes temas y uno de los más escurridizos de tratar porque es invisible, viene revestida de relevancia e inteligencia, y es escurridiza porque se interpone la propia estupidez de quien intenta analizarla”, explica Darío Facal en una conversación con este diario tras un ensayo general de la obra, interpretada por Agus Ruiz, Bárbara Santa-Cruz, Mario Alonso y Ana Janer. El director se inspira en la novela de Flaubert y, concretamente, en su Estupidiario, porque el francés “no afronta la estupidez estereotipada en la que todos pensamos sino justo la contraria, la estupidez ilustrada que en España definimos con esa palabra preciosa, cuñadismo, en la que podemos incurrir todos sin darnos cuenta”.

Un vodevil entre Jackass y Friends

Después de la pizza y los canutos, Agustín se instala en la casa que le dejó a Mario en herencia su abuela, una casa convertida en un estercolero en el que los sillones de escay parecen barcos a la deriva en un mar de restos de comida, cajas de fideos chinos con pollo, bolsas vacías de patatas fritas receta clásica y receta campesina, botellines, tercios, el bote de galletas saladas, la foto de la abuela y las cajas de diazepam. Un universo abigarrado, saturado y lleno de cosas en el que Facal sitúa una historia que se articula en torno a las conversaciones de los dos amigos en esa casa, a las que se suman Bárbara, la novia periodista de Agus, y Noa, la chica que Mario conoce en Tinder y con la que aspira a abandonar el desierto sexual que es su vida.

placeholder Ana Janer y Mario Alonso. (Coral Ortiz)
Ana Janer y Mario Alonso. (Coral Ortiz)

Conversaciones, raves, pajas y polvos que se suceden en escenas rápidas, algunas tan cortas como una story o un reel de Instagram, y que beben de esa tradición de sitcom televisivas que tienen el salón o el sofá como escenario principal —Friends, Big Bang Theory, Padre de familia— a las que Facal incorpora sus referentes cinematográficos y de comedia: Jackass, el cine de Tarantino, el slapstick y el humor de los Monty Python. Al mismo tiempo, el director recupera en esta obra el espíritu del vodevil de puertas tan habitual en el teatro del siglo XIX, con personajes que entran y salen todo el tiempo y, de paso, también rinde homenaje a Juan Mayorga, con quien comparte querencia por la metaficción: “Me tengo que ir, en serio, que mañana…/Mañana, qué./Mañana tengo que entrevistar a Juan Mayorga./¿Juanma qué…?/ Yorga./¿Yorga?/Un dramaturgo muy bueno./¿Dramaqué?/ Turgo. Escribe teatro./¿Teatro? ¿Eso todavía se sigue haciendo?”.

Conversaciones, 'raves', pajas y polvos que se suceden en escenas rápidas, algunas tan cortas como una 'story' o un 'reel' de Instagram

Todo es barroco en este montaje, todo es excesivo, todo está saturado: los referentes, los homenajes, los temas, la puesta en escena. Un barroquismo que simboliza también ese contenedor sobresaturado de opiniones que abrimos continuamente en las redes, con amigos, en la barra del bar o en las cenas de Navidad. Excepto de Dios, la guerra de Ucrania, el covid y la crisis climática, los personajes de Elogio de la estupidez hablan de todo: de feminismo, patriarcado, nuevas masculinidades y de los ofendiditos (que diría Lucía Lijtmaer), de la cultura de la cancelación, el lenguaje inclusivo, el culto a la imagen, los followers, los likes, las criptomonedas, los bitcoins, los pódcast, la ansiedad y sobre cuánto tiempo hay que dejar pasar antes de contestar un mensaje de WhatsApp de la chica que te gusta, no se vaya a venir arriba. Pero Facal no profundiza en ningún tema, no se detiene, va tan deprisa como el trending topic del día y arma un batiburrillo de opiniones que coloca en la esfera privada, en ese salón (el de los personajes y el nuestro) en el que decimos cosas que quizá luego no nos atrevemos a decir en Twitter. Y, si los personajes de Flaubert se entregaban al aprendizaje de saberes y disciplinas tan variopintas como la horticultura, el paisajismo, la historia o la técnica de destilación de licores, los de Darío Facal se alimentan de todo el catálogo de autoayuda para dummies. La obra, admite su autor, es a la vez “un canto de amor y desprecio hacia el cuñadismo internacional, la ignorancia y la necedad humana”.

Toneladas de clichés

Facal, que dio el salto como director con la puesta en escena de obras como Las amistades peligrosas, El burlador de Sevilla o El corazón de las tinieblas, apuesta por la sátira por primera vez en su trayectoria, con un código de comedia que se mueve entre lo ridículo y lo grotesco, y juega a la acumulación porque “la estupidez es eso, es un cúmulo de clichés, de personas repitiendo frases supuestamente inteligentes todo el día en las redes sociales, esa esfera poética y política en la que vivimos diariamente. Toda esa acumulación tiene que ver con la cultura de masas, la televisión, Instagram, los canales de YouTube o el periodismo, y todo ese cúmulo de estereotipos era la única forma que tenía de poder mostrar esa estupidez invisible en la que nadamos diariamente y que parece estar investida de inteligencia”.

placeholder Agus Ruiz y Bárbara Santa-Cruz. (Coral Ortiz)
Agus Ruiz y Bárbara Santa-Cruz. (Coral Ortiz)

No solo los temas que nutren los diálogos de la obra están plagados de lugares comunes, también sus personajes son arquetípicos: Agus es el típico heteruzo guapo y flipado, sin ganas de trabajar, subido todo el día al skate, a la tabla de surf (por el pasillo) y a la ola del bitcoin, el póker online y las criptomonedas. Mario es un pagafantas, un tipo que se siente solo, que no liga, que siempre huele a comida porque curra en un Burger King, con poca educación emocional y menos curiosidad intelectual. Bárbara trabaja como periodista cultural, es feminista, va de tía independiente y se cuelga, dice, del más “heterobásico”, uno de esos tíos, Agus, con el que no coincide en nada, pero con el que se lo pasa estupendamente en la cama. Y Noa, la chica que Mario conoce en Tinder, es la que más claro tiene de qué va todo esto —la narrativa, la foto, el copy, el claim y el engagement— y, esa noche en que conoce a Mario, ella le cuenta que sueña con ser influencer y que él le gusta porque no habla, “yo odio escuchar, es todo lo puto mismo todo el mismo puto rato. Nunca escucho a los demás porque me aburren con sus movidas, son siempre igual, están tristes, deprimidos, no tienen pasta, joder, eso ya nos pasa a todas y todos y todes, y, cuando tenemos curro, estamos explotados y nada es suficiente y bla, bla, bla… Así que no me gusta escuchar y tú no hablas y por eso me estás gustando un montón, porque eres diferente a todos los demás”.

Facal se ríe de la estupidez de sus personajes, pero no los demoniza, los muestra tan confundidos y vulnerables como él mismo

Darío Facal se ríe de la estupidez de sus personajes, pero no los demoniza, los muestra tan confundidos, tan desorientados y vulnerables como él mismo, como su generación, en un montaje que, frente a su barroquismo argumental, es más austero en el despliegue de recursos audiovisuales marca de la casa. Los actores de Elogio de la estupidez usan micrófonos de mano, sello del teatro de Facal (y del que se ríe colando un micro gigante en la obra), pero hay una sola escena de música en directo y la presencia de pantallas es casi testimonial. Y, si Ana Janer, Bárbara Santa-Cruz y Agus Ruiz hacen un trabajo solvente en una obra de coreografía compleja, lo que hace Mario Alonso en esta obra es extraordinario: brilla cada vez que aparece en escena, con texto o sin él, con un trabajo en el que solo vemos al personaje y no al actor.

Elogio de la estupidez. Texto y dirección: Darío Facal. Intérpretes: Agus Ruiz, Bárbara Santa-Cruz, Mario Alonso y Ana Janer. Hasta el 27 de noviembre en las Naves del Español en Matadero, Madrid.

Esta historia comienza “un domingo de verano, con un calor de las pelotas, 33 grados”, en un Madrid completamente desierto. Todo el mundo está pendiente de un partido de fútbol y en una calle, de pronto, aparecen dos hombres que se sientan muy cerca el uno del otro. Se llaman Mario y Agustín, los dos llevan el número cuatro y su nombre impreso en la espalda de sus camisetas del Atleti. No se conocen y hablan de estupideces. O sea, del destino y de la casualidad. Después, la cosa se pone interesante: “Si quieres subimos a casa y te invito a cenar algo. ¿Me estás tirando la caña? No, te estoy invitando a porros y a pizza. Entonces guay”.

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