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Los monos juegan con coches y las monas con muñecas: la lección primate sobre el género
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Los monos juegan con coches y las monas con muñecas: la lección primate sobre el género

El nuevo libro del primatólogo de fama mundial Frans de Waal se atreve a adentrarse en las más actuales y espinosas controversias

Foto: Un chimpancé, con juguetes. (EFE/Rhona Wise)
Un chimpancé, con juguetes. (EFE/Rhona Wise)

Puede usted mismo hacer la prueba, aunque no es muy recomendable. Elija una muñeca y regálesela a un primate para que juegue. Puede ser un simio —un chimpancé, un bonobo, un gorila, un orangután— o puede ser un mono. El que más le guste, todos son parientes evolutivos nuestros muy cercanos y el resultado será invariable. Si es un macho joven, en fin, adiós muñeca. La despedazará rápidamente. Tal vez para mirar qué tiene dentro. Tal vez al disputársela con otros machos. En cualquier caso, diferentes experimentos han demostrado que una muñeca, peluche o similar no dura gran cosa en manos de un antropoide macho. ¿Y si es hembra? Se hará cargo de la muñeca, la cuidará, la acicalará, la protegerá. No se desprenderá de ella. Vale, de acuerdo, pero entonces, ¿qué juguete le reglamos a un chimpancé macho el día de su cumpleaños? Un coche. Les flipan los trastos con ruedas.

"Se dice que socializamos a los niños y las niñas a través de los juguetes que elegimos para ellos. Al proyectar nuestros prejuicios en los juguetes, moldeamos sus roles de género. La idea es que los niños son como pizarras en blanco que se llenan con lo que les llega de su entorno. Pero si bien es cierto que muchos aspectos del género vienen definidos culturalmente, no siempre es así. Judith Harris, una psicóloga estadounidense disidente, veía la influencia de los progenitores como una mera ilusión confortadora. En su libro de 1998, 'El mito de la educación', lo expresaba así: 'Sí, los progenitores compran camiones para sus hijos y muñecas para sus hijas, pero quizá tengan una buena razón, quizá sea lo que los niños quieren".

placeholder 'Diferentes', de Frans de Waal. (Tusquets)
'Diferentes', de Frans de Waal. (Tusquets)

Así arranca el último libro de la mayor eminencia mundial en simios, monos y demás parientes, el primatólogo holandés Frans de Waal (1948). Después de publicar centenares de artículos científicos en las publicaciones más prestigiosas, de que sus libros sean traducidos a más de veinte idiomas, de ser elegido una de las cien personalidades más influyentes del mundo, ahora se atreve a adentrarse en las más actuales y espinosas controversias en 'Diferentes. Lo que los primates nos enseñan sobre el género' (Tusquets, 2022). Y es que De Waal ha observado con sus propios ojos cómo juegan sus queridos monos y lo tiene claro. Ellos juegan con coches, ellas con muñecas.

Madres feroces

El peor día de la carrera de Frans de Wall fue cuando una mañana se encontró a Luit en un charco de sangre en el zoo. Poco después murió en la mesa de operaciones. Luit era un chimpancé simpático y amigable al que otros dos machos habían tendido una emboscada la noche anterior y le habían matado a golpes y mordiscos. Aunque aquello afectó profundamente al primatólogo, en realidad no le sorprendió. Hay suficiente documentación que demuestra que, en su medio natural, los chimpancés machos pueden ser tremendamente agresivos y las muertes por palizas salvajes son frecuentes. También deliberadas. No sería un exceso calificarlas de 'asesinatos'.

Hasta el macho más grande sabe que toda madre se convertirá en un huracán furioso si osa levantarle un dedo a su progenie

"La agresión de alta intensidad entre machos tiene un equivalente femenino", explica De Waal. "Pero las circunstancias que suscitan la ira femenina son muy diferentes. Hasta el macho más grande sabe que toda madre se convertirá en un huracán furioso si osa levantarle un dedo a su progenie. Se volverá tan ferozmente inmune a la intimidación que nada la detendrá. La ferocidad con la que una madre chimpancé defiende a sus crías supera con creces la que invierte en defenderse a sí misma. La protección maternal es un rasgo mamífero tan universal que hacemos chistes sobre el tema, como cuando la candidata a la vicepresidencia estadounidense Sarah Palin se describió a sí misma como una mamá grizzly".

placeholder Frans de Waal. (TED)
Frans de Waal. (TED)

Aceptémoslo, la danza entre el sexo (la división biológica entre machos y hembras) y el género (la división cultural entre lo masculino y lo femenino) es tremendamente compleja, cuajada de mitos y clichés, y aunque resulte polémico y un tanto perturbador acudir al mundo animal para comprendernos mejor a nosotros mismos, las iluminaciones relampaguean cuando lo hacemos y muchas falacias se esfuman. Nos condiciona nuestra cultura, pero también nuestra herencia biológica, y no es sencillo mediar el poso de una y otra. De Wall es categórico. Ha llegado el momento de que arrojemos al basurero el mito de la mayor impulsividad sexual masculina, de que la homosexualidad es una acuñación humana (se ha detectado en más de cuatrocientas especies). O de que la elección lúdica de nuestros hijos es una imposición social.

Sororidad bonobo

Los chimpancés son agresivos, pero los bonobos, cuya apariencia es casi igual solo que más pequeños, son justo lo contrario. Hasta tal punto que se han convertido en un motivo recurrente en el discurso feminista actual como "la última esperanza de la humanidad". Los bonobos son pacíficos, amistosos, muy sociables y se entregan al sexo en todas las combinaciones imaginables, aunque su preferida es la cópula de hembra con hembra, que articula una innegable sororidad femenina. Se abrazan, frotan a toda velocidad sus vulvas y sus larguísimos clítoris, gimen, gritan y se ríen y forjan así alianzas femeninas dominantes que no sería aventurado calificar de 'matriarcado'.

placeholder Bonobas en el zoo de Colonia, Alemania. (EFE/EPA/Sascha Steinbach)
Bonobas en el zoo de Colonia, Alemania. (EFE/EPA/Sascha Steinbach)

Tanto el chimpancé como el bonobo se hallan a la misma y muy reducida distancia genética del ser humano, solo que en lados opuestos. Uno es violento y 'machista, el otro pacífico y 'feminista'. ¿A quién queremos parecernos? Frans de Waal es prudente: "La existencia de los bonobos se toma como prueba de que la dominación masculina no viene programada de fábrica en nosotros. No tengo nada que objetar a esta conclusión siempre que no olvidemos que tenemos un pariente igualmente próximo, el chimpancé, que es muy diferente. Cada antropoide tiene sus especializaciones únicas, lo que dificulta la extrapolación directa de su conducta a la nuestra. Lo mejor es una comparación triangular entre nosotros y nuestros parientes más cercanos para ver qué tenemos en común y en qué diverge cada uno".

Puede usted mismo hacer la prueba, aunque no es muy recomendable. Elija una muñeca y regálesela a un primate para que juegue. Puede ser un simio —un chimpancé, un bonobo, un gorila, un orangután— o puede ser un mono. El que más le guste, todos son parientes evolutivos nuestros muy cercanos y el resultado será invariable. Si es un macho joven, en fin, adiós muñeca. La despedazará rápidamente. Tal vez para mirar qué tiene dentro. Tal vez al disputársela con otros machos. En cualquier caso, diferentes experimentos han demostrado que una muñeca, peluche o similar no dura gran cosa en manos de un antropoide macho. ¿Y si es hembra? Se hará cargo de la muñeca, la cuidará, la acicalará, la protegerá. No se desprenderá de ella. Vale, de acuerdo, pero entonces, ¿qué juguete le reglamos a un chimpancé macho el día de su cumpleaños? Un coche. Les flipan los trastos con ruedas.

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