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Un verano de cine IV: la comedia sexual de mi noche en el pueblo
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CRÓNICAS ESTIVALES

Un verano de cine IV: la comedia sexual de mi noche en el pueblo

Ahora que truena, volvemos a los pueblos. No está de más recordar por qué el verano en interior vale la pena por sí mismo

Foto: 'Primos' (Daniel Sánchez Arévalo,2011)
'Primos' (Daniel Sánchez Arévalo,2011)

Todas las cosas de las que nos avergonzábamos regresaron después triunfantes: las gafas de ver redondas, los brakets, los pantalones altos, los zuecos de mamá. Parafraseando al Woody Allen de ‘Delitos y faltas’ (1989), la moda es vergüenza más tiempo. Alrededor de mis 14 años, yo, buen estudiante, cateé cuatro asignaturas por no ponerme en clase las gafas de señor Barragán que luego lucían con orgullo los hípsters del año 2010. Mi madre me obligó a estudiar en un despachito de 16 a 19, todos los días: es así como afiancé el vicio de la lectura, cambiando ladinamente el libro de química por ‘Demian’ o ‘Hermosos y malditos’. Salí ganando.

Durante un tiempo el pueblo fue también algo de los que avergonzarse. Existían Londres y Nueva York y nosotros, niños de los 80, que vimos incluso asfaltar las calles de Villa-lo-que-sea en aquellos larguísimos veranos de flash y monopatín, decidimos lanzarnos al cosmopaletismo. El pueblo era ese no-lugar del que partía Paco Martínez Soria para llegar a Madrid con la gallina bajo el brazo (‘La ciudad no es para mí’, Pedro Lazaga, 1966). Después del atracón de ‘Españoles por el mundo’ y ‘Viajeros Cuatro’, fuimos volviendo a casa de la abuela, felices de constatar que no hay nada mejor que lo malo conocido. Eso fue antes de ‘Feria’ y luego vinieron los libros y las películas a saldar la deuda, hasta el punto de pasarnos de frenada y hacer del pueblo la Arcadia de una generación perdida.

placeholder ‘Alcarràs’ (2022)
‘Alcarràs’ (2022)

Si estás un poco al loro del cine indie español, sabes de lo que hablo. No hay estudiante catalana de Barcelona que no salga con su película neorrural bajo el brazo. La alumna aventajada es Carla Simón: ‘Verano 1993’ (2017) y ‘Alcarràs’ (2022) son dos buenos ejemplos. Pero antes de que se nos llenara el verano en el pueblo de reflexiones sociológicas, Daniel Sánchez Arévalo había recuperado el ‘cool rural’ con ‘Primos’ (2011) en esa época en la que tú aún pensabas que lo más era un resort en Tulum. Escribo estas líneas desde Potes, no muy lejos de Comillas, y me parece estar viendo ahora a ese grupo de caraduras en chaqué bailando a los Backstreets Boys frente a la Torre del Infantado. Estoy a dos vinos de sumarme y a cuatro de creer que efectivamente están aquí.

placeholder ‘Call Me by Your Name’ (Luca Guadagnino, 2017)
‘Call Me by Your Name’ (Luca Guadagnino, 2017)

Habrá quien tuerza el morro y piense que Potes y Comillas se parecen como un huevo a una castaña, pero os aseguro que para un andaluz todo esto es una cosa y la misma: es Norte. Y si fuerzo un poco más la imaginación, puede que este senderito entre pedanías cántabras me lleve hasta Moscazzano, Cremona, donde Elio y Oliver hacen manitas bajo la mesa del café. A los más acérrimos defensores del verano en la costa conviene juntarlos en una barraca y proyectarles ‘Call Me by Your Name’ (Luca Guadagnino, 2017) para que entiendan las posibilidades del interior. Aunque no sea realmente sencillo dar con Armie Hammer en tu zona ni nos llegue el presupuesto para esa casona tipo Palladio que, por cierto, estuvo en venta poco después del rodaje: 1,7 millones pedían por ella, sin Timothée dentro.

Pero no hace falta apelar al ‘buen cine’ (¿qué es eso, señor?) para loar el bucólico verano de pueblo, en interior y rodeado de verde. Cualquiera que enchufe Antena 3 o La 1 tras el salmorejo puede hacerse una idea. Si tuviera tiempo dedicaría un monográfico a las ‘pelis de tarde’. Su éxito se asienta en la repetición extenuante de patrones, lo que permite seguirlos en piloto automático. Si te duermes cuando la chica de ciudad acaba de decorar su nuevo hogar junto al lago, sabes positivamente que te despertarás justo para el beso con el granjero.

placeholder ‘La comedia sexual de una noche de verano’ (Woody Allen, 1982)
‘La comedia sexual de una noche de verano’ (Woody Allen, 1982)

Me gustan esas casitas de postal alpina. Las rosaledas, las enredaderas, los utensilios de latón y las ñoñerías varias. Es quizás mi yo sureño revelándose. En verano, toda casita de campo ligeramente apartada del pueblo tiene algo de dacha chejoviana: allí se le da al amor y las disquisiciones, se lucen vestidos vaporosos y sombreros de paja. Puede ser ‘La comedia sexual de una noche de verano’ (Woody Allen, 1982) o ‘Belle époque’ (Fernando Trueba, 1992). No hay romance más bonito que el que se ejecuta entre lechugas y berzas. Por más que el común de los veraneantes aspire a hacer escorzos en una barquita en Capri, lo que sucede en un anuncio de Dolce & Gabbana es irreproducible en la vida real. También lo es, a decir verdad, aquel revolcón de Marcello Mastroianni y Sophia Loren en ‘Los girasoles’ (Vittorio de Sica, 1970), tras el cual es posible que pasaran el resto del mes extrayendo púas. Cada cual elige su fantasía sexual incómoda en este caso: hay quien prefiere rebozarse en la arena y quien hacer de faquir entre los cantos de las eras.

Y hay quien, a pesar de tener a Elisabeth Taylor en frente y una buena propiedad sureña, no está para cachondeo. Hablo, claro está, de Paul Newman y ‘La gata sobre el tejado de cinc’ (Richard Brooks, 1958). Es de esas películas que a los 20 conquista por sus protagonistas y pasados los 35, por su historia. Hay que a haber vivido algo para no quedarse exclusivamente en la pura belleza animal. Esas incursiones de los 50 de Paul Newman en el 'deep south' (‘El largo y cálido verano’, ‘Dulce pájaro de juventud’…) hubieran requerido de alguien ligeramente más feo para que le prestáramos la atención debida a lo deletéreo de la trama.

placeholder ‘Quemado por el sol’ (Nikita Mikhalkov, 1994)
‘Quemado por el sol’ (Nikita Mikhalkov, 1994)

La película más maravillosa y a la vez terrible sobre este tipo de verano chejoviano es ‘Quemado por el sol’ (Nikita Mikhalkov, 1994). Un cruce entre Turguénev y Grossman. Narra el descanso en una dacha ideal de un héroe de guerra estalinista y todo transcurre con la mayor de las ligerezas posibles, entre largos campos de grano y baños y manoseos en el río semejantes a los de ‘Gato negro, gato blanco’ (Emir Kusturica, 1998). Un preludio de belleza incomparable tras el que se agazapa el terror. Porque el verano no es excluyente de la tragedia, el horror y hasta el gore, como sabemos desde la saga ‘Sé lo que hicisteis…’ (1997-2006) o, más recientemente, ‘Midsommar’ (Ari Aster, 2019).

placeholder ‘El hombre tranquilo’ (John Ford, 1952)
‘El hombre tranquilo’ (John Ford, 1952)

En ‘Cinema Paradiso’ (Giuseppe Tornatore, 1988), Totó pasa media peli expulsando al pequeño Salvatore del pueblo: “Este pueblo está maldito. ¡Vete!, vete y no vuelvas nunca. Y si algún día te da la nostalgia y regresas, no me busques. No toques a mi puerta porque no te abriré. Busca algo que te guste, y hagas lo que hagas, ámalo; como amabas la cabina del Cinema Paradiso cuando eras niño”. Tal vez nos hemos precipitado en volver al pueblo. Nos hemos acordado de él ahora que truena: somos irremediablemente turistas y nos volveremos a marchar en cuanto podamos. Pero al pueblo habría que volver una sola vez en la vida, cuando sintamos la vocación. Regresar por convicción, no por temporada, instalarnos y buscar activamente mujer. Ser Sean Thornton en ‘El hombre tranquilo’ (John Ford, 1952), recio y determinado, de vuelta de todo, y asomarnos con una espiga en la comisura a la casa de los antepasados. ¿Quién no tiene un ‘Blanca Mañana’? ¿Y en qué pueblo no hay un bar donde cantar y buscar camorra? Cuando me canse de todo esto, buscadme entre el arroyo y la capilla. Vestiré gorra de tweed y habré colgado los guantes de boxeo.

Todas las cosas de las que nos avergonzábamos regresaron después triunfantes: las gafas de ver redondas, los brakets, los pantalones altos, los zuecos de mamá. Parafraseando al Woody Allen de ‘Delitos y faltas’ (1989), la moda es vergüenza más tiempo. Alrededor de mis 14 años, yo, buen estudiante, cateé cuatro asignaturas por no ponerme en clase las gafas de señor Barragán que luego lucían con orgullo los hípsters del año 2010. Mi madre me obligó a estudiar en un despachito de 16 a 19, todos los días: es así como afiancé el vicio de la lectura, cambiando ladinamente el libro de química por ‘Demian’ o ‘Hermosos y malditos’. Salí ganando.

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