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Un verano de cine III: ni te cases ni te embarques con Alain Delon
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CRÓNICAS ESTIVALES

Un verano de cine III: ni te cases ni te embarques con Alain Delon

Navegar en alta mar o por las islas nos hace evocar romance y placidez. Pero también el crimen acecha entre cabos y velas. De 'A pleno sol' y 'La dama de Shanghái' a 'La reina de África', surcamos océanos, lagos y ríos

Foto: Alain Delon en 'A pleno sol'
Alain Delon en 'A pleno sol'

La gente tiene un concepto equivocado de la navegación a vela. Es lo que hace a tu novia o tu mejor amigo desear que acabe pronto -la cabeza hundida por la borda- lo que antes te pedía con tanta insistencia: “Please, llévame al barco”. Por regla general, el que más expectativas tiene es el que justo se marea.

Aun así, salvados esos malentendidos, la vela, la navegación en general, es unánimemente considerada una de las bellas artes estivales. En Barcelona, en Madrid o en Puertollano, la gente se visualiza en febrero a bordo de un charter, haciendo eses por las islas griegas, bajando por las tardes a puerto para rebanar erizos de mar junto a ‘Zorba el griego’ (Michael Cacoyannis, 1965), bailando el "sirtaki" como si no hubiese un mañana. Como todos hemos visto ‘Mamma Mia’ (Phyllida Lloyd, 2008), me ahorro los detalles.

Un velero ofrece poco margen para las tres unidades de la dramaturgia aristotélica

El cine tiene un poder inmenso a la hora de ‘resignificar’ (detesto el palabro) nuestras experiencias. Después de ver ‘Tiburón’ (Steven Spielberg, 1975) cuesta al menos un par de semanas irse para lo hondo. Desde hace tiempo, los guionistas están empeñados en restarle cualquier tipo de placer a esto de soltar amarras y surcar los mares “al alba, con viento duro de levante”, que decía el ministro de la más alta ocasión que vieron los españoles del XXI.

Ante un barco, los guionistas colapsan. Un velero ofrece poco margen de maniobra para las tres unidades de la dramaturgia aristotélica. Por tanto, tras devanarse los sesos, rendidos, asumen que no queda otra opción, sino incluir un asesinato. ¡Qué manía con que la gente se mate en los barcos!

placeholder A pleno sol (1960)
A pleno sol (1960)

El crimen marinero que más nos pone, hasta el punto de que más de una se arriesgaría a embarcarse con él, lo comete el Tom Ripley de Alain Delon en ‘A pleno sol’ (René Clément, 1960). Hablamos de él, y no de la versión de Matt Damon, por lo chocante del caso. Un Ripley con esa facha y esas hechuras no parece que pueda codiciar nada de su amigo Greenleaf. Si este, con esos ojazos, ha cometido un crimen, ¿qué no tendré que hacer yo para medrar en la vida?

Alain Delon es un tipo enigmático, está claro. Le cuadraría muy bien aquel título que interpretó y dirigió Marlon Brando por las mismas fechas: ‘El rostro impenetrable’ (1961). No conviene embarcarse con Alain, pero tampoco casarse o emparejarse. Véase cómo le va a Romy Schneider en ‘La piscina’ (Jacques Deray, 1969), película bastante sobrevalorada por cierto. Cuentan, de hecho, que Serge Gainsbourg, tan liberal para todo, iba mosca en el rodaje por si Alain le levantaba a su veinteañera Jane Birkin.

placeholder Calma total (1989)
Calma total (1989)

A pesar de la fantasía que te hayas creado en las largas horas de invierno, no es buena idea extenderse cuan larga es una a tomar el sol en la banda de un velero. El crimen pasional ronda el barco y eso puede darse con solo dos tripulantes, pero a los guionistas les gusta especialmente jugar a los tríos en la mar. Roman Polanski lo explica bien en ‘El cuchillo en el agua’ (1962) y Phillip Noyce contó algo semejante en ‘Calma total’ (1989). Lo habitual en estos casos es que el tercero en discordia, comido de envidia, escuche gemiditos de pareja en el camarote e incluso advierta un tobillo que se retuerce de placer. Un buen velero excita todos nuestros celos mundanos: queremos el barco, la chica y el jersey de punto del patrón. Y lo queremos ya.

Para embarcarla rumbo a Acapulco, rodeada de señores tullidos y aviesos, Orson Welles sajó los blondos cabellos de la gran Rita Hayworth. 'La dama de Shanghái' (1947) es una joya del malestar, marea y sacude. “Por supuesto, matarte a ti es matarme a mí, pero ¿sabes? Estoy bastante cansado de los dos”.

placeholder La Dama de Shanghái (1947)
La Dama de Shanghái (1947)

Seguramente, al embarcaros en estas líneas pensarais en una travesía más placentera, con la sintonía de ‘Vacaciones en el mar’ (Douglas S. Cramer, 1977) de fondo. Procuraré enmendarlo de aquí al final del artículo, empezando por 'Las tres noches de Eva' (Preston Sturges, 1941), una de esas 'screwball comedies' que merecemos, con Barbara Stanwyck y Henry Fonda. Ella es más viva que una lagartija y él, el clásico profesor chiflado con la cabeza en las nubes, millonario como no podía ser menos. Antes de enamorarse, ella lo despluma a bordo de un crucero, pero el amor restituye con intereses lo afanado.

Si no fuera posible aspirar a un velero, elegiría hoy mismo una motorcilla modesta con la que escapar de la civilización junto a una chica liberal (‘Un verano con Mónica’, Ingmar Bergman, 1953). Cuando en España todavía se paseaba con carabina (y la carabina era todo el pueblo, como en aquella escena de ‘El padrino II’, Francis Ford Coppola, 1974), los suecos ya se ponían morados de fresas salvajes. Es una fantasía pelín machista, es cierto: aislar a tu enamorada en una islita desierta del Mar Báltico, ¡pero es mi fantasía, qué demonios! El gran Bergman se retiró largas temporadas a otra isla, la de Farö. La parisina Mia Hansen-Love sacó el año pasado una película en la que una pareja de cineastas busca inspiración en ella.

placeholder Un verano con Mónica (1953)
Un verano con Mónica (1953)

Cuando las cosas se torcieron con Roberto Rossellini, otra Bergman, Ingrid en este caso, puso tierra de por medio y se enclaustró en la isla de Dannholmen. Ahí vive todavía uno de sus hijos, que en su época rivalizaba en belleza con Alain Delon. Lo visita otro miembro de la saga para el documental ‘Los Rossellini’ (Alessandro Rossellini, 2020), un filme un poco pasado de resentimiento.

Otra de mis fantasías más arraigadas pasa por un verano en Annecy. En torno a mis 20 años vi ‘La rodilla de Clara’ (Éric Rohmer, 1970) y desde entonces aspiro a un agosto trufado de flirteos con mujeres de distinta edad en un lago alpino: el plan es cogerle la mano a todas y no decidirme por ninguna. El pelo lustroso del protagonista ya lo tengo y el jersey por encima de los hombros es cuestión de echarle valor. Obviamente, el pack incluiría la pequeñita barca motora con la que se mueve de chalé en chalé, de embarcadero en embarcadero, y desde donde lanza la más irresistible de las proposiciones deshonestas: “Ven a mi casa, tengo buenos libros”. Si eso no te gusta, yo ya…

placeholder La rodilla de Clara (1970)
La rodilla de Clara (1970)

En una embarcación poco más grande huye del maníaco Robert Mitchum la familia del abogado Bowden en ‘El cabo del terror’ (J. Lee Thompson, 1962). Honor y gloria siempre a Robert de Niro, pero su interpretación de Max Cady (‘El cabo del miedo’, Martin Scorsese, 1991) es una pantomima comparada con la de Mitch. En este caso, en lugar de en un lago, la acción se desarrolla en el río y la pequeña península de Carolina del Norte, que da título al filme, Cape Fear. Si tuviera que contratar a un tipo para que le dé un buen susto a mis enemigos, en lugar de tres búlgaros, cerraría un trato con Mitchum.

placeholder La reina de África (1951)
La reina de África (1951)

Otro tipo duro durísimo, Humphrey Bogart, se deshace como un azucarillo al calor del amor imprevisto en otra travesía fluvial. La embarcación es una casucha destartalada, de esas que te imaginas en las novelas de Maqroll el Gaviero. Pero así y todo, si a bordo van Bogie -a quien ya se le supone marinería después de ‘Tener y no tener’ (Howard Hawks, 1944)- y la temperamental Katherine Hepburn, raro sería que naufragaran el barco y la película, que comparten nombre: ‘La reina de África’ (John Huston, 1951).

Huston dirigió en el 56 ‘Moby Dick’, pero esa es otra historia, que nos llevaría de ‘Capitanes intrépidos’ (Victor Fleming, 1937) a ‘Master and Commander’ (Peter Weir, 2003) siguiendo un derrotero entre las Especierías del buen cine marinero. Nosotros atracamos aquí, de regreso, a las islas griegas, donde comenzamos, en busca de ese pueblito fantasma lleno de mujeres que encuentran los soldados de ‘Mediterráneo’ (Gabriele Salvatores, 1991). Aprovechemos la ocasión, compartamos el pan y el vino (y la mujer el que quiera) de cara al sol que declina. Como dice el sargento Lo Russo: 'Chi vive sperando muore cagando!'.

La gente tiene un concepto equivocado de la navegación a vela. Es lo que hace a tu novia o tu mejor amigo desear que acabe pronto -la cabeza hundida por la borda- lo que antes te pedía con tanta insistencia: “Please, llévame al barco”. Por regla general, el que más expectativas tiene es el que justo se marea.

Steven Spielberg Mares Hollywood