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Un verano de cine II: cuando llega el calor, los chicos se echan a la carretera
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CRÓNICAS ESTIVALES

Un verano de cine II: cuando llega el calor, los chicos se echan a la carretera

Antes de que la gasolina estuviera por las nubes y nos auguraran el fin de las vacaciones, 'carretera' y 'libertad' eran sinónimos en el séptimo arte: de 'La escapada' a 'Thelma & Louise'

Foto: 'Amor a quemarropa', de Tony Scott (1993)
'Amor a quemarropa', de Tony Scott (1993)

He oído por distintas fuentes que estamos ante el último verano de nuestras vidas. Como en esos guiones de veinteañero becado en Los Ángeles, de un tiempo a esta parte todo son giros. Hay niños creciendo en un continuo ‘plot twits’, de modo que nada les sorprenderá a sus 30. Vendrán resilientes de serie, adaptados al cambio, flexibles y todo eso.

Hace poco se decía que tras la pandemia y la orgía puritana irrumpirían los Locos 20, seríamos más cachondos y los petardos dejarían de mirarlo todo con el ojo avieso de el ama de llaves de 'Rebeca' (Alfred Hitchcock, 1942) o la lente aumentada del bibliotecario de 'Top Secret!' (Abrahams y Zucker, 1984). "En 2028 estaremos hartos de esta ola de lo políticamente correcto y habrá una buena resaca", dice Tarantino.

Es preciso recordar que las vacaciones son una cosa artificial antes que natural

En cambio, la cosa parece torcerse y ahora toca quedarnos sin verano. O sin vacaciones, por ser precisos. Los sindicatos se han lanzado a defender el derecho a este último verano. Y hacen bien: moriremos con la sombrilla puesta. Se acostumbra uno tan rápido a lo que tiene, que ni siquiera se pregunta si alguna vez no existió. Pero es preciso recordar que esto de las vacaciones es una cosa sobrevenida, artificial antes que natural; es decir, no brota de los árboles. Lo inventaron algunos señores ricos, como todo lo que acaba llegando al pueblo llano. Y, además, es un invento bastante reciente.

placeholder Il sorpasso 1962
Il sorpasso 1962

Todos los pueblos, cuando salen de la miseria, inventan el turismo. En Italia eso sucedió en algún momento de finales de los 50 y principios de los 60. Dino Riso lo retrató magistralmente en 'La escapada' (Il sorpasso, 1962), donde Vittorio Gassman tienta con éxito a un jovencísimo Jean-Louis Trintignant -el pobre prepara en Roma sus exámenes de recuperación- para lanzarse a esas carreteras de Dios en un precioso Lancia Aurelia en busca de twist y sapore di sale. Risi diagnostica con increíble precocidad los peligros del tránsito a toda pastilla, del estoicismo a la languidez, del homo faber al homo ludens; ese despuntar del capitalismo narcisista que hacía a Pasolini, siempre provocador, decir en los 70: “¡Qué maravillosa era Italia durante el periodo fascista y justo después!”.

placeholder El Puente, Juan Antonio Bardem,1977
El Puente, Juan Antonio Bardem,1977

En España, lo más parecido lo encontramos en 'El puente' (Juan Antonio Bardem, 1977), donde Alfredo Landa, plantado por la novia, pone rumbo a Torremolinos en su moto, ‘la poderosa’, para aprovechar entre suecas sus 60 horas libres. En el camino descubrirá hasta qué punto el desarrollo de un país es una cosa desigual y apareja el fin de la inocencia.

En toda road movie que se precie hay un progreso hacia la toma de conciencia, ya sea de la coyuntura moral de un país ('Green Book', Peter Farelly, 2018), de nuestra situación personal o de ambos. Piensen en 'Thelma & Louise' (Ridley Scott, 1991), donde cada kilómetro recorrido a bordo del Thunderbird se expresa en términos de conquista de la libertad. Dudo que ni Thelma ni Louise llegaran tan lejos en el momento actual, con el brent por las nubes y el angelito woke susurrándoles en la oreja: “hija mía, no hace falta irse tan lejos, se puede cambiar de vida sin dejar tanta huella ecológica”.

placeholder Thelma & Louise, Ridley Scott, 1991
Thelma & Louise, Ridley Scott, 1991

Esto del roadtrip tiene trazas de desaparecer tal y como lo conocemos. Durante décadas, el coche representó la independencia y la libertad del american way of life. Como el Colt, pero con menos sangre de por medio. De 'Easy Rider' (Dennis Hopper, 1969) a 'On the Road' (Walter Salles, 2012), habría que calcular minuciosamente el impacto ambiental, la factura de querer ser un beatnik. Fucking beatniks!, diría el Brad Pitt de 'Érase una vez en… Hollywood' (Quentin Tarantino, 2019).

De todos modos, una buena road movie no depende de la cantidad de kilómetros recorridos. Tampoco del número de experiencias atesoradas, de la suma total de checks. Nada que ver con un anuncio de Estrella Damm, donde el verano del prota suele abarcar lo que toda tu vida: en el de este año, el tipo se enfrenta a un oso pardo, pedalea, pesca y hasta monta un trío en una caravana. Como Álex Supertramp ('Hacia rutas salvajes', Sean Penn, 2007) pero con final feliz. O, mejor aún, como 'Y tu mamá también' (Alfonso Cuarón, 2001) pero dando un rodeo de la leche para acabar donde todos queremos: en el catre.

placeholder Hacia rutas salvajes, Sean Penn, 2007
Hacia rutas salvajes, Sean Penn, 2007

En una de mis road movies favoritas el viaje no ocupa más de 5 kilómetros. Dieciocho tíos, de los cuales todos menos uno se llaman Frank, acuerdan solemnemente abandonar su barrio en Helsinki en busca de El Dorado, que no es sino el barrio contiguo: “Todos hemos oído hablar a nuestros padres y abuelos de Eira, un lugar al otro lado de la ciudad donde las calles son amplias y el aire es suave y fresco”. Verlos hacer el cafre en esta migración interurbana me hace mucha gracia, la verdad. Antes de que se me olvide: la peli es 'Calamari Union' (Aki Kaurismäki, 1985). De nada.

Puesto que es nuestro último verano, quememos goma, apuremos el depósito

Pero volvamos a la carretera. Puesto que es nuestro último verano, quememos goma, apuremos el depósito. Rápido y furioso, que dicen los latinos. Los chavales no suelen tener mucho remordimiento en ello; no saben lo que vale un galón. Por eso, una vez cierran la taquilla del instituto, emprenden locos viajes en coche para enamorar a una chica de California Este o para evitar a toda costa que la novia actual se entere de ciertas miserias ('Viaje de pirados', Tod Phillips, 2000). Otros, ponen rumbo al Viejo Continente ('EuroTrip', Jeff Schaffen, 2004), un lugar que, por lo que sea, les resulta extremadamente sexy a los americanos. Ellos piensan de nosotros lo mismo que nosotros de ellos: que allí es más fácil.

Un simple viaje de fin de curso, aunque sea tan poco excitante como regresar a casa, puede plantar una semillita crucial en el devenir de nuestro futuro sentimental. Al primer minuto de Cuando 'Harry encontró a Sally' (Rob Reiner, 1989) ya sabemos que esos dos de ahí que se llevan a matar y se pasan todo el camino lanzándose pullas acabaran al lío. La cuestión es cuándo y de qué manera se concretará el encamamiento. Y eso ya es suficiente, si hay habilidad narrativa, para tenernos entretenidos hora y media.

placeholder Pequeña Miss Sunshine, Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006
Pequeña Miss Sunshine, Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006

En el caso de 'Pequeña Miss Sunshine' (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006), la road movie más tierna de ambas costas, no existe el aliciente romántico-sexual, lo que le otorga más mérito. Generalmente, no me interesa mucho ver cómo se avienen familias desestructuradas y reina el amor y la armonía tras un verano en comandita. Pero la pequeña Olive es de lo más achuchable que ha dado el cine americano en 100 años y el guion de Michael Arndt es lo suficientemente inteligente como para que entendamos las micro miserias del sueño americano.

Hay que irse muy lejos, hasta Japón, para encontrar un viaje con niño tan encantador. Takeshi Kitano, amén de Humor amarillo, no ha salido nunca del universo yakuza, pero en cada filme ha ido añadiendo un plieguecillo. En 'El verano de Kikujiro' (1999) a este ex sicario hosco le toca acompañar al pequeño Masao, aburrido en la ciudad, en busca de su madre. Como si a Marco (Isao Takahata, 1976) lo tutorizara Vito Corleone en su periplo de los Apeninos a los Andes. La cosa no anda tampoco lejos de 'Luna de papel' (Peter Bogdanovich, 1973).

placeholder Amor a quemarropa, Tony Scott, 1999
Amor a quemarropa, Tony Scott, 1999

La Gran Depresión, caso de este último filme, es un gran caladero de excelentes road movies. Fueron miles quienes se lanzaron al polvo del camino, a la madre de todas las carreteras, la Ruta 66, en busca de una oportunidad. Pienso en 'Las uvas de la ira' (John Ford, 1940), en el inclemente calor sureño sobre la piel de los desheredados. Y pienso también, por añadir romanticismo al contexto, en la fuga a la eternidad de 'Bonnie & Clyde' (Arthur Penn, 1967). “Ya leíste la historia de Jesse James, / cómo vivió, cómo murió; / te gustó, eh, pides más, / pues escucha la historia de Bonnie y Clyde”, cantaban Serge Gainsbourg y Brigitte Bardot.

Tarantino, al que volvemos por tercera y última vez, se acercó al mito de los amantes prófugos en una peli que, sin ser técnicamente suya, hay que reivindicar siempre: 'Amor a quemarropa' (Tony Scott, 1999). Todo rezuma americanismo del bueno. Él, que trabaja en un videoclub en Detroit, la ciudad del automóvil, se enamora de una prostituta llamada Alabama; juntos, ponen rumbo al Este, que es el país de los pioneros y los soñadores, en un Cadillac Eldorado del 74. Hay cabinas de teléfono en el desierto, cines, moteles y dos tiroteos. “Tuve que recorrer todo el camino desde la autopista y los desvíos de Tallahassee, Florida, hasta MotorCity, Detroit, para encontrar a mi verdadero amor”. Ojalá un verano así, amigos.

He oído por distintas fuentes que estamos ante el último verano de nuestras vidas. Como en esos guiones de veinteañero becado en Los Ángeles, de un tiempo a esta parte todo son giros. Hay niños creciendo en un continuo ‘plot twits’, de modo que nada les sorprenderá a sus 30. Vendrán resilientes de serie, adaptados al cambio, flexibles y todo eso.

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