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Un verano de libros II: el siniestro verano de 'El extranjero'
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CRÓNICAS ESTIVALES

Un verano de libros II: el siniestro verano de 'El extranjero'

En el siglo XX estallan todas las convenciones narrativas, como la del narrador, y una novela de Albert Camus refleja a la perfección la abulia de un mundo en el que nada ya tiene sentido

Foto: Albert Camus.
Albert Camus.

Quizá la última gran revolución a la hora de narrar se produjo a principios del siglo XX, cuando cayó la idea de que la humanidad progresa no solo en el ámbito de la ciencia y la técnica, sino también moralmente. Las dos guerras mundiales le dieron la puntilla a esa creencia al utilizar el progreso técnico para acometer matanzas y atrocidades sin precedentes. Sin embargo, ya antes de las guerras la sociedad estaba cambiando y la Modernidad se diluía; los célebres maestros de la sospecha —Freud, Marx y Nietzsche— pusieron el dedo en unas cuantas llagas.

Como el resto de las artes, la literatura no salió indemne de ello, y algunas obras quedaron como paradigma de que el cambio de siglo significó, al mismo tiempo, un cambio de mundo que hizo estallar las convenciones narrativas, en especial la del narrador, que hasta el momento se había situado por encima de los personajes para imponer orden y sentido. A partir de este momento, deja de dominarlo todo —renuncia a la omnisciencia— y se vuelve humilde, dubitativo, débil. Cobran protagonismo los narradores en primera persona, protagonistas o testigos, y los de tercera apoyados en un solo personaje.

Así, James Joyce y su hercúleo 'Ulises', donde la odisea de su protagonista es un mísero día en Dublín y en la propia y caótica conciencia; Franz Kafka y el mundo arbitrario, absurdo; el giro autobiográfico de Marcel Proust, que ha resultado ser el más fecundo en cuanto a crear escuela se refiere; William Faulkner y su fragmentación del punto de vista, que implica que hablen los personajes sin darle un sentido al conjunto; Louis-Ferdinand Céline y el lenguaje barriobajero, que significó la ruptura del gran arte con los buenos modos aristocráticos y burgueses. Y, por supuesto, Albert Camus con 'El extranjero', donde el antihumanismo está servido, aunque no como proyecto, sino como corolario inevitable a que no pueda haber jerarquías valorativas tras la muerte primero de Dios y luego del Hombre y su Razón.

placeholder 'El extranjero'.
'El extranjero'.

'El extranjero', publicado en 1942, cuenta un episodio fatal en la vida de Mersault, un francés argelino que vive en Argel y del que llama la atención su abulia. Lo que le ocurre le da igual, no parece sentir ni padecer y todo lo sitúa a un mismo nivel porque nada tiene importancia. Y es que, en efecto, si no existe instancia alguna que pueda legitimar lo que está bien o mal, ¿por qué comportarse como si la hubiera? La coherencia de Mersault se expresa en un estilo de frase corta, discontinua, para poner en primer plano el sinsentido humano, y en toda la primera parte tenemos la impresión de que el personaje tiene algún tipo de deficiencia intelectual y moral. Pero no padece ninguna discapacidad, simplemente es coherente hasta lo siniestro.

La novela tiene uno de los arranques más comentados de la historia de la literatura por la indolencia con la que Mersault vive el fallecimiento de su madre. El protagonista no expresa dolor alguno, la muerte no es más que un puñado de palabras en un telegrama y llevar luto. Es decir: una convención social, una mera costumbre. Como mucho, llegamos a enterarnos de los gozos y las sombras del cuerpo: la incomodidad de velar a un cadáver, el entierro bajo un sol brutal, un exceso de luz que funciona como una metáfora de situación, pues las personas se ven irreales y eso es lo que el libro expresa: la profunda mentira en la que vivimos.

La novela tiene uno de los arranques más comentados de la historia de la literatura

Es verano en 'El extranjero', y el poder del calor desemboca en un asesinato cuyas motivaciones no acaban de estar claras, pues, si bien poco antes el protagonista y su amigo han tenido una pelea con unos árabes, cuando después Mersault dispara cinco veces a uno de ellos no parece motivado más que por la solana inclemente, es decir, por nada. La novela parece darle la vuelta a ' Crimen y castigo' de Dostoievski: mientras Raskólnikov necesita todo un andamiaje moral para asesinar a su casera, Mersault no busca asideros. Ya no son convincentes las justificaciones. Cuando le detienen, rehúsa tener abogado, pues no cree en justicia alguna de la misma manera que tampoco cree en la importancia de su crimen.

Esta novela, la primera que escribió, le convirtió en célebre y encarnó, al mismo tiempo, la eterna extranjería de Camus. El autor, de origen muy humilde, había nacido y crecido en Argelia, y nunca se adaptó al exigente, y asfixiante como cualquier círculo elitista, ambiente intelectual parisino comandado por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, frecuentado también por Maurice Merleau-Ponty y Simone Weil. Camus carecía de la formación académica de todos aquellos niños bien educados en la École Normale Supérieure, y se sentía un provinciano (Simone de Beauvoir decía de él que tenía “un punto de maleante de Argel, un poco camorrero”).

Foto: Cuadro de Ortega Muñoz- 'Castaños' (1956)

Solo se entendió de veras con otro autodidacta como él, André Malraux. Aunque Sartre le ensalzó al considerar 'El extranjero' como el arquetipo de la literatura del absurdo y durante los años cuarenta le acogieron como a una suerte de bárbaro con talento, la diferencia estallaría a partir de la publicación en 1953 de ' El hombre rebelde', donde Albert Camus cargaba contra la izquierda estalinista. En este libro distinguió entre rebelión y revolución a favor de la primera (la revolución, afirmó, busca suprimir la Historia no para liberar, sino para alzar otra Historia a la que someterse, y acaba en tiranía).

Sartre, vinculado al Partido Comunista, reaccionó encargando una crítica demoledora del libro en la influyente revista 'Les Temps Modernes', donde tendría lugar una agria polémica en la que el autor de ' El ser y la nada' le acusaría de incompetencia filosófica y de burgués no comprometido con el socialismo y el proletariado. A pesar de que le concedieron el Nobel en 1957, su fama como intelectual decayó en la hiperpolitizada Francia. Sin embargo, el tiempo le ha dado la razón a Camus: el crimen no puede justificarse en nombre de la revolución y la Historia, pues le quita toda bondad y sentido a cualquier proyecto emancipador.

Quizá la última gran revolución a la hora de narrar se produjo a principios del siglo XX, cuando cayó la idea de que la humanidad progresa no solo en el ámbito de la ciencia y la técnica, sino también moralmente. Las dos guerras mundiales le dieron la puntilla a esa creencia al utilizar el progreso técnico para acometer matanzas y atrocidades sin precedentes. Sin embargo, ya antes de las guerras la sociedad estaba cambiando y la Modernidad se diluía; los célebres maestros de la sospecha —Freud, Marx y Nietzsche— pusieron el dedo en unas cuantas llagas.

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