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Un verano de libros I: el interminable estío de la Guerra Civil española
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Un verano de libros I: el interminable estío de la Guerra Civil española

Son muchas las novelas en las que late el silencio de un país traumatizado por un largo episodio que comenzó precisamente un verano de 1936: uno de ellos es 'Primera memoria', de Ana María Matute

Foto: Cuadro de Ortega Muñoz- 'Castaños' (1956)
Cuadro de Ortega Muñoz- 'Castaños' (1956)

Hace calor en muchas novelas españolas, un calor que se parece a un cuadro de Ortega Muñoz, como si el interior se impusiera incluso en el borde mismo del Mediterráneo, debido a esa cualidad esencial que adquiere las pocas cosas dispuestas en un paisaje donde no hay casi vegetación. Buena parte de esta península nuestra es llano, pedrusco y unos pocos árboles; o lomas despojadas, montañas áridas, piedra caliza y bancales donde crecen almendros o albaricoqueros. Cuando hay verde, solo en el norte es tupido. La tierra seca es el elemento que predomina, como un aviso de la nada, de la muerte y al mismo tiempo de la eternidad. Esas pocas cosas que hay en el paisaje refulgen y parecen extrañamente inmutables, como lo eran también los muebles en las antiguas casas de muros gruesos encaladas de blanco, silenciosos, inextinguibles; como la hora del rosario en una habitación en penumbra, casi secreta; como tantos afectos y anhelos: mudos, difíciles de expresar, escondidos en el fondo de una alcoba, apenas murmurados.

placeholder Ortega Muñoz- 'Castilla. Verano'(1957)
Ortega Muñoz- 'Castilla. Verano'(1957)

Son muchos los libros de posguerra en los que late el silencio y la inexorabilidad de un país traumatizado por un largo episodio que comenzó precisamente un verano de 1936. Uno de ellos es ' Primera memoria', de Ana María Matute, novela que inicia la trilogía 'Los mercaderes', cuyos otros dos volúmenes son ' Los soldados lloran por la noche' y ' La trampa'. 'Primera memoria', que recibió el Premio Nadal en 1959 y se sitúa en un lugar indeterminado de Mallorca, narra la vida de dos adolescentes, Matia y Borja, que son primos y que observan el estallido de la Guerra Civil en la casa de su abuela, una señoritinga católica y autoritaria. La casa de la abuela, en lo alto del declive, es un enclave privilegiado que funciona como metáfora de situación del dominio que ejerce la matriarca y, a través de ella, de una sociedad conservadora y opresiva. El declive se espía durante las siestas porque en él se divisan las otras vidas (están las casas de los colonos y también las de los rojos); asimismo, es el lugar por el que se escapan los primos.

Les rodea el odio, la mezquindad, el miedo y la bajeza moral. El mundo es un lugar hostil del que hay que defenderse

La acción de la novela se centra en las armas con que estos hacen frente a una orfandad que es, en primer lugar, familiar. La madre de Borja está en casa de la abuela, pero su padre lucha en el frente, y lo mismo pasa con el padre de Matia, cuya madre murió. El desamparo de ambos no es solo familiar. También sufren una orfandad de mundo habitable en el que poder crecer y vivir. Les rodea el odio, la mezquindad, el miedo y la bajeza moral. El mundo es un lugar hostil del que hay que defenderse, y por ello Matia y Borja son agresivos y descreídos incluso entre ellos. Sin embargo, les deslumbra todo lo que en el exterior aparece lejano y contrario al universo de la abuela, como Jorge de Son Major, un aventurero ya anciano del que se cuentan infinidad de leyendas, y que recuerda al archiduque Luis Salvador de Austria-Toscana, un humanista y hedonista que a finales del siglo XIX y principios del XX fue un valedor de la isla.

placeholder Ortega Muñoz- 'Cruce de caminos' (1980)
Ortega Muñoz- 'Cruce de caminos' (1980)

El deslumbramiento de Matia y Borja, ante todo lo que se distingue de la claustrofóbica vida familiar, es parecido a enamorarse de un actor de Hollywood: las estrellas no están a su alcance y lo saben. No hay lugar para la esperanza. Lo que sí pueden hacer los primos es escaparse de vez en cuando del yugo de la abuela. La libertad empieza en el declive, que es el símbolo tanto del sometimiento como de la liberación. El declive les abre otras perspectivas al mismo tiempo que anuncia en su propio nombre, donde resuenan el ocaso y la decadencia, lo que les espera.

"Empapados de calor, ansiosos de unas noticias que no acababan de ser decisivas"

'Primera memoria' está llena de referencias veraniegas que adquieren, mes y medio después del inicio de la contienda, un tinte siniestro. En la primera página leemos cómo una abuela, dos muchachos y una tía se consumen escuchando las morbosas explicaciones sobre lo que está pasando al otro lado —cuentan que se mata a familias enteras y a los frailes los fusilan y les sacan los ojos—, y esta nota de horror se combina con descripciones del verano brutal —“la calígine, el viento abrasado y húmedo desgarrándose en las pitas”— donde los personajes están “empapados de calor, aburrimiento y soledad, ansiosos de unas noticias que no acababan de ser decisivas”. Por supuesto, no falta la hora de la siesta, “quizá la de más calma y a un tiempo la más cargada del día. Oíamos el crujido de la mecedora en el gabinete de la abuela, la imaginábamos espiando el ir y venir de las mujeres del declive, con el parpadeo de un sol gris en los enormes solitarios de sus dedos”. La siesta, por cierto, impone su estatismo en la narración, como si las palabras se sometieran a los efectos narcóticos del sueño y del calor.

Cuando leo novelas españolas donde se cuenta el estallido de la guerra, me da por pensar que quienes vinimos después a este mundo hemos vivido el eco de aquello no solo en los relatos de nuestras familias, sino a través de ese mismo calor, de los paisajes calcinados. Y es que, aunque sin guerra, somos muchos los que albergamos en nuestra memoria veraniega una atmósfera parecida a la del libro, presente aún en los pueblos donde pasábamos las vacaciones, en los que el sol abrasaba, la siesta caía a plomo, las vetustas casas murmuraban su pasado a ritmo de mecedora y algo sucedía en ese silencio, algo que tenía que ver con el pasado. 'Primera memoria' es una de las muchas obras que ponen palabra a lo que intuimos, a tantas hogueras que no vimos arder, pero cuyos rescoldos aún nos queman, aunque hoy nos dé la risa con el olor alcanforado de los añosos arcones o ante los visillos por los que se asomaban, ávidas y desconfiadas, las viejas.

Hace calor en muchas novelas españolas, un calor que se parece a un cuadro de Ortega Muñoz, como si el interior se impusiera incluso en el borde mismo del Mediterráneo, debido a esa cualidad esencial que adquiere las pocas cosas dispuestas en un paisaje donde no hay casi vegetación. Buena parte de esta península nuestra es llano, pedrusco y unos pocos árboles; o lomas despojadas, montañas áridas, piedra caliza y bancales donde crecen almendros o albaricoqueros. Cuando hay verde, solo en el norte es tupido. La tierra seca es el elemento que predomina, como un aviso de la nada, de la muerte y al mismo tiempo de la eternidad. Esas pocas cosas que hay en el paisaje refulgen y parecen extrañamente inmutables, como lo eran también los muebles en las antiguas casas de muros gruesos encaladas de blanco, silenciosos, inextinguibles; como la hora del rosario en una habitación en penumbra, casi secreta; como tantos afectos y anhelos: mudos, difíciles de expresar, escondidos en el fondo de una alcoba, apenas murmurados.

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