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'Tick, tick... Boom!': si odias los musicales, este es tu musical
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El musical del fin de semana

'Tick, tick... Boom!': si odias los musicales, este es tu musical

Lin-Manuel Miranda adapta a la gran pantalla la primera obra del compositor Jonathan Larson, malogrado representante de la bohemia neoyorquina

Foto: 'Tick, tick... Boom!'. (Netflix)
'Tick, tick... Boom!'. (Netflix)

Odiar un género cinematográfico en concreto es uno de los derechos más placenteros del espectador. Hay quien odia las películas de circo, hay quien odia los wésterns y hay quien detesta los musicales. Ya saben, películas felices donde los personajes, sin que nadie se lo haya pedido, se ponen de pronto a cantar y bailar sobre una mesa.

El musical siempre está muriendo. Esto quiere decir que cada 10 años resucita, y la película que hay que ver, como cuando éramos niños frente a la tele contemplando 'Cantando bajo la lluvia' (Stanley Donen, 1952) o 'Mary Poppins' (Robert Stevenson, 1964), es una donde la trama da todas las vueltas posibles para que, cada dos escenas, pueda colarse una canción. De 'Moulin Rouge' (Baz Luhrmann, 2001) a 'La La Land' (Damien Chazelle, 2016), la clave del cine musical es hacer mucho mejor la música que el cine. Si se les quitaran las canciones, veríamos que casi todas las películas musicales cuentan una historia pueril, simplísima, casi siempre de amor. Por ello, una canción en concreto de esa película tiene que pasar a la historia, y así el musical pasa a la historia, ayudado normalmente por el Oscar a la mejor canción.

Visto así, 'Tick, tick... Boom!' (ahora en Netflix) no va a pasar a la historia. Es un musical al borde mismo de la estupidez, que es el territorio donde se mueve su protagonista, el compositor Jonathan Larson. Se trata de un camarero que sueña con estrenar sus obras en Broadway, para lo cual compone constantemente canciones absurdas, sobre lavar los platos, sobre el azúcar o sobre gente tomando café. No entiende cómo Broadway no le ha fichado ya.

Es justo ahí donde aquellos que no aman los musicales pueden encontrar en 'Tick, tick... Boom!' el mejor musical que han visto nunca. Por momentos, parece una parodia de un musical, algo inconcreto entre Jim Jarmush y Wes Anderson, o sea, entre la cotidianidad exasperante y la completa majadería.

Andrew Garfield da vida a Jonathan Larson, en una interpretación absolutamente portentosa. Desde la primera escena, hay amor. Garfield es nuestro hombre. Cualquier cosa que nos cuente, la creeremos. Después de hacer de Spiderman, hacer de una persona normal es pan comido para él. Pocas veces una estrella de Hollywood ha quedado tan propia detrás de la barra de una cafetería como Garfield, bordando el papel de camarero.

Por momentos, parece una parodia, algo inconcreto entre Jim Jarmush y Wes Anderson, o sea, entre la cotidianidad y la majadería

Es justamente este realismo minucioso el que hace de 'Tick, tick... Boom!' una película notable. La vida miserable en Nueva York no se retrata, como en tantas otras películas, en apartamentos de un millón de dólares que parecen miserables solo porque no cuestan 20 millones de dólares. La casa del protagonista, su cocina, su baño, las escaleras, lo que come y las calles que recorre resultan dolorosamente reales. Garfield mismo no es un galán, un chico guapísimo, sino —como el propio Jonathan Larson al que da vida— alguien más bien feo. Sus amigos parecen las personas que serían tus amigos si fueras alguien feo y normal que sobrevive en Nueva York trabajando de camarero.

Por supuesto, como en todo musical donde hay amor, las líneas rojas de la cursilería deben cruzarse sin pudor alguno. En 'Tick, tick... Boom!' sucede un par de veces, y debemos ser compasivos: hay que vender alguna entrada. Porque el resto del trabajo es impecable, con su mínima, pero muy emotiva, parte dedicada a los estragos del sida en los años 90, con su enternecedor retrato de la bohemia juvenil que puedes encontrar en cualquier ciudad y con su ritmo al mismo tiempo acelerado y amable, siempre guiados por el relato en primera persona del protagonista, desde un escenario que domina prodigiosamente.

Además, se aprende bastante sobre musicales. Se aprende que, antes de vender uno en Broadway, debes convocar un 'taller' ('workshop'), donde el musical es interpretado sin oropel, en crudo, ante todos aquellos productores y gentes del negocio que consigas reunir, para ver luego si pujan por la obra o no. Aparece como figura tutelar Stephen Sondheim, que tú crees que no sabes quién es hasta que descubres que fue el letrista de las canciones de 'West Side Story', entre otros hitos fundamentales del musical de Broadway. Sondheim fue el mentor de Larson y, casualmente, mientras que Jonathan Larson murió a pocos días del estreno de la obra que le haría famoso, 'Rent', Sondheim ha muerto hace dos semanas, con la versión de 'West Side Story' de Spielberg recién estrenada.

Foto: Ariana DeBose y David Álvarez son el frente portorriqueño. (Fox)

'Tick, Tick... Boom!' consigue contarnos que las ganas de hacer arte son un arte en sí mismo, porque el arte de verdad al final depende de cuatro o cinco imbéciles con poder, a los que puedes gustar o —más habitualmente— no. “Escribe sobre lo que conoces”, le dice su agente a Larson cuando su 'taller' se salda con cero ofertas de Broadway. Y lo que conocía Larson, según pudo verse luego en 'Rent', es justamente eso: la vida veinteañera de los soñadores artísticos, esos que realizan trabajos horribles, pero, en su casa y en su cabeza, brillan en sus propias obras por hacer.

(Y, además, 'Tick, tick... Boom!' nos deja una secuencia musical fascinante, la de la canción 'Sunday'. Sí, una canción sobre gente que toma café).

Odiar un género cinematográfico en concreto es uno de los derechos más placenteros del espectador. Hay quien odia las películas de circo, hay quien odia los wésterns y hay quien detesta los musicales. Ya saben, películas felices donde los personajes, sin que nadie se lo haya pedido, se ponen de pronto a cantar y bailar sobre una mesa.

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