Huida, agonía y 'delirium tremens': la pesadilla errante de Joseph Roth
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Huida, agonía y 'delirium tremens': la pesadilla errante de Joseph Roth

La vida del escritor y periodista austríaco estuvo marcada por el alcoholismo, traumas de la infancia y matrimonios fallidos

Foto: Joseph Roth.
Joseph Roth.

Joseph Roth murió en el hospital Necker de París el sábado 27 de mayo de 1939, pocos meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Fallecer en la ciudad de la luz concede al finado la posibilidad de ser enterrado en uno de sus célebres cementerios, aunque en este caso los restos del escritor austríaco reposan extramuros, en el camposanto de Thiais, poco visitado por los necrofans ansiosos por sacarse una foto junto a tumbas idolatradas.

La agonía de ese perpetuo nómada de sí mismo fue horrible. Tras un síncope casi definitivo lo trasladaron a las instalaciones sanitarias, donde fue atado con correas y sometido a la tortura de no proporcionarle ni una sola gota de alcohol, cayendo en un tremendo 'delirium tremens'. Tenía apenas cuarenta y cuatro años, si bien su aspecto físico asemejaba al de un sesentón descuidado, evidentemente con las horas contadas en cualquier tesitura, carne de sepulcro, como si deseara despedirse de una maldita vez para liberarse de tanto peso interior.

placeholder Joseph Roth.
Joseph Roth.

España, a diferencia del resto de Europa, es un país con poca tendencia a la publicación de biografías en su universo editorial, y desde aquí alentamos a los sellos nacionales a editar la biografía de Roth de David Bronstein, disponible en francés desde hace años en Seuil.

La vida de Josep Roth fue un valle de lágrimas ahora idealizada

Este hecho conlleva una ignorancia de fondo, bien visible estos últimos años, cuando algunos literatos han enarbolado la bandera de ciertos autores austrohúngaros desde una nostalgia perversa basada en cuatro tópicos muy manidos. La crudeza de la vida de Roth, omitida en esas glosas más bien hilarantes, demuestra cómo ese camino no fue una pasarela gloriosa, sino más bien un valle de lágrimas ahora idealizado mediante una revisión del canon, mucho más liviano que otrora desde el silenciamiento, el verbo excluir carece de sentido porque quien quiera puede leerlos, de pilares como Arthur Schnitzler, Karl Kraus, Hermann Broch Robert Musil e incluso el mismísimo Ludwig Wittgenstein.

La muerte del padre y la invención de una identidad

El imperio austrohúngaro pudo ser un ejemplo mundial para construir una confederación con aires federalistas, truncada, según muchas fuentes esa era la aspiración del Archiduque Francisco Fernando, por el atentado de Sarajevo y la Primera Guerra Mundial. Una de sus regiones orientales era Galitzia, cuna de Joseph Roth, nacido en Brody el 27 de mayo de 1894; con sus primeros llantos surgió un episodio destinado a marcarle la existencia.

Su madre se casó con Nachum Roth, educado entre los 'hassidim', una secta judía cuya tendencia mística se centraba en la alegría de vivir. Dedicado a la compra de cereales por cuenta de una empresa exportadora de Hamburgo, nunca conoció a su hijo. Enloqueció en un viaje en tren hacia la ciudad hanseática y lo desalojaron de su vagón, internándolo en un sanatorio, penúltimo domicilio antes de recalar juntos a unos parientes en Rzeswów, donde murió enajenado en 1910, entre desenfrenadas risas y una mirada luminosa sumida en la nada.

placeholder Asesinato del Archiduque Francisco Fernando en el atentado de Sarajevo. (Domenica del Corriere)
Asesinato del Archiduque Francisco Fernando en el atentado de Sarajevo. (Domenica del Corriere)

Este acontecimiento marcó el porvenir de su retoño, por lo demás aquejado de otro tipo de inestabilidad, propia de un mundo en vísperas de su descomposición pese a toda la riqueza de la cultura de frontera y la posibilidad de nutrirse de un caleidoscopio cultural ucraniano, polaco, alemán y judío.

Más tarde, cuando el éxito le sonrió, vendió al público una infancia de pobreza, cuando tuvo el apoyo de sus tíos y recibió la habitual educación pequeñoburguesa arquetípica de su era. Sus traumas de ausencia repercutieron asimismo en su relación materno filial, incómoda por una especie de posesión involuntaria, como si no pudiera despegarse de esa influencia pese a desearlo con ahínco bestial, consiguiéndolo solo en la edad adulta, al fin sin cadenas mientras espantaba sus fantasmas, siempre con la maleta a cuestas.

El factor paterno es una de las fuentes proverbiales de la invención de la personalidad de Roth

El factor paterno es una de las fuentes proverbiales de la invención de la personalidad de Roth, palmaria en muchas de sus novelas, donde el desaparecido condiciona el origen y, por lo tanto, toda una singladura, más encarrilada en la adolescencia, cuando marchó a Lemberg para sus estudios universitarios, proseguidos a continuación en la imperial Viena. Quizá en la capital desperdició la posibilidad de un tranquilo empleo como germanista, frustrándolo la Gran Guerra, sepulcro de la doble corona y magnífico ardid para fabular sobre unas inexistentes hazañas entre combates de trinchera, internamiento en un campo enemigo y el milagro de salir ileso tras tantas peripecias. La forja de su leyenda era una huida sin fin ceñida desde el disgusto por su propia génesis.

Mejor periodista de Europa, peor marido del Viejo Mundo

La conclusión de las hostilidades le planteó un mañana próspero para dedicarse al periodismo. Fue contratado por periódicos de izquierdas y desarrolló un estilo brillante por su apego a la observación directa, los detalles de la cotidianidad y una vis crítica muy efectiva de cara al lector. Hasta 1920 permaneció en Viena, desplazándose por culpa de la galopante inflación a Berlín, la urbe más bulliciosa del Viejo Mundo, plataforma perfecta para propulsar su carrera.

placeholder La esposa de Roth hasta que emigró a Palestina.
La esposa de Roth hasta que emigró a Palestina.

Mientras tanto, conoció a la bellísima Friedl Reichler, quien tras amenazarle con casarse con otro compañero de profesión consiguió arrancarle la anhelada petición matrimonial, erigiéndose en su principal valedora, acompañándole en todos sus periplos por el Viejo Mundo, más renombrados una vez ingresó en el 'Frankfurter Zeitung', la cabecera de más prestigio de los años veinte en la órbita teutona. En sus páginas ofreció magníficos reportajes por todo el continente, incesante viajero para captar la actualidad sin casi perderse ningún territorio, y entre ellos figuran en letras de honor sus crónicas sobre la Unión Soviética, antesala de su desengaño con el Comunismo por ver en el régimen estalinista un experimento hacia el control absoluto de la ciudadanía desde falsas premisas de libertad, como más tarde también intuiría André Gide, aunque con otras consecuencias en lo personal.

Se descubrió un celoso insoportable, sometiéndola a una tortura psicológica por no tener su nivel intelectual

El matrimonio no hizo ningún bien a Joseph Roth. Se descubrió un celoso insoportable, con demasiada soltura en su gatillo mental para acusar a su mujer de infidelidades o de no estar a la altura, sometiéndola a una tortura psicológica por no tener su nivel intelectual. En 1928 Friedl enfermó de esquizofrenia; los honorarios de Roth, su gran logro desde un galopante complejo de inferioridad con sus semejantes, no bastaron para colmar las atenciones sanitarias requeridas, al fin saciadas gracias al sistema público austríaco.

placeholder Joseph Roth con Friedl en Berlín.
Joseph Roth con Friedl en Berlín.

Cuando los padres de ella optaron por emigrar a Palestina no dudó en pedir el divorcio. A sus amigos les contaba que había muerto, lo que no acaeció hasta 1940, cuando los nazis la sometieron al programa Aktion T4, consistente en asesinar a los disminuidos mentales.

Auge, caída, reacción y locura

La gloria en los rotativos ocultaba esa tragedia familiar, más maquillada si cabe por su noviazgo con Andrea Manga Bell, una de las personalidades femeninas más atrayentes de la República de Weimar, hija de un cubano y una hugonota, casada con un príncipe del Camerún.

Esta faceta social se acrecentó con la popularidad de sus novelas. Sus obras iniciales en el mercado literario adolecían de su bagaje periodístico al concebirse desde lo folletinesco, algo cambiado con Job, elogiada por Marlene Dietrich, y 'La Marcha Radetzky', donde ya se anuncia su pensamiento reaccionario de los años treinta, embebido de una melancolía por el imperio Austrohúngaro. Dicha 'saudade' es palpable en otras ficciones como 'La cripta de los capuchinos', elegías por lo perdido con el desmoronamiento de 1918, llanto por una juventud utópica transformada en ideología imposible. Al fin y al cabo, su anhelo de recuperar lo habsbúrgico llegó a erigirse en uno de los máximos valedores de Otto, pretendiente al trono, no gozaba de ninguna solidez estructural y más bien era consecuencia de un infantilismo agravado por su sempiterno consumo alcohólico.

placeholder Los escritores y amigos Stefan Zweig y Joseph Roth.
Los escritores y amigos Stefan Zweig y Joseph Roth.

Su afición a la bebida enmarca todos los textos de sus conocidos en ese otoño prematuro. Basta leer 'Huida y fin de Joseph Roth' (Pre-Textos, 1999), de Somma Morgensten, o la correspondencia con Stefan Zweig (Acantilado) para comprobar cómo la admiración se mezclaba con el disgusto por la deriva de una mente tan poderosa, desagradecida al recibir ayuda y desesperada con sus editores, a quienes solicitaba dinero cada dos por tres para pagar su elevadísimo tren etílico, más considerable desde 1933, cuando el ascenso del nazismo al poder le privó de la mayoría de sus derechos de autor, varados en el Tercer Reich.

Este último Roth es muy productivo y nos regaló novelas del calibre de 'Confesiones de un asesino', 'La leyenda del santo bebedor' o ensayos tan notables, y enigmáticos, como 'El Anticristo', recuperado no hace tanto por Capitán Swing, acompañado de un esclarecedor prólogo de Ignacio Vidal-Folch. Esos años son los de la confirmación de todos sus pánicos, abandonado por sus amores, después de Manga Bell le tocó padecer ese amasijo de delirios a la joven escritora Irmgard Keun, y dominado en lo domiciliario por su amor a los hoteles, vagabundo y adicto a los mismos, hasta padecer en París el horror de ver demolido su favorito, el Foyot de la rue Tournon, donde al menos su propietario le reservó un cubículo hasta la drástica acción de la piqueta.

Los estertores de Roth pueden leerse desde la santificación del maldito o con el dedo apuntador de quién fue incapaz de superar tantos demonios hasta metamorfosearse en una sombra de sí mismo. Renegaba, como es comprensible, del nazismo, aunque también apostató de su fe judía, una de tantas contradicciones de un auténtico hebreo errante, empecinado hasta el último suspiro en una nebulosa inconsecuente tejida entre la vida y una filosofía dañina, sin pies ni cabeza y solo disimulada por las geniales enseñanzas y virtudes de su talento.

Joseph Roth murió en el hospital Necker de París el sábado 27 de mayo de 1939, pocos meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Fallecer en la ciudad de la luz concede al finado la posibilidad de ser enterrado en uno de sus célebres cementerios, aunque en este caso los restos del escritor austríaco reposan extramuros, en el camposanto de Thiais, poco visitado por los necrofans ansiosos por sacarse una foto junto a tumbas idolatradas.

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