SE CUMPLEN 70 AÑOS DE SU ASESINATO

México, el feliz y fatal destino de Trotsky

Ciudad de México acoge el único museo del mundo dedicado a León Trotsky, en la casa en la que hace ahora 70 años fue asesinado por

Foto: México, el feliz y fatal destino de Trotsky
México, el feliz y fatal destino de Trotsky

Ciudad de México acoge el único museo del mundo dedicado a León Trotsky, en la casa en la que hace ahora 70 años fue asesinado por el catalán Ramón Mercader. Es además la sede del Instituto del Derecho de Asilo, algo vital en un país que durante la presidencia de Lázaro Cárdenas (1934-1940) no sólo acogió a uno de los padres de la Revolución de Octubre, sino también a miles de republicanos españoles exiliados tras la Guerra Civil. Trotsky pasó en el país norteamericano sus últimos cuatro años de vida, sufrió dos atentados y se implicó de forma solapada en la política nacional. Fue el único destino de su exilio en el que se le permitió vivir en libertad, aunque bajo la constante amenaza de muerte ordenada por Stalin.

 

Lev Davídovich Bronstein, que pasaría a la historia como León Trotsky, llegó a México en enero de 1937 gracias a las gestiones del pintor Diego Rivera, en cuya Casa Azul del barrio de Coyoacán vivió e incluso tuvo un romance con Frida Kahlo. Las desavenencias políticas le llevaron a mudarse dos años después y a adquirir su propia vivienda en la misma zona, la actual casa-museo que alberga un monumento póstumo de Juan O’Gorman donde reposan sus cenizas y las de su esposa, Natalia Sedova. Su directora, Olivia Gall, explica a El Confidencial que fue “uno de los asilados más paradigmáticos del mundo del siglo XX”.

 

El creador del Ejército Rojo fue deportado por Stalin a Kazajistán en 1928 y desterrado de la URSS un año después. Antes de arribar a México, vivió en Turquía, Noruega y Francia. En el país galo “estaba casi en semiclandestinidad” y el Gobierno noruego “lo mantuvo bajo arresto domiciliario y le censuraba la correspondencia”, recuerda Gall. En estas circunstancias, Natalia Sedova dijo del país latinoamericano que era “como vivir en otro planeta, lejos del invierno europeo” próximo a la Segunda Guerra Mundial. Tanto su marido como ella se sintieron a gusto; Natalia salía todas las tardes al porche de su casa con su samovar -una especie de tetera- de plata para servir té a trabajadores mexicanos y guardias internacionales encargados de su seguridad y “se entablaban conversaciones interesantes en distintos idiomas”, narra la historiadora.

 

Aunque Trotsky y Cárdenas nunca se entrevistaron “por el peligro que representaba cuando el presidente estaba acometiendo reformas profundas como la expropiación petrolera”, mantuvieron un contacto “muy cercano” a través del general Francisco Múgica, entonces ministro de Comunicaciones y Obras Públicas. El secretario del ucraniano, Jean Van Heijenoort, contó a Gall que Trotsky asesoró al mandatario mexicano en el asunto de la nacionalización del petróleo, si bien los documentos que lo prueban “se quemaron por seguridad”. En un libro dedicado a Múgica escribió “de un huésped siempre agradecido que espera serle útil al pueblo mexicano”; el ministro le respondió: “General, cuando estalle la revolución permanente -por la que Trotsky abogaba- estaré a sus órdenes”.

 

En México se le permitió entrevistarse con la prensa nacional e internacional, e incluso escribir -bajo el pseudónimo de Rivera- en la revista Clave, en la que publicó junto a André Breton el manifiesto “Por un arte revolucionario independiente”. Aunque la Constitución mexicana impide a los extranjeros opinar sobre la política nacional, Cárdenas nunca censuró sus artículos al respecto. Gozaba de libertad de movimiento, gustaba de ir al cine y coleccionar cactus. Además, visitó ciudades como Taxco y Guadalajara. El Partido Comunista mexicano y el entonces principal líder del movimiento obrero en el país, Vicente Lombardo Toledano, ejercieron importantes campañas en su contra, más que la derecha de México y Estados Unidos, contrarios a su asilo.

 

Un entierro multitudinario

 

“El ambiente era cada vez más hostil hacia él”, refiere la autora de Trotsky en México, y desemboca en el atentado de mayo de 1940, encabezado por el pintor David Alfaro Siqueiros, en el que León y Natalia salen ilesos de una lluvia de balas. Sí que consiguió su objetivo Ramón Mercader, quien se introdujo en su círculo de confianza a través del noviazgo con su asistente, Silvia Ageloff. Entrenado en las policías políticas soviéticas y camuflado bajo identidades falsas, le hirió mortalmente en la cabeza con un piolet. Trotsky, que pidió a sus escoltas que no lo mataran para poder arrancarle una confesión sobre quién ordenó el asesinato, murió un día después, el 20 de agosto de 1940.

 

Su entierro fue uno de los más multitudinarios que se recuerdan en el Distrito Federal, con unos 300.000 asistentes; según Gall, los mexicanos manifestaron así su protesta contra lo que consideraron “una afrenta” a la hospitalidad de la República (se le consideraba huésped de honor) y a un presidente que en esas fechas era “muy querido”. En el sepelio, Cárdenas arremetió duramente contra el PC mexicano acusándolo de “traicionar a la patria”; luego compró la vivienda a la viuda de Trotsky para que dispusiera de fondos para subsistir.

 

Primero su viuda y luego su nieto Esteban Volkov -que preside la institución- se encargaron de preservar su memoria mostrando la vivienda a quienes lo pedían. Dado el interés, surgió la idea de hacer de la vivienda un museo inaugurado en 1990 y que recibe unas 3.000 visitas mensuales, de las que el 60% proceden del extranjero. Además de escritos sobre la figura de Trotsky, el recinto alberga documentación sobre el pensamiento socialista, la Guerra Civil española, la Revolución mexicana, el movimiento obrero o la militancia judía en la izquierda. Cuenta con unos 7.000 volúmenes para consulta y permite conocer cómo vivió en sus últimos años uno de los líderes del pensamiento del pasado siglo.

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