Joseph Roth, un destierro de hotel mientras Europa caminaba hacia el abismo

Acantilado publica la recopilación de las lúcidas y sórdidas crónicas que el escritor maldito concibió en el periodo de entreguerras

Foto: Joseph Roth
Joseph Roth

'Ostende' fue la última playa, el espejismo de arena y decadencia que convirtieron en comuna los escritores y los artistas represaliados del nazismo al abrigo de Stefan Zweig, patriarca de los intelectuales que se arrinconaron y abanicaron en la ilusión colectiva de 'El mundo de ayer'. Así se titula el memorial del escritor austriaco y bien podría titularse el libro con que Volker Weidermann (Alianza literaria) alude al vínculo afectivo, literario y hasta patológico que mantuvieron Stefan Zweig y Joseph Roth en la playa belga de los proscritos.

Coincidieron en Ostende el hombre rico y el hombre pobre, el judío occidental y el judío oriental, el escritor de gloria y el escritor marginal, el sobrio y el ebrio, conscientes ambos de que Europa se descoyuntaba sin concederles oportunidades de escapatoria. Roth la buscó en el alcohol y entre los muslos y las neuronas de Irmgard Keun, novelista iconoclasta que narró el sueño de Weimar, mientras que Zweig trató de encontrarla en el exilio de Brasil, prolongando una agonía que Weidermann retrata en una postal fija de 1936, bohemios apátridas en la playa de Ostende que miran hacia el mar por miedo a darse la vuelta.

Postal de la playa de Ostende hacia 1936
Postal de la playa de Ostende hacia 1936

Hitler está en el poder y convierte los JJOO de Berlín en una ocasión para legitimarse. El deporte le propone un recurso propagandístico y gimnástico providencial que disimula la voracidad del régimen nazi y que sorprende a Zweig y Roth en el exilio de una playa belga, cuidando el uno del otro -y no al revés-, intercambiando criterios literarios, amortiguando la zozobra, sobrentendiendo una relación asimétrica entre el hebreo cosmopolita y el semita campestre y acomplejado, pero también agradecido y orgulloso. Roth dedica a Zweig su 'Leyenda del santo bebedor'. La publica a título póstumo (1939), tres años antes del suicidio de su colega, de su hermano, o dos años antes de que el ejército alemán irrumpiera en el paseo marítimo de Ostende sin encontrar resistencia. Invirtiendo el eslogan más popular de mayo del 68, debajo de la playa estaban los adoquines, para abrir el camino de los tanques.

Stefen Zweig y Joseph Roth
Stefen Zweig y Joseph Roth

Joseph Roth estaba familiarizado con ellos. Y los vio venir entre las postales que conforman 'Años de hotel', una recopilación que ha acaba de publicar Acantilado insistiendo en el catálogo oracular del escritor y suscribiendo su percepción del periodo de entreguerras.

A Roth le gustaban los hoteles porque simbolizaban su desarraigo. Y porque reflejaban su propia errancia y cosmopolitismo allí donde los recorría. Simpatizó con la Unión Soviética a la orilla del Volga y le aburrió Albania. Se pluriempleó en las grandes cabeceras de prensa y en las pequeñas. Retrató antes que nadie la ferocidad de Goebbels, como ejecutor criminal de la propaganda. Y exploró los límites -las costuras- del Imperio Austrohúngaro, en su complejidad cultural, en sus contradicciones, en su agonía. La describe de manera deslumbrante en la obra mayúscula de su repertorio, 'La marcha Radetzky', pero 'Años de hotel' la trasladan en la letra pequeña, en la vida cotidiana y en la resaca devastadora de la Gran Guerra.

'Años de hotel' (Acantilado)
'Años de hotel' (Acantilado)

Un buen ejemplo es la crónica de 'Llegada al hotel'. Roth se registra en una fonda donde trabaja un portero francés, un camarero bávaro, un gerente levantino, un cocinero checo, un aparcacoches es holandés y una gobernanta suiza. Podría ser él cualquiera de ellos. O cualquiera de los clientes, cristianos y judíos, budistas y musulmanes. Incluso ateos que transitan de vacaciones “por la rigidez del amor a la tierra”. Desdibuja Roth las fronteras entre la ficción y el periodismo. Y tanto se recrea en la atmósfera decadente de un café boemo como vislumbra en Berlín el estruendo de las botas militares. París, en cambio, le proporciona el encuentro con la civilización: “Quien no ha estado aquí”, escribe Roth, “solo es medio humano y no es europeo”.

Los hoteles fueron para Roth la garantía del anonimato, la alegoría de la propia itinerancia y la provisionalidad desde la que compuso un caleidoscopio desordenado, mordaz y despiadado, pero también elegíaco y resignado, entre las heridas del la Guerra del 14 y las premoniciones del totalitarismo. A Roth le impresiona toparse por la Kärntner Strasse con un inválido de guerra. Tiene forma de bisagra. Y la espalda partida. Vende periódicos, probablemente las crónicas que el propio Roth escribía en Der Neue Tag, aunque el rasgo más impactante del espectro consiste en que lleva sobre sus hombros a un perro: “Hemos salido airosos de esta guerra, que fue la del adiós a la caballería, y gracias a ello, los perros cabalgan sobre los hombres”.

Apátrida en un imperio descoyuntado, anestesiado por el brandy, lúcido y sórdido, Roth transitaba entre dos épocas y entre dos pulsiones. La creativa y la destructiva. Podría haber muerto en la playa de Ostende o en aquel Hotel Savoy de Lodz (Polonia) al que dedicó una novela que maridaba veteranos de guerra y bailarinas de variedades, pero terminó haciéndolo en un hospital de París, aquejado de una enfermedad pulmonar y descarriado entre los síntomas del delirium tremens.

Su tumba puede visitarse. Y puede leerse en la lápida un prosaico e involuntario epitafio: escritor austriaco muerto en París. Sus obras fueron prohibidas. Su familia desapareció en un campo de concentración. Y su esposa fue asesinada en aplicación de las leyes eugenésicas.

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