La agonía del último gran videoclub de Madrid: "Si esto sigue así, en seis meses cerraré"
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La agonía del último gran videoclub de Madrid: "Si esto sigue así, en seis meses cerraré"

Ficciones de Cine, en la madrileña calle Juanelo, es el último gran videoclub de la capital, un reducto cinéfilo que intenta sobrevivir a las plataformas, a la pandemia y a la legislación

placeholder Foto: Marcia Saburo regenta el último videoclub Ficciones de Madrid. (Marta Medina)
Marcia Saburo regenta el último videoclub Ficciones de Madrid. (Marta Medina)

Cualquiera que haya sido adolescente entre los años ochenta y los 2000 –o 2010, seamos generosos– podrá contarle a sus nietos la batallita de que, de joven, solía quedar con el grupo de amigos para poner en común la propina y gastársela en un lugar llamado 'videoclub'. Escoger una película, verla en casa con una pizza de por medio y devolverla al tercer día bajo riesgo de multa. La llegada de alguna superproducción al videoclub era un acontecimiento similar al del estreno en salas: era la posibilidad de volver a ver 'Titanic' por enésima vez y, esta vez sí, poder comentarla en alto sin que la vecina de butaca mande callar. ¿Y la emoción de pasar al otro lado de la cortina? Bueno, en realidad esa es otra historia. Como cuenta Jimina Sabadú en el prólogo de 'Los últimos días del terror de videoclub' (Guante Blanco), de Alberto F. Peláez e Ignacio L. Vacas, los videoclubs no han ofrecido solo una segunda vida a los 'films' desterrados ya de las salas de cine, sino que han sido el primer y único hogar de aquellas producciones estrenadas directamente en vídeo y de una cultura 'underground' de un cine de serie B que ha creado su propio culto.

Secuelas absurdas, tramas imposibles, efectos especiales amateurs, casi un género cuyo éxito dependía del boca a boca en el videoclub. En 'Los últimos días del terror de videoclub', Peláez y Vacas seleccionan algunos de los títulos fundamentales de esta cultura repleta de secuelas, títulos que llevan al equívoco –¿conocen 'Alien 2', de Ciro Ippolito y Biagio Proietti?– y cintas de muy bajo presupuesto y mucho desparpajo e, incluso, con algún destello de genialidad. Peláez y Vacas seleccionan algunos de los títulos más llamativos del cine de terror directo a vídeo del nuevo milenio, en una época en la que la palabra videoclub ya sonaba a pasado. "El tiempo pasa y lo bueno se acaba. Los dos miles dieron paso al 2011, año en el que empezaron a desaparecer la totalidad de los videoclubs, dando paso a bazares y fruterías y haciendo que el mundo perdiera parte de su luz", escriben los autores. Según Anemsevi, la Asociación Nacional de Mayoristas del Sector Videográfico, en España quedan unos 300 negocios de alquiler de películas, cuando en 2005 pasaban de los 7000.

placeholder El interior de Ficciones de Cine.
El interior de Ficciones de Cine.

"Ya solo quedamos dos grandes videoclubs en España: Video Instan en Barcelona y nosotros. Grandes que tengan todo tipo de cine. Nosotros tenemos unos 50.000 títulos. Video Instan, 60.000. Y ya está". Marcia Saburo regenta el videoclub Ficciones de Cine, en la madrileña calle Juanelo, cerca de Tirso de Molina, el último de los tres locales de Ficciones que sigue abierto. Primero fue la piratería, que en 2005 se convirtió en el principal enemigo del videoclub. En 2010 cerraron la sucursal que tenían en Lavapiés. Luego llegaron las plataformas y en 2018 bajaron la persiana del Ficciones de Malasaña después de catorce años. Y ahora, tras la pandemia, Saburo no sabe cuánto más aguantará. "O la gente vuelve a venir al videoclub o en seis meses cierro", lamenta.

El primer videoclub del mundo abrió sus puertas en 1975 en Kassel, Alemania. Desde entonces, el alquiler de películas para consumo casero se convirtió en un negocio rentable que alcanzó su época dorada en los años 90. Blockbuster, la cadena de videoclubs más conocida del mundo llegó a gestionar más de 9.000 sucursales en todo el globo. Ironías de la vida, en el año 2000 el consejero delegado de Blockbuster rechazó comprar Netflix por 50 millones de dólares (unos 41 millones de euros). Hoy tan solo queda uno en Oregón, que se promociona como "el último Blockbuster sobre la faz de la Tierra".

placeholder El interior de Ficciones de Cine, en la calle Juanelo 15 de Madrid. (M.M.)
El interior de Ficciones de Cine, en la calle Juanelo 15 de Madrid. (M.M.)

Ficciones abrió su primer local en 2004, justo cuando la fiesta empezaba a decaer. Saburo trabajó en la sucursal de Malasaña hasta que en 2010 se hizo cargo del videoclub de Juanelo. "Malasaña era la niña de mis ojos". Cuando cerraron, hicieron un mercadillo para vender 20.000 títulos que ya no tenían cabida en el último establecimiento. Aquellos cinéfilos que encontraron en los videoclubs su Tierra Santa los han abandonado ahora por la comodidad de las plataformas. "Hasta yo misma estoy abonada a plataformas", admite. Ahora, Ficciones sobrevive gracias a los alrededor de 250 clientes fijos que lo visitan cada mes. "De ellos, 180 o así pagan una cuota mensual de cinco euros que les permite llevarse dos películas al mes. Si pasan de dos ya tienen que pagarlas aparte", explica. "En época de pandemia se han dado muchos de baja. Pero otros en vez de cinco pagan doce o veinte para que esto siga abierto. Otros compran bonos. Increíblemente todavía voy haciendo clientes nuevos, aunque hace cuatro años hacía dos al día y ahora, como mucho, dos por semana". En la época dorada de los videoclubs, algunos llegaron a tener hasta 15.000 socios y a alquilar 4.000 títulos mensuales.

placeholder Ficciones de Cine ofrece 50.000 títulos. (M.M.)
Ficciones de Cine ofrece 50.000 títulos. (M.M.)

En los buenos tiempos, Ficciones llegó a comprar cinco copias por local. "¿'El quimérico inquilino'? Cinco copias para Lavapiés, cinco para Relatores [la anterior sede del Ficciones de Juanelo] y cinco en Malasaña. Ahora compro una de cada título. Como muchísimo dos", admite. En medio de la entrevista, una clienta llega. Hace menos de un año que se hizo socia. "Yo vengo principalmente vengo porque es un muy buen lugar para encontrar cine clásico, pero, sobre todo, me preocupa mucho mi privacidad y estoy harta de hacerlo todo en digital y que quede siempre un rastro y una trazabilidad de qué he hecho, qué he visto y qué no. Y el videoclub es lo más analógico que hay".

La pandemia, como en cualquier negocio no esencial, ha dejado bastante maltrechas las cuentas del videoclub. "El local es alquilado", explica. "Las cuotas que pagan los socios cubren el 80% de ese alquiler. Pero ahora estoy tirando con lo justo. Con salvar el mes soy feliz. A eso hay que sumarle lo que vendo de 'merchandising', y con lo que vendo por Amazon [también es un punto de recogida de paquetería] me aseguro completar la renta del local. Y gracias a las ayudas del Gobierno a autónomos societarios, que son 365 euros al mes, cubro mi parte para pagar el alquiler de mi casa y para vivir". Ser dueño de un videoclub hoy es tanto un acto romántico como de cabezonería, reconoce. Ahora le presta el almacén a un grupo de fotógrafos como sala de revelado. Entre carteles de cine y DVD, tres ampliadoras enormes coronan una de las mesas.

placeholder Es el último de los tres Ficciones que había en la capital. (M.M.)
Es el último de los tres Ficciones que había en la capital. (M.M.)

Renovarse o morir. Saburo ha intentado en varias ocasiones darle un aire nuevo a su local, pero la burocracia no lo pone fácil. "Cuando me planteé hacer actividades y presentaciones, me dijeron que si traía a gente y ponía sillas tenía que poner un servicio para clientes y tenía que insonorizar. Si tengo que hacer obra, paso. Luego pensé en poner unas mesas, una estantería con mis libros de cine, un par de sofás y una máquina de café. Pero no tengo licencia para que la gente consuma. Podría vender pan aquí, pero la gente no podría comérselo dentro. Al final tiras la toalla porque te tienes que meter con el ayuntamiento, pedir licencias y permisos y de todo", se queja. "En Video Instan hicieron un 'crowdfunding' y han puesto una cafetería y una pequeña sala de cine, que con los confinamientos no ha podido usarla".

"Si volvemos a la normalidad de febrero del año pasado veo posible la supervivencia del videoclub con todos los ajustes que he ido haciendo. Si volvemos a la normalidad de diciembre del año pasado, es inviable", confiesa. "Estoy ajustando al milímetro con miras de superar este bache. O la gente vuelve a venir al videoclub o en seis meses cierro. He invertido los pocos ahorros que tenía, voy con lo justo, hay noches que no duermo, si te soy sincera. Y luego, en mitad de la pandemia, un embargo de Hacienda, porque en el segundo trimestre, con la cuenta a cero, sin poder abrir el local, me habían pasado el IRPF y les había rebotado el pago. ¿No pueden darnos alguna facilidad? ¿No pueden darnos un poco de aire? En febrero o marzo no he ingresado nada de lo que me han pagado con tarjeta porque se lo ha llevado todo Hacienda. No soy caradura y no es que no me dé la gana pagar, ¡han sido unas circunstancias excepcionales!".

El cierre del videoclub supondría la desaparición de un lugar de encuentro y de intercambio, de una manera de socializar y de entender el cine, lamenta Saburo. Habrá que ver, cuando el miedo al covid haya pasado, cómo se reajusta el sector audiovisual porque, si lo están pasando mal los cines, ¿cómo no lo van a pasar mal los videoclubs? "Si sobrevivo a esto ya sí que no me mata nada".

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