Un católico conservador español fue el principal impulsor de la II República
  1. Cultura
Historia

Un católico conservador español fue el principal impulsor de la II República

Se cumplen 90 años de la proclamación de un régimen que nació entre esperanzas y acabó por despeñarse en el abismo de la Guerra Civil

placeholder Foto: El pueblo de Madrid se echa a la calle para celebrar la proclamación de la Segunda República. (Luis Ramón Marín)
El pueblo de Madrid se echa a la calle para celebrar la proclamación de la Segunda República. (Luis Ramón Marín)

"Los forcejeos sobre sentencia y libertad fueron vivos pero rápidos y en la tarde del 24 de marzo el consejero García Parreño nos notificaba a la vez la condena y el auto que nos permitía salir inmediatamente. Con una actividad febril, el director de la cárcel y los oficiales simpatizantes llenaban las formalidades reglamentarias, recogiendo por última vez la huella dactilar, pero más presurosas aún las familias a través de los locutorios, dando instrucciones a los ordenanzas, hacían nuestros equipajes. Cuando subimos a las celdas todo estaba arreglado para salir...".

El 24 de marzo, solo tres semanas antes de las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 que cambiarían la historia de España, salía a la calle el comité revolucionario que habría de traer la II República a España. Pocas veces se entiende bien que aquello no fue cuestión de dos días, aunque haya quedado así fijado en el imaginario colectivo. Lo relata el principal actor de la consecución de la república, Niceto Alcalá Zamora, conservador y católico y jefe de ese comité revolucionario que sería después jefe del Estado entre 1932 y abril de 1936, apenas unos meses antes de que reventarse todo con el golpe militar del 18 de julio.

Foto: Quema de un convento jesuita (hoy demolido) en la Gran Vía de Madrid

"Desorientado el pueblo por la rapidez de nuestra salida, aún sorprendida con la insólita hora de la tarde, porque se aguardaba la de la noche y ya durante la anterior hubo en las afueras vigilancia voluntaria de entusiastas, nuestra salida fue un acontecimiento indescriptible. No sé de dónde acudió la gente; resistiendo cargas de la fuerza pública, nos envolvieron, nos arrebataron a las familias, nos alzaron en hombros. Yo me vi sentado en un sillón que trajeron de un café , separado de mi coche, que me aguardaba, transportado por la gente a un taxímetro cuyo conductor se negó a cobrarme, porque según su frase, nadie, ni yo, le quitaba la suerte que había tenido" — Niceto Alcalá Zamora. 'Memorias. La victoria republicana' (La Esfera).

placeholder Alcalá Zamora con Francisco Franco.
Alcalá Zamora con Francisco Franco.

Conservadores moderados

La euforia del momento precedía en casi un mes a las calles repletas de gente agitando la bandera tricolor republicana aquel 14 de abril. No hay fotos, que se sepa, de esa otra imagen de masas llevando en volandas a los principales cabecillas de la red de "conspiraciones y esperanzas" del día 24 y, sin embargo, demostraba la imparable fe en un cambio de régimen que se palpaba antes de las votaciones del día 12. Es decir, no fue tan espontáneo como se ha querido mostrar a menudo.

placeholder Los políticos del Pacto de San Sebastián, germen del Comité Revolucionario.
Los políticos del Pacto de San Sebastián, germen del Comité Revolucionario.

En efecto, el comité revolucionario y luego Gobierno provisional surgido en el Pacto de San Sebastián en el verano de 1930, había allanado un camino para destronar a Alfonso XIII desde mucho antes. Lo paradójico es que además sus principales impulsores, entre otros, conservadores moderados, en su momento ministros en los gobiernos de la Restauración, como era el caso del propio Niceto Alcalá Zamora y de Miguel Maura —hijo del que fuera presidente del Gobierno con Alfonso XIII Antonio Maura—.

Foto: Niceto Alcalá-Zamora (i), presidente de la II República, conversa acaloradamente con el presidente de la Generalitat de Cataluña, Francesc Macià, en 1931.

En esa 'conspiración de esperanzas' estaban a partir un piñón, como se demostraría en su propia correspondencia, políticos tan dispares como Manuel Azaña, Francisco Largo Caballero, Alejandro Lerroux, Indalecio Prieto, Miguel Maura y Alcalá Zamora o Santiago Casares Quiroga. Todos unidos por un frente común, que no era otro que expulsar a Alfonso XIII.

Años de maquinaciones

Parecía entonces, después de años de maquinaciones y persecución, una auténtica arcadia. Primero con la sentencia a seis meses de prisión y un día con la que habían sido condenados los conspiradores contra el régimen, porque tal y como explicaba el futuro presidente de la II República, en la práctica se trataba de la libertad inmediata. Segundo, porque la ilusión desbordante de tumbar el régimen de la restauración que encarnaba Alfonso XIII se podía conseguir sin violencia, un auténtico hito en la Historia de España. Pronto, sin embargo, los problemas de la República, como ya le ocurrió en el XIX a lo mucho más breve Primera República, acabaron devorando a sus promotores. De hecho: Azaña, Alcalá Zamora, Lerroux o Prieto pasaron de la concordia a la rivalidad y de ahí, al enfrentamiento puro y duro.

placeholder Jolgorio en las calles de Madrid.
Jolgorio en las calles de Madrid.

Lo explica el historiador Stanley G. Payne: "Alcalá Zamora era el principal líder de un movimiento subversivo, circunstancia que creía totalmente justificada porque la monarquía de Alfonso XIII había reconocido a la dictadura de Primo de Rivera por más de seis años. Aunque en 1930 trataba de volver a la normalidad constitucional. Alcalá Zamora propuso restablecer la ley y el Gobierno constitucional por un acto revolucionario. Esto no es imposible pero tampoco es nada fácil. Creía también que la revolución tenía que ver con un solo acto o fase, la instauración de la República constitucional".

Descubriría que sus aliados de antaño como Azaña, Largo Caballero o Prieto no pensaban lo mismo. ¿Pero cómo era posible que un comité revolucionario que esperaba en la cárcel su condena pasara a la libertad inmediata y prácticamente ya al Gobierno?

Foto: José Ortega y Gasset. Opinión

Faltaba, sin duda, la crucial cita de las elecciones municipales del 12 de abril, que en realidad Alcalá Zamora ya daba por descontadas una vez que el régimen de Alfonso XIII estaba tocado de muerte. La propia sentencia de marzo era elocuente. Aun así, se tuvieron que amoldar los resultados porque, aunque la impresión general del descrédito del monarca y de sus gobiernos era creciente, -ni Berenguer ni Aznar pudieron encauzar la transición de nuevo a la constitución de 1874-, tampoco había nada a lo que agarrarse. Para que fuera sin violencia se necesitaba algún tipo de legitimidad y, como es sabido, las elecciones las ganaran realmente los monárquicos.

Ejecutar la victoria

La jornada electoral del día 12 no habría tenido consecuencias sin los cruciales días posteriores y especialmente a la luz de los resultados. Una cosa es ganar y otra "ejecutar la victoria" como diría Alcalá Zamora. Fue así porque frente a los 22.150 concejales que obtuvieron los monárquicos, los republicanos solo consiguieron 5.875. Una mayoría abrumadora que no significaba demasiado ya que los propios monárquicos, como el conde de Romanones, interpretaron la debacle en esa jornada al irse advirtiendo que, en las grandes urbes, los republicanos iban a ganar.

"Me devoraba la impaciencia por conocer, cuando menos, el resultado de algún escrutinio. Antes de tener noticia de ninguno y sin saber por qué, los presagios más negros se apoderaron de mi ánimo. Presagios que se confirmaron con la primera información que recibí: la del escrutinio de la sección correspondiente al Palacio de Oriente. Allí los monárquicos habíamos tenido una votación ridícula. Con este dato no podía caberme duda de lo que había pasado en la expirante Corte" -Guillermo Górtazar, 'Romanones', (Espasa)-.

placeholder El conde de Romanones con el rey Alfonso XIII.
El conde de Romanones con el rey Alfonso XIII.

Había pues un trabajo previo notable de los republicanos, que habían diseñado su victoria en circunstancias de derrota técnica y que supieron capitalizar. Era tan poco espontáneo que se había asegurado además los últimos flecos como lo eran las fuerzas del orden. Alcalá Zamora había sondeado a la benemérita con el objeto de evitar enfrentamientos en las calles y especialmente de cualquier intento de represión. Es decir que los republicanos tenían que ganar sí o sí. Con esa idea se afianzó el apoyo del director, el general José Sanjurjo, que en cambio protagonizaría un golpe de Estado apenas un año después, en 1932.

Los republicanos habían distribuido panfletos entre la Guardia Civil con el objeto de ganarse su apoyo en el momento crucial

Por si no fuera poco, los republicanos habían distribuido panfletos entre la Guardia Civil con el objeto de ganarse su apoyo en el momento crucial: "Cuando os propongan ser cómplices de la violencia o de las mentiras electorales, recordad la dignidad de vuestro deber y el texto de vuestros reglamentos honrosos. Que no os alcance la mancha de tales infamias como no os alcanza el provecho que las inspira. No os confundáis con falsarios y caciques ni en el deshonor ni en el odio", manuscrito original de Alcalá Zamora. Nada se dejó al azar tampoco, aunque la ausencia de violencia final convirtiera la proclamación en algo festivo, espontáneo, inocuo desde el punto de vista revolucionario.

"No se marcha el rey. Le hemos echado"

Es verdad que los escrutinios convencieron incluso a un sector de los monárquicos que como Romanones entendieron que era el fin, mientras que el encabezado por el ministro de la Guerra, de la Cierva, que quiso disolver por la fuerza la proclamación "espontánea" de la II República. Aun así, en el último momento, ya en el día 13, Romanones, que parlamentó en casa de Gregorio Marañón con Alcalá Zamora, intentó posponer o reconducir la teórica victoria de los republicanos. No lo consiguió. Ya esa misma tarde se preparó el paseo triunfal, una vez que el ministro de Gobernación, el conde de Romanones, pactara la salida del rey casi inmediatamente, muy a su pesar.

Tampoco se había renunciado a la violencia en el caso de que Alfonso XIII rehusara abandonar el país. Sencillamente no hizo falta y aunque técnicamente el monarca se marchó por su propia decisión, ellos mismos expresaron que "no se marcha el rey. Le hemos echado nosotros". En esos momentos, ya el día, 14 se desató un jolgorio salvaje, como explicó Miguel Maura, cuando el Gobierno provisional en bloque se reunió y fue en coche a Correos a celebrar la proclamación de la República:

"El gentío nos abría camino con empujones y se subían en los estribos en forma tal que cerraban las ventanillas y dentro nos asfixiábamos"

"El gentío nos abría camino a fuerza de empujones y apreturas, pero a la vez se subían en los estribos y en las aletas en forma tal que cerraban materialmente las ventanillas y dentro nos asfixiábamos. Hube de propinar lamentándolo, sendos puñetazos en los estómagos de los que cubrían las ventanas para poder respirar" —Miguel Maura 'Así cayó Alfonso XIII' (Marcial Pons)—.

Al final, llegaron a su destino, como relata Alcalá Zamora: "En vano gritábamos hacia el balcón con la fuerza que en nuestras gargantas quedaba, porque ahogaban nuestras voces los aplausos de aquel mar viviente. Inútilmente asidos a los aldabones golpeábamos las puertas. Un titubeo postrero quizá mantuviese la presencia aunque amedrentada del último subsecretario monárquico. La vacilación fuese cual fuese su origen cesó; las puertas se abrieron y al aparecer nosotros, los ocho del Gobierno revolucionario, la Guardia Civil antes de volver a cerrarlas presentó armas en el zaguán y la escalera. La revolución había triunfado sin disparar un tiro ni atropellar a nadie. Por la calle, sin más traba ni inquietud que el empuje formidable de la masa, circulaban alegres y tranquilos niños, mujeres, ancianos; las tiendas estaban abiertas, en cada rincón de España aún más allá de sus fronteras y en la Puerta del Sol cuantos cabían, se esperaba nuestra palabra...".

Foto: Ángel Viñas (EFE)

Quedaba por delante el primer mes de pesadilla. Una vez proclamada la II República, mayo se inició con la quema de conventos a la que tuvo que poner freno Miguel Maura como ministro de la Gobernación. Ciertamente, la revolución tenía dos fases y una de ellas no era del agrado de los conservadores, católicos y republicanos que la habían promovido. Todos acabaron enfrentados según avanzaron los meses: Alcalá Zamora comprendería también que, aunque pacífica, había sido una revolución subversiva en la que por la propia naturaleza los monárquicos conservadores no tuvieran participación.

En octubre de 1931, tras las elecciones a las constituyentes y la elaboración de la constitución comenzaron los primeros roces a cuenta de la religión. Según Manuel Azaña: "Ayer sábado fue le discurso -sacrificio de Don Niceto-. Tenía resuelto combatir el artículo 24, defendiendo la tesis de su liberalismo político. Las nueve décimas partes de la Cámara le son hostiles en esto..."-M. Azaña 'Diarios comletos' (Crítica). A la entrad del diario le siguen y le preceden las constantes puyas con las que ridiculiza a Alcala´Zamora: pueril, vanidoso, redicho ampuloso...

El desprecio de Azaña a Don Niceto es constante en sus diaros: "El primer consejo de ministros ha empezado más tarde que de costumbre y ha terminado mucho antes. Es la ausencia de don Niceto que con sus anécdotas, sus voces, sus comentarios y su incontebible verbosidad nos hacía perder muucho tiempo... ". Alcalá Zamora dimitirá como presidente del gobierno provisional a raíz del artículo 24, aunque mas tarde sería elegido presidente de la II República, es deci,r Jefe del Estado."

Sin consenso

A diferencia de lo que ocurriría mucho más tarde, en 1978, no hubo consenso. Fue uno de los lastres principales: el Gobierno provisional hizo todo lo posible por torpedear las candidaturas monárquicas para las elecciones de la asamblea constituyente de septiembre de 1931, lo que acabó con una infrarrepresentación de un sector que era la mitad de España. En consecuencia, la Constitución de 1931 que legitimó la II República tuvo un importante inconveniente desde el comienzo.

Después sería Alcalá Zamora quien en su papel de árbitro republicano cerrara las puertas a los conservadores de la CEDA de Gil Robles, utlizando su prerrogativa como presidente de la República de nombrar o dimitir gobiernos al quitarles la confianza. Lo haría después con Lerroux incluso. Por último, no comprendió que la izquierda que había ayudado en el 31 para la consecución de la República tenía su propia agenda. Largo Caballero y Prieto lo demostrarían con la Revolución de Octubre de 1934, que sirvió de antesala para la Guerra Civil. El 14 de abril de 1931 fue una gran fiesta en la que se había excluido a un parte muy importante de España.

Historia de España
El redactor recomienda