Caos en Cataluña: las cuatro proclamaciones de la II República del 14 de abril de 1931
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Caos en Cataluña: las cuatro proclamaciones de la II República del 14 de abril de 1931

La situación se complicó tanto aquel día en Barcelona tras "proclamar el Estado catalán" que tuvieron que acudir urgentemente los nuevos ministros del Gobierno central

placeholder Foto: Niceto Alcalá-Zamora (i), presidente de la II República, conversa acaloradamente con el presidente de la Generalitat de Cataluña, Francesc Macià, en 1931.
Niceto Alcalá-Zamora (i), presidente de la II República, conversa acaloradamente con el presidente de la Generalitat de Cataluña, Francesc Macià, en 1931.

Todo fue muy rápido. A finales de octubre de 1930 volvió a Barcelona, retornándolo las autoridades a la frontera francesa. El 22 de febrero de 1931 regresaba de modo definitivo a la capital catalana. Tres semanas más tarde, entre el 17 y el 19 de marzo, fundaba, junto a Lluís Companys, Esquerra Republicana de Catalunya en un ateneo de Sants. El 12 de abril, este partido ganó con estrépito las elecciones municipales. El 14 de abril de 1931, Francesc Macià será el héroe de ayer, hoy y mañana. Un relato oficialista simplifica los hechos de esa jornada con aquello de la proclamación de la República catalana dentro de la Federación Ibérica. Era la cuarta formulación a esas horas en que, según Mercè Rodoreda en 'La plaza del diamante', corría un aire inédito e irrepetible.

Foto: El pueblo de Madrid se echa a la calle para celebrar la proclamación de la Segunda República. (Luis Ramón Marín)

Esquerra Republicana recogió casi por sorpresa unos frutos anunciados. El pronunciamiento barcelonés de Miguel Primo de Rivera en septiembre de 1923 contó con el indiscutible apoyo de la Lliga Regionalista, interesada en recuperar un orden demolido por las múltiples crisis del sexenio final de la Restauración. Más tarde, en un triste intento de reescritura, declararon haber sido engañados por el general, quien al poco de tomar las riendas se esmeró en reprimir el uso de la lengua catalana, con escaso éxito pese a lo sonado de sus medidas.

Foto: Josep Roca y Roca, Francesc Cambò y Miquel Junyent, Comisión ejecutiva de la junta de Solidaritat.

Cambó, esa esfinge amasadora de fortunas concentradas en ultramar, quiso jugar un papel de peso durante la Dictablanda, erigiéndose en adalid de la concordia. Mientras tanto, Macià se encumbraba como un ídolo de las libertades por su vida en el exilio, legendaria tanto por su fracasada invasión de Prats de Molló en octubre de 1926 como por su fama internacional tras ser juzgado en París con una levísima condena para, a continuación, ser deportado a Bélgica, base de operaciones de un entramado magnífico para exaltarlo como un tótem mediático. La guinda del pastel, como si fuera un líder ecuménico de los suyos, fueron las visitas a las comunidades catalanas de Sudamérica.

Lluís Companys tenía un perfil bien distinto al de su socio en ERC. Macià, fundador de Estat Català, se había distinguido por una fuerza escénica derivada de su pasado militar, y desde esta perspectiva su núcleo destacaba por abrazar el independentismo y no renunciar, algo obvio en esos tiempos, a la lucha armada desde premisas, en muchas ocasiones, supremacistas, como pudo comprobarse una vez la Generalitat no fue solo un sueño, omitiéndose en la mayoría de ensayos los trenes para desplazar a los murcianos, apelativo para todo el aluvión migratorio de los años veinte, a sus tierras de origen.

Companys había sido un fiel republicano y un anómalo izquierdista

Companys había sido un fiel republicano y un anómalo izquierdista en el panorama catalán desde su amistad con los anarquistas, entre ellos, Salvador Seguí, y una acción proclive al diálogo, lo que no le eximió de transcurrir varias temporadas entre rejas. Su labor en el Partit Republicà Catala, de cariz federalista y aliento socialdemócrata, encajaba con las fuerzas partidarias de derribar la monarquía de Alfonso XIII. Por eso mismo, la presencia de Marcelino Domingo, viejo compañero de fatigas, entre los firmantes del Pacto de San Sebastián mostraba su aquiescencia ante esos acuerdos, si bien Estat Català también los había rubricado con la firma de Jaume Aiguader, así como Manuel Carrasco i Formiguera lo hizo por Acció Catalana, favorita antes de los comicios municipales del 12 de abril.

Ese 14 de abril en Barcelona

En la capital catalana, el triunfo de ERC fue incontestable. Con sus 25 concejales, doblaba a regionalistas y a la coalición republicano-socialista. Tenía todos los ases en la manga. La noche del 13 de abril, Macià no concretó la estrategia. A la mañana siguiente, con ecos republicanos provenientes de Vigo, Eibar y Valencia, quien optó por ir directo al grano fue Companys al ir a la plaza de Sant Jaume, dirigiéndose junto a otros hombres de su entera confianza al despacho del alcalde, Antonio Martínez Domingo. Este, al verlos, hizo mutis por el foro, Amadeu Aragay tomó la vara, la sirvió a Companys y este, de la ley a la ley y como por arte de magia, devino alcalde de Barcelona. Acto seguido, fue hacia el balcón del ayuntamiento y pronunció las siguientes palabras para los reunidos en el ágora: "¡Pueblo de Barcelona! Los hombres triunfantes en las elecciones acabamos de tomar posesión del ayuntamiento y proclamamos la república, el régimen que habíamos prometido al pueblo". Era la una y media del mediodía.

placeholder Celebración de la II República en la Barceloneta el 14 de abril de 1931.
Celebración de la II República en la Barceloneta el 14 de abril de 1931.

Ese fue el detonante para el gran alboroto de la mañana, con la noticia esparciéndose como la pólvora por el boca a boca. Mientras tanto, se izó una bandera republicana junto a una señera. Esta disposición iba en consonancia con las emanadas en las ciudades amanecidas republicanas, puntas de lanza de un pacífico torbellino.

A Macià, lo de ir a Sant Jaume y hacerse con el bastón municipal no le suponía problema alguno, aunque la concepción republicana de Companys debió disgustarle por la forma. El fondo era la osadía de haberle robado protagonismo, como si de repente hubiese omitido ser una de las dos testas de un monstruo. Él, nacido en 1859, no podía quedar relegado justo cuando la Historia le tejía una alfombra roja. A las dos y 45 minutos de esa tarde se encaramó al balcón del ayuntamiento y en nombre del pueblo de Cataluña proclamó el Estado catalán, que con toda cordialidad procuraría integrar en la Federación de Repúblicas Ibéricas, ayudándolas con todas sus fuerzas a instaurar el régimen formado.

Mientras tanto, se izó una bandera republicana junto a una señera

En el Principado, este sería una república catalana con sede en el Palau de la Generalitat, entonces de la Diputación. Macià cruzó la plaza, ascendió hacia la balconada del edificio renacentista y aquí hizo su segunda variación: “En nombre del pueblo de Cataluña, proclamo el Estado catalán bajo el régimen de una república catalana que libremente anhela y pide a los otros pueblos de España su colaboración en la creación de la Confederación de Pueblos Ibéricos, y está dispuesta a lo que fuere necesario para liberarla de la monarquía borbónica”.

Entre una y otra proclamas, las esencias eran las mismas, no así tonos y sutilezas. No cerraba ninguna puerta, no era tan inconsciente, pero articulaba una voz cantante al pedir la colaboración de los demás con una sonrisa belicista, muy del viejo coronel de ingenieros del Ejército español. La tercera metamorfosis de esa epifanía dependió de transistores y telefonazos. El camino al exilio de Alfonso XIII y la proclamación republicana en Madrid condujeron a la frase definitiva entre tanto mareo de génesis: "República catalana, Estado integrante de la Federación Ibérica".

La visita de los ministros

El envite de Macià era una cuestión de lenguaje. La república catalana duró tres días y hasta se posicionó en lo internacional con un telegrama cauteloso al presidente belga. Los lazos federales con España de esas escuetas frases no escondían su fantasía de conservar esa independencia provisional, ni siquiera anulada, no hacía falta por el estado de cosas, el 17 de abril de 1931, cuando Marcelino Domingo, Lluís Nicolau d’Olwer y Fernando de los Ríos aterrizaron en el aeródromo del Prat. La noche anterior, el Gobierno provisional de la República había sugerido una segunda oportunidad a la Mancomunitat de 1914, primer autogobierno catalán de la era contemporánea, pero el nombre tenía algo de ofensa por el recuerdo reciente y el final de esa experiencia. La Generalitat tenía otra música, y su melodía remitía a otros siglos sin mácula.

placeholder Proclamación de la II República en Cataluña el 14 de abril de 1931.
Proclamación de la II República en Cataluña el 14 de abril de 1931.

El trío ministerial madrileño, con dos catalanes, comió en el Palau de la Diputació con Macià y otros prohombres. Ahora Companys era gobernador civil y el doctor Aiguader, alcalde de Barcelona. Quien rompió el enroque fue el presidente de la Audiencia, Anguera de Sojo. El consejo de gobierno de la república catalana aceptaba denominarse de ahora en adelante Gobierno de la Generalitat de Cataluña y expresaba, junto a los emisarios, su voluntad de avanzar en la elaboración de un Estatuto de Autonomía, comprometiéndose el Gobierno provisional a presentarlo como ponencia ante las futuras Cortes constituyentes.

La república catalana duró tres días y hasta se posicionó en lo internacional con un telegrama cauteloso al presidente belga

Niceto Alcalá-Zamora descendió del tren en la estación de Francia. Ese lunes 26 de abril de 1931, Francesc Macià lo recibió y el acto de hermandad entre ambos presidentes fue un suceso de público y crítica. El 29 de abril, el Consejo de Ministros aprobaba la legalidad del uso del catalán en párvulos y primaria. El 2 de agosto, el Estatut redactado en Núria, con una adenda de 400.000 mujeres favorables a la causa, barría con una abrumadora mayoría de más del 99% de los votos escrutados.

Ese 14 de abril de 1931, los balcones exhibieron todas las contradicciones de la neonata ERC, a explotar tras la muerte de Macià en la Navidad de 1933, y plantearon, sin dilación, la urgencia de una cultura del pacto republicano. Desde esta lógica, no se cernían nubarrones en el horizonte. El difícil equilibrio se fisuraría desde los interiores, cuando, en un clásico nacional, los creadores se percataron de las complicaciones del arte de gobernar.

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