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Caruso no ha resucitado porque nunca murió

El padre de todos los tenores aparece de la mano y de la voz de Roberto Alagna en un disco que evoca la grandeza del artista napolitano

Foto: El tenor Roberto Alagna tiene nuevo disco: 'Caruso 1873'. (EFE)
El tenor Roberto Alagna tiene nuevo disco: 'Caruso 1873'. (EFE)
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'Caruso 1873'. El enunciado parece una botella de brandy, pero identifica, en realidad, el último disco del cantante franco-siciliano Roberto Alagna, cuya madurez vocal y artística explican que haya decidido postularse como delfín del tenorísimo. Por eso aparece vestido como un galán de principios de siglo (XX). Y por la misma razón la fecha que encabeza la grabación (Sony) evoca el año del nacimiento de Enrico Caruso (1873-1921), arquetipo del cantante contemporáneo, patriarca del escalafón y mito definitivo, precoz y hasta maldito en la historia del siglo XX.

Su muerte prematura en el hotel Vesubio de Nápoles redondeaba la leyenda, aunque ha sido costumbre distorsionarla y manipularla a beneficio del espectáculo necrófilo o del interés novelero. No es verdad que Caruso pereciera en Nueva York después de interpretar 'Payasos'. Ni es cierto siquiera que la ópera de Leoncavallo fuera la última que interpretó en vida.

Resultaba tentador atribuirle un paralelismo biográfico con el personaje de Canio —“Ríe, payaso, y el público aplaudirá…”—, pero la última función de Caruso, consumada la víspera de Navidad de 1920, consistió en 'La Juive', de Halévy.

'Caruso, 1873'.
'Caruso, 1873'.

Sucedió en el Metropolitan de Nueva York, ocho meses antes de que el maestro regresara a Nápoles para dejarse morir a orillas del Mediterráneo. Le habían diagnosticado una neumonía y una pleuresía. Y lo enterraron como a un rey en el cementerio Del Pianto de Nápoles. La leyenda no ha hecho otra cosa que propagarse. Y ha ido desdibujando otros episodios oscuros que conviene evocar de vez en cuando para demostrar las dificultades a las que tenía que sobreponerse un napolitano en la América de los sueños.

No se consideraba siquiera blancos a los italianos. Eran objeto de discriminaciones y de episodios xenófobos. El propio Caruso acabó en el calabozo después de habérsele acusado de pellizcar el culo de una damisela en el zoo de Nueva York una tarde otoñal de 1906.

Estaba en la cima de la gloria, pero su reputación, su carisma, su popularidad no le preservaron del escarmiento de un gran escarnio público. Terminó su foto en la primera página de los periódicos, se congregaron centenares de personas en los juzgados y se resolvió la cosa y la causa con una multa de 10 dólares, aunque la escandalera también fue el pretexto de una campaña racista que consolidaba los prejuicios hacia los inmigrantes de ultramar.

Enrico Caruso.
Enrico Caruso.

De todos ellos, Caruso representa al primer tenor absoluto moderno. Absoluto porque tuteaba un amplísimo repertorio. Moderno porque despojó el ejercicio canoro de los falsetes, las trampas, las arbitrariedades y los efectismos. Salió beneficiada una manera de cantar espontánea, natural, inmediata, sin olvidar que sus cualidades particulares —el 'fiato', el color, la valentía, la seguridad, la riqueza de los graves, el poder de los agudos— lo convertían en un superdotado.

Sirva como prueba el arrojo con que se avino a sustituir al bajo valenciano Andrés de Segurola (1874-1953) en el pasaje final de 'La bohème' (Puccini). Ambos estaban delante del público de Filadelfia el 23 de diciembre de 1913, pero el 'alter ego' del personaje de Colline se quedó sin voz y advirtió a Caruso de la emergencia sin que los espectadores se dieran por enterados.

Fue el primer tenor absoluto moderno, por su amplísimo repertorio y porque despojó el ejercicio canoro de los falsetes y los efectismos

Andrés de Segurola gesticulaba y simulaba que cantaba al tiempo que el colega napolitano desgranaba el aria de la 'Vecchia zimarra'. Habían inventado el 'playback' y se había producido un alarde anónimo que luego repescarían los hagiógrafos de Caruso.

Roberto Alagna también ha incluido el ara de Puccini en su disco. Se ha probado a sí mismo como cantante de profundidades, aunque resultan más atractivos los pasajes tenoriles. No ha recurrido a los tópicos, sino a las óperas desplazadas del canon. Por ejemplo, 'Il Guaraní', de Gomes, 'I lombardi', de Verdi, y el 'Nerón', de Rubinstein. Un inventario, un álbum fonográfico que enfatiza la versatilidad de Caruso, que evoca las canciones napolitanas y que él mismo ha decidido emprender cuando ya ha cumplido 57 años.

Homenaje al pionero

Es un homenaje al pionero y un reencuentro de emociones y sensaciones, precisamente porque Roberto Alagna, nacido en la 'banlieue' parisina de padres emigrantes, tuvo como líquido amniótico las arias y los guiños populares del tenor de los tenores.

Su disco no se detiene solo en recuperar el repertorio de Caruso. También ha estudiado la manera de cantar, los silencios, el estilo, las atmósferas, aunque el ejercicio filológico no contradice el 'calor' de las interpretaciones. Porque Caruso era un tenor tan incandescente como el cráter del Vesubio. No tuvo otro límite que una muerte prematura y dispuso mejor que nadie de la revolución tecnológica. Que no era Spotify, sino el gramófono.

Fue Caruso, en efecto, el gran protagonista de la edad del vinilo. Hasta el extremo de que la compañía Victor-Talking Machine Company, llamada después RCA Victor, lo alistó en sus filas desde 1904 hasta 1920. El contrato permitió a Caruso vender un millón de copias en 1907 gracias al aria de 'Vesti la giubba' ('Payasos'), demostrándose que la voz 'fonogénica' del tenorísimo, penetrante y oscura, parecía hecha a la medida del giradiscos.

Fue Caruso, en efecto, el gran protagonista de la edad del vinilo

Puestos a girar, Caruso recorrió en persona las capitales del este de Europa, interpretó 'Carmen' en la plaza de El Toreo de México, atravesó Argentina, estuvo en Brasil y hasta se concedió una insólita 'tournée' cubana. Insólita porque un comando terrorista organizó un atentado —quede claro que no contra Caruso— cuando el tenor se hallaba en el escenario del Teatro Nacional de La Habana.

El contexto resultaba extraordinariamente propicio al triunfo del intérprete napolitano. Quiere decirse que Caruso se erigió en número uno cuando la ópera se encontraba en una situación de apogeo, de apasionamiento popular y de liderazgo.

Empezando por la notoriedad misma de los estrenos. Caruso protagonizó en persona la primera función de 'L’Arlesiana' y 'Adriana Lecouvreur' (Cilea), así como las 'premieres' mundiales de Fedora (Giordano) y 'La Fanciulla del West' (Puccini).

Muchos otros estrenos, como 'Celeste', 'Il Voto' o 'Germania', se han quedado apolillados en el desván del verismo, pero Caruso fue coetáneo de Leoncavallo, Mascagni, Debussy, Richard Strauss, conoció en persona a Mahler, trabajó a las órdenes de Toscanini y se convirtió en el protagonista de una época que ubicaba la ópera entre las grandes manifestaciones 'vivientes'. Por eso nunca ha terminado de morirse ni es necesario resucitarlo.

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