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Antonio Gades resucita entre las llamas

El Teatro Real de Madrid recupera entre clamores 'Fuego', la fabulosa colaboración entre el coreógrafo, Carlos Saura y Gerardo Vera

Foto: El actor Juan Pedro Delgado en 'Fuego', interpretada por la Compañía Antonio Gades en el Teatro Real. (EFE)
El actor Juan Pedro Delgado en 'Fuego', interpretada por la Compañía Antonio Gades en el Teatro Real. (EFE)

Puestos a resucitar, mejor hacerlo con una dramaturgia de ultratumba. De hecho, 'Fuego' traslada al espectador la angustia de una viuda joven que decide casarse y que intenta escapar del espectro de su difunto marido, como si la acechara y pretendiera llevársela: Eros y Tánatos. Un triángulo de pasión. Y una resurrección triangular, pues el espectáculo concebido estos días en el Teatro Real tanto ha precipitado el regreso de Antonio Gades (1936-2004) como ha permitido la reanimación cultural de Carlos Saura —tiene 88 años— y el viaje de vuelta de Gerardo Vera, cuyo reciente fallecimiento —20 de septiembre— explica este homenaje 'in memoriam'.

Fueron los tres artífices de 'Fuego' cuando el acontecimiento de danza y flamenco se estrenó en el Teatro Châtelet de París en 1989. Han transcurrido tres décadas desde entonces, pero el tiempo no ha malogrado la credibilidad del espectáculo ni su huella genuina, gracias a la reconstrucción escénica del iluminador Domique You. Mérito de la coreografía intemporal de Gades, de la dramaturgia honda y espartana de Saura y del escrúpulo escénico de Vera. Se han juntado los tres a semejanza de un aquelarre. Y han conseguido el mismo resultado que asombró al público parisino: el público en pie, los clamores, más allá de las obligaciones anorgásmicas de la pandemia.

No estaba previsto que se presentara 'Fuego' en el Teatro Real. Y puede que no se hubiera programado nunca si no llega a producirse una carambola: la cancelación de la gira del Ballet de Múnich por restricciones sanitarias precipitó el remedio de una solución local. Local... y universal, pues las razones que justifican el éxito planetario de 'Fuego' se atienen al misterio y a la verosimilitud de un espectáculo intenso, poderoso y emocionante. El vestuario evoca el cromatismo goyesco. Y la oscuridad enfatiza el contraste de la luz, del fuego, en la dialéctica de la muerte y del erotismo.

Esmeralda Manzanas es el centro de gravedad, aunque su protagonismo no desmerece la inspiración de los demás bailaores

Es el contexto escénico y conceptual en el que se desenvuelve la gracia de Esmeralda Manzanas. Es ella el centro de gravedad del acontecimiento, aunque su protagonismo no desmerece la inspiración de los demás bailaores —Álvaro Madrid, Juan Pedro Delgado, Raquel Valencia— ni la contribución de los artífices musicales. No ya la cantaora Sara Salado, 'rota' e hiriente en sus 'letanías', sino el instinto de Miquel Ortega con las huestes de la Orquesta del Teatro Real. Más todavía cuando la puesta en escena de 'Fuego' se deriva del dolor y del calor de 'El amor brujo', de Falla.

Esmeralda Manzanas, que interpreta a Candela, durante un momento de 'Fuego'. (EFE)
Esmeralda Manzanas, que interpreta a Candela, durante un momento de 'Fuego'. (EFE)

El ballet 'jondo' puso de acuerdo a Gades y Saura en una colaboración cinematográfica —1986— que luego predispuso el gran estreno del Châtelet. La protagonista del acontecimiento fue entonces Stella Arauzo. Y lo es 31 años después, no como protagonista de la tarima, pero sí como directora artística y como médium del triunfo parisino. No quisieron Saura ni Gades presentarlo en Madrid por recelos a la 'intelligentsia' local, aunque 'Fuego' terminaría recalando en el Teatro de la Zarzuela en 2014, para agitar las brasas del éxito francés, para recordar los 10 años de la muerte del patriarca y para echar el ancla de la itinerancia. Los espectáculos de Gades siguen dando la vuelta al mundo. Han abierto los frentes de China y del golfo Pérsico. Y se han sacudido todos los complejos de la españolada.

Ser mejor que yo

“No quiero ser mejor que los demás, quiero ser mejor que yo”. La sentencia puede leerse en uno de los paneles que 'empapelan' la fundación Antonio Gades. Que está en Getafe. En el Teatro Lorca, más en concreto, ocupando los espacios en ladrillo de una antigua fábrica de harinas. Las coordenadas adquieren casi un valor reivindicativo en honor de un artista comprometido, político, militante. Getafe es un arrabal obrero. Lorca era una obsesión personal. Y la fábrica de harinas entronca con la concepción trabajadora que Gades se inculcaba a sí mismo e inculcaba a sus colegas 'proletarios', algunos de los cuales, sangre de su sangre, han asumido la responsabilidad de proteger el patrimonio de la danza española.

Sostenía Gades que no había mejor camino para innovar que la tradición. La paradoja empapa y acapara los espacios de la fundación getafense. Impresiona el traje catafalco con que Gades fue Bernarda Alba, como llama la atención una fotografía de Gades vestido de luces. Se atrevió a ponérselo para hacer el paseíllo de sobresaliente en una novillada celebrada en Aranjuez (1956).

Un momento de 'Fuego', interpretada por la Compañía Antonio Gades en el Teatro Real. (EFE)
Un momento de 'Fuego', interpretada por la Compañía Antonio Gades en el Teatro Real. (EFE)

Porque quiso ser torero, aunque la idea se la quitaron de la cabeza el miedo de aquella tarde y la perseverancia de doña Pilar López. Su maestra. La mujer que lo rescató de un cabaret donde el jovencísimo Gades se ganaba la vida, como antes había hecho de linotipista en 'ABC' y de botones en un hotel. Las imágenes del archivo identifican aquellos años a semejanza del un No-Do sentimental, igual que documentan la polémica de su 'Don Juan' en la Zarzuela (1965) y el éxito cinematográfico de 'Carmen' a la vera de Carlos Saura.

Eran los tiempos en que Gades renunció a la dirección del Ballet Nacional de España (1981) porque le encorsetaba la dependencia ministerial y porque le restringía la munición política de sus posiciones. Comunista hasta la muerte y castrista hasta la muerte también. Eugenia Eiriz, su última mujer y directora general de la Compañía Antonio Gades, custodia las últimas pruebas. Una bandera de Cuba replegada, la condecoración al mérito José Martí que le impuso Fidel, las imágenes de la paella que él mismo había cocinado al comandante.

Fue su último viaje. Una travesía heroica a bordo de un precario velero porque Gades ya estaba muy enfermo. Regresaba al mar. Y moría frente a él, evocando la experiencia que le supuso descubrirlo a los tres años. Tanto le atrajo, tanto, cuando lo llevó su madre, que se metió en el agua vestido. Porque era invierno.

Y era verano cuando murió el 20 de julio de 2004. Sus restos yacen en el Mausoleo del Segundo Frente Oriental en la Sierra Maestra, en Santiago de Cuba. Y el Partido Comunista español le preparó un epitafio, bebió desde niño de las fuentes de la tradición obrera, del sufrimiento del trabajo, de la necesidad, pero quizá sea más oportuno evocar un poema que le escribió Jaime Gil de Biedma y que Antonio Gades tenía colgado en el salón de su casa como si fuera el espejo: “Las rosas de papel no son verdad y queman lo mismo que una frente pensativa o el tacto de una lámina de hielo, las rosas de papel son, es verdad, demasiado encendidas para el pecho”. Abran fuego.

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